El tiempo de Septuagésima en la liturgia

Septuagésima: paraíso y tiempo perdidos

Con las primeras Vísperas del primer Domingo de Septuagésima, iniciamos (en el Año Litúrgico tradicional) un período de semanas preparatorias al santo tiempo de Cuaresma.

Con la finalidad de no llegar sin la adecuada preparación espiritual a la Cuaresma, la Iglesia instituyó la Septuagésima, desde tiempos anteriores a San Gregorio Magno, quien la sancionó definitivamente este período, con características propias y bien definidas, el cual algunos liturgistas denominaron Antecuaresma.

Escribe el P. Azcárate en su inmortal obra “La Flor de la liturgia”:

“Los nombres de Septuagésima, Sexagésima, y Quinquagésima con que se distingue cada uno de estos tres domingos,, son derivados del de Quadragésima, con que los latinos designaron a la Cuaresma. La etimología es obvia; pero en cambio no es exacto su significado matemático; pues si bien el domingo de Cuaresma es, numéricamente el día “cuadragésimo” antes de Pascua, éstos otros tres no son ni el “quinquagésimo”, ni el “sexagésimo”, ni el “septuagésimo”; ya que la semana sólo consta de siete días, no de diez, y el número total de días, entre la Cuaresma y la Septuagésima, es de 61, no de 70. La denominación es, pues, una derivación lógica de la palabra Quadragésima; pero no indica el orden matemático que expresa”

A partir de hoy desaparece el jubiloso “Alleluia” de todos los oficios litúrgicos. El “benedicamus Domino. Alleluia, alleluia” de las Primeras Vísperas de hoy hace resonar por última vez esta expresión tan familiar para nosotros, como señal de regocijo.

En la Edad Media tuvo tal relevancia esta “despedida” del Aleluya que se compusieron oficios dedicados a demostrar sentimientos de afecto ante el Aleluya al que se despedía como a un viajero que emprendía un largo camino, para luego retornar el Sábado Santo.

A modo de ejemplo citamos un candoroso texto de la liturgia mozárabe:

“¿Te vas, Aleluya? Pues que tengas un buen viaje, y vuelvas contento a visitarnos. Aleluya.

Los Ángeles te llevarán en sus brazos para que no tropiece tu pie, y vuelvas de nueva a visitarnos”.

Aún en el ámbito extralitúrgico se celebraba, como un juego de niños, el así llamado entierro del Aleluya” llevado a cabo por los monaguillos en el cementerio parroquial.

Pero el sentido más profundo de la Septuagésima, tal y como lo van señalando los textos litúrgicos, es la toma de conciencia de nuestra más profunda realidad humana y llenar nuestros corazones de aquella sensatez que pide el salmista, para calcular nuestros años y no perder el tiempo.

El Catecismo Mayor de San Pío X sintetiza el sentido de la Septuagésima y las semanas que le siguen:

“En los divinos oficios de la semana de septuagésima, la Iglesia nos representa la caída de nuestros primeros padres y su justo castigo; en los de sexagésima, el diluvio universal, enviado por Dios para castigo de los pecadores, y en los tres primeros días de la semana de quincuagésima, la vocación de Abrahán y el premio dado por Dios a su obediencia y a su fe.

En este tiempo, aún más que en otro cualquiera, se ven tantos desórdenes en algunos cristianos por la malignidad del demonio, que queriendo contrariar los designios de la Iglesia, hace los mayores esfuerzos para inducir a los cristianos a que vivan según los dictámenes del mundo y de la carne.”

(Cf. Cap. Parte V, cap. V, 33; 34 “De las virtudes principales y de otras cosas necesarias que ha de saber el cristiano”)

Es de sabios comenzar por el principio.

Y la Liturgia Católica, que es sabia, nos hace empezar desde el principio.

¿Cuál es el sentido de la Cuaresma? ¿Por qué la penitencia y la mortificación? ¿Por qué las obras de caridad y la oración más intensa?

Sabiamente instituida, la Septuagésima consigue que no nos sorprenda el Miércoles de Ceniza sin saber por qué nuestro párroco esparce en la cabeza de los fieles aquel signo penitencial.

