Bienaveturado Marco D'Aviano: Fraile Y Cruzado (Entrega I)

El Padre Marco D'Aviano, recientemente beatificado por el Papa, es uno de los más extraordinarios ejemplos de armonía entre la verdad y la caridad. Fraile Franciscano y guerrero cruzado fue un testimonio vivo de que la firmeza en la defensa de la fe no se contrapone a la mansedumbre que predicó Nuestro Señor. Su vida, de la cual publicamos la primera parte, es el mejor argumento católico contra la violencia irracional y el contra el pacifismo, dos flagelos la época presente.

I. Años de ansiosa espera Un singular acto notarial

El 18 de junio de 1686, la condesa Isabel Ferro se presentó con dos testigos al notario Julio Linteri, en Pordenone, y, sobre su palabra de noble señora, asentó un singular hecho acaecido a su nieto Carlos Domingo Cristofori.

Una noche de Navidad, cuando todavía era un niño de dos o tres años, la madre lo había acomodado ya en su pequeño lecho junto a su hermanito Leonardo. Después se arrodilló a la cabecera a rezar algunas oraciones. De improviso vio la cabeza del niño envuelta en un resplandor insólito. Sobresaltada miró en torno: ¿quién podría haber proyectado aquella luz? Pero en la habitación no había absolutamente nadie. Tal vez fuera una ilusión. Volvió entonces a la oración.

Pasó poco tiempo para que otra vez se le detuviera el corazón de golpe: la misteriosa luz estaba todavía allí, envolviendo, como una aureola, la cabeza del pequeño. Se puso de pie e inspeccionó la habitación. Pero las ventanas y las puertas estaban bien cerradas, y en la casa y la calle todo era paz y silencio.

Volvió a la cabecera de los hijitos con el corazón apretado en un puño

Y no había pasado más que pocos instantes y ya el misterioso esplendor estaba nuevamente allí. Pero esta vez la joven madre –contaba entonces con solo veinte años- no tuvo dudas: creyó ver en aquella luz un signo de predilección del cielo hacia su hijito. Y, mujer y madre feliz, no supo resistirse a la tentación de revelar a otros su secreto; al día siguiente, fiesta de san Esteban, cuando en Misa se encontró con su madre y su hermana Isabel, les contó cada uno de los detalles del suceso. Y volvió a contárselo a amigos y conocidos. Aquel niño era Carlos Domingo Cristofori.

El tercero de once hermanos, había abierto los ojos a la vida un 17 de noviembre de 1631, justamente cuando por Italia se desparramaba el terrible flagelo de la peste manzoniana. El mismo día fue bautizado recibiendo el nombre de Carlos y Domingo, el primero de ellos en honor de San Carlos Borromeo, el santo que durante otra espantosa pestilencia, cincuenta y cinco años atrás, había sido un verdadero ángel consolador para la ciudad de Milán.

La familia Cristofori

Carlos había nacido en una de las tantas buenas familias del Friuli sud occidental: una tierra recostada en las faldas del los Prealpes Cárnicos, sujeta a la República de Venecia, habitada por una gente vigorosa, emprendedora, tenaz, reñida con toda fatiga y toda dificultad.

Su madre, Rosa Zanoni, como su padre Marco Cristofori, pertenecían a la burguesía más adinerada de Aviano. La actividad comercial del padre daba buenas ganancias y le procuraba amistades y conocidos también en otros centros vecinos. Si existía alguna cosa que pudiera todavía cosquillearles las aspiraciones a los Cristofori, era esa de ostentar un blasón nobiliario, ambición ésta, por otra parte, secretamente acariciada por todos los burgueses adinerados. Mientras tanto, a la espera de ser contado un día entre los semidioses terrenos, el señor Marco se contentaba en rivalizar con aquéllos en procurarse privilegios y distinciones. Tenía en la iglesia un banco con su propio nombre y en una capilla la tumba de su familia...

Debilidades humanas, de acuerdo. En compensación, la familia Cristofori podía marchar orgullosa con sus propias nobles virtudes, entre las cuales se destacaban una solidez moral a toda prueba y una fe cristiana, sincera y operosa. No por nada, un tío paterno de Carlos Domingo había elegido la vida eclesiástica, como más tarde la elegiría un hermano suyo

Entre historia y leyenda El sueño de promoción social y de vanidad familiar no turbó por cierto la serenidad alegre del pequeño Carlos y sus recreaciones infantiles. La compañía, en casa y fuera de ella no le faltó, como no le faltaron las verdes extensiones de los prados y los declives de las colinas en donde corretear y hacer cabriolas. Tampoco le faltó, no muy lejano, un castillo, que con sus macizos muros y sus bastiones ofrecía a la fantasía de los niños la ocasión de galopar a la grupa del reino de las leyendas.

Y corrían por cierto leyendas en torno a ese castillo. Una de ellas tenía justamente por protagonista a una pariente lejana de los Cristofori.

Muchos años antes, hacia el 1499, una horda de musulmanes hacía estragos como un huracán violento sobre el Friuli. Los habitantes que no habían podido huir a los montes o los bosques habían sido todos masacrados sin piedad o deportados como esclavos o vendidos en los mercados del levante. Y fue esta la suerte que corrió una joven esposa de la familia Cristorfori que había buscado refugio en el castillo. Cuando el baluarte fue tomado, ella salvó la vida gracias a su hermosura y fue llevada al harén del sultán Bajazet, en Constantinopla.

Transcurrieron los años, y el marido que la creía ya muerta volvió a casarse, cuando de improviso reapareció en Aviano rica en oro y gemas. Durante un motín, con increíble coraje y astucia, había logrado huir y tomar el camino de retorno.

