13 de agosto de 1917: los Niños en Prisión

Aparición que sucedió el 19 de agosto, porque los pastorcitos habían sido encerrados en la cárcel

Durante el período entre el día 13 hasta hoy no hemos hecho ninguna referencia a las apariciones de Fátima. Se debe a que en este momento histórico hace 100 años, el lunes 13 de agosto de 1917, los tres videntes de Fátima estaban en la cárcel. Es decir se los había apartado con un motivo caprichoso y absolutamente ilegal, dado que la mayor de las niñas tenía en ese momento apenas 10 años y no eran punible por ningún delito. La causa era apartarlos del lugar donde aparecería la Virgen, según habían asegurado los niños los meses anteriores.

Ese lugar era Cova da Iría. Alcalde del departamento municipal al que pertenecía Fátima (Vila Nova de Ourém) se encargó, siguiendo los mandatos del partido político al que pertenecía, y principalmente de la logia que él mismo había fundado en su pequeña localidad bajo obediencia de otras logias de Lisboa, de acallar la enorme repercusión que iba teniendo ese fenómeno de las apariciones. Se llamaba Arturo de Oliveira Santos, y era hojalatero de profesión.

Curiosamente los mismos que hicieron propaganda en todo el país e inclusive en el exterior fueron en los diarios liberales, y el efecto opuesto al buscado se impuso, dándole al fenómeno un atractivo masivo. El hecho de mantenerlos apartados bajo amenaza de muerte, en medio de criminales, o por lo menos delincuentes comunes, creía este funcionario, quebraría el ánimo de los niñitos. Y como es obvio lo hubiera logrado en circunstancias normales. Pero evidentemente no tuvo en cuenta el apoyo sobrenatural que contaban en esa terrible circunstancia. Pues ni las amenazas de muerte, ni los simulacros, lograron desanimar a los niños, quienes se negaron en todo momento revelar el secreto. En honor a la verdad, la esposa de Oliveira Santos, escandalizada por la conducta de su esposo, ofreció luego refugio a los niños y los confortó con alimento y buen trato hasta que sus padres los retiraron de Vila Nova.

La que más sufriría era Jacinta, que extrañaba a su madre. Francisco, ya un pequeño hombre, había asumido el liderazgo moral de los prisioneros. Y ante el peligro de muerte decidieron rezar, y ofrecer este sacrificio por la conversión de los pecadores y por el Santo Padre. Las dos grandes intenciones aparte de confortar a Nuestro Señor y a Nuestra Señora en su pena por la conducta de los hombres.

Francisco, de quien hicimos una semblanza en otro momento, colgó una medalla que llevaba consigo en un clavo de la pared de la celda. Se arrodillaron y comenzaron a rezar el rosario. Inmediatamente algunos presos los iban a imitar. Es que eran delincuentes pero eran también cristianos. Francisco, el pequeño moralista del grupo, impulsó no sólo una línea de conducta a las dos niñas con la que compartió parcialmente estas visiones, invitándolas severamente a que dejaran de lado los bailes y las diversiones (de niños) de las que solían participar antes de las apariciones. También impulsó muchos de los actos de piedad que los tres realizaron en los momentos más difíciles e impuso el debido respeto a quienes no se participaban en la forma adecuada.

En este caso uno de los prisioneros se arrodilló sin quitarse la gorra. Fue duramente reconvenido y el malhechor, ante un niño pequeño, pidió disculpas y se descubrió. Es notable el respeto que infundían estos pequeños. Su captor, que aviesamente los había secuestrado, llevándolos primero a la parroquia bajo engaño y engañando también al párroco sobre sus intenciones, los cargó en su automóvil bajo la excusa de acercarlos al lugar de las apariciones, intentó con mucha malicia romper la precaria relación de los fieles con el párroco, ya quebrantada por el escepticismo del sacerdote sobre las apariciones y su conducta bastante hosca. Así entre los peregrinos quedó la impresión de que el párroco había sido cómplice de esta maniobra e inclusive fueron protestar duramente contra el. Tiempo después se retiró de la parroquia con una gran amargura. No estuvo a la altura del abbé Peyramale de Lourdes, duro inquisidor primero y ferviente protector de Bernardita luego, cuando admitió que todo era del cielo.

Ese día 13 en Cova da Iría, ante miles de peregrinos sólo ocurrió el fenómeno que los asistentes podían contemplar y oír. Un trueno, cierta luminosidad extraña en el cielo, la brisa sobre la pequeña carrasca, el movimiento de las hojas superiores del arbolito… pero nada más. Faltaban los interlocutores, no podía haber diálogo. Esto es todo lo que percibieron los peregrinos mientras rezaban el rosario, extrañados de la ausencia de los pastorcitos hasta que les llegó la noticia de su secuestro. También vieron un raro resplandor señal de la señora mientras se retiraba hacia el Oriente. Entonces la aparición quedó en suspenso. ¿Que sería, pues, del futuro de estas apariciones? Sin duda todo quedaba en suspenso.

Tras estar ridícula parodia de detención, los niños fueron liberados y volvieron a sus hogares. Naturalmente estaban consternados porque no habían podido cumplir su palabra, temían que la Señora se hubiese sentido decepcionada. Por eso, cuando el 19 de agosto fueron a los Valinhos, cerca de la Cova, a pastorear sus ovejas la sorpresa fue enorme. La Virgen se apareció por primera y única vez a los tres niños en otro lugar que no era la Cova da Iría. Allí le dejó manifiesta su complacencia por la conducta que habían tenido ante sus captores, les volvió a ratificar que haría un milagro en octubre para demostrar a todos que los niños no mentían y así confirmar la validez de su mensaje. Dio algunas instrucciones prácticas sobre el culto que debía organizarse allí y prometió la cura de algunos enfermos, pero no de otros, porque la enfermedad sería mejor para sus almas.

Esta experiencia tan notable de los niños llevados de a uno ante uno presunto “caldero de aceite hirviendo” para ser muertos, según la amenaza del funcionario municipal, por su persistencia en cumplir su promesa a la Señora fue un sacrificio que ellos aceptaron sin dudar, y los convierte en pequeños mártires, porque aceptar – aunque fuera ingenuamente- que iban a la muerte equivale al martirio.

Como dato curioso: Jacinta cortó una rama del árbol donde se posó la Señora ese domingo 13 de agosto de 1917. Lo llevó a su casa haciendo notar a su madre el particular aroma que despedía, un aroma que ella no supo identificar. También lo percibieron otros, y el mismo Ti Marto, padre de Jacinta y Francisco, que siempre creyó en las apariciones y fue un prudente defensor de los niños.

 

Referencia bibliográfica: Memorias de la Hermana Lucía. Era una Señora más Brillante que el Sol, del P. Giovanni De Marchi

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