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Carta de un Tío a su Sobrina

Hemos recibido una carta que un lector de Panorama ha enviado a su sobrina a propósito de la "comunión en la mano". Nos la ha hecho llegar como modo de testimoniar su preocupación por el tema. Nosotros la reproducimos por la ejemplaridad de este acto de apostolado. El autor ha invertido un tiempo y esfuerzo en verter por escrito sus argumentos para mover la reflexión a su sobrina, tentada por la novedad de recibir el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor en la mano, modo que quiebra la costumbre centenaria del rito latino y muy en particular de los hispanoamericanos, de ofrecer el mayor respeto al Santísimo Sacramento. Este católico no se limitó a protestar o a condenar. Movido por el celo apostólico hacia su familiar se autoimpuso fundamentar las razones de su negativa con los principios positivos de la doctrina.

Por Carlos L. Bosch

Estimada sobrina:

El otro día alguien mencionó tus dudas sobre si adoptar la costumbre de comulgar con la mano. Salté como leche hervida, como suele ocurrirme, pero en ese momento nada congruente pude explicar sobre mis razones para sostener que esta novedad de la comunión en la mano no es buena, debemos evitarla pese a que la autoridad de la Iglesia lo autorice y muchos curas parezcan impulsarlo vehementemente.

Van estas líneas, pues, como un intento de explicar mis razones. Tal vez vos tengas las tuyas propias, o tal vez no se trate de un tema sobre el que te hayas detenido a pensar demasiado. No lo sé, pero en todo caso lo que aquí intento no es entrar en una de esas interminables discusiones verbales donde las partes se apasionan, pierden la serenidad y emplean cada uno argumentos de no muy buena fe, sino solamente tratar de volcar por escrito mis razones. Me guía un doble propósito: por un lado, la idea de que tal vez esas razones te sirvan para llegar a una conclusión más fundamentada sobre el tema… por otro, para que en todo caso no se piense que la posición de quienes nos oponemos a novedades como ésta es una posición ciega, primitiva, meramente negativa y carente de todo razonamiento. Tal vez estas razones te sean útiles, tal vez no, pero en todo caso trato de explicar por qué yo pienso de esta manera.

Un primer punto importante, aunque sea obvio y lo conozcas de memoria: Cristo está realmente en la Hostia consagrada. No es un símbolo o una figura. Ese pedazo de pan blanco es El verdaderamente. No es una frase. Es El. Cuando uno come la Hostia, lo come a Cristo en absoluta realidad y cuando uno mueve la Hostia de un lado para otro e interpone sus manos para después llevarla a la boca, todo ese manipuleo lo hace con el Cuerpo y con la Sangre del Señor. La Hostia es, por lo tanto, la cosa más sagrada que existe en el mundo. Infinitamente más sagrada que cualquier otra cosa en la que podamos pensar, como un crucifijo, el Papa, la imagen de la Virgen o incluso una real aparición de la Virgen. No hay comparación posible porque la distancia entre ese pedazo de pan y todo lo demás es la que hay entre lo Infinito, lo Absoluto, el Creador de todo, es decir Dios, y lo finito, lo creado.

Las manos del sacerdote que toman la Hostia y la mantienen cuando ya es Cristo, por supuesto, son manos humanas, tan humanas como las mías y las tuyas, pero sin embargo son distintas, tanto porque pertenecen al Sacerdote que en nombre de Cristo realiza el Sacrificio, como porque precisamente por ello están "consagradas", para lo cual fueron especialmente lavadas durante la Misa de una manera cuidadosa y ceremoniosa para que el Sacerdote emprenda con ellas esa operación maravillosa en virtud de la cual ese pedazo de pan y ese poco de vino se convertirán, en esas mismas manos humanas que lo sostienen, en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. No solamente las manos del sacerdote están consagradas y son lavadas en la ceremonia misma de una manera muy especial. En realidad el sacerdote representa a Cristo en la Eucaristía, o más aún Cristo actúa El mismo por medio del Sacerdote, de manera que quien toma la Hostia y la convierte en Dios, es el mismo Cristo.

