A Cuarenta años de una Fiesta, desde la Casa de al Lado

Recuerdos de la misa del 23 de julio de 1977 celebrada por Mons. Lefebvre

Cuarenta años no es poco en la vida de un hombre. Dan tiempo para ajustar la mirada, y en ese lapso aparecen hitos, momentos que van adquiriendo significación, sentido, y se mantienen resplandecientes. Sobre todo cuando se nos induce al recuerdo, que despierta, cuando se lo evoca, con total claridad.

Y así me ocurre con la misa celebrada por Monseñor Lefebvre en la quinta de Guerrico, hace cuarenta años. Siempre en un recuerdo hay un clima, una nota dominante: y para mí es la fiesta lo que define aquel hecho en mi memoria. Una fiesta, en el sentido tradicional el término. En el origen de la fiesta genuina, nos enseñó Josef Pieper, hay un núcleo religioso, hay una referencia a lo divino. Donde al amor se alegra, nos dice, ahí hay fiesta. Y el amor remite a Dios. Una fiesta de la pura profanidad, clausurada en la inmanencia, es una triste parodia, como vemos a menudo en nuestra pobre época.

Un suceso central, con referencia a Dios, pues. Y una dimensión social, en el mejor sentido de la palabra: con quién celebro. A quiénes congrega la fiesta. Con quiénes la comparto. Cómo la fiesta me une con ellos.

Pues bien, a estas dos realidades que definen la fiesta, aquella de hace cuarenta años tiene referencias inequívocas: la Santa Misa, en su centro. Y los amigos, en el marco. Una Misa con amigos. Vaya si fue un regalo de Dios.

Y los recuerdos desfilan y se agolpan, desordenados. Se reviven sensaciones. El lugar, una de las viejas quintas de Buenos Aires, que ahora ceden a los dúplex y a los barrios cerrados. No es lo mismo. Los viejos las añoramos. Es difícil encontrarlas ahora. Y un día de sol, luminoso, tal vez agigantado en el recuerdo en este aspecto. Una fiesta diurna, solar. Y con un personaje central sorprendente.

Y así, en tropel, vienen las sensaciones. La persona de Lefebvre es remansada, acogedora. No estamos frente a un energúmeno. Bastaba mirar sus ojos, a los que veo todavía hoy como claros y serenos. Una voz tranquila, no declamatoria, sensata. Su palabra mesurada y esperanzadora. Y una Misa como la que había aprendido de chico, frente a los esperpentos que llovían sobre los templos después del desquicio conciliar: eléctricas, chabacanas, superficiales, desacralizadas, y qué no. La misa que intentaba explicarme mi padre, la de mi primera comunión, la de siempre. Y que mis prematuros contactos escolares con el latín, elementales pero que en un chico no se borran jamás, me permitían ir saboreando tempranamente.

Y un hombre valiente, firme sin estridencias, que da un testimonio, frente a nubarrones y fantasmas.

Todo esto en medio de una alegría sin bochinches, sin desmesuras. Y allí los encuentros con tantos amigos. Algunos con quienes nos veíamos con asiduidad, otros no tanto quizá. Y a los que no habíamos visto en mucho tiempo. El gozo del reencuentro en torno al altar, con sacralidad, dignidad, decoro. Un sano entusiasmo que llevaba a meditar, a reflexionar, a conversar distendidos y reconfortados con aquellos amigos. No haré aquí una enumeración como mi viejo amigo Juan Lagalaye lo hiciera prolija y magistralmente. Pero todavía me conmueven algunas sorpresas, al ver y saludar algunos a quienes no imaginaba cruzarme allí. Así un antiguo y venerado maestro, a quien tanto debo, que ya está en la casa del Padre. El gozo nos inundó a los dos, y con muy pocas palabras nos entendimos perfectamente.

En fin, un recuerdo luminoso y ejemplar. Que enciende la esperanza.

 

Ver artículos precedentes sobre el mismo tema: Nacionalcatolicismo y A Propósito del Nacionalcatolicismo

Twittet

Marcelo González

Pasó algo maravilloso, que no todos han entendido. El pueblo argentino, democráticamente se alzó contra la oligarquía mundial abortista. El pueblo argentino reaccionó, como dijo el periodista Mariano Obarrio, actor principal en esta victoria, y produjo otra Reconquista, como en las Invasiones Inglesas. Es un hecho político extraordinario, como lo fue Malvinas o 2001.

Marcelo González

Mañana puede ocurrir un milagro. Pero, a decir verdad, el milagro ya ocurrió. El pueblo argentino, generalmente apático salvo en cuestiones relativas a su bienestar o seguridad, se levantó contra la conspiración internacional abortista que busca reducirnos a la miseria moral absoluta.

Editor y Responsable

Declaración de Mons. Lefebvre del 21 de noviembre de 1974. "Nos adherimos de todo corazón, con toda nuestra alma, a la Roma católica guardiana de la fe católica y de las tradiciones necesarias al mantenimiento de esa fe, a la Roma eterna, maestra de sabiduría y de verdad" ...

Editor y Responsable

 

Primera entrevista al nuevo Superior General de la FSSPX, don Davide Pagliarani.

Marcelo González

Don Davide (con acento en la a), o sea el P. Pagliarani, es el nuevo Superior General de la FSSPX. Mucha gente se pregunta de dónde salió. ¿Qué significa esta promoción inesperada de un cura raso a la máxima jerarquía? Otros, menos informados todavía, señalan un desorden inaceptable: ¿desde cuándo un simple presbítero va a ser superior de obispos? Estos lefebristas están todos locos.

Marcelo González

Se percibe un cierto temblor de mitras. El optimismo y la componenda comienzan a desdibujarse. Parece que no alcanza con dejarles el campo libre y ponerse a un costado. Cuando ocupen el campo vendrán a degollar a los que estén mirando resignados al discurrir inevitable de los tiempos. Es de manual: los tibios le venden la soga a los revolucionarios, que los van a linchar con esa misma soga (Lenin dixit).

Editor y Responsable

En pocas palabras: Pilatos era un pagano, o sea que había en él semillas de verdad, y de hecho se interesó en el tema, porque le preguntó a Jesús “¿qué es la verdad?” Y Jesús no le contestó. No le contestó… no quiero criticar, pero… Encima después lo amenazó con mandarle no se cuántas legiones de ángeles. Tampoco Pilatos podía dejar que atropellen así como así su autoridad. El tema es complejo. Jesús no se dejó ayudar, puso peros todo el tiempo.