30 de agosto: Santa Rosa de Lima

Patrona de América


En Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Queridos Hermanos,

En este domingo, celebramos la solemnidad de Santa Rosa, la primera flor de santidad de la América Latina y su santa Patrona. Nació en Lima cien años después del descubrimiento de América. Se llamaba Isabel, pero la frescura de su tez le valió el sobrenombre que le ha quedado. Sin embargo su vida no fue todo color de rosa: soportó con admirable paciencia una larga enfermedad y las persecuciones de su familia. Además, sus penitencias eran muy severas, por no decir increíbles, más admirables que imitables, movidas por su amor a su divino Esposo, Jesús crucificado, y por su sed de salvar almas. Por ejemplo, pasó toda una cuaresma en ayuno y oración en una minúscula celda donde ni siquiera podía mantenerse en pie, bebió un día el pus de las llagas de un enfermo, se ciñó un día con una cadena de hierro que cerró con un candado y tiró la llave en el fondo de un pozo…

Nuestro Señor le aparecía a menudo; un día, El le dijo: “Rosa de mi Corazón yo te quiero por esposa”, y Rosa le contestó: “Ve aquí esta esclava tuya, oh Rey de eterna Majestad, tuya soy y tuya seré”. Esta respuesta nos da la esencia de la vida religiosa: Seguir, amar, servir a Nuestro Señor Jesucristo. Santa Catalina de Siena fue su celestial guía y le comunicaba consejos para alcanzar la santidad.

Santa Rosa fue un alma contemplativa; encontraba su felicidad en adorar a Dios durante largas horas silenciosas, haciéndose pequeña delante de Dios, mirándolo con la fe, llena del deseo de unirse con EL, de verlo un día en el Cielo, cara a cara.

Esto me recuerda un hecho que aconteció en la vida de Santo Tomás de Aquino, cuando, todavía, era niño. Había sido confiado por su padre al cuidado y a la enseñanza de un monje, en el monasterio de Montecassino, en Italia. Una mañana, este monje, profesor y pedagogo de Tomasito, estuvo esperando a su alumno que contaba seis años y que era excelente (lo imaginamos fácilmente) y obediente. ¿Qué pasaba? Que no aparecía. Fue buscándolo, no lo encontró, hasta que un monje del monasterio le dijo que Tomás estaba en la Iglesia. El profesor fue a la Iglesia y, de hecho, vio a Tomasito en la primera fila de bancos, con los ojos mirando fijamente al sagrario y diciendo algo en voz baja. Se acercó, y oyó lo que decía o, mejor dicho, lo que repetía: “¿Qué es Dios?” Toda la vida de Santo Tomás será dar una respuesta a esta pregunta, y dará una respuesta maravillosa con sus escritos, en especial con su Suma Teológica. Para recompensarlo, en el fin de su vida, Dios le entreabrió un poco, muy poco, el velo de la fe para que vea algo de la luz del Cielo. Santo Tomás dirá: ¡Lo que he visto supera infinitamente lo que he escrito! Y quiso quemar sus escritos que eran como paja en comparación de lo poco que vio del Cielo. ¡Gracias a Dios, no llegó a quemar su obra! Pero esto no da una pequeña idea del amor y deseo ardiente que animaba el alma de Santa

Rosa en su oración.

La pregunta de Tomasito, queridos hermanos, es la de las almas contemplativas. “Quiero ver a Dios”, suspiraba santa Teresa de Ávila, y como ella suspiran las almas religiosas que se encierran detrás de las rejas de un convento. Para el mundo, especialmente el mundo de hoy, esta vida es una locura. Al mundo no le interesa Dios; como mucho, Dios es una opción respetable, pero que no puede conducir a tales excesos: pasar casi toda su vida encarcelada para rezar y hacer penitencia. En realidad, el mundo no entiende que la oración y la penitencia no son fines, sino los medios más aptos para alcanzar a Dios, YA en esta vida terrestre. No entiende que Dios es el destino, el fin último del hombre que pasará toda la eternidad contemplando a Dios, viéndolo como ES, amándolo y siendo amado por El. Así pues, las almas religiosas son muy razonables y sabias porque, iluminadas por la fe, la esperanza y la caridad, quieren cumplir ya en esta vida, esta vocación eterna de todas las almas. Fue lo que hizo Santa Rosa, y que todavía hacen, bajo sus Reglas tradicionales, las dominicas contemplativas, las carmelitas, las benedictinas, también las Madres Franciscanas Mínimas, en la ciudad de México. Tuve recién la gracia de predicarles un retiro; fueron más bien ellas las que me edificaron, predicándome un retiro por su ejemplo, su espíritu de fe, su vida de oración, de penitencia, de desagravio, por su sencillez, su alegría, su humildad. Pues estas almas son alegres; es un misterio para el mundo, pero es una realidad. ¿Por qué esta profunda alegría, esta sencillez, esta felicidad de ser lo que son? ¿Por qué? Porque están con Dios, y Dios es simple, es el SER, sin mezcla de no-ser. Lo que hace el hombre infeliz y complicado es el apego al no-ser: el pecado que es la ausencia del bien, la malicia, la mentira, el miedo, el doblez, la mezquindad, la incoherencia de su vida, la mundanidad, la tibieza…

Queridos hermanos, la primera lección de la Fiesta de Santa Rosa es que demos más importancia a la oración, a la meditación, a una oración contemplativa del Misterio de Dios, de Nuestro Señor Jesucristo. El santo Rosario es también para eso, no lo olvidemos. Usémoslo mejor, con más espíritu de contemplación de los misterios de Jesús y de María. Acercándonos así de las realidades eternas, seremos menos complicados, inquietos e infieles a la gracia divina. La oración, aunque no sea muy prolongada, debe ser la fuente de toda acción, el motor de la vida cristiana, una oración silenciosa, recogida, contemplativa del Misterio de Dios, sobre todo con los ojos de la fe, esta luz divina, teologal, que nos hace conocer a Dios como es.

La segunda lección de la Fiesta de Santa Rosa es, según mi parecer, la siguiente; la formularé con algunas preguntas: ¿Será que la primera flor de santidad de América se quedará hoy día sin imitadoras latino-americanas? ¿Será que jovencitas de la tradición católica, que ya recibieron tantas gracias de Dios, no se juntarán con la santa milicia de las almas contemplativas y reparadoras que llenó el Cielo y salvó a tantos pecadores? ¿Será que este mundo tan enfermo de la peor de las enfermedades, la que conduce a una condenación eterna, no recibirá una ayuda salvífica: la intercesión de almas generosas? ¿Será, en fin, que Dios ya no es Dios, la Santísima Trinidad, que sus perfecciones infinitas ya no merecen un amor exclusivo, una entera consagración, por su Gloria y su consuelo?

Ave María Purísima

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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