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Entrevista a Juan María Bordaberry, prisionero político

Durante la entrevista que realizara Panorama Católico Internacional al ex presidente uruguayo a fines de 2002, que se ha visto parcialmente plasmada en el texto que reproducimos, hemos querido reflejar el pensamiento político del ex primer mandatario y su singular "conversión" desde una postura liberal a una óptica católica de la sociedad y del bien común. De esa conversación salió la idea de editar un libro de memorias, "Antes del Silencio: Bordaberry, Memorias de un Presidente Uruguayo", que ha tenido una singular repercusión en el hermano país. Su inicuo procesamiento reciente por "tribunales especiales" y la denegación del beneficio de prision domiciliaria nos confirma que este proceso es una venganza ideológica, donde el Bordaberry ya tiene sentencia decidida. Queremos contribuir al conocimiento de su figura y protestar por este avasallamiento de los derechos de un ciudadano ejemplar y católico lúcido, ejemplo para Hispanoamérica.

Entrevista de Marcelo González

Siendo el mayor heterodoxo de la partitocracia liberal en un país que le rinde culto público, podemos decir con toda seguridad que Juan María Bordaberry es rara avis en el Uruguay.

Fuimos a la entrevista munidos de un grueso historial tomado de noticias publicadas en internet. No encontramos una sola laudatoria. Es más, la condena a su persona en los medios de la gran prensa es tan unánime como casi nulas las voces que lo defienden. Nos formamos la imagen de un hombre autoritario, distante, frío. Esta imagen comenzó a desdibujarse cuando un señor maduro, distinguido y de modales muy corteses, solo, sin custodia ni chofer nos recibió en el puerto de Montevideo y en un automóvil que no denotaba ninguna riqueza nos invitó con sencilla cordialidad a almorzar en su casa. Ahí, en el automóvil, comenzamos a conocerlo.

¿No tiene problemas en la calle? ¿Cómo lo trata la gente?

No. En realidad nunca tuve ningún problema. Alguna vez me he cruzado con alguien que me ha puesto mala cara, pero creo que esas veces puedo contarlas con los dedos de la mano. No por eso voy a creer que todos los uruguayos me quieren pero sí que muy pocos tienen mal recuerdo de mí. Más que a los enojados temo a los extrovertidos que me saludan y me expresan sus sentimientos en forma estentórea y llamativa. Por cierto que lo agradezco… simplemente no va con mi carácter el llamar la atención. Los más jóvenes ya no me conocen, pero los uruguayos de mediana edad y los mayores me recuerdan bien.

Le diré en ese sentido que impresiona cuántas veces me piden entrevistas estudiantes que deben preparar algún trabajo sobre los años setenta. Siempre justifican su pedido diciendo que todo lo que les enseñan y los libros a su alcance son agresivamente contrarios a mí y eso termina produciendo el efecto opuesto: les parece imposible que todo haya sido tan malo como les enseñan. La juventud es inquieta y hurga por la verdad cuando advierte que le dan la historia flechada. He tenido muchas y confortantes charlas con ese motivo. Es que la enseñanza uruguaya masónica y sus programas son totalitarios: toda la historia debe encajar en sus preconceptos ateos.

Hace poco tuve un pequeño choque con una camioneta con matrícula oficial. Me bajé diciendo a quien bajó del otro vehículo que yo tenía seguro si lo necesitaba (los daños habían sido mínimos) y bueno, ya conozco el gesto: me señaló con el dedo y me dijo " ¿Vd. es...? Antes que siguiera le dije resignadamente "sí, soy" . Entones le empezó a gritar a su compañero… "vení a ver con quien chocamos", mientras me daba la mano efusivamente. El pueblo uruguayo que recuerda sin interferencias maliciosas aquellos años, recuerda una época de paz, estable y tranquila, en la que se pudo terminar con problemas muy graves.

-Su casa es un departamento señorial, muy amplio, sin lujos y lleno de recuerdos. Nos muestra Montevideo desde su balcón. Nos cuenta anécdotas y recuerdos.

¿Cómo empezó su carrera política?

No puedo decir que haya tenido una carrera política ni mucho menos que ella hubiera tenido un inicio concreto. La familia de mi padre partía de mi abuelo, a quien no conocí, un inmigrante vasco francés que se afincó en el campo, en Durazno, en el centro del país. Mi padre, el menor de cinco, nació allí, en el campo, en 1889, cuando seguramente ya mi abuelo había superado las dificultades y contrariedades que habrá tenido en el comienzo y desarrollo de una emprendimiento tan distante y ya debía de tener una holgada situación económica. Ya habría comprado o estaría por comprar una "quinta" en Montevideo y en ella con los años nacimos entre 1927 y 1931 mis hermanos y yo. Esa fue nuestra casa familiar.

