Cuando los Pastores Entierran los Talentos

"Cambiar el evangelio por una predicación humanoide, ecológica, electoralista, demagógica, sin mandamientos ni consejos evangélicos, ni gracia, ni sacramentos, ni oración. Solo doctrina social de la Iglesia -que, tal cual se nos presenta ahora ni es doctrina, ni es social, ni es de la Iglesia, ni sabe de economía, ni de política, ni mucho menos de Cristo Rey y por lo tanto no sirve para nada-. Esto ¿no será enterrar los talentos?"

Por Mons. Gustavo Podestá,
Párroco de Mater Admirabilis,
Buenos Aires, Argentina

Alcide d'Orbigny nació en Francia en 1802. Hijo de un conocido cirujano, desde pequeño se interesó por la historia natural y la investigación científica. Ya a los veinte años había presentado un trabajo notable sobre un nuevo género de moluscos que había descubierto en sus correrías por las playas de su lugar natal. Por recomendación de su maestro Cuvier y después de una entrevista con Humboldt, el Museo de Historia Natural de Paris le encomendó una exploración a Sudamérica. Son interesantísimas sus observaciones sobre su desembarco en Río de Janeiro, en Montevideo y, en enero de 1827, en Buenos Aires, donde se sorprende del sistema de carretas de altísimas ruedas en las cuales debe encaramarse para llegar a la costa, porque a nadie se le ha ocurrido construir un muelle. Desde entonces, es una constante de sus apuntes el hablar de la pereza del criollo que, aún para moverse veinte metros, no lo hace sino a caballo. D'Orbigny remontará luego el Paraná y recorrerá Entre Ríos, Corrientes, Misiones, el Chaco y Santa Fe. Después de pasar por Chile, Bolivia y Perú, regresará a Francia en el año 1834 y tardará trece años en escribir y publicar sus observaciones. D'Orbigny muere, relativamente joven, en 1857, honrado como un gran investigador.

Su subida por el Paraná es realmente apasionante. He de decir que, en mi lectura del primer volumen de su obra, recién he llegado a Itatí. Pero es curioso cómo continuamente impresiona a D'Orbigny la dejadez de los habitantes del territorio americano. Las riquezas están tan a flor de tierra, en fertilidad y fauna, que todo trabajo parece sobrado. A nadie -dice- se le ocurre mejorar una ruta, hacer un puente, pavimentar las calles de un pueblo, cavar un canal, un acueducto, fabricar nada. Todo de adobe, todo de cuero -que es lo que más abunda-, todo, por supuesto lleno de mosquitos y parásitos… Por eso D'Orbigny se asombra frente a los restos de las monumentales obras de las misiones jesuíticas y la garra de aquellos hombres que habían conseguido, incluso, ordenar y transformar en hombres y mujeres provechosos y honrados a los naturales del país. Como si la fe cristiana fuera una instancia a la superación, al crecimiento, al enseñorearse sobre la naturaleza y no a conformarse con lo recibido. D'Orbigny por supuesto no hace referencia a la parábola de hoy de los talentos, pero, ciertamente, ella tiene mucho que ver con la pujanza de toda civilización auténticamente cristiana.

Y aunque sea un detalle sin importancia me resultó curioso encontrar en D'Orbigny dos o tres referencias al 'rechinar de dientes', expresión que, leída tantas veces en los evangelios, nunca entendí. Porque se da el caso que, todavía no diezmado por el hombre, el habitante rey por excelencia de todos esos lugares bordeando el Paraná, era el tigre, el jaguar. Animal temido por todos, tanto que era señal de bravura inconfundible y universalmente reconocida el haber matado a uno a punta de facón, y poder mostrar su piel curtida colgando de la pared del rancho.

Había tantos jaguares -como por otra parte también animales y aves de toda especie- que el viaje era un permanente moverse en medio del bullicio de trinos, bufidos, reclamos, berridos, bramidos, relinchos, balidos, graznidos, cacareos, aullidos, zureos, gañidos, croares y piídos. El ruido, tanto diurno como nocturno de la fauna, era atronador.