Por ello, el primer gran tema de ese Tiempo es el “origen” del pecado y sus consecuencias.

Es dogma de fe que la caída de los Primeros Padres en el Paraíso (que se transmitiría a sus descendientes por generación, no por imitación), denominada “pecado original” es la “muerte del alma”, mors animae (Conc. Trento, Dz 789), vale decir, la carencia de la vida sobrenatural, o de la gracia santificante.

Por lo que el pecado original consiste en el estado de privación de la gracia, que tiene su causa en el voluntario pecado actual de Adán, cabeza del género humano.

Este pecado (originante en Adán y originado en nosotros) ha despojado al hombre de sus bienes sobrenaturales y herido en los naturales (spoliatus gratuitis, vulneratus in naturalibus)

En relación a la vulneración de la naturaleza, la doctrina católica no la concibe como una total corrupción de la misma: aún en estado de pecado original el hombre tiene la facultad de conocer la verdades religiosas naturales y de realizar acciones moralmente buenas en el orden natural.

El Concilio tridentino enseña que por el pecado de Adán no se perdió ni quedó extinguido el libre albedrío (Dz 815)

La herida abierta en la naturaleza, interesa al cuerpo y al alma.

Heridas del cuerpo: + passibilitas (parirás con dolor, etc.)

+ mortalitas (morirás de muerte)

Heridas del alma (opuestas respectivamente a las cuatro virtudes cardinales):

+ ignorancia -------------prudencia

+ malicia -----------------justicia

+ fragilidad --------------fortaleza

+ concupiscencia --------templanza

Añadamos a esto consecuencias derivadas, tales como el desorden interior, la aparición del pudor, el desajuste con la naturaleza creada (natura naturata): “la tierra te producirá abrojos…” la lucha entre hermanos, pueblos; etc. etc.

Ignorar el pecado original, además de herético, es una soberana gansada roussoniana.

Sin embargo asistimos con frecuencia a la triste constatación que este tema medular de la Fe (no por “bonito” sino por fundante de la historia de la Salvación) es soslayado en la enseñanza práctica de nuestras catequesis y desconocido totalmente a la hora de sacar conclusiones bien prácticas y concretas sobre la concepción del hombre y su educación cristiana.

La pérdida en el nuevo ciclo litúrgico del tiempo de Septuagésima, es otro indicador de la sensible y progresiva pérdida del sentido del pecado y del creciente –aunque desmentido por la realidad- optimismo que impulsó a los cráneos litúrgicos y pastoralistas.

¿Ingenuidad? ¿malicia? ¿ambas cosas juntas? (porque todo es posible) No lo sabemos.

Lo que sí sabemos es que no sólo se prescinde de este punto esencial (y picajoso) de nuestra Fe, sino que se actúa como si el hombre no hubiese sido afectado por esta realidad que lo hiere desde su concepción misma: nuestros colegios (llamados) católicos, nuestras asociaciones, grupos o movimientos (llamados) católicos parecieran desconocer la inclinación al pecado, el pecado mismo que a todos nos afecta.

La escuela mixta, los infaltables “campamentos”, entre otras variadas realidades, se han construido sobre el desconocimiento de esta vulneración de la humana naturaleza como si fuésemos ángeles; inmunes de toda vinculación con aquel lejano y folclórico relato del Génesis.

Desconocer la realidad del pecado no es un recurso catequístico para iniciar a nuestros niños y jóvenes en la vivencia de los valores evangélicos.

Nuestro Señor Jesucristo nos dejó bien claro su conocimiento sobre nuestra naturaleza (la que Él posee verdaderamente, con excepción del pecado original o personal e inmunidad de toda concupiscencia) cuando nos dijo: “Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos…”

La catequesis actual, influenciada por el pascualismo teológico y litúrgico imperante, pasa por alto la verdad del pecado original y sus consecuencias, para lanzarse en un salto suicida al alegre festejo de un hombre redimido, no sabemos de qué.

Que el perdido tiempo de Septuagésima no sea tiempo perdido para nosotros y volvamos, una vez más a la vigilancia y sensatez de entender que aunque se vista de seda, el pecado pecado siempre se queda…

Fuente: ]]>Soleares]]>

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