Y, sin embargo, va cualquier feligrés a la Misa, tal vez sin siquiera haberse lavado las manos (pues no he visto mandato o recomendación insistente de la Iglesia en este sentido) y habiendo tocado durante la Misa desde su propia nariz hasta los mocos del bebe que tiene en brazos, o las manos del vecino en el saludo de la paz, o el billete que puso en la canasta, o la baranda de la Iglesia o lo que sea, y tranquilamente "opta" por agregar un paso innecesario a la recepción del Cuerpo y la Sangre, agarrando con sus manos, sin vacilar, nada menos que al Cristo real. Me pregunto si lo haría tan tranquilamente si realmente los sentidos pudieran ver a Cristo en la Hostia y advertir que uno lo está asiendo con sus manos. Me pregunto si en ese caso no caería de rodillas y sin animarse siquiera a elevar los ojos, no se le pasaría por la imaginación la idea de "optar" por el agregado de sus manos.

Intento, con este primer comentario, poner de resalto como de repente los feligreses católicos, que durante siglos no se atrevieron a tocar la Hostia consagrada, al punto que si caía al suelo debían apartarse y sólo el sacerdote podía levantarla mediante una serie de formalidades expresivas de profundo respeto, se ven hoy enfrentados a opciones como ésta, que parecen buscar la pérdida de ese respeto a través de la eliminación de las formas que lo expresaban. ¿Para qué? Preguntémonos para qué demonios se le ha ocurrido a alguien promover esta novedosa costumbre. No encontrarás respuesta, salvo la única posible: se trata de desacralizar la Hostia, de desvalorizarla.

¿No era lógico que esa Comida del Cuerpo y de la Sangre de Dios estuviese rodeada de formas máximas de profundo respeto?. ¿No es evidente que el no manipularla era un signo de respeto? Hoy todavía la comunión de la mano exige cierta ceremonia, pero no dudes que por el camino que vamos en poco tiempo la ceremonia se irá eliminando.

El hombre necesita rodear a las cosas sagradas, a las grandes cosas, de formalidades, de manera que no solamente sean sino que también parezcan algo especial, algo "distinto". Esas formalidades de distinción son signos que para el hombre quieren decir mucho. Cuando uno regala algo a alguien, lo envuelve con un envoltorio especial y le pone cintas de manera de simbolizar que eso es un regalo. Cuando alguien nos es presentado, uno se pone de pie en señal de respeto, de demostración especial. La novia se viste de blanco para ir al altar y el entierro es rodeado de una serie de formalidades indicativas de respeto. El dolor de la muerte es revestido por el hombre de ciertos símbolos y adornos, como también la fiesta de un casamiento o de un cumpleaños. Por eso cuando la Hostia se convierte en Cristo, me pongo de rodillas también en señal de respeto. ¡Cómo voy a estar parado frente a Cristo presente, mirándome! Hay miles de estas expresiones formales en nuestra vida diaria y ellas tienen generalmente un sentido claro (ponerse de rodillas comporta una manifestación de humillación, de ser menos, frente a algo muy superior) o en otros casos son signos que la costumbre ha impuesto como tales. El hombre, pues, rodea a las cosas sagradas o importantes de formalidades, y lo hace naturalmente, pues necesita manifestarse de manera extraordinaria frente a las cosas extraordinarias.

Lo más importante en la vida del hombre es -obviamente- Dios. A Dios, pues, se le deben reservar, y se le reservaban, los mayores signos de respeto, las mayores formalidades demostrativas del reconocimiento de su divinidad. Vamos (íbamos, más bien) a Misa mejor vestidos y peinados y allí adoptamos posiciones de respeto, nos sentamos y nos paramos no de cualquier manera (también esto "era" así). En la consagración el feligrés baja la vista demostrando ser indigno de contemplar abiertamente semejante majestuosidad. Y en la comunión recibía la Hostia de rodillas y en la boca directamente, siempre en ese mismo marco de profundo respeto. El sacerdote manipula con la mano la Hostia porque en ese momento es otro Cristo. El fiel le guarda un sacrosanto respeto y no la toca sino la boca para cumplir el mandato de comer su Cuerpo y beber su Sangre. Es decir, la toca sólo lo indispensable. ¿Alguien puede dudar que eliminar los signos y las formas de respeto conduce a la pérdida del respeto profundo, ya que en la naturaleza del hombre está el realizar gestos y signos que acompañen y manifiesten sus sentimientos?