Estos episodios, envueltos en un halo de leyenda y celosamente custodiados por la tradición popular, volvían menos largas, en las tardes invernales, la vigilia en torno al camino. Y los fragmentos de osamentas humanas calcificadas que continuaban blanqueándose al sol en las cercanías del castillo, eran una trágica confirmación de aquellas leyendas y de la carnicería que los turcos habían llevado a cabo. De tal manera, los primeros recuerdos de Carlos Domingo vagaban en una confusa fluctuación de musulmanes feroces y sanguinarios y de cristianos trucidados o deportados. Y en sus juegos con los pequeños amigos imitaba asaltos de los turcos y contraataques victoriosos, soñando tal vez con ardorosas empresas en el fabuloso y lejano oriente.

El escolar tímido y reservado

La infancia de Carlos Domingo no fue diversa de la de un niño cualquiera de su condición, crecido en un lejano y soñoliento burgo de provincia. Nada en su comportamiento que lo distinguiese de sus coetáneos. Tal vez un poco más reservado y casi tímido, poco propenso al entusiasmo y menos todavía a la expansividad. Esto, sin embargo, no le impedía tener un ánimo extremadamente sensible, y lo demostraba, por ejemplo, donando a los pobres el pan que su madre le daba para la merienda.

Fue, probablemente, esa aguda sensibilidad y esa delicada reserva, junto con el recuerdo de la misteriosa luz sobre su rostro, que inspiraron a su madre una verdadera predilección hacia su pequeñuelo induciéndola a encargarse con mayor solicitud de su educación, sobre todo en el aspecto religioso.

En cuanto al padre, posiblemente pensaba en su hijo como un continuador de su actividad comercial. Y quiso darle una conveniente educación. Lo puso en la escuela de un maestro del lugar. ¿Qué cosa aprendió allí?, no se sabrá jamás. Tal vez a leer, a escribir, a hacer cuentas. De escuelas como esas, organizadas por iniciativa privada de cualquier pedagogo de campaña, no podía de esperarse mucho. Carlos Domingo, ya convertido en el padre Marco de Aviano, en una carta al Emperador Leopoldo I de Austria, recordaba una pequeña poesía aprendida en aquel tiempo:

"Ama Dio e non fallire

fa pur bene e lascia dire.

Lascia dire a chi vuole;

Ama Dios di buen cuore".

("Ama a Dios y no le faltes

Haz el bien y deja decir

Deja decir a quien quiera

Ama a Dios con buen corazón")

No es mucho, en verdad, especialmente ese tercer verso claudicante. Eso es todo.

El acto que en cierto modo, cierra el período más sereno de su vida fue la Confirmación recibida el 21 de junio de 1643 a la edad de casi 12 años. De su primera comunión y de todo el resto, nada. Exactamente un niño como todos.

El colegial solitario

El deseo del señor Marco Cristofori de acrecentar el decoro de la familia y su manía de querer rivalizar con la nobleza terminaron con poner en un serio aprieto a Carlos Domingo justo en el período más delicado de su formación, entre los 12 y los 15 años

Para proveer a su instrucción superior, el padre lo inscribe en el colegio de los jesuitas de Gorizia: el mejor colegio de la región y por lo tanto el preferido de la alta burguesía y de la aristocracia. Los estudios humanísticos estaban organizados por los Padres jesuitas con la ya conocida seriedad y competencia de la Orden; y también el joven Cristofori, durante dos o tres años sacó provecho de ello. Mas en cuanto al resto...

El jovenzuelo se encontró como un pez fuera del agua. Alrededor de é ya no se movía el mundo tranquilo y familiar de Aviano. Cuatrocientos jóvenes se agitaban desde la mañana a la noche. Y si hubieran sido todos cordiales y comprensivos!! En cambio, qué aires, qué hijos de nobles!! Seres de otro planeta. Semidioses que hacían sentir su superioridad social, dejando caer de lo alto miradas despreciativas y palabras punzantes hacia los otros, los nuevos ricos lugareños.

Para defenderse del desprecio y del atropello de facción, Carlos Domingo hubiera debido sacar las garras y arañar a su vez; pero no tenía uñas: la naturaleza lo había hecho cordero.

Tímido e indefenso, fue cerrándose cada vez más en sí mismo, mas sin rencor ni acritud hacia ninguno.

Tampoco sus superiores lograban hacerlo sentirse comprendido y darle un poco de coraje. Finalmente, ¿cómo hubieran podido penetrar en el mundo espiritual de ese joven esquivo, reservado, silencioso, sumergido en el desastre de esos otros jóvenes exuberantes, joviales, expansivos? Si hubiese tenido al menos una inteligencia espumante, brillante, como algunos de sus condiscípulos. En cambio, poseyendo buenas dotes intelectuales, no le agradaba mostrarse, ni siquiera tenía ese mínimo de exhibicionismo y de emulación que empujan instintivamente a los jóvenes a ponerse en evidencia.

Todo esto pesó decisivamente sobre la formación de su carácter ya inclinado a la reserva y a la timidez, y determinó en él un estado de ánimo similar a un complejo de inferioridad.

Privado así de un confidente y de una guía segura, el joven se encontró resolviendo solo sus propios problemas. Llevado a concentrarse en sí mismo, comenzó a poblar su mundo interior de sueños ya acariciados en el tiempo de su infancia: sueños en los cuales se fundían y confundían entremezclados, ardores juveniles y arrojos de fe, reminiscencias de lejanos parientes e ingenuos cuanto generosos deseos de martirio. Y esos sueños encontraban su alimento en las noticias que llegaban desde Oriente.