De noche empero, la mayoría de los animales, cedían su voz a la del rey: el jaguar, y eran entonces sus rugidos, sus himplas, sus maullidos, jadeos y ronroneos, a la vez que sus cautelosos pasos por la selva o sus zambullidas para alcanzar la costa desde el refugio de las islas, los que llenaban de pavor y hacían apurar el fuego de sus leños a los acampados. Lo curioso es que, entre los ruidos más característicos y horribles, y que aseguraban que el animal estaba desesperadamente hambriento, uno era, dice D'Orbigny literalmente, su 'rechinar de dientes'. Eso indicaba que la fiera estaba afilando sus mandíbulas, preparándose para desgarrar su presa, mientras aguzaba sus garras contra los troncos de los árboles. Lo cierto es que, hasta leer a D'Orbigny, nunca comprendí demasiado lo que era 'rechinar los dientes'. Al menos yo lo he intentado cuando era chico y nunca logré emitir el más mínimo ruido, aparte el castañeo. Hoy ya no lo intento más porque me saltarían todos los costosos arreglos de mi dentista.

Parece que también los jabalíes criollos, los pecaríes correntinos, según D'Orbigny, echaban espuma por la boca y 'rechinaban los dientes' cuando, atacados, se veían obligados a repeler la agresión lanzándose todos juntos contra el animal enemigo. En fin, si alguno de Vds. tiene alguna otra noticia para ejemplificar lo del rechinar de dientes o conoce la técnica, le ruego que, en algún momento, me lo hagan saber. De todos modos como expresión literaria amenazadora lo del "llanto y rechinar de dientes" no deja de ser elocuente.

Con esto de la 'opción preferencial por los pobres' que declaman en nuestros tiempos los obispos y han vuelto a señalar en el documento de su nonagésima Asamblea Plenaria ayer finalizada (apelando, como tantos políticos de izquierda, a recetas adocenadas que lo único que logran es a la larga fabricar más pobres), digo que da lástima que, a pesar de esta opción, en la parábola de Jesús justo el que menos recibió, el más pobre, es el que finalmente tiene que hacer crujir su dentadura, y no los primeros dos, los que recibieron respectivamente cinco y dos talentos.

El talento era una medida de valor que, en principio, consistía en 32 kilos de oro. (Creo que el oro ha subido últimamente más que el dólar y el euro, así que todo un fortunón.)

Pero claro, ya sabemos que no es la fortuna del comienzo lo que juzgará el Señor, sino la que -cualquiera sea el punto de partida con el cual hemos iniciado nuestro vivir cristiano- hayamos trabajado nosotros mismos y forjado con nuestras propias manos. Si al dar cuenta al señor el de los cinco talentos los hubiera mostrado orgulloso, mirando por arriba al que sólo tenía uno, sin haber ganado cinco más, el señor le hubiera seguramente hecho rechinar los dientes también cinco veces más que a aquel.

Porque si bien es cierto que finalmente, en el orden de lo sobrenatural, todo es gracia, y aún en lo natural todo proviene de la libérrima voluntad e iniciativa de Dios, que a cada cual distribuye sus dones según su pláceme, también es verdad que, como dice Santo Tomás de Aquino, la forma más delicada y generosa que Dios tiene de dar el ser a sus creaturas es haciéndolas, a su vez, 'causa' de otros seres o de más ser. Darles la 'dignitatem causandi', la 'dignidad de ser causa'. Y, en el caso del hombre, en el orden de lo sobrenatural, es hacerlo 'causa meritoria', mediante la gracia, de su propia realización, de su gloria, de su ser acabado y final. Dios no nos podría haber creado directamente en la Gloria, porque de esencia de la felicidad eterna será el haberla obtenido, fuere cual fuere el punto de partida, con nuestro propia libertad y mérito.

El Cielo es un don que está fuera del alcance de la actividad de ninguna creatura; pero, precisamente la gracia, talento por excelencia, se nos da para que, mediante ella, y empeñándonos en acrecerla en obras de santidad, hagamos de la gloria algo nuestro y personal. Como decía San Agustín: "Dios, que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti".

