El Desprendimiento del Corazón

El Desprendimiento del Corazón

San Francisco de Sales, en su ?Introducción a la Vida Devota?, libro I, cap. 7, en el que trata ?de la segunda purificación, que es la de las afecciones al pecado?, dice lo siguiente: ?Todos los israelitas salieron, en efecto, de la tierra de Egipto, mas no todos de buena… razón por la cual en el desierto muchos de entre ellos echaban de menos el carecer de las cebollas y carnes de Egipto Así también, hay penitentes que salen del pecado sin que por eso pierdan la afición que le tienen?.

Vamos, pues, a considerar el desapego, el desprendimiento sacerdotal. ?Aufer a nobis, Domine?, como decimos en la Santa Misa. ¡Tenemos tantas cosas que descargarnos!

?Hay penitentes ?sigue diciendo San Francisco de Sales? que salen del pecado sin que por eso pierdan la afición que le tienen… esto es, que se proponen nunca más pecar, pero con cierto sentimiento de privarse y abstenerse de los desventurados deleites del pecado. El corazón de éstos renuncia al pecado, procurando apartarse de él, pero no por eso deja de ponerse de su lado, como hizo la mujer de Lot, poniéndose del lado de Sodoma. Absteniénense del pecado como los enfermos de los melones, los cuales no los comen porque lo medicos los amenazan de muerte si lo hacen… pero por eso no dejan de sentir esta abstinencia… hablan de ellos, preguntan si sería posible comerlos, quieren por lo menos olerlos, y tienen por dichosos a los que pueden gustarlos. Así tambien estos flacos penitentes se abstienen por un tiempo del pecado, pero contra su propia voluntad… querrían bien poder pecar, sin ser condenados… hablan con sentimiento y gusto del pecado y tienen por satisfechos a los que lo cometen?. También nosotros hemos de salir de este apego al pecado.

La Sagrada Escritura y la Liturgia en su Exultet pascual nos dan una figura clara de la necesidad de despegarnos de las cosas del mundo: la salida de los israelitas de Egipto. Israel salió de Egipto con Moisés, después de despojar a los egipcios: ?Expoliavit á†giptios et ditavit Hebraos?. Luego pasaron el Mar Rojo.

Nosotros, como ellos, también hemos sido sepultados con Cristo en el bautismo, y hemos resucitado con Él al salir de las aguas. Hemos de atravesar ese Mar Rojo que es el mundo, guiados por la columna de fuego que es Cristo, representado por el Cirio Pascual, y salir del otro lado del Mar Rojo, dejando detrás nuestro a los egipcios, esto es, sepultando todas las cosas de la esclavitud, el mundo en definitiva: los egipcios con todo su ejército, con sus caballeros y con sus carros.

Esta obligación nos incumbe especialmente como sacerdotes. Pues Nuestro Señor Jesucristo nos ha dicho: ?Vosotros no sois de este mundo?. Y la liturgia pascual nos exhorta con las palabras de San Pablo: ?Qua sursua sunt quarite, non qua super terram: Buscad las cosas de arriba, no ya las de la tierra?. Y también nos dice: ?Conversatio nostra in calis est: Nuestra morada está en los cielos?.

El sacerdote profesa esta separación, apartamiento y muerte al mundo con su sotana. Hemos depuesto la ?ignominia habitus secularis: la ignominia del hábito secular?, al recibir la sotana y la tonsura. Y la Iglesia pidió entonces por nosotros: ?A mundi impedimento ac saculari desiderio corda corum defendat: Que el Señor nos defienda del impedimento del mundo y del deseo del siglo?… ?el ab omni cacitate spirituali et humana oculos corum aperiat: Y abra sus ojos de toda cegura espiritual y humana?. Sí, le hemos dicho al Señor: ?Dóminus pars hareditatis mea et calicis mei: El Señor es la parte de mi herencia y de mi cáliz?, Él y sólo Él?

Pero sigamos a los Hebreos en su camino hacia el Sinaí. ¿Qué va a pasar allí, en ese monte? Nos lo cuenta el capítulo 32 del Éxodo: ?Cuando el pueblo vio que Miosés tradaba en bajar del monte, se reunió el pueblo en torno a Aarón y le dijeron: «Anda, haznos un dios que vaya delante de nosotros, ya que no sabemos que ha sido de Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto ». Aarón ?el flaco Aarón?, les respondió: «Quitad los pendientes de oro de las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y vuestras hijas, y traédmelos ». Y todo el pueblo se quitó los pendientes de oro que llevaba en las orejas, y los entregó a Aarón?.

Y al fin, ¿qué sucede? Cuando Moisés, informado ya del pecado del pueblo, pregunta a Aarón por qué actuó así, ?Aarón respondió: «No se encienda la ira de mi señor. Tú mismo sabes que este pueblo es inclinado al mal. Me dijeron: ?Haznos un dios que vaya delante de nosotros, ya que no sabemos que le ha sucedido a Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egito?. Yo les contesté: ?El que tenga oro despréndase?. Ellos se lo quitaron y me lo dieron: yo lo eché al fuego y salió este becerro »?.

Bien. Pero una pregunta: ¿de dónde venía este oro y estas joyas? De Egipto, de lo que habían recibido en Egipto. Era el oro de los egipcios, el recuerdo de los egipcios que todavía mantenían consigo… y para nosotros, es el recuerdo de las cosas del mundo, que llevamos con nosotros.