La guerra de Candia

Nuevamente eran los turcos los que volvían a agitar sus fantasías de joven.

La intrépida República de Venecia defendía desde el verano de 1645, la última de sus grandes posesiones en los mares del levante: la isla de Creta. Y era sin duda una lucha titánica contra un verdadero gigante, lucha llevada a cabo en todos los flancos, por tierra y por mar. Los venecianos se esforzaron desde el principio en dar a esa lucha el carácter de una cruzada para comprometer a las otras grandes potencias europeas en su ayuda. Pero estas, envueltas en la deshumanizada guerra de los treinta años, no pudieron o no quisieron secundarla en esta tentativa.

La apoyaron no obstante, con la simpatía y la admiración, todos los pueblos cristianos, especialmente aquellos que como el Friuli, se encontraban más expuestos a los asaltos de la medialuna. Se seguía con inquietud las alternativas de la guerra, escuchando conmocionados las narraciones de los soldados venecianos, como aquella del Capitán Biagio Zuliani, que al no poder defender un islote próximo al puerto de Canea, antes que rendirse prefirió prender fuego a la pólvora y hacer saltar por el aire la fortaleza, sepultando junto a él y sus ochenta compañeros a medio millar de enemigos. Tampoco era infrecuente el caso de hombres que, animados por el fervor religioso se enrolaban bajo la insignia de San Marco. Y no faltaron los niños que huían de sus casas para trasladarse al Levante.

Si aquellas vicisitudes conmovían a tantas almas, se comprende cómo encontraron rápidamente eco en el ánimo del joven Carlos. Y poco a poco ese eco se transformó en un reclamo cada vez más fuerte e imperioso, en una idea cada vez más obsesiva, irresistible, hasta convertirse en su interior en la voz misma de Dios: partir para el Oriente, combatir con los audaces, verter la sangre por la Fe.

Fuga arriesgada

Un día, en el colegio, Carlos Cristofori fue buscado en vano: había desaparecido. Fascinado por su sueño, eludiendo la vigilancia, había huido hacia Oriente. Y ahora en el camino hacia la meta, se sentía ya un pequeño cruzado, marchando hacia la lucha y el martirio. La alegría que le cantaba en el corazón lo disponía a una más y más grande generosidad, por lo que regaló al primer pobre que encontró los últimos centavos que le quedaban en la bolsa.

Lástima, sin embargo, que Oriente no se encontrara a la vuelta del camino o más allá de la giba de la primera colina. De cualquier modo, bastaron unas pocas decenas de kilómetros para desmontar su ardorosa fantasía y llamarlo a la realidad. Y fue en verdad una desagradable realidad. Al llegar a Capodistria, donde esperaba embarcarse en una nave de la República, se encontró sin un peso. Y tal vez, porque la muerte por hambre no entraba en su programa de martirio, fue a tocar la puerta de los capuchinos: al menos a ellos los conocía y un pedazo de pan sin duda no le negarían.

Fue más afortunado de cuanto osara esperar. El superior del convento era un viejo amigo de la familia; y como un verdadero amigo lo acogió cordialmente, le acalló los ruidos del estómago y sobre todo le dio un sabio consejo: que volviera a su casa. ¿Quería ir a Oriente?. Y ¿por qué entonces, no hacerse capuchino? También los capuchinos, allá, estaban combatiendo en una heroica batalla espiritual al lado de los soldados cristianos. Y sabían morir, por decenas, víctimas de la caridad y de las cimitarras de los turcos.

Fue para Carlos una idea luminosa y debió aparecérsele en su mente como algo más real que todas sus fantasías y sueños de adolescente. Sólo que para llevarla a cabo se necesitaba un poco de paciencia.

Volvió a casa, tal vez acompañado por el mismo Padre superior; y después de permanecer cerca de dos años con la familia, en 1648 dijo adiós a todo y entró con los Capuchinos. Tenía 17 años.

II. CAPUCHINO

Joven novicio

Es sabido quiénes eran los capuchinos: una rama del vigoroso árbol de los franciscanos, que en la primera mitad del 500 había resucitado el esplendor de la epopeya de San Francisco de Asís y de sus compañeros. La mitad del seiscientos los encontraba en pleno y riguroso desarrollo, rodeados de la estima y de la veneración universal,

También en Aviano se los conocía y se los veneraba. De los vecinos conventos de Pordenone, Oderzo, Portogruaro, Palmanova, Latisana y Sacile sus sayos se dejaban ver de cuando en cuando, ora para la predicación ora para las colectas. Y no era para nada infrecuente el caso de avianeses que se allegaban a Pordenone a pedirles su bendición. Los Cristofori tenían entre ellos caros amigos, como aquel superior de Capodistria que había reconducido a casa a su joven hijo.

Haciéndose capuchino, Carlos Domingo se convirtió en fray Marco de Aviano: tomando así el nombre de su propio padre.

A principios de setiembre de 1648 se lo mandó para el año de noviciado al convento de Conegliano a tres pasos de su casa. El maestro de novicios o director espiritual, era un friulano como él y casi un coterráneo: el Padre Bernardo de Pordenone, un verdadero hombre de Dios.

Pero el noviciado entre los capuchinos no era una cosa de tomársela con demasiada confianza, máxime si se encontraba enfrente de su propia casa y en compañía de un compatriota.

