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Celo de curiosidad, Celo de amor, Celo de vanidad

En sus comentarios al  Evangelio de San Mateo, Charles de Foucauld recomienda –apenas comenzado el  libro- leer las palabras inspiradas por Dios con creciente celo de amor y  decreciente celo de curiosidad.

“Leamos  siempre así los Santos Evangelios, amorosamente, como sentados a los pies de  Dios que nos habla de Sí mismo y escuchando su palabra con una atención y un  celo a la medida de nuestro amor; amorosamente, escuchándolo hablar de Sí mismo  como María y José lo hacían en Nazaret, como Magdalena en Betania…” (#)

El amor por la Doctrina que Dios nos ha  revelado tiene su causa,  su sentido y su término en el amor a Dios mismo. Sin  amor a Dios, o en la medida de ese amor, el estudio de la Doctrina y el celo por su  cumplimiento y propagación resulta más bien celo de curiosidad que de amor. O  peor aún, celo de vanidad.

“Si  me amáis, conservaréis mis mandamientos…El que tiene mis mandamientos y los  conserva, ése es el que me ama, y será amado por el Padre, y Yo también lo amaré,  y me manifestaré a él”, dice el Señor, (Jn. XIV,  15 y ss.). Es claro: se cumple lo mandado por  Dios, revelado por Cristo e inspirado por el Espíritu Santo, por amor al Dios  Uno y Trino.

De donde la Caridad, (el amor en su  máxima perfección, como virtud teologal) perfecciona la comprensión de la doctrina iluminando el intelecto, corrige su aplicación, serenando el corazón para obrar con prudencia y poder distinguir lo  que es de Dios de lo que es propio.

El cumplimiento de la doctrina,  la profesión y defensa de la Fe,  frente a terceros como en el ejercicio para con Dios mismo alcanza su  perfección en la Caridad. “Pero por sobre todas estas cosas, revestíos  del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col. III, 14).

Veritatem facientes in  caritate…”…para que no seamos ya niños  fluctuantes y llevados a la deriva por  todo viento de doctrina, al antojo de la humana malicia, de la astucia que conduce engañosamente al error, sino  que andemos en la verdad por el amor,  en todo crezcamos hacia adentro de Aquel que es la Cabeza, Cristo”. (Ef.  IV, 14-15).

Consideración que es aplicable  a todos, a los progres por sus  veleidades de hacer una doctrina a su medida, y por los tradis, por la suyas (cuando las hay, ciertamente) de ser fieles a  la doctrina sin ser fieles al autor de la doctrina, ni discípulos amantes,  sentados a los pies del maestro recibiendo amorosamente su palabra con humildad  y serenidad de corazón. Sin humana  malicia, sin astucia que conduce al  error.

Nunca es suficiente repetirlo:  “Sin la Fe es imposible agradar… a Dios”, (Heb. XI,  14). Pero la Fe no  basta. Sola fides, decía Lutero. Algunos,  bastante descaminadamente, acusan a los tradicionalistas de ser como Lutero. Involuntariamente,  sin embargo podrían acertar en algo si miramos a algunos de ellos. No es solo la Fe, sino las obras de la    Fe. Los mandamientos, los preceptos, las  obras de misericordia.

Y sin las obras de la Fe: “¿De qué sirve, hermanos míos, que uno diga que tiene fe si no tiene  las obras? ¿Por ventura la fe de ese tal  puede salvarle? … Así también la fe, si no tiene obras, es muerta como tal”, (Sant. II, 14 y ss.). La vida de la fe  es la caridad.

La   Fe sin obras no puede salvar, que es lo peor que puede pasarle a un alma:  condenarse. Y sin embargo algo más grave puede ocurrir y es que no solo se  condene quien predica una Fe sin obras. Puede ocurrir que contribuya a la  condenación de otros, encaminándolos en  el mal espíritu de esa fe muerta, o apartando a otros por el escándalo.

Pero sin llegar a tales  extremos, la Fe no  puede ser profundamente comprendida en la medida en que humanamente sea  comprensible, ni profundamente encarnada si no se caldea en el fuego fe la Caridad. Quien no  obra según la Fe  tampoco puede acceder a las honduras y sutiles matices de la Fe por las sendas de la Caridad.

Santo Tomás de Aquino, el  Doctor Universal es también el Doctor Angélico. Profundizó con tanta sutileza  en los misterios de la Fe  y dio sustento formidable a la ciencia de la teología porque su inteligencia,  su estudiosidad, su genio estaban aparejados a su castidad, humildad y amor a  Dios.

Hablando de él, dicen los  papas que tenía el hábito –propio de una piedad infantil- de apoyar su cabeza  en el Sagrario cuando enfrentaba problemas arduos que no podía resolver. Iba a  pedir a Dios la luz de la inteligencia haciéndose como niño, como quien busca  la respuesta en el regazo de su madre o en el pecho de su padre.

Así, haciéndose como niño, con  la pureza y la humildad de un niño que en todo depende de sus padres, hizo este  santo la obra teológica más formidable de la historia. Al punto que la Iglesia la hizo propia  como instrumento de formación y como auxiliar invalorable del Magisterio.

Santo Tomás, paradigma de la  defensa de la Fe,  de luminosa comprensión de la Fe  en la medida que la mente humana pueda comprender, caldeaba su espíritu en el  fuego del sagrario. Buscaba la verdad sin prejuicios, salvaba la proposición  del prójimo, y no le importaba quien dijera la verdad en tanto que lo dicho  fuera la verdad.

Nunca fue flojo en la defensa  de la Fe.

Fe más Caridad. No hay Caridad  sin Fe. Pero hay solo una Fe deficiente, mal aprendida y peor aplicada sin Caridad.

Lección para todos, con envío  especial a los tradicionalistas, tan flojos que somos en la caridad. ¿Hasta  donde podemos defender la Fe  sin el amor ardiente por el Autor de la   Fe, o con un amor tibio? Pocas o ninguna posibilidad de éxito,  particularmente en estos tiempos de durísima prueba.

No se puede levantar la  bandera de Cristo si falta el blasón del amor de y a Cristo, el amor a su Iglesia. No se puede amar perfectamente  la Verdad sin  amor al autor de la Verdad,  a la Verdad  encarnada.

Bien lo dice de Foucauld en la  cita referida: no se alcanza el celo del amor sino sentándose a los pies de  Cristo para aprender su doctrina. Como niños ante su maestro. Por amor, no por  curiosidad, menos por orgullo o espíritu de facción.

No es meramente una mala  defensa de la Verdad. Es,  sin el amor a Cristo, una defensa de  otras cosas que se mezclan con la   Verdad desdibujándola. Tratando de defender la Fe así, puede uno apartarse de un modo impresionante del  camino de la Verdad.

Hay que tomar todo. El Camino,  la Verdad y la    Vida. Si dejamos uno, perdemos la  totalidad.

Así Dios nos ayude, amén.