Castellani: un profeta de nuestras desgracias

En estos días de desasosiego que vivimos los argentinos, sumidos en medio de un desorden que no es otra cosa, en realidad, que el desenlace de un largo proceso de falsificación espiritual, moral e histórica, es imprescindible dirigir nuestras miradas a los grandes maestros y profetas que vieron y anunciaron (predicando en el desierto como Juan el Bautista), nuestra severa crisis y, de manera particular detener nuestra atención en la figura paradigmática -tanto en su vida personal como en sus obras- del P. Leonardo Castellani.

Castellani ha sido, sin duda, la gracia más excelsa otorgada por Dios a nuestra Argentina del s. XX. Su genialidad intelectual, su talento literario, su mentalidad metafísica, sus magistrales dotes de escritor y poeta, su dimensión pastoral y, principalmente, su clarividente intuición profética, lo destinaban a ser el arquetipo real y posible de la argentinidad.

La tilinguería de las sedicentes clases dirigentes, el fariseismo eclesiástico, las envidias corporativas, la mediocridad al uso encaramadaen las universidades y la vida académica, la falsificación -en una palabra- de todas las esferas nacionales (de modo particular en el orden de la inteligencia), lo impidió.

Hoy padecemos las trágicas consecuencias de ese rechazo. “Una injusticia no reparada es una cosa inmortal” (Platón). “La gracia que no convierte, pervierte” (Kierkergaard). “Esta es una nación mistificada” (L. Castellani). 

Efectivamente, una Nación que ha engrandecido a Borges (apátrida agnóstico sin tan siquiera raíces telúricas) ha de ser inevitablemente una Nación falsificada.

Las secuelas de esa falsificación están ante nuestros ojos. La burguesía en disolución, educada en todas y cada una de las mentiras de la historiografía oficial, reniega una vez más (lo ha hecho a lo largo de dos siglos) de “este país insoportable” y se sumerge en un estado de angustia colectiva cuya causa determinante no es otra que la ausencia (ahora duramente sentida) de una verdadera educación en los históricos y existenciales valores del espiritu.

La decadencia que nos consume ha sido literalmente prevista por Castellani: “Tengo temor de que Dios diga algún día: maldita sea esta nación Argentina donde no hay caridad no tampoco justicia, y añadiendo luego para consuelo: “pero, en fin, no se, algo hay; y por diez justos que hubiera habido en Sodoma, ésta se hubiera salvado”.

Notemos la fineza del análisis: “no hay caridad ni tampoco justicia”, las dos virtudes sustantivas que sostienen la vida social, una en el plano natural (justicia), la otra en el sobrenatural (caridad). Y esta ausencia, tan agudamente percibida hoy en el pueblo (más que nada por sus míseros) toca, primordialmente, a quienes en cualquier nivel integran las así llamadas clases dirigentes y más concretamente, políticos en todas sus facetas, jueces, obispos, intelectuales, artistas, docentes.

Ahora nos ahoga el problema económico, pero ¿no describió hace décadas Castellani en una síntesis perfecta la perversa dinámica de la usura?

Lo que trajo el capitalismo, a saber: la destrucción de los antiguos gremios, la laicización de los Estados, el amotonamiento de las riquezas en manos de pocos, la destrucción de las pequeñas industrias y comercio para dar paso a los monopolios, y después (la encíclica “Rerum novarum” lo señala) el fondo de toda esta férrea organización, que es la usura; no ya la usura superficial de los que llamamos con desprecio usureros; sino la usura de fondo de los que llamamos con respeto financistas. Esta usura de fondo podemos resumirla en tres operaciones fundamentales: 1º) hacer pasar el dinero como productor, siendo así que sólo es instrumento del trabajo; 2º) convertir al trabajo y al dinero en mercancía y comerciar no solamente con el dinero, sino con el crédito, la sombra del dinero; 3º) apoderarse solapadamente o no de los resortes del poder público a fin de mantener en pie la férrea armadura...”

También nos aprisiona la mentira pero ya también Castellani nos advertía: “el seudoprofeta hará alardes de religión (Apok.13, 17) para arrumar la verdadera religión. Es una fama falsa, cosa abundante hoy día; se fabrican con la maquinaria de la publicidad. Gracias al periodismo y a lo que de él depende, hay muchísimas mentiras sueltas y verdades encadenadas en la Argentina... Nos dan mentira, y la gente se va a lo más barato. Hay muchas verdades que no se dicen en la Argentina; que no se pueden decir y no se dirán jamás...”.

Este luminoso texto encierra todo el espanto de nuestra época “mediática” y desnuda los mitos constitucionales de la “libertad de prensa” que no dijo ni dirá jamás las grandes y fecundas (aunque ciertamente muy dolorosas) verdades que el país necesita.  

Mas también en estos días de anarquía algunos vienen en cuestionar el servilismo de la Corte Suprema, empero ya en diciembre de 1944 apuntaba Castellani: “Jamás, que nosotros sepamos, la Corte Suprema ha producido un acto de justicia suprema, la defensa de un derecho natural conculcado... Si se publicaran las Acordadas de la Corte en sus ochenta años de vida, no hallaría el pueblo en esos documentos herméticos y regiminosos un sólo gesto inteligente y grande: la posición de algún gran principio jurídico (un golpe certero a la insolencia desmesurada del mercader logrero, sea o no extranjero), el hacer tascar el freno de la ley a un multimillonario, la defensa heroica de la Nación contra alguno de esos grandes estupros de que ha sido víctima, en fin cualquier actitud en que aparezca el juez y no el intérprete, la gran espada luminosa y desnuda de la justicia en vez del compás y la cinta métrica”. 

Con seguridad que si el profético Castellani hubiera sido leido y escuchado por quienes sobresalían por su condición intelectual, educativa, política o social, otro hubiera sido el futuro de la República. Pero todos éstos insistieron (e insisten) con -en la expresiva frase de Arturo Jauretche- “los profetas del odio” y la desnaturalización. Con esa “manga de langostas apocalípticas” que desde las derechas hasta las izquierdas han ignorado, ignoran e ignorarán el verdadero ser de una Nación a la que, en lo profundo de sus torcidos corazones, jamás conocieron, sirvieron y amaron cual luminosa y adolorida Dulcinea.

Que no sea éste el destino de nuestros jóvenes. A ellos les recuerdo lo que Castellani (verdadero doctor) apunta de nuestras propias  vocaciones particulares: “Dios tiene una cuestión personal con cada uno de nosotros; necesita o exige que cada uno de nosotros haga una cosa propia y diferente para Él. Eso es la santidad... Si mi mística no me engaña, todo hombre debe hacer para Dios una cosa inimitable, aquello que él sólo puede dar, aquello para lo cual el Ser Supremo lo suscitó, con el grito de un nombre propio que Él sólo sabe..., para llegar a ser lo que somos”.

 


 

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