Carta Abierta a Gustavo Béliz

Me dicen que hay un decreto -el 222/03- mediante el cual se pueden hacer llegar impugnaciones a la candidata Argibay. Me tiene sin cuidado. No aprobaré el examen de educación democrática, haciendo uso de una ordenanza que lleva la perversión en su mismo texto. Baste leer al respecto los artículos 2 º y 6 ª del total que lo componen. Por el primero se advierte que la elección recaerá sobre aquellos cuya "trayectoria y su compromiso con la defensa de los derechos humanos y los valores democráticos lo hagan merecedor de tan importante función". Traducido quiere decir que sólo elegirán a antiguos conmilitones y actuales cómplices de la subversión marxista. Por el segundo de los mencionados artículos, se aclara que no se aceptarán impugnaciones "que se funden en cualquier tipo de discriminación". Traducido quiere decir que el candidato puede ser homosexual, ateo, cabalista o adorador de fetiches.

Me dicen incluso que ya han llegado algunas objeciones, citando incompatibilidades entre las declaraciones y los antecedentes de la jueza y el derecho positivo actualmente vigente. De este modo el funesto gobierno montonero que Usted intregra, mantiene entretenidos y encuadrados a quienes creen de buena fe que sus obervaciones serán analizadas o tenidas en cuenta. Declaro mi desdén ante el positivismo jurídico y mi deliberada insipiencia de los artilugios que lo conforman.

Sé en cambio que hay un primer mandamiento, que la señorita Argibay ha violado al definirse atea militante. Y un quinto mandamiento, que ordena no matar a un inocente (Ex.20,13)… prescripción también violada por la susodicha portadora de alguno de los géneros hoy vigentes,al indicar el aborto entre los puntos de su ideario. Y un octavo mandamiento que prohibe levantar falso testimonio o mentir. Lo que no ha tenido en cuenta la candidata al permitir que su nombre figurara como desaparecida, gozando como goza de buena salud. O al inventar con descaro que "la Iglesia Católica necesitó un Concilio para determinar que la mujer tenía alma". Y hasta el ultraje del séptimo mandamiento podría mentar aquí, si es cierto que la Argibay o su parentela se beneficiaron con algún subsidio dada su condición de falsa desaparecida. Le recuerdo los Mandamientos y la gravedad de sus respectivas transgresiones porque no soy Obispo ni vocero del Episcopado.

Sé asimismo -con la Tradición y con el Magisterio de la Iglesia Católica a la que pertenezco- que nadie puede ser justo ni administrar justicia si vulnera intencionalmente la ley de Dios, con propósitos militantes de ofenderlo. Y sé al fin con el Derecho Canónico, que todo bautizado -y es su caso- que incurra en "delito contra la religión", ejecutándolo, promoviéndolo o asociándose a él, merece la excomunión latae sententiae (canon 1364). Lo mismo "quien procura el aborto" (canon 1398), cuanto más quien procure que tenga su defensora en la Suprema Corte o cohoneste que mañana pueda ser ley de la Nación. Excomunión, Béliz. Castigo cuya memoria le traigo a colación porque no soy el Cardenal Primado.

Pero Usted no está para escuchar estas admoniciones morales, eclesiales o canónicas fundadas en la preeminencia del Derecho Divino. Usted ha sido y es un oportunista candidato a todo y a nada, un saltimbanqui de las ideologías modernas, un merodeador de la partidocracia culposa, un salteador alternativo de cargos públicos, un ubicuo libretista de soflamas presidenciales, un hortera dócil de esta esclavitud colectiva que dan en llamar democracia.

Algún día sin embargo habrá de escuchar la voz tronitonante del Dios de los Ejércitos, que le dirá ¡Velis nolis!, y no precisamente porque lo llame por su gentilicio, sino porque esté diciéndole: quieras o no quieras tendrás que obedecerme. Tendrá que obedecerlo cuando Lo mande a su siniestra, como maldito del Padre, por haberlo negado y traicionado en el ejercicio de la vida política.

Y ese día, Béliz, no quisiera estar en su despacho.

Antonio Caponnetto

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