Si aparece un miembro del clero en una playa junto a una mujer prácticamente desnuda, sea o no amiga de su infancia, su hermana o su madre, tenemos un problema moral.¿No? O el nudismo es compatible con la moral católica.
El problema moral es que ningún miembro del clero (de hecho tampoco ningún feligrés) puede estar en ese lugar, en medio de mujeres semi (un amplísimo “semi”) desnudas sin que esto ofenda su castidad, por decir lo menos.
Por qué. ¿Hace falta recordarlo? Empecemos por los mandamientos.
Ya sabemos que los tres primeros son los más importantes, y que los pecados de la carne son subsidiarios de los pecados del espíritu. Pero la materia es grave, puede merecernos la condenación eterna y tiene una relación directa con los pecados más importantes, porque:
o bien son producto de una errada doctrina moral y por lo tanto consecuencia de un desorden espiritual grave, más grave si está en la cabeza de un pastor con rango de sucesor de los apóstoles…
o bien son el fruto de la transgresión deliberada de mandamientos de Dios conocidos y aceptados como tales.
Curas fornicarios existen desde los comienzos de la Iglesia. Son pecadores. Pero los promotores de las falsas doctrinas morales que justifican esos pecados –que también existen desde los primeros tiempos- son más que pecadores, son herejes.
La Iglesia amonesta, castiga y en definitiva perdona a los pecadores arrepentidos. Pero expulsa a los impenitentes, pecadores comunes o herejes. Al menos esto hacía en otros tiempos y sigue siendo su deber hacerlo.
Los herejes sostienen con pertinacia posiciones doctrinales contrarias a la Revelación, en materia de Fe o de moral, yendo en forma directa contra Dios. O contradicen el mandato de la Iglesia fundado en la ley de Dios, yendo así en forma indirecta contra Dios. Pero siempre contra Dios.
La primera condena del caso Bargalló debió haber sido la de sus hermanos en el episcopado, la de sus sacerdotes y fieles. Porque es vergüenza, escándalo y desdichado ejemplo todos ellos.
¿Por qué el silencio o la defensa ensayada tanto aquí como en el caso Maccarone? ¿Por qué se avergüenzan de la doctrina que deben defender?
Probablemente ya no crean en ella, o no la crean practicable o no la practiquen. Una de estas posibilidades, o una combinación, es el motivo del silencio del episcopado argentino ante el caso Bargalló y otros tantos.
Episcopado que no duda en condenar a sus miembros o dejarlos en el escarnio público cuando defienden la Fe de un modo políticamente incorrecto. Recordemos el caso Baseotto. ¿Quién lo defendió de las calumnias del gobierno y la prensa?
Podríamos decir que hay numerosos obispos fornicarios y probablemente no estaríamos lejos de la verdad. Pero otros, porcentualmente pocos tal vez, no lo son y por lo tanto hoy se sienten avergonzados, sienten repugnancia por lo que ha pasado.
Se sienten insultados en su dignidad. Igualmente, callan. ¿Les es lícito callar?
Hace tiempo me dijo cierto arzobispo conservador: ¿”Qué espera que hagan los fieles si desde hace más de 20 años venimos aconsejando el uso de anticonceptivos en el confesionario?” El uso de la primera persona del plural no lo involucraba a él sino a la corporación episcopal y al clero.
Bien, allí está el germen de la situación actual. No es solo el uso de anticonceptivos, sino toda la relajación moral que está a la vista en la comunidad católica. Comenzó por una claudicación del clero.
Así se empieza, manipulando la doctrina, para convencerse a sí mismos de que aquello que manda la Iglesia es impracticable. Y lo que sigue es el abandono de las buenas costumbres por parte de quienes deberían ser sus custodios, junto con la tolerancia y hasta la aprobación de las malas costumbres de los fieles a quienes deberían fustigar por causa de sus pecados y exhortar al arrepentimiento.
Con el tiempo terminan aceptando y defendiendo como doctrina moral lícita lo que es claramente lo contrario de la moral católica.
Por eso Bargalló estaba en la playa, en medio de mujeres semidesnudas (pensemos que solo habría sido un encuentro con personas de su amistad, como dijo al comienzo) y sin embargo a nadie le pareció objetivamente escandaloso e inmoral que un miembro del clero estuviese “allí”, en esas circunstancias.
El mero hecho de estar “allí” es causal de escándalo, y constituye un acto inmoral de su parte, pero no lo perciben así, como si la moral en curso fuese otra que la que predica la Iglesia en el 6° y en 9° mandamientos. De hecho, los mandamientos han sido olvidados casi por completo.
Doctrina, moral y liturgia
Creemos lo que rezamos, vivimos según lo que creemos.