Vivimos una época de neta destrucción de los valores tradicionales de la civilización cristiana. Los enemigos de esa cultura cristiana, los de la Edad Media "oscura", oscuridad que a sus ojos estriba precisamente en el hecho inaceptable de que Dios fuera el centro absoluto del cosmos, saben que para terminar con los valores hay que comenzar ensuciando las formas y que para terminar con Dios hay que elevar al Hombre. En definitiva, hacerlo Dios. De ahí la nueva religión mundial de los "Derechos Humanos".

Esto viene de lejos, pero adquirió su fuerza más poderosa en el pasado siglo XX y en éste. Gracias a la televisión, arma formidable en manos del enemigo del cristianismo. Aquí se vino abajo estrepitosamente la estantería de las formas que aún contenían y preservaban a duras penas los viejos valores cristianos. Nada quedó en pié. El honor, el coraje, el patriotismo, la honestidad, el pudor, el respeto a la palabra empeñada, el amor a la cultura, el buen vestir, la corrección del hablar, el arte clásico, la literatura, la virginidad, el matrimonio, la diferencia sexual, etc., todo esto se encuentra actualmente destruido.

Pero quedaba el culto a Dios, la religión. También allí, sobre todo allí, había que destruir las formas si se quería destruir destruir la religión. Esto se fue consiguiendo con velocidad sorprendente. No empezó esto exactamente con el Concilio, pero a partir de allí adquirió una velocidad impresionante. Fueron eliminándose las formalidades y las solemnidades de la Misa y se fue cambiando la mentalidad de los católicos de una manera que en los años 60 nadie hubiera creído posible. Se cambió la sotana por la vestimenta protestante, se dio vuelta el altar en revolución de 180 grados, se modificaron una y otra vez las oraciones principales, como para acostumbrar a los cambios permanentes, se suprimió el arrodillarse para recibir la comunión, y, entre otras muchas cosas, se prolongó abrumadoramente la parte de la misa dedicada a la Palabra, incluidos los interminables sermones y los largos minutos de meditación posterior a ellos, mientras se apuró lo más posible el tiempo de la comunión, designándose ministros y ministras para mayor velocidad..

Había que desacralizar el centro de la misa, el centro de la religión Católica. La Eucaristía. Y se va consiguiendo.

Vaya, pues, esta pregunta final: ¿Por qué la comunión con la mano? ¿A cuento de qué esta duda de si comulgar con la mano, cuando hace ya muchos años que venís recibiendo la comunión en la boca y, que yo sepa, ningún inconveniente te trajo? Yo creo que esta pregunta vale la pena que uno se la formule: ¿qué es lo que impulsa a la gente a querer adherir a cambios que no implican nada malo (suponiendo que así fuera) pero tampoco nada bueno? Si uno rasca un poco el asunto, creo que surgirán algunas respuestas nada alentadoras, tales como:

espíritu de trasgresión, porque aunque esté autorizada la comunión con la mano, implica transgredir "lo de siempre", atreverme a lo que nunca me atreví: tocar la hostia con mis manos es una novedad que "rompe tabúes", sin duda constituye un toque de modernidad que, en definitiva, siempre es transgresora.

lo nuevo es siempre mejor que lo viejo, por lo que aun siendo ambos métodos iguales desde cualquier ángulo de juicio, es mejor lo que cambia que lo que permanece.

dejar de lado formalismos, que siempre son malos, porque todo formalismo es hueco y, por ende, falso. Lo auténtico es lo no formal, lo espontáneo. Y lo espontáneo es que yo agarre con la mano lo que como.