¿Qué saldrá de estos recuerdos si no renunciamos a ellos? Pues bien: ¡un becerro de oro! Es la nostalgia de Egipto, la nostalgia del mundo, al que hemos renunciado por el bautismo, por haber entrado en el seminario y por el sacerdocio. Hemos renunciado a las cebollas de Egipto.

Pero como a nuestra naturaleza le gusta la compensación, sucederá que, si nuestro corazón no está lleno de Dios, inevitablemente tendrá nostalgia de las creaturas que abandonó, y se volverá a apegar a ellas. Y esta nostalgia del mundo se ve muy ayudada por las cuatro heridas del pecado original y las concupiscencias que de ellas se derivan.

Así, pues, tenemos que desprendernos de las cosas del mundo, de los recuerdos de las cosas de este mundo. Sobre el amor del mundo nos dice San Juan: ?No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo el amor del Padre no está en él?. Y describe a continuación las tres concupiscencias.

Y así nos quedan las cosas del mundo, los terafim (como dice la Sagrada Escritura), los ídolos o recuerdos de la casa del mundo… y eso es mortal para nosotros.

Otro ejemplo que nos muestra el peligro de estos apegos podemos sacarlo de la realidad. Los animales salvajes, por muy domesticados que estén, siguen siendo. Se cuenta de un príncipe que tenía un lince… viendo sangre, su instinto se despertó, y devoró al príncipe. Lo mismo nos sucederá a nosotros: el lince cuyos instintos se despertarán y nos devorará son las creaturas a las que les guardamos apego, nuestras joyas de Egipto.

Hagamos, pues, un pequeño examen de conciencia… y sigamos las voces de Nuestro Señor, de Dios, que a veces comete ?indiscreciones? con nosotros y denuncia en nuestro corazón todo apego a las creaturas.

No otra es la doctrina del Evangelio: ?El que ama a su padre o a su madre mas que a Mí, no es digno de Mí… el que ama a su hijo o a su hija más que a Mí, no es digno de Mí?.

A ese joven que quiere seguir a Nuestro Señor, y le dice: ?Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de mi casa, saludar a mis amigos y a mi familia, y luego volveré para seguirte?… Nuestro Señor le responde: ?Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios?.

¡Y cuántas ocasiones tenemos para desprendernos de las creaturas: un objeto perdido que nos gustaría recuperar… una carta recibida que tardamos en abrir… el desapego de objetos y creaturas… un lugar que hay que abandonar por decisión de los superiores… el desprendimiento de nuestras pequeñas ideas personales… y todas aquellas cosas cuya privación hemos aceptado, y que no debemos volver a tomar!

El principio de este desprendimiento es la caridad, naturalmente. Si el amor de Dios no fuese el motor de este desprendimiento, no sería posible, sería pura crueldad. ?Bonum est diffusivum sui: El bien quiere difundirse?. Esto es la caridad: el bien de sí mismo, la ley de Dios mismo… es salir de sí y darse y unirse a otro, y sacrificarse por él si es posible. Claro está que nuestro egoísmo se opone a esta caridad, pues el egoísmo no quiere darse ni renunciarse, y así pone trabas a Dios y a la difusión de la caridad de Dios. Y por eso el desprendimiento no es una virtud fácil, pero es una exigencia del amor de Dios. Y para un sacerdote es esencial, porque todos los pequeños apegos a las creaturas le son mortales.

Escuchemos, si no, a San Juan de la Cruz, en su ?Subida del Monte Carmelo?, libro I, capítulo 11, n º 4. El Santo habla de los apegos e imperfecciones. Dice claramente: ?Cualquiera de estas imperfecciones en que tenga el alma asimiento y hábito, es tanto daño para poder crecer e ir adelante en virtud, que, si cayese cada día en muchas imperfecciones y pecados veniales sueltos, que no proceden de ordinaria costumbre de alguna mala propiedad ordinaria, no le impedirían tanto cuanto el tener el alma asimiento a una cosa. Porque, en tanto que la tuviere, excusado es que pueda ir el alma adelante en perfección, aunque la imperfección sea muy mínima. Porque eso me da que un ave esté asida a un hilo delgado, que a uno grueso, porque, aunque sea delgado, tan asida estará a él como al grueso, en tanto que no le quebrare para volar. Es verdad que el delgado es más fácil de quebrar… pero, por fácil que sea, si no lo quebrare no volará. Y así es el alma que tiene asimiento a alguna cosa, que, aunque más virtud tenga, no llegará a la libertad de la divina unión.

?Porque el apetito y asimiento del alma tienen la propiedad que dicen tiene la rémora con la nave, que, con ser un pez muy pequeño, si acierta a pegarse a la nave, la tiene tan queda, que no la deja llegar al puerto ni navegar. Y así es lástima ver algunas almas como ricas naves cargadas de riquezas, obras, ejercicios espirituales, virtudes, y mercedes que Dios les hace, y por no tener ánimo para acabar con algún gustillo, o asimiento, o afición ?que todo es uno?, nunca van adelante, ni llegan al puerto de la perfección, que no estaba en más que dar un buen vuelo y acabar de quebrar aquel hilo de asimiento o quitar aquella pegada rémora, de apetito?.

Así, pues, hemos de quebrar estos pequeños hilos que nos mantienen apegados a las creaturas.

Seamos valientes para inmolar nuestros pequeños ídolos del mundo por el amor de Dios.

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Tales afirmaciones se oponen al dogma que afirma que la religión católica es la única religión verdadera (cf. Syllabus, proposición 21). Se trata de un dogma, y lo que se le opone se llama herejía. Dios no puede contradecirse a sí mismo.

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