Algunos amigos de esta web me dicen que exageramos cuando encontramos en la liturgia la causa directa de esta decadencia sacerdotal y consecuentemente de los fieles.
Tal los sacerdotes, tal los fieles. La virtud de una comunidad católica puede medirse por la virtud de sus pastores. Si sus pastores no creen ya en su sacerdocio, no respetan sus votos, ni siquiera encuentran sentido a su pertenencia al clero más allá de ser un recurso de vida y una forma de poder… ¿qué puede ocurrir con los fieles?
El sacerdote es principalmente eso, un partícipe del sacerdocio de Cristo, para lo cual debe estar “separado” del mundo
El problema de fondo es doctrinal. El problema de superficie, sin embargo, es -hasta cierto punto- litúrgico o cultual. El vaciamiento doctrinal producido por el Novus Ordo, esa suerte de ritual evolutivo, que se amolda a cualquier doctrina, o la mera ausencia de ella, ha tenido un efecto de destrucción de la fe, con sus consecuencias morales. La moral solo puede sustentarse en la Fe. Una moral sin Fe es una suerte de inercia que poco a poco se detiene y cae ante el primer obstáculo.
El Novus Ordo Missae es un “paquete” que viene con todo incluido. En él las fórmulas son ambiguas y mutables. Se pone sordina a puntos esenciales de la Fe. Se desdibujan otros. Finalmente, muchas fórmulas reiteradas con insistencia en el antiguo Ordo Missae, desaparecieron.
El sacerdote del Novus Ordo se desdibuja, pierde su centralidad sacerdotal. La asamblea “opina”. gana terreno y lo sustituye. El es un coordinador, un animados, no ya un pontífica.
Los fines de la misa ¿quién los conoce? El sagrario desaparece de la vista. Muy pocas Gloria Patri, y mucho “ustedes”, que en definitiva son los que dan sentido a la “eucaristía” (cena-asamblea, no sacrificio).
Es el hombre y no Dios el elemento central. Dios es un “amigo” que nos acompaña, aprueba y perdona todo. Y no nos manda nada. Ya no hay jerarquía, no hay magisterio, por lo tanto no hay fustigación de parte del sacerdote.
Por eso nadie se confiesa, o se absuelve en masa. O se predica que un acto penitencial basta para alcanzar el perdón de los pecados. Pecados…¿qué pecados? Nadie peca: todos se equivocan o a lo sumo son “incoherentes”…
Por nuestra incoherencia, perdónanos, Señor.
Nadie enseña la doctrina, y nadie la sabe. El clero es religiosamente analfabeto, no digamos nada de los fieles. Todo lo que se denomina “catequesis” resulta, en el menos dañino de los casos, una puesta en común de vivencias y opiniones.
La Ley de Dios, los mandamientos, los preceptos de la Iglesia, la doctrina dogmática y moral son desconocidas por los fieles.
La nueva liturgia tampoco educa. Al contrario, confunde y contraría en palabras y gestualidad las realidades eternas. No nos arrodillamos, ni hacemos reverencias porque en definitiva Dios no quiere que se lo adore. Es un padre-“amigo”. No manda nada. La idea de “obedecer a Dios” es casi un absurdo, el fruto de mentes retrógradas, que necesitan asistencia psiquiátrica urgente.
Esta decadencia moral del clero, y de los fieles viene de la mano de la nueva liturgia. Sin reforma litúrgica, es muy probable que el Vaticano II no hubiese tenido casi ningún efecto en los fieles. Pero “bajó” a los fieles por la reforma litúrgica y desde los años ’60 la fe, la piedad y las buenas costumbres no paran de retroceder. Casi han desaparecido.
Ya casi nadie va a misa, casi nadie mantiene la castidad, casi nadie se casa, muchísimos se divorcian y vuelven a “casar”, no pocas veces con la bendición de algún clérigo.
La contracepción está a la orden del día. Cada uno opina en cualquier materia como se le da la gana, sin que le parezca que esto altere su calidad de católico. Nadie siente que la Iglesia tenga autoridad para indicarnos el camino a seguir, comenzando por el clero que debe indicarnos el camino a seguir.
Misa tridentina: otra realidad
Las comunidades de Misa Tradicional, por el contrario -sin ser ajenas a los tiempos que corren- tienen clara noción de la moral y el pecado. Los sacerdotes de misa tradicional ejercen su deber de maestros, pastores y jueces de las costumbres de sus fieles.
Son maestros en la homilía y en la enseñanza de la doctrina; son pastores en el consejo y la misericordia: son jueces en el confesionario. Y cuando el pecado es público, la condena del pecado debe ser pública.