Digo que estas respuestas no son alentadoras porque me parece que uno no puede desconocer que el espíritu trasgresor de las costumbres tradicionales (en una comunidad, en una Nación, en una familia, en un colegio) no es bueno sino en principio malo, salvo -obviamente- cuando se trata de transgredir normas que son en sí mismas malas. ¿Pero era mala la norma -o la costumbre- de recibir a Jesús en la boca, de no agarrarlo con las manos propias en señal de respeto a la inmensidad de lo que constituye la Hostia consagrada? ¿Alguien puede decir que eso era malo y requería un cambio? ¿Alguien puede decir que el pueblo cristiano quería y necesitaba ese cambio porque allí había algo que molestaba profundamente? Alguien puede decir que se gana algo con la comunión en la mano?

¿Entonces, por qué la duda de si adoptar o no la comunión con la mano? Si uno llega a la conclusión de que nadie pedía realmente este cambio y de que nadie lo necesitaba, si uno acepta que la comunión en la boca en sí misma era una buena señal de respeto, y si uno acepta que esta modificación abrupta y chocante de la vieja costumbre fue impuesta de manera muy forzada, entonces la conclusión a la que habrá que llegar, por lógica pura, es que es casi seguro que alguien hizo eso con una finalidad que no es buena. Nadie produce cambios como estos porque sí. Y, en todo caso, cuando el objetivo es producir cambios por el hecho mismo de los cambios, en realidad es porque se considera que los cambios son en sí mismo buenos sirvan o no para algo.

Pero, repito, un cambio como este no pudo producirse porque sí nomás. Pasar de la vieja costumbre, lógica y razonable, acorde con el respeto que debe provocar la Hostia, de no agarrar la Hostia a la nueva de tomarla con las manos, era evidentemente algo muy importante, muy chocante. Quien lo pensó, supo que no estaba disponiendo una pavada. No se hizo, pues, simplemente por que sí, sino por alguna razón.

¿Sería una razón profiláctica, como dicen algunos? ¿Evitar contagios y todo eso? Esto es absolutamente risible y no merece casi comentarios, por lo que me limito a preguntar si esos mismos de la comunión en la mano no van después y toman mate con bombilla chupado y salivado por otros, o no van a cualquier café y toman de la misma taza que tomó un desconocido y fue lavada así nomás con un chorrito de agua. Por otro lado, vos creés que es realmente esa la razón que impulsa a tantas mujeres "modernas" a lanzarse voraces sobre la hostia para agarrarla con la mano desde el mismo día que esto fue autorizado? ¿No es evidente, más bien, que lo que las guía es el frívolo espíritu de "ser modernas", de estar en el último grito religioso, de mostrarse en contra de los tradicionalismos, de ser "abiertas" y no cerradas, de ser las primeras en "dar la tecla"? Si les dijeran que ahora lo moderno es ponerse cabeza abajo y recibirla en la boca en esta incómoda posición, no dudes que pronto lo harían entusiasmadas. Por otro lado, si de evitar contagios se tratase, el sacerdote debería consagrar y repartir la Hostia con cuchara y tenedor.

No, la razón del cambio no es profiláctica. ¿Para qué dar vueltas si la razón surge a simple vista? Se trata de "desacralizar", de quitar formalidades y señales de respeto a la Hostia, al Cuerpo y Sangre de Cristo. Esto no sólo es evidente por sí mismo, sino que además va acompañado de otros cientos de cambios que tienden a lo mismo, que buscan lo mismo. Forma parte de una línea de conducta que está a la vista de todos.

Por eso sostengo que, dentro mismo de la Iglesia, hay que resistir esa tendencia. La Iglesia tiene sacerdotes buenos y malos. En vez de seguir como borregos a los malos, sigamos a los buenos, y desde adentro de la Iglesia formemos grupos de opinión que tiran para atrás en este desenfreno modernista de busca permanente de novedades. Si nosotros, que alguna mínima preparación tenemos, no lo hacemos, que harán los millones de latinoamericanos sin preparación alguna que son bamboleados por esta ola progresista sin entender nada de lo que pasa. Rescatemos las tradiciones y luchemos, en la medida de las posibilidades, para resistir a la tendencia destructiva. Esta es nuestra obligación, y no la de adherir frívolamente a cuanto cambio se produce.

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