Notable que los santos, frente al don de la gracia, tuvieran un tan gran sentido de la responsabilidad a que los obligaba la maravilla recibida. "Fray León, fray León, dime: 'Francisco, indigna creatura, eres un gran pecador'"; "Francisco, eres un gran pecador", contestaba obedeciendo Fray León. "Fray León, fray León, vuelve a decirme: 'Francisco, indigna creatura, eres un gran pecador'". Y volvía a obedecer, casi con lágrimas en los ojos, Fray León. Iban camino a Asís, ya en el último año de la vida del Poverello, venerado por todos los que le conocían, santazo como pocos hubo en la historia de la Iglesia. Y volvía a pedirle: "Fray León, fray León dime que soy un gran pecador". Al final Fray León no pudo más y, ya sin contener el llanto, poniéndose de rodillas y besando las manos llagadas de Francisco, le suplicó "Padre mío, Padre mío Francisco, ves como toda la gente te busca y escucha tus palabras, se convierte, se cura; ves como los buenos fieles te consideran santo; ves como Dios te ha colmado de Dones y ¡tú me pides a mí que te conozco más que nadie que te diga que eres un pecador!… " "Justamente, hermanito León. Que si el más miserable de los asesinos hubiera recibido la mitad de las gracias que yo he recibido sería mil veces mejor que yo".

Conciencia de los santos frente al misterio del amor de Dios. ¡Y hay gente que dice que no necesita confesarse! Ya sabemos que un cristiano en serio normalmente no ha de tener graves pecados y que puede en el confesionario no detectar nada grave en su vida -¡bueno sería!-, pero, de allí a sentir que no necesita, siempre, como acción de gracias al don de la gracia, el clamar lo inmerecido de ella y pedir el sacramento y arrodillarse humilde frente a Dios… mucha distancia hay.

Más en nuestros días cuando, como el ambiente nos asalta con el espectáculo y relato de aberraciones de todo tipo, el ser medianamente honesto reluce por contraste como otrora la santidad. Sólo no violar los mandamientos parece algo de orden casi extraordinario. Para peor, en medio de una difusa concepción pseudocristiana que todo disculpa en aras de una misericordia de Dios mal entendida; sin saber que ni siquiera Él puede perdonar y premiar sin la respuesta de nuestra libertad y el esfuerzo de la conversión y del camino recto.

Ambiente en que lo procaz, lo infame, lo nauseabundo, lo indigno, es provocado y fomentado desde los estamentos del poder, donde lo malo se hace signo de libertad y progreso, y lo bueno de regresión y mojigatería medioeval. En este clima en donde no sólo se ha perdido el sentido de lo sobrenatural y de lo santo sino que ni siquiera se tiene noción de lo honorable, de lo justo, de las exigencias del mero sentido común, cualquier comportamiento correcto puede parecer -si no nos espolea el ejemplo de Cristo, de sus santos, de sus héroes, de las exigencias evangélicas- como compatible con lo cristiano, con nuestra vocación perentoria a la perfección. Ya consideramos suficiente, para merecer la alabanza del Señor, devolver nuestro talento soterrado incólume.

Allí va pues la parábola de hoy con su impertinente exigencia de crecimiento y frutos. No basta, no, no haber malgastado el talento, haberlo cuidado… Tenés que hacerlo crecer y multiplicar, porque tu vida y, sobre todo, ¡tu bautismo!, siendo regalo de Dios, también ha de ser tarea, combate, exigencia, hambre de altura, cruz y lanza, ascenso al monte Carmelo, asalto una a una -como lo enseña la gran Teresa- de las moradas del castillo interior.

