Bergoglio y el equilibrio inestable

Panoramix decía ayer nomás

Comentario Druídico: Bergoglio es una combinación de ambas: en lo estratégico es un jugador de ajedrez. En lo táctico, un improvisado o un repentista. Tiene un genio particular para combinar estas aparentemente contradictorias actitudes. Busca su objetivo, no informa a nadie sobre lo que tiene planeado hacer, pero además hace muchas cosas para reforzar la idea de que no tiene objetivos. Por ejemplo, actúa de un modo totalmente espontáneo (movido a veces por broncas o resentimientos personales y otras por inesperados ataques de generosidad) en una cantidad de pequeñas cuestiones cotidianas, las que llevadas a la vidriera mundial del Sumo Pontificado adquieren una resonancia enorme. Allí quedan todos perplejos.

En esto suele cometer sus grandes errores. Como el que cita el autor, o aquel en la que dice que llegaría a trompear a quien hubiese ofendido a su madre. O que se deben dar unos chirlos a los niños díscolos. De estos aprietos sale airoso por ahora gracias al escudo protector de la popularidad.

Como en él convive un hombre de formación tradicional con un converso a las ideas de la más radical modernidad, no es raro que afloren ciertos atavismos algunas veces, cuando se deja llevar por la espontaneidad. 

Pero sus objetivos están planificados, aunque sólo él los conozca. Su ambivalencia es parte de su estrategia de juego.

A Bergoglio nadie sabe por que puerta esperarlo, porque él decide por qué puerta va a salir a último momento y nadie más que él lo sabe, con frecuencia ni siquiera él mismo. Pero nadie debe engañarse sobre ciertos objetivos que has sido constantes en su vida: el poder, sin duda, lo ha fascinado desde siempre.

Hoy "el poder", en su concepción, consiste en mantenerse en un campo gravitacional neutro donde distintas fuerzas de atracción lo tratan de arrastrar en sentidos opuestos. Y él pilotea esas fuerzas para flotar en un espacio en el que se siente cómodo y seguro: la popularidad.  

Cualquier tropiezo, inclusive uno menor, puede iniciar el desequilibrio de estas fuerzas tan trabajosamente combinadas, y llevarlo al desastre a la velocidad de un meteoro. Sea que se consuma por fricción en la caída, o que llegue a estrellarse contra la tierra.

Cualquiera sea el tiempo que esto dure, es previsible el desenlace, y será -una vez que se desencadene- muy rápido.

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