Esto no ocurre por casualidad. En el Rito Tradicional está contenida toda la Fe íntegramente y sin dudas. En su concepción, el sacerdote es pontífice, maestro y tiene un rango superior al de los fieles seglares. Esto le da un sentido, una identidad, que lo obliga a ser ejemplo, a mantenerse separado del mundo (clero significa separado, apartado), a no tolerar ni aprobar con su presencia el pecado, la indecencia, la impureza ostentosa del hombre de hoy.
No poco ayuda el hábito o la sotana a mantener esa casta distancia y esa autoridad moral de rango superior. El ser llamados “padres”. El sentirse –aún en su miseria personal- representantes autorizados por Dios mismo.
Si se quiere volver a ver sacerdotes y obispos ejemplares, ha de comenzarse por promover y sostener la Misa Tradicional. Ella es fuente de gracias sacerdotales, de fidelidad, de certezas.
En la misa nueva se puede resistir, como quien se sostiene sobre arenas movedizas. Esa resistencia puede ser muy difícil, pero difícilmente meritoria si teniendo a mano el recurso de la misa tradicional se insiste en mantenerse en situación tan peligrosa.
Gracias al Papa Benedicto, cualquier sacerdote sabe con certeza que tiene el derecho de rezar esta misa, y con ella volver a la doctrina pura y a la identidad sacerdotal plena.
Roguemos a Dios y pidamos con insistencia a los sacerdotes que vuelvan a la misa tradicional.
Los mejores de entre ellos saben que ese es el camino, pero tienen temores, les falta apoyo. Seamos nosotros sus bastones para que ellos sean nuestros santificadores cuando recuperen para ellos y para todos los sacramentos, la misa, y la plena gracia sacerdotal.
Con ella, la moral no será problema y nos sentiremos, como merecemos, orgullosos de nuestro clero.
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Comentarios
Muy buen artículo, pero...
Estimado Marcelo, debo comenzar diciendo que coincido plenamente con lo expresado en su artículo, menos en una cosa: el Novus Ordo no es el causante de la actual decadencia, sino más bien uno de los "instrumentos" necesarios para ello. Personalmente estoy involucrado desde hace muchos años en un trabajo de dignificación de la Liturgia, y nuestro último proyecto (desde hace unos tres años) puede verlo en la web ]]>![cdata[www.corosanclemente.com.ar]]>![cdata[. Creo firmemente que el rito ordinario debe ser mejorado, tal como lo ha expresado nuestro Papa Benedicto XVI (celebración versus Dei en la liturgia eucarística, saludo de la paz, etc), pero también que es un rito tan decente como el anterior, si es celebrado en el espíritu de la Liturgia de la Iglesia, y no en el espíritu del progresismo anticatólico. Creo además que posee muchas ventajas pastorales frente al anterior, cual es el uso de la lengua vernácula, el rezo comunitario del Paternoster y otras que no viene al caso mencionar ahora. No soy inocente en entender que algunas de las reformas introducidas han sido utilizadas para infiltrar el progresismo en la médula de la Iglesia (lex orandi, lex credendi), pero insisto en que eso solo puede ocurrir si hay pastores ideologizados que "usan y abusan" de la Liturgia en lugar de considerarla como un Don sagrado, actio divina de la cual participamos pero no "creamos", misterio de la Fe que no es manipulable por el hombre (ya sea simple fiel, religioso, sacerdote u obispo). La adoración del becerro de oro puede ocurrir en cualquier rito, incluso en el ahora llamado "rito extraordinario", ya que solo basta con celebrarnos a nosotros mismos anteponiéndonos a Dios. Y créame que eso también es posible en el rito anterior (podría darle muchos ejemplos concretos, pero tampoco viene al caso ahora, simplemente entienda mi buena fe en este comentario). También creo que una mejor comprensión del rito extraordinario será el camino para celebrar dignamente el rito ordinario, y viceversa. Personalmente, seguiré alabando a Dios en su Liturgia con el rito romano válido y lícito del Novus Ordo entendido con la única hermenéutica válida en la Iglesia, que es la de la continuidad y de la Tradición. Y los aliento a seguir dando mayor cabida al Rito Tradicional o Extraordinario en nuestra Iglesia, para mayor gloria de Dios. Alejandro.
Concuerdo en mucho de lo que
Concuerdo en mucho de lo que Ud. expone, aunque las generalizaciones tienden a ser injustas.
Sin embargo, le recuerdo algo: Ud. hecha la culpa de todo o casi todo a la Misa Nueva y olvida o no dice que todas las herejías de la historia nacieron con la plena vigencia de la Misa Tradicional. Todos los desórdenes desatados luego del Concilio Vaticano II ya estaban en germen y más que en germen antes de 1960. Recuerde la entrevista a la Sra. Alice Von Hildebrand, publicada por Ud. hace tiempo, contando lo que pasaba ya en la década del 30 y más aún, la Pascendi de San Pío X. ¿Qué pasaba antes del Concilio? ¿Era todo color de rosa? Si era así, ¿por qué el desorden se expandió tan rápido?
