El Drama de los cristianos transgénicos

Believe it or not!

Como es sabido, la Iglesia de Inglaterra, inventada por Enrique VIII Rex ha tenido una deriva teológica impresionante desde que su padre fundador se apartó de Roma por razones ventrales, más bien bajoventrales. O, por decirlo de otro modo, para braguetear legalmente con la dama que le pareciera más a su gusto en la ocasión.

Como cristiano galardonado con el título de “Defensor fidei”, no cabe duda habrá discernido profundamente su situación en su consciencia. No sabemos si recta o torcida, habría que preguntarle a alguno de los obispos ingleses que se anticiparon a la Amoris Laetitia (excelente título para una película de Pasolini, dicho de paso). Santo Tomás Moro y San Juan Fisher la encontraron torcida, a la conciencia de Enrique. Y sin duda también a Amoris Laetitia.

La deriva teológica fue cada vez mayor, a pesar de que el bueno de Enrique, el Alegre, mandó a la pira a más de uno por negar la presencia real en la Eucaristía, porque él no quería ser hereje. Aún así, tiempo más tarde el anglicanismo ya negaba prácticamente o doctrinalmente muchos de los dogmas y la mayoría de los sacramentos. Hoy es un jolgorio de libre opinión. Por lo que parece que los católicos vamos en el mismo sentido que nuestros predecesores en el disparate, los anglicanos.

Así y todo un número importante de anglicanos “conservadores” se convirtió al catolicismo bajo Benedicto XVI, principalmente por razones morales y litúrgicas. Ya no toleraban (hay gente intolerante en todos lados) las concesiones que el Sínodo anglicano realizaba periódicamente a los impetuosos progresistas de la iglesia oficial inglesa. Desde la contracepción en los años ’30, respondida por Pío XI en su Casti Connubii, hasta la ordenación de mujeres, la tolerancia de la homosexualidad, divorcio, aborto, etc. hoy en día no respondida por nadie en la Iglesia Católica.

Pensar que el pseudo-arzobispo primado (anglicano) Benson, padre del novelista luego convertido al catolicismo, murió de bronca porque León XIII determinó que habían perdido la Sucesión Apostólica. Hoy en día se morirían… de risa.

En estos días recientes los anglicanos se superaron a sí mismos en materia de innovación teológica. El Sínodo (autoridad teológica suprema del anglicanismo) discutió un tema novísimo: la validez del bautismo en caso de cambio de sexo. Tal vez el lector crea que esto es una broma, pero no. Es tal cual.

Si alguien se cambia de sexo ¿queda desbautizado? Si X se transforma en Y, ¿vale todavía su bautismo como X? Pero, ojo, no se lo desbautiza como censura canónica (lo que sería otro disparate) sino como constatación de cierta realidad teológica (disparate mayor). Realidad no sería tampoco la palabra correcta, sino percepción de la realidad. Y si se lo piensa bien… es un problema.

Tomemos un caso cualquiera. Richard recibe el bautismo, válido si es conferido por los anglicanos, con el nombre de Richard. Quizás en su infancia, sin que nadie le preguntara. Aunque tampoco le preguntaron si quería ser hombre. Pero luego lo piensa bien y decide ser Susan. Con algunos recortes (no sabemos si donó sus órganos) e implantes, nadie diría que Susan es Richard. El propio Richard, en su momento, habría visto con ojos ávidos a esta apetecible Susan. Pero dejemos esto…

Si me bautizaron Richard, dice Richard con buen sentido, y ahora soy Susan, ¿es válido mi bautismo? Razonable duda, ¿no? Pero el bautismo imprime carácter, o sea, una vez bautizado, fuiste, como dicen los muchachos. Bautizado in aeternum. O por lo menos hasta ahora era así. Pero el ex Richard, así como se sintió Susan, también se siente desbautizado. ¿Es misericordioso dejarlo en esa inquietud?

Bajo el nombre de Richard, que es masculino, si acaso este tecnicismo mantiene algún sentido aún, Susan se siente denudada de su identidad espiritual. Ciertamente su percepción de la realidad ha cambiado. Se queja a su pastor, que hace un profundo discernimiento y eleva la queja a su obispo/a. El cual tras otro similar sube el tema al Sínodo. Y otro gran discernimiento mediante se discute entre los teólogo/as y obispos/as más encumbrados del anglicanismo la creación de un nuevo sacramento que rebautice a los anglicanos transgénicos desbautizados por los recortes e implantes antes referidos.

El lector puede tomar esto como irónico, pero ciertamente comprendo lo que le pasa al ex Richard. Fíjense, le dijeron que podía cambiar de sexo sin problema alguno de orden moral o religioso. Lo otro es una simple consecuencia.

El Sínodo es prudente. Admite el problema, se interpela y da una solución amplia y generosa: hay que hacer algo. Es la definición teológica más revolucionaria desde Adán y Eva.

No es que todos estén felices con esta discusión, pero nadie tiene la voluntad de discutir la discusión. O sea, de decir, esta es una discusión absurda. Porque si aceptan que sus fieles, libremente y sin cometer falta moral alguna cambien de sexo, se compran el problema. Richard es todavía Richard a pesar de que ahora es Susan. (“Es”, léase aquí como sinónimo de “cree que es”). ¿O no? Es una especie de “daño colateral” espiritual derivado de lo anterior. Hay que hacer algo, pues.

Los más radicales plantean inventar otro sacramento. Realmente, como suprimieron varios, casi todos, inventar uno no parece excesivo. Sería una especie de re-bautismo. La fórmula no está definida, que yo sepa, pero se habla de algo parecido a:

- Antes Richard, te bautizo ahora Susan, y te re-recibo en la Iglesia de Inglaterra como tal, (si acaso te hubieras ido) quedando purgados todos tus pecados y penas merecidas durante tu vida de Richard. (Que pasó con la realidad espiritual y moral de Richard, no queda claro. Se esfumó. Out of thin air).

Resulta interesante. Es una especie de amnistía espiritual, una indulgencia plenaria por cambio de sexo. Recordemos el alboroto de Lutero por las indulgencias y veamos en qué paran sus discípulos. Desaparecido Richard, que le echen un galgo. Ahora vale lo que hace Susan. Y esto si no decide hacerse Richard otra vez en el futuro. ¿Quién se lo impide? Pero dejemos esto para el próximo Sínodo.

Lo que no se ha decidido todavía es cómo debe ser la ceremonia, si acaso se prescribe alguna fórmula común a este efecto. La materia es la misma, solo hay que tener en cuenta algunos recortes en la forma, (je, dicen que algunos teólogos se codearon cuando se presentó esta observación y otros guiñaban el ojo a las obispas con intenciones dudosas). Lamentablemente, algunos rasgos de machismo aún se manifiestan en esta comunidad tan progresista.

Mi humilde sugerencia es ésta: tratándose de cristianos transgénicos, la ceremonia debe consistir en asperjarlos abundantemente con agua mezclada con glifosato. También podría usarse en lugar del incienso. Después de la ceremonia el problema queda definitivamente resuelto.

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