Ojos siempre a tierra, pies desnudos incluso en invierno, silencio riguroso y jamás interrumpido por días y semanas, el corazón alzado por la noche en meditación y recitado del oficio divino, reprensiones públicas e inexorables por cada defecto: eran solamente algunos aspectos de la nueva vida.

Pero a fray Marco la buena voluntad no le faltó y se empeñó con toda su alma. Pues, aquella unión con Dios, favorita de la soledad y del silencio, ¿no era acaso una aspiración profunda que había llevado siempre en el corazón?. Esta sí que era una maravillosa cruzada: lanzarse a la conquista del sublime e ilimitado ideal de perfección y de santidad, prepararse para cumplir un día una gran misión entre el pueblo cristiano.

Sin embargo, no obstante el fervor de los inicios, fray Marco continuaba siendo el joven tímido de antaño, habituado a devaluarse como en el colegio de los jesuitas. Y la desproporción entre la sublimidad de los ideales anhelados y su sentida y sufrida impotencia, lo lanzó prontamente en la inquietud y la incertidumbre. Lamentablemente, alguno cercano a él, avanzado en años pero corto de entendimiento, juzgándolo por su fragilidad física y su actitud más que humilde, debió sugerirle una y otra vez: "Pero, querido hijito, cómo piensas tú poder llevar la vida de los capuchinos, tú tan débil e incapaz? Terminarás por ser un peso muerto para ti mismo y para los otros..."

No bastó nada más para apagar su animo. Y poco a poco, el pensamiento de su incapacidad e inutilidad comenzó a dominarlo, hasta convertírsele en una obsesión y en un sufrimiento insoportable. ¡¡Si al menos se hubiese confiado con alguien!!. En cambio, a medida que ese pensamiento se le hacía cada vez más tormentoso más él se sumergía en sí mismo. Corría el peligro que volviera a repetir el error cometido en Gorizia, el huir a escondidas.

Pero esta vez, a su lado, había alguien que intuía la dura prueba y estaba alerta para ayudarlo: su Padre maestro. Y cuando el joven, no pudiendo más, se presentó a pedirle el hábito civil para volver con su familia, pudo encontrar en él las palabras justas para devolverle la paz del corazón e infundirle fe y coraje.

Tranquilizado y fortalecido, retornó con renovados bríos a la vida religiosa y condujo a término el año de prueba con la satisfacción de todos. El 21 de noviembre de 1649, fiesta de la Presentación de María, se entregaba a Dios con los votos de pobreza, castidad y obediencia. Era capuchino para siempre.

Dolorosa renuncia

Un lugar delicioso esperaba a fray Marco muy poco después de su profesión religiosa: Arzignano; un centro de modestas proporciones en la provincia de Vicenza, recostado en un valle sereno, lleno de sol y de verde, cuánto más propicio al recogimiento y a la ascensión espiritual. Un lugar, en suma, que no habría desagradado a San Francisco, el enamorado de la naturaleza y de Dios. Y no desagradó ciertamente a fray Marco.

Y en aquel convento aislado, alejado de las principales vías de comunicación y por lo tanto poco frecuentado por los superiores y los hermanos, fray Marco transcurrió algunos años, ocupado en hacer todo lo que los demás religiosos hacían, sin distinguirse en nada. Un buen fraile en suma, que tomaba a conciencia sus deberes y que se contentaba con todo. Podría parecer poco; pero para quien, en aquel tiempo observaba generosamente el tenor de la vida capuchina, era suficiente y tal vez hasta bastante: oraciones de día y de noche, ayunos sin término, flagelaciones frecuentes, renuncias continuas, fatigas y mortificaciones.

Para los jóvenes, apenas salidos del noviciado, que tenían necesidad de fortalecerse en la vida religiosa, estaba reservado un suplemento de austeridad. Ante todo, nada de estudios, los libros podían bien esperar y cubrirse de polvo. Ahora debían dedicarse solamente a los ejercicios espirituales, a penitencias más severas a conferencias y exhortaciones. Todo lo que estaba permitido eran algunas actividades manuales: trabajo de enfermero o de sacristán, labores en el huerto. Cosas que en suma no distrajesen la mente.

A los estudios se retornaba uno o dos años más tarde. Y no todos los clérigos eran admitidos, solamente aquellos que los superiores, después de un severo examen consideraban idóneos para convertirse un día en predicadores. Los demás, más o menos las dos terceras partes, continuaban con las fatigosas manualidades, hasta que, a una edad conveniente y sin una particular instrucción, eran consagrados sacerdotes. Para ellos la vida se desarrollaría sin otro encargo que aquel de celebrar misa, recitar el oficio divino, dar algunas bendiciones y ocuparse de la iglesia y de la sacristía. En suma una perspectiva muy poco alentadora para quien estuviese animado de grandes ideales.

Lamentablemente, entre los excluidos fue a parar también fray Marco. Su modestia excesiva y el exagerado sentimiento de incapacidad, le impidieron en el momento del examen hacer comprender sus reales dotes intelectuales, siéndole ambas cosas fatales. Por otra parte, ¿quién conocía a aquel joven silencioso y tímido, que vivía en un lejano convento de la periferia?. Ni siquiera los compañeros de Arzignano hubieran podido decir que lo conocían demasiado: todo lo que sabían era que para las labores manuales no era gran cosa.

Con la exclusión de los estudios se desvanecía uno de sus sueños más acariciados: el sueño de empeñar todas sus energías para la gloria de Dios y en beneficio de la Iglesia. Fue una dolorosa y angustiante renuncia, más que mortificante, que debió torturarle el alma: un verdadero holocausto a Dios de todos sus nobles y generosos arrojos.