Pero es cierto que si la parábola uno la puede abajar a referirla a cualquier talento; por ejemplo a estigmatizar, como D'Orbigny, la incuria de los naturales del país que solo vivían de la feracidad de sus tierras sin jamás intentar mejorar nada. Si también puede servir para denostar a las clases dirigentes argentinas que, salvo excepciones, satisfechas con sus riquezas, viviendo de herencia, malgastaban lo que tenían en Londres y París, y no tomaron las riendas del país, ni se ocuparon de conducirlo a sus destinos posibles de grandeza y lo abandonaron en manos de políticos trepadores e inescrupulosos, de gentuza. Si se puede usar la parábola para recriminar a todo aquel que, pudiendo desarrollar talentos naturales que Dios le ha dado, se han conformado con ellos sin hacerlos fructificar en excelencia, en superación constante, en tributo hecho a Dios mostrando la capacidad del hombre para lo grande, lo bello, lo profundo, lo inteligente. Si, por fin, podemos usar la parábola para examinarnos a nosotros mismos en orden a la vida de la gracia, de la santidad, de lo que hubiéramos podido ser, con todo lo que hemos oído de evangelio, vivido de sacramentos, de oración, de inspiración de los santos si hubiéramos puesto nuestros talentos de gracia a trabajar y no nos hubiéramos conformado comparándonos con los que sin gracia, ni educación, ni familia y -pervertidos por sus dirigentes, sus periodistas y sus artistas de la pequeña pantalla y de la pequeña música- son lo que son. Si en todas estas cosas puede aplicarse la parábola de hoy, es necesario decir que Mateo la escribe -recordando las palabras de Jesús- exagerando la versión de Lucas -que habla de distintas pequeñas cantidades de monedas de plata distribuidas a muchos- porque quiere referirse no a los cristianos en general sino a los dirigentes de las iglesias de su época.

Los talentos del estar presidiendo las comunidades cristianas, de ser pastores, de ser obispos y presbíteros, de haber podido estudiar -por más que no lo hayan aprovechado-, de ser mantenidos por sus fieles, a esos se refiere la parábola de hoy en particular. Qué es lo que estos dignatarios están haciendo -se pregunta Mateo- con lo que les ha sido dado para ponerlo a trabajar en el orden de la evangelización, de la llegada del mensaje a los pueblos, de la protección de su rebaño, de la exaltación de la figura de Cristo y de su Madre, de la belleza y eficacia del rito sacramental, de la promoción de lo sacro, de la santificación de sus fieles, de la obtención de la Vida Eterna.

Poner esos talentos de lo santo al servicio del mundo, de la democracia, ya sea de obras aparentemente buenas pero mundanas -como la política o la distribución de la riqueza-, ya sea conformándose con una predicación de discursos en su mayoría apenas moralizantes, casi nunca religiosos y mucho menos católicos. El codearse con el poder sin atreverse casi nunca a enfrentarlo cuando se trata del honor de Dios y de Cristo o María. El salvarse de todo enfrentamiento o martirio mediante la velada estampida del 'diálogo', del callar la verdad de Jesús, para sólo hablar de justicia social o de derechos humanos. Cambiar el evangelio por una predicación humanoide, ecológica, electoralista, demagógica, sin mandamientos ni consejos evangélicos, ni gracia, ni sacramentos, ni oración. Solo doctrina social de la Iglesia -que, tal cual se nos presenta ahora ni es doctrina, ni es social, ni es de la Iglesia, ni sabe de economía, ni de política, ni mucho menos de Cristo Rey y por lo tanto no sirve para nada-. ¿Eso, no será también enterrar talentos, hacer perder tiempo a los cristianos en añadiduras estériles, dilapidar los tesoros de la Cruz de Cristo, las lágrimas de su Madre, los frutos del Espíritu de los santos, los sacramentos, dos mil años de historia de la Iglesia -incluso abominando de ella y pidiendo calumniosamente perdón por predecesores mil veces más santos que ellos? ¿Eso no será acaso la peor forma de enterrar los talentos, extraviar a la grey, deformar el evangelio…?

Quizá, finalmente, en medio de tanta prosopopéyica confusión y tontería, podremos averiguar lo que significa 'rechinar los dientes'.

33º DOMINGO DURANTE EL AÑO Mt. 25,14-30 (GEP 13/11/05)
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