Leí en un blog, que alguien decía: La misa nueva no es suficiente para caer en la herejía (hay muchos fieles de misa nueva perfectamente católicos) y la misa tradicional no es suficiente para evitar la herejía (todas las herejías de la historia han surgido bajo la misa tradicional).
No digo con esto que no haya que volver a la Misa Tridentina. Por el contrario, soy colaborador de Una Voce con tal fin y asisto cada vez que puedo (cada vez que se reza alguna). Pero me parece que hay que ver el cuadro completo. Antes de ... también pasaban cosas como Ud. mismo ha colocado en el artículo.
Creo yo que el problema son los sacerdotes. Y los seminarios. Y los obispos. Y la mala doctrina. Y... La misa nueva está en un lugar bastante retrasado en la cadena de causalidades. Para mí.
Saludos cordiales
Fernando
Todas la herejías nacieron
bajo la Misa Tradicional, pero no por causa de la Misa Tradicional.
Hay fieles católicos de misa nueva, sin duda. Ya lo observé en el artículo. Fieles que caminan sobre arenas movedizas luchando por no hundirse. No es mérito hacer esfuerzos por salir de un pantano en el que nos hemos metido voluntariamente.
Entiendo al clero y a los fieles que la sufrieron. No entiendo por qué ahora no la abandonan para ir a tierra firme. Ya no tienen otro obstáculo que la oposición de los que desobedecen al Papa...
Excelente artículo que pone
Excelente artículo que pone las cosas en claro, blanco sobre negro. Lo felicito. Dios lo bendiga y Nuestra Santísima Madre lo proteja.
"Gallego" Puelles
Coincido con las tesis del
Coincido con las tesis del artículo. Firmaría con sangre la idea esa de que "sin reforma litúrgica, es muy probable que el Vaticano II no hubiese tenido casi ningún efecto en los fieles". No sé por qué Roma tarda tanto en corregir al menos lo peor de la Misa Nueva. Es evidente que un retorno súbito a la Misa Tridentina es vivir en Marte (mi sueño sería, en un primer momento, reintroducir el rito tradicional traducido) pero no entiendo qué "shock" puede haber si se uniformiza la plegaria eucarística, se ordena poner un crucifijo en el altar, y se prohíbe la comunión en la mano. ¿Será tan, pero tan difícil hacer eso?.
Le felicito
Le felicito por tan buen artículo. Las cosas son así de claras, como usted bien narra.
Siempre el hombre, en su mayoría, fue vencido por su concupiscencia, pero sentía la culpa y tenía donde volver: a la misericordia de Cristo en el Sacramento de la Penitencia. Ahora, sin embargo, ya se encargan la mayoría de pastores de desvanecer en la conciencia de los fieles ese vetusto concepto de pecado, y por si la conciencia de alguno fuera resistente a las nuevas doctrinas, hicieron astillas los confesionarios para que no hubiera, fisícamente, donde cudir.
Si me lo permite, quisiera poner este su artículo en mi web: matercastissima.org, citando, naturalmente, su autoría
Muchas gracias,
Disponga del artículo como mejor le parezca.
Un cordial saludo.
Vibrante artículo
Caro Moderador, demás está decirle que suscribo cada palabra, le agrego que me generó sentimientos contrapuestos, por una parte la nostalgia de los buenos curas que conocimos (y nos educaron en la buena doctrina, mas allá de sus méritos o condiciones personales) en nuestra infancia y juventud, época en la cual el desastre post conciliar tomaba el impulso destructor que hoy padecemos.
Sumo a esos sentimientos de nostalgia el horror y dolor por el presente, la tenebrosa pérdida de fe del clero, viene a mi memoria el escrito del gran Hugo Wast: "Cuando se piensa", donde relata lineal y descarnadamente el inmedible poder sacerdotal, y ante el abismo actual un dejo de inquietud no puede menos que invadirnos. Leamos una pequeña parte del gran Martínez Subiría y meditemos, un gran abrazo. MAB
"Cuando se piensa en el otro milagro que solamente un sacerdote
puede realizar: perdonar los pecados y que lo que él ata en el fondo de su
humilde confesionario, Dios obligado por Su propia palabra, lo ata en el cielo,
y lo que él desata, en el mismo instante lo desata Dios;"...
Hugo Wast
El nombre de Hugo Wast, mi bisabuelo, era Martínez Zuviría, no Subiría.
Aloysius
Martinez Zubiría
Disculpe fué un error de tipeo la "s" y la "z" se presionan con el mismo dedo y no ví el error cuando visualicé previo al envio.