Si embargo, todo esto obedecía a un plan de Dios. Un gran diseño de amor y de purificación: arraigar su alma en la más profunda humildad y elevarla progresivamente a un espíritu de renuncia y de santidad que nadie, y mucho menos él mismo, hubiese sospechado jamás.

Sacerdote

Sumergido en el silencio y el ocultamiento de sí, fray Marco no emerge de las sombras sino hasta 1655, cuando el 18 de setiembre es ordenado sacerdote por el Obispo de Chioggia, Francisco Grasso.

De su intenso trabajo de preparación espiritual, nada. Muy pocos estaban dispuestos a prestar atención y dar crédito de un clérigo como él, de segunda categoría. Todo lo que sabemos es que solicitó de la Santa Sede un indulto para anticipar tres meses la ordenación sacerdotal y que en aquel documento pontificio compilado sobre su misma demanda venía escrito: "fervore devotionis accesus": todo encendido de fervor y piedad.

Admitido a los estudios

El Padre Marco, había ya aceptado con humildad de espíritu y con santo coraje el hacer de su vida y de sus ideales un ofrecimiento cotidiano de sacrificio y renuncia a Dios y a sus cofrades, cuando ocurre un hecho imprevisto. El General de la Orden, Padre Fortunato da Cadore, intervino personalmente recomendando o mejor dicho "intimando" su admisión a los estudios. Visitando a los capuchinos venecianos en 1653 y encontrándose con el joven Marco, debió sin duda haber intuido la calidad de su alma y de su inteligencia, e interviene en el momento oportuno.

Imaginemos entonces la felicidad del Padre Marco. Todos sus sueños guardados en el fondo de su alma, salían a superficie más ardientes que nunca.

Los estudios duraban siete años: el primer trienio estaba dedicado a la profundización de la lógica y la filosofía, y un cuatrienio a la teología. Cada grupo de jóvenes estaba asignado a un solo profesor o lector, que proveía a su formación intelectual no menos que a la religiosa y moral. Y no se trataba de un estudio a la ligera sino que empeñaba a fondo todos los recursos del alumno. Y si en el examen que se daba al término del trienio, alguno no daba buena prueba de sí o dejaba que desear en cuanto a la conducta, era inexorablemente expulsado de los estudios y volvía definitivamente a la categoría de simple sacerdote.

"El buen Padre Marco"

Durante todo el período de estudios, el Padre Marco no dejó de ser aquel joven de siempre: reservado y silencioso, humilde y esquivo de todo exhibicionismo, de una voluntad firme y tenaz, una inteligencia segura y práctica más que fascinante o brillante. Quien no lo hubiese conocido íntimamente, habría sin duda podido malinterpretar su personalidad y juzgar su tolerancia como una especie de insensibilidad espiritual, su reserva como una falta de iniciativa, su silencio como pobreza de ideas, su practicidad como una limitación de la inteligencia. Y no fueron pocos, los que en el curso de su vida, lo malinterpretaron e infravaluaron.

Mal lo comprendieron incluso algunos de sus compañeros. Viéndolo siempre remiso e inalterable, a veces lo tomaban como blanco de sus pullas. El Padre Marco dejaba estar. Había soportado aún más, en Gorizia, de parte de los semidioses terrenos.

Solamente cuando las bromas eran un poco demasiado impertinentes, a veces reaccionaba, pero siempre a su manera, con mesura y garbo. Como cuando a un tal que porque le decía que en la vida no haría jamás nada de bueno, respondió con serena franqueza: "Y bien. En tanto pensemos en terminar los estudios. Luego se verá"

Pero se trataba de excepciones. En el fondo todos lo querían bien, como él quería bien a todos. Los superiores lo estimaban especialmente. Su lector, el Padre Antonio da Trento, se refería a él llamándolo afectuosamente "el buen Padre Marco"

Imágen de la Batalla de Viena

III. ORADOR SACRO

Predicador

El Padre Marco recibió el "diploma de predicador" en septiembre de 1664. No era ya un jovenzuelo: tenía treinta y tres años. Era un hombre ya hecho. Debía ganar el tiempo perdido. Y lo ganó.

Dio inicio a su actividad apostólica en la cuaresma siguiente, para continuarla con empeño todos los años subsiguientes, aunque del primer decenio no conozcamos precisamente el lugar donde predicó.

En este tiempo completó la redacción de sus discursos para el Adviento, para la Cuaresma y para las fiestas durante el año: una redacción que debía haber iniciado sin duda durante la época de sus estudios bajo la guía de su maestro.

Y aquí será oportuno llevar a cabo un rápido panorama de la oratoria sacra del 600, el siglo en que él desenvolvió su actividad.

Predicación en el ‘600

El ‘600, no obstante la reevaluación que se ha hecho en estos últimos decenios no goza en general, ni siquiera hoy, de excesivas simpatías. Alguno ha escrito, que el S. XVII fue un siglo calumniado, particularmente por los italianos, a menudo súcubos de los estudiosos protestantes de más allá de los Alpes, a los cuales no les parece mal mostrar todo lo más negativo posible de aquel siglo que vio la actuación del Concilio tridentino y el reafirmarse de la reforma católica en respuesta de la pseudorreforma protestante. Pero, aunque reconociendo los aspectos altamente positivos del seiscientos en el campo del arte y de la ciencia, se necesitaría verdaderamente una infinita buena voluntad para laudarlo en cuanto a la oratoria sacra, también porque esta última sumó en sí, tal vez más que cualquier otra forma expresiva, los aspectos negativos del movimiento barroco hasta transformarse en la expresión más genuina y más descompuesta.

