Consagración al S. Corazón y destino de la humanidad

Lo que la Iglesia ha dejado de enseñar por boca de su jerarquía actual

En la octava de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, llamamos la atención sobre la consagración que el papa León XIII ordenó con motivo de su encíclica Annum Sacrum, del 25 de mayo de 1899, y luego fue repetida por Pío XI cuando instauró la fiesta de Cristo Rey, por medio de su encíclica Quas Primas, del 11 de diciembre de 1925.

Ambas cartas apostólicas tratan sobre la relación de la Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo y su relación con el Sagrado Corazón. En la primera, dedicada a la consagración del género humano, se pone el acento en lo que es la causa de nuestra salud, la culminación del acto redentor y momento en que la tierra y el cielo se unen para la creación de la Iglesia, la Nueva Alianza. La segunda, cuyo tema central son las razones y consecuencias de la realeza de Cristo sobre los hombres, no solo en forma individual sino colectiva, no solo de los creyentes sino de todo el género humano.

Por eso creemos necesario llamar la atención sobre esta oración-consagración, que los católicos devotos suelen rezar especialmente para la fiesta de Cristo Rey y en muchos casos como oración permanente, a fin de honrar al Sagrado Corazón y merecer las promesas que reveló a Santa Margarita María Alacoque en sus apareiciones en Parais-Le-Monial, Francia entre 1673 y 1675.

De estas promesas se suele recordar, aunque cada vez menos, la práctica piadosa de los Nueve Primeros Viernes de mes, revelada en la duodécima. Sin embargo, tanto la historia de la vidente canonizada por la Iglesia, así como de la fiesta litúrgica, elevada al rango de Primera Clase por León XIII en 1899 -quien además autorizó las Letanías del Sagrado Corazón y compuso el texto que comentamos en esa ocasión- conforman un tesoro de teología mística a la vez que un profético anticipo del curso de la humanidad en los tiempos modernos, en la medida que se aleja de la adoración del Sacratísimo Corazón de Jesús.

En varias ocasiones (ver aquí, aquí y aquí) hemos recordadeo el pedido de Nuestro Señor al Rey de Francia, en ese tiempo Luis XIV, de que se incorpore el Sagrado Corazón a la bandera real de la nación. Pedido transmitido por boca de la vidente, que fue rechazado, haciéndose así el rey, sus sucesores y su pueblo pasibles del castigo profetizado para el caso: la destrucción de la Francia católica, la irrupción de la Francia revolucionaria, que costaría la vida de millones de personas a lo largo de las décadas finales del siglo XVIII y principios del XIX.

Esa negativa incomprensible del Rey Cristianísimo se analoga a la que los papas han hecho del pedido de Nuestra Señora en Fátima: la Consagración de Rusia a su Corazón Inmaculado. El rezo del Santo Rosario y el desagravio por lo pecados de la humanidad. Esta generación verá, probablemente, los castigos con que la Virgen en nombre de su Hijo ha advertido a la humanidad por medio sus maravillosos milagros, del testimonio de los pastorcitos de Fátima, niños de vida inusualmente santa a pesar de ser tan pequeños. Así como la coherente y constante advertencia de Sor Lucía que vivió casi un siglo: si no se hace caso a los pedidos de la Virgen, la humanidad sufrirá grandes castigos, anticipados ya por la Segunda Guerra Mundial, que parece no haber terminado nunca, puesto que no ha habido hasta hoy un solo tiempo de paz universal.

Pero lo más terrible, el castigo que sufrirían el clero y los fieles católicos. La debacle más terrible que haya tenido la Iglesia en sus 2000 años de existencia. Y la punición a manos de sus enemigos como se describe en la visión del así llamado Tercer Secreto, conocido en el año 2000, precisamente.

Recomendamos leer y meditar el texto de esta consagración, y rezarla con frecuencia. Y sobre todo poner la atención en la enumeración que realiza el Santo Padre de todos aquellos que deben someterse a la realeza del Corazón de Cristo, anticipándose a desmentir los delirios ecumenistas actuales, a saber:

-       Los hijos fieles que jamás lo han abandonado.

-      Los hijos pródigos, para que no perezcan de hambre y de miseria por haber desechado los mandamientos de Dios a causa de

o   El error (herejía) y el espíritu de discordia (cisma)

o   Las tinieblas del paganismo y del islamismo

o   El rechazo del Salvador realizado por el pueblo judío.

Todos y cada uno de ellos han sido recibidos en las reuniones de Asís en pie de igualdad, en particular judíos e islámicos, de los que se dice, con frecuencia y engañosa ambigüedad que tenemos compartimos un “solo Dios”.

Pidiendo el papa León XIII a Dios que todos se acojan a su misericordia para ser un solo rebaño bajo un solo pastor, aclara que para ello deberán salir de la bruma de las falsas creencias, reconcililarse con la verdadera Fe, deponer el odio cismático y, en otro caso, dejarse bautizar por la sangre que contra sí reclamaron en el día de la Pasión de Cristo.

Ante los delirios ecuménicos actuales, las increíbles teorías sobre la “Iglesia inclusiva” que supera lo “horrores” de la Iglesia “exclusiva”, tal como enseñan en los claustros católicos los “teólogos” de estos tiempos, sirva esta oración-consagración, escrita para una fecha tan solemne, como guía para volver al verdadero camino: la Iglesia quiere que todos los hombres se acojan a la misericordia de Cristo, para lo cual deberán abandonar errores, odios, supersticiones y la pertinaz negación de las profecías cumplidas.

Este es el único camino, la única esperanza de la humanidad. Siempre lo ha sido, y hoy en día, más que nunca.

Texto de la Consagración

Consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús escrita y  mandada por el papa León XIII, y nuevamente recomendada por el Papa Pío XI en las circunstancias antes mencionadas.

Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano, miradnos humildemente postrados delante de vuestro altar: vuestros somos y vuestros queremos ser; y a fin de poder vivir más estrechamente unidos con Vos, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a vuestro Sacratísimo Corazón.

Muchos, por desgracia, jamás os han conocido; muchos, despreciando vuestros mandamientos, os han desechado. ¡Oh Jesús benignísimo!, compadeceos de los unos y de los otros y atraedlos a todos a vuestro Corazón Santísimo. Oh Señor, sed Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Vos, sino también de los pródigos que os han abandonado: haced que vuelvan pronto a la casa paterna, para que no perezcan de hambre y de miseria.

Sed Rey de aquellos que, por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Vos: devolvedlos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que en breve se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor. Sed Rey de los que permanecen todavía envueltos en las tinieblas de la idolatría o del islamismo; dignaos atraerlos a todos a la luz de vuestro reino.

Mirad finalmente con ojos de misericordia a los hijos de aquel pueblo que en otro tiempo fue vuestro predilecto; descienda también sobre ellos, bautismo de redención y de vida, la Sangre que un día contra sí reclamaron.

Conceded, oh Señor, incolumidad y libertad segura a vuestra Iglesia; otorgad a todos los pueblos la tranquilidad en el orden; haced que del uno al otro confin de la tierra no resuene sino esta voz: Alabado sea el Corazón divino, causa de nuestra salud; a El se entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

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