Baciyelmo y confusión diabólica

A propósito de los dimes y diretes sobre la regularización canónica de la FSSPX

Quienes recuerden la primera parte del Quijote lo tendrán presente. En cierto episodio, el Caballero de la Triste Figura la emprende con un barbero que va a prestar servicio a un pueblo vecino. En medio de la soledad del campo, como llovía, el buen componedor de barbas y enfermedades se puso sobre la cabeza un bacín o bacía de latón, relumbrante. El caballero lo identificó de inmediato como el “yelmo del Mambrino”, famosos ambos, yelmo y dueño, en la novelas de caballerías. Acometió y con facilidad venció al barbero despavorido de lo cual se llevaron, en prenda de justos despojos de guerra, Don Quijote su “yelmo” y Sancho algunas buenas prendas del asno del vencido, para enjaezar el suyo, de más humilde condición.

Muchos episodios y enredos después, en la famosa Venta donde tienen lugar toda clase de confusiones y encantamientos demoníacos, por motivos que no permite este comentario detallar, el barbero damnificado reencuentra ambos, el bacín y los jaeces de su caballería y los reclama. Allí estaban presentes, además de Quijote y Sancho, el cura y el barbero amigos de Don Quijote, unos caballeros, un honorable capitán, un corregidor, cuatro miembros de la Santa Hermandad, amén del ventero, su mujer y las dos semidoncellas que contribuyeron a tantas burlas: Maritornes y la hija del ventero, y más personas. Gente de toda condición moral e intelectual. Se disputa pues si el bacín es tal o es yelmo, como sostiene el Quijote. El barbero damnificado mira con espanto, suspendido de que tanta gente honrada y principal aleguen a favor de que el objeto en cuestión sea realmente un yelmo y no un bacín. Algunos lo hacen por burla, otros por confusión, malicia o desconcierto. Sancho, sin embargo, parece encontrar la solución de tan intrincada cuestión ontológica: se trata, dice, de un “baciyelmo”. Bacín para algunos, yelmo para otros.

En este punto, no en otros, Sancho Panza parece que se adelanta a Kant y al modernismo teológico. Una cosa es y no es, al mismo tiempo, bajo el mismo aspecto. Un tiro mortal a uno de los principios evidentes fundadores de la filosofía aristotélica. Y del sentido común. ¿Pero no es acaso Sancho el representante del sentido común en la obra mayor de Cervantes? Sí, claro. Pero también lo es del sentido práctico. Sancho no se engaña, busca una solución para semejante enredo que a ese punto lleva involucradas no solo a muchas personas sino a la misma justicia del Rey.

Regularización o acuerdo

En estos días estuvimos expectantes o “suspendidos”, como diría Cervantes, ante las noticias sobre el “inminente” –ahora viene la parte difícil- “acuerdo” o “regularización” canónica de la FSSPX. Y el “o” en este caso manifiesta oposición. Uno u otro.

¿Se trata de un “yelmacuerdo” o de una “baciregularización”? Y la disputa no es solo filosófica, entre gente especializada y amante de la precisión. Participan los partisanos de un bando, los espectadores suspensos, caballeros principales que han decidido entrar en el juego de las apariencias y de las realidades, algunos con las mejores intenciones y otros no tanto. Y finalmente, los que buscan una solución práctica, aunque sea a costa de los principios de la filosofía del sentido común. O que no ven que esa solución pueda lesionar tales principios.

El yelmacuerdo, dice un respetable prelado digno de la mayor reverencia, no sería el caso, porque no versa sobre diferencias atingentes a la Fe. Mirado desde un punto, en lo estrictamente canónico, lo que se discute es una forma legal para que la FSSPX quede en regla. Y la forma, en cuanto tal, no involucra la Fe, sino una reglamentación que se adapte a la ley eclesiástica y a las necesidades del Instituto. Esta postura tiene muchos defensores que a la vez –como por arte de encantamento- protestan vigorosamente contra la falsedad de otros actos recientes de Francisco, a los que llaman ilícitos y hasta ilegales, con claras insinuaciones de mala fe de quien es juez último y autoridad suprema en materia legal en la Iglesia. Para mayor precisión: Franciscanos de la Inmaculada, Orden de Malta, y un mil casos más.

Por otro lado, la baciregularización puede ser impuesta por esa misma autoridad suprema, a la que se rinde obediencia y homenaje, a la vez que resistencia en sus desvaríos. Esta situación sería inevitable, a fuer de no quedar como cismáticos de espíritu al rechazar lo que desde siempre se ha reclamado como justo. Desde la época de su fundador, la FSSPX pide que se le deje hacer la experiencia de la Tradición, o sea, que no se la excluya con sanciones canónica y se le admita el desafío de ver por donde florece la Iglesia, si por el camino del Concilio y sus consecuencias o de la puntillosa fidelidad a lo que la Iglesia ha hecho siempre.

Pero la baciregularización tiene un desafío: y es que tras la aceptación de una forma canónica, por muy generosa, puede venir un incumplimiento de lo que se ha prometido y comprometido solemnemente desde la Santa Sede. ¿Cómo podría un Soberano Pontífice incumplir su palabra? Bien, no hace falta recurrir a la historia para comprobar lo que la experiencia de este pontificado ha hecho ya rutina.

Además, cuando el respetable prelado arriba mencionado habla de una regularización que no involucra cuestiones de Fe, esquiva la causa de la falta de regularidad que padece hoy la FSSPX. En breve síntesis: cuando se dio forma canónica ad experimentum a la FSSPX en 1970, como es de uso, posiblemente muchos no temían que el experimentum fuera tan exitoso. Llovieron suspensiones y excomuniones, pero el experimentum no solo creció y crece, sino que está más firme que muchos institutos nacidos con intención de ser fieles pero sin colisionar con Roma en materia doctrinal. Y sobre todo en la cuestión litúrgica, al menos en un comienzo. Si se atrevieron a más fue porque la FSSPX, desde su irregularidad, les regaló la Summorum Pontificum. De estos institutos puede decirse lo que con humor e ironía dice Cervantes de la Maritornes y la hija del ventero: eran “semidoncellas”.

La causa de la “irregularidad” es la intolerancia de la Roma modernista a la fidelidad a la Tradición íntegra. ¿Podrá la baciregularización proteger a la Sociedad de unas consecuencias tan funestas como tendría un yelmacuerdo.

El asunto está en manos de Sancho Panza, digamos para continuar la comparación. Él nunca se confundió sobre la naturaleza y uso del bacín de barbero. Pero tampoco olvidó que en la infortunada aventura de los rebaños, durante la pedrea impiadosa de los pastores, atajando los más mortales golpes a la cabeza de don Quijote, el bacín hizo parte de yelmo.

Así quedó el “yelmo” abollado y Don Quijote sin muelas. ¿Será mejor quizás apartarse del camino de ciertos pastores?

¡Qué quieren que les diga! No se.

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