Los oradores, aquellos de fama, naturalmente, y aquellos que seguían su ejemplo, se propusieron suscitar en torno a sí -como los poetas y los artistas- la maravilla. Y esto, ostentando una aspaventosa erudición sacra y profana, con acercamientos entre los Santos Padres y la mitología pagana y de teólogos de la Iglesia con poetas antiguos y recientes; revolucionando la sintaxis con inversiones de palabras, simetrías de frases y repeticiones continuas; recurriendo a descripciones minuciosas, interminables, exasperantes y a interrogaciones e interjecciones a raudales.

Se notaba de modo particular dos situaciones que más que las otras apuntaban a hacer arquear las cejas y maravillar al auditorio: el uso de las figuras retóricas y el recurso al "concepto predicable". Con la primera, y particularmente con la metáfora –la reina de las figuras retóricas-, usada con o sin propósito y a menudo en las formas más paradojales, el discurso se transformaba en una enmascarada ostentación y en una ejercitación de habilidad y originalidad.

En cuanto al "concepto predicable", se trataba una vez más, de habilísimas acrobacias mentales que apuntaban a asombrar al público y a mantenerlo con el aliento en la boca. Sobre un texto sacro, sobre un episodio escriturístico, el orador "conceptualizaba", es decir fantaseaba con complacida insistencia, tanto para sacar de ello, analogías, metáforas y fantasías, conceptos originales, significados imprevistos y conclusiones, si es posible, todavía más singulares e imprevisibles.

En un tiempo en que además de la búsqueda de la originalidad y el maravillar al auditorio se tendía a dramatizar todo, es natural que también la acción oratoria se resintiese profundamente. Y muy a menudo el púlpito se convertía en una especie de palco escénico, donde el predicador, transformándose en actor, buscaba expresar ideas y sentimientos mediante vistosos efectos sonoros y gestos no siempre mesurados y compuestos cuando no se recurría directamente a verdaderas y propias actuaciones.

De tal manera, más que tender al bien espiritual de los fieles, el orador demostraba no raramente el querer exaltarse a sí mismo, declamando un ejercicio prevalentemente retórico.

Pero no todo en el 600 fue corrupción y mal gusto. No faltaron los aspectos positivos, y estos no fueron pocos.

La predicación de los capuchinos

La orientación oficial de los capuchinos en cuanto a la predicación aparece en las antípodas de la oratoria de la época.

Ya en el 500, cuando surge la Orden, se había adoptado un método de predicación radicalmente contrastante con aquella de la gran corriente oficial: se habían propuesto volver al Evangelio en la forma y en el contenido. Las normas destinadas a orientar evangélicamente su actividad, la más importante de la orden, habían sido codificadas en las Constituciones, oficialmente reeditadas en 1643, en el mismo corazón del 600.

Ellas recomendaban a los predicadores el abstenerse de afectaciones lingíísticas "como no convenientes al desnudo y humilde Crucificado", y de valerse de "palabras desnudas, simples y humildes, llenas de amor y de divino fuego". ¡¡Fuera, por lo tanto, los poetas y los retóricos!! "Que se imprima en cambio en el corazón el bendito Jesús" a fin de que "por redundancia de amor El fuera el que los hiciera hablar". Y se esforzaran en "inflamarse como serafines del divino amor, de tal manera que, ardiendo, pudieran dar calor a los demás".

Aquí de sesentismo no se siente ni siquiera el olor: nos encontramos en las antípodas. Y cuando se piensa que éstas y otras similares normas estaban dictadas y aprobadas por toda la clase dirigente de la Orden que comprendía a los predicadores más renombrados de esa época, se concluye que los capuchinos se encontraban en una posición bien segura y se mantenían fieles al ideal de sus orígenes: una predicación simple, popular, evangélica, separada por miles de millas de la corriente del tiempo.

La predicación de los capuchinos vénetos

No todos los capuchinos se atuvieron siempre al ideal de la predicación propuesto por sus Constituciones. Un ejemplo, por dar un nombre, fue el P. Emanuel Orchi da Como, que se convirtió directamente en el máximo exponente de la más reprobada oratoria sesentista. Pero es un deber decir que en cambio de loas y aprobación no recibió de sus superiores más que reproches y deploración.

También en los capuchino vénetos el sesentismo echó profundas raíces. Un sesentista fue, por ejemplo, el Padre Mario De Bignoni, de Venezia, el cual, además que celebrado predicador fue también maestro y escritor. Lo mismo se puede decir del P. Angel María Marchesini, de Venecia, un santísimo hombre pero un aburridísimo sesentista. Y no nombramos a otros muchos.

Es claro que las obras de estos autores, los cuales fueron también maestros en la escuela capuchina, no dejaron de ejercer un influjo negativo sobre los jóvenes clérigos. Y tal vez a aquel influjo debemos atribuir ciertos defectos que hallamos con los mismos discursos del P. Marco: una forma redundante ya veces afectada, frecuentes interrogaciones y exclamaciones, observaciones y reflexiones peregrinas, rebusca de erudición sacra y profana y su acercamiento un poco chillón, el uso de ciertas metáforas un poco exageradas y el uso frecuente de conceptos un tanto originales.

Pero si incluso el P. Marco es hijo de su tiempo y de su escuela, se debe reconocer que supo mantener sin embargo en sus discursos, una cierta mesura. No hubo peligro alguno que los casos retóricos se transformaran en su predicación en fines en sí mismos. Fueron nada más que un tributo que él pagó al gusto corriente y que en realidad fueron desarrollados para el bien espiritual de su auditorio.

Y todavía más. Con el pasar del tiempo, a medida que en su memoria se atenuaban los recuerdos de la preceptiva escolástica, se iba despojando progresivamente de aquellos casos retóricos para afinar siempre más su lenguaje y su discurso al espíritu evangélico de las Constituciones capuchinas. Por lo demás el carácter mismo que va asumiendo poco a poco su predicación, hace que deba necesariamente llevarlo a un lenguaje rápido y esencial, vuelto más que a la inteligencia, al sentimiento y al alma.

Predicador popular

El Padre Marco fue un predicador esencialmente popular. Predicase en Garda, en Sermide o Schio, en Vicenza, Padua o Venecia, él no circunscribía su discurso exclusiva o prevalentemente a los intelectuales y menos que menos se ocupaba de acariciarles los oídos o el orgullo; hablaba para todos y por todos quería ser comprendido. Por lo tanto, dejaba de lado "los argumentos sutiles" y las elucubraciones cerebrales. Aquello que más le importaba era el hacer comprender "la importancia y la excelencia del alma, la grandeza del amor divino, la caducidad y finitud de los bienes de esta vida". Palabras éstas que alguien escuchó durante una cuaresma entera. Por eso, jamás se expresaba con metáforas superfluas, palabras oscuras y rebuscadas que el pueblo no llegaría a entender.

Y lograba hacerse comprender bien por todos, sacudiendo las consciencias y revolviendo los íntimos sentimientos del corazón. Lo experimentaron innumerables personas y lo experimentó en particular el general de los Capuchinos, P. Bernardino de Arezzo cuando en 1690 pasó por Venecia. Después de haberlo escuchado junto al célebre orador P. Francisco Casini, que más tarde fuera predicador apostólico y cardenal, quedó admirado y lo propuso como modelo de los predicadores eficaces, conocedor del alma humana y capaz de sacudir y conmover lo más íntimo del corazón.

Fervor de espíritu

El término "popular" no debe ser interpretado como sinónimo de superficial o improvisado. Y en efecto, los sermones del P. Marco, aunque de carácter popular, no eran fruto del facilismo y de la improvisación. Los preparaba, ¡¡y cómo!!.

Antes de dar inicio a una predicación cuaresmal, se retiraba a un convento por 20 días o un mes, para "aplicarse", como decía él, a un poco de estudio. Después, cada día, antes de subir al púlpito se recogía en su habitación por una hora al menos. Y no era una preparación puramente mental, era juntamente un ejercicio de oración y de penitencia: se flagelaba todas las veces ásperamente para impetrar del cielo una mayor fecundidad de palabra.

Se explica entonces por qué aparecía luego "todo lleno de espíritu seráfico" y como traspasado por su mismo ardor. Contrariamente a cuanto se podría esperar de su índole controlada y reservada, sobre el púlpito demostraba vivir, con una siempre renovada intensidad, el propio drama interior, al cual se abandonaba totalmente. De aquí sus ademanes dramáticos, la voz rota por la emoción y sobre todo las lágrimas, frecuentes y abundantes.

En todo esto, ciertamente debemos ver el influjo de la época. Pero si la tendencia del 600 le permitía al P. Marco una gran libertad de expresión, no por esto su comportamiento era menos espontáneo y sentido: era la sincera explosión de sentimientos profundamente vividos. De aquí la facilidad con que trasmitía a los otros su propia emoción. En torno a sí ocurrían frecuentemente escenas impresionantes, como aquella acaecida en Schio en 1684 y que fue contada por un testigo ocular. Su prédica determinó "una conmoción tal en el pueblo, que con llanto, lanzando todos gritos hacia el cielo, golpeándose vivamente el pecho y pidiendo misericordia a Dios, parecía... el rugido estrepitoso del mar".

Expresiones de este género u otras todavía más enfáticas, leemos en muchos y autorizados escritos contemporáneos; y no obstante, haciéndole el debido descuento a la tendencia amplificadora de la época, nos queda siempre suficiente para decir que se trataba de manifestaciones verdaderamente grandiosas.

Es verdad que la espiritualidad del 600 era, digamos, un tanto extrovertida, enderezada a las demostraciones externas más que a la interioridad recogida y austera. Y por esta causa, el pueblo estaba psicológicamente dispuesto a dejarse arrastrar por el orador en grandes manifestaciones públicas. Queda no obstante un hecho, que no eran muchos los predicadores que, como él, lograban sacudir las conciencias. Su pasaje por una ciudad era un verdadero acontecimiento que provocaba, a veces verdaderas conversiones espirituales haciendo cambiar la fisonomía moral de poblaciones enteras.

"Rompecristos"

La actividad apostólica del P. Marco puede ser dividida en dos períodos netamente distintos: antes y después de 1676, Ese año señaló un cambio decisivo, no tanto para la esencia de su predicación cuanto por la improvisa resonancia que adquirió su nombre y su palabra, como también por el hecho que junto a la primera forma de predicación se perfiló otra nueva, particularísima: la predicación del acto de dolor.

Del primer período conocemos muy poco. En compensación sabemos que durante una de sus primeras predicaciones cuaresmales, posiblemente la primera de todas, sucedió un hecho algo singular que merita ser referido.

Predicaba en San Michele Extra, un burgo de la periferia de Verona. En el lugar vivía una pareja de concubinos públicos: un verdadero escándalo para aquellas gentes buenas y honestas,

El Padre Marco fue informado de ello. No se necesitaba demasiado para verlo partir con la lanza en ristre contra el vicio de la deshonestidad. Y mientras desde el púlpito increpaba contra esto, en un momento de fervor aferró con fuerza el Crucifijo: de improviso un brazo del Cristo se rompió y fue a golpear la cabeza del concubino. Viva impresión en el auditorio. Al poco tiempo, también el segundo brazo del Cristo se rompió y fue a golpear a la concubina. Agitación en los presentes y exclamaciones de asombro, tanto que el predicador casi no pudo terminar su sermón.

Al final del acto religioso, la gente no se decidía a salir de la iglesia. Fuese por el efecto de la exaltación religiosa, de la superstición o de otra cosa, todos creían ver en la penumbra del coro al demonio en forma animalesca. La voz pronto se difundió y los presentes, sobrecogidos de terror suplicaban la bendición del predicador para poder ser preservados de las malas artes del diablo. El P. Marco que ya había salido, debió volver a la iglesia para fortalecerlos y bendecirlos.

El P. Cosme de Castelfranco aseguró que los dos mayores interesados, los concubinos, sacaron del evento una saludable lección y se convirtieron.

El predicador no desaprovechó la ocasión, por el estado de animo que se había adueñado de la población, para inducir a todos a la penitencia, posiblemente con costumbres en ese momento en boga como presentarse ante los fieles con una corona de espinas en la cabeza, , flagelarse ásperamente en público y exponer en la iglesia, inmersas en las llamas del infierno, las almas del rico Epulón y de notables herejes. El hecho fue que la ciudad participó como nunca en los sacramentos y en las celebraciones del misterio pascual.

En cuanto al P. Marco, se le adjudicó el nombre de "Rompecristos".

Predicación en Altamura

Semejantes acontecimientos y similares resultados hicieron apreciar la obra del P. Marco. Y si con el pasar de los años ellos no alcanzaron celebridad, no debiese ser por ello considerado entre los últimos predicadores de su provincia, si es verdad que en 1676 fue mandado a predicar la cuaresma en la catedral de Altamura, en la Pulia.

También aquí, especialmente durante la Semana Santa, acompañó la predicación con ese tono dramático que en el seiscientos, y especialmente en aquellos lugares, encontraba terreno favorable en la población o al menos en una gran parte de ella: flagelaciones públicas, manifestaciones de arrepentimiento y así sucesivamente. Y los resultados espirituales no fueron pocos ni despreciables.

De retorno al Véneto, se retiró en el convento de Padua, a continuar con su acostumbrada vida de trabajo, de oración, de escondimiento. Jamás hubiera hecho nada de su parte para emerger de las sombras, para distinguirse de algún modo de los demás. Solamente se sentía bien si nadie reparaba en él.

Y cuando sin embrago en 1672 fue electo superior del convento de Belluno y dos años más tarde superior del de Oderzo, no dejó de insistir para que se lo relevara de esos cargos. Recurrió incluso hasta el general de la Orden. Era siempre el complejo de la propia incapacidad e insuficiencia que lo acompañaba y lo empujaba a esconderse en las sombras. Pero en aquellas sombras y en aquel anonadamiento de sí mismo la gracia de Dios trabajaba modelándole el espíritu para guiarlo hacia las cimas de la santidad.

Twittet

Marcelo González

El siguiente texto es tan verdadero como verosímil el lector lo quiera considerar.

Editor y Responsable

No es posible hablar de "las dos caras de Francisco", él ha superado largamente esta metáfora. Francisco tiene múltiples caras, y uno de los momentos en los que se pueden observar es cuando recibe a personas o los regalos que estas personas le ofrecen. Claro que es imposible establecer un juicio a partir de un gesto.

Marcelo González

Retomamos el tema ya comenzado en un artículo anterior: “La Misa Nueva bien rezada vs. la Misa Tradicional”. El objeto, naturalmente, es establecer las diferencias del Novus Ordo con respecto a la Misa Tridentina, Gregoriana, Vetus Ordo o como se le quiera llamar.

Editor y Responsable

Entrevista (audio) subtitulada en español. Breve y muy esclarecedora sobre la opinión del P. Malachi Martin, autor de novelas tan renombradas como "El Último Papa", "Vaticano", y otras obras sobre la crisis de la Iglesia tras el Concilio Vaticano II. El fue secretario del Card. Bea, en época de Juan XXIII y afirmó conocer el "Tercer Secreto de Fátima". Murió repentinamente en condiciones todavía no aclaradas, según sus amigos más cercanos.

Editor y Responsable

Ayer conocimos la noticia: el teólogo más importante de la Conferencia Episcopal de los EE.UU. envió a Francisco una carta demandando el cese de sus actos de confusión doctrinal y persecución a los católicos fieles. Naturalmente, tuvo que renunciar a su cargo. Tomamos el texto en español que publica Sandro Magister junto con sus comentarios.

Editor y Responsable

No temamos, amigos católicos, con esto de la celebración de Lutero y la Reforma Protestante. Todo es una broma. El 28 de diciembre próximo la Santa Sede enviará a las iglesias luteranas, a todas ellas, confederadas, disgregadas, re-reformadas y ultraevolucionadas; obispos, obispas y [email protected], clero LGBTetc. un telegrama oficial con el texto: “Que la inocencia les valga, Francisco”

Editor y Responsable

Pidiendo el papa León XIII a Dios que todos se acojan a su misericordia para ser un solo rebaño bajo un solo pastor, aclara que para ello deberán salir de la bruma de las falsas creencias, reconcililarse con la verdadera Fe, deponer el odio cismático y, en otro caso, dejarse bautizar por la sangre que contra sí reclamaron en el día de la Pasión de Cristo.