Traigo este recuerdo para explicar la formación de mi padre que tanto influyó luego en mi actividad que Vd. llama política, lo que acepto tomándolo como sinónimo de pública. Mi padre pudo entonces cursar sus estudios en Montevideo y obtener el título de abogado. Esto me permite suponer entonces que ha de haber cursado su enseñanza media y superior en los primeros quince años del siglo XX. Y esto importa porque entre fines del siglo XIX y los primeros veinte o treinta años del siguiente, el Uruguay se consolidó como un país ateo, masónico, separado de la Iglesia, esto es, profesando en sus instituciones y su enseñanza, el dogma de la soberanía del hombre en lugar de la de Dios. Para colmo de males también en esos primeros años del siglo nació y se desarrolló entre nosotros un partido político católico, tempranamente afiliado a las ideas de Lamennais, Marc Sagnier y Maritain, es decir, profesando la idea de la posibilidad de convivencia de la Verdad con el error. El sistema de enseñanza en el Uruguay fue un calco del de Jules Ferry en Francia.

¿Su padre era católico?

Mi padre provenía de una familia católica… recuerdo alguna fotografía suya con el brazalete de Primera Comunión. Pero su formación académica en ese tiempo inevitablemente lo apartó de la práctica religiosa, sin perjuicio de haber vivido siempre como un buen cristiano y padre de familia y haber muerto confesando y comulgando y de haber recibido los auxilios para la hora de la muerte. Si el tiempo va sedimentando los recuerdos y ordenando los que más nos importan, mi recuerdo es el de un hombre bondadoso al extremo, recto y generoso.

¿Y esta formación de su padre cómo influye en Vd.?

Indudablemente que nos inculcó esas virtudes, pero no influyó en nuestra formación religiosa. Él a su vez se formó en un tiempo en el cual la religión era algo familiar, de puertas adentro, con la responsabilidad cargada en la madre, en tanto la influencia paterna recaía más en la vida pública, externa o política. A nuestra madre debemos educación religiosa desde la infancia hasta que al entrar en la enseñanza media nuestro padre aceptó, con la alegría de aquella santa mujer, que lo hiciéramos con los jesuítas en el Sagrado Corazón. Tan común era esa especie de "división de competencias" que mi padre nunca tuvo inconveniente en que nuestra hermana cursara todos sus estudios, desde pequeña, en el Sagrado Corazón de la comunidad fundada por Santa Magdalena Sofía.

Su padre entonces también tuvo actividad pública ¿en qué medida influyó en Vd?

La acción pública de mi padre reflejó los ambientes en que se había criado y formado luego intelectualmente: en el ámbito del gremialismo rural y en el político. Tengo un recuerdo indeleble del relato que me hizo cuando, recién recibido de abogado estaba con su padre en la estancia y vieron venir de lejos el "charret" (que esperaban), conduciendo al caudillo "colorado" del departamento que venía desde la capital departamental (60 kilómetros de malos caminos) para pedir autorización a mi abuelo para ofrecer a mi padre la candidatura a la diputación por el departamento, con lo que inició su vida política, como queda dicho, por el Partido Colorado. Éste estaba, y estuvo durante los primeros 30 años del siglo XX, dominado por la figura de José Batlle y Ordóñez.

¿Qué era del Presidente actual?

Tío abuelo. Batlle y Ordóñez fue un hombre decisivo en la formación filosófica atea del Uruguay de hoy. Con machacona insistencia se nos dice que no era masón, pero vista su trayectoria cuesta creerlo. Su conducción autocrática -sin salir de la legalidad pero forzándola según su conveniencia- provocó resistencia dentro del partido Colorado y un grupo, que se llamó "riverista" por Fructuoso Rivera, fundador del Partido Colorado, se apartó del que pasó a llamarse "batllista". Mi padre adhirió al "riverismo" y militó extensamente en él como senador y hombre público. También el "riverismo" era predominantemente ateo, como lo eran blancos y colorados, pero aunque lo integraban connotado masones, no tenía la agresividad del batllismo contra la Iglesia. Mi padre se debe haber sentido más a gusto y más cómodo allí, fuera de ese dogmatismo ateo nacido seguramente en la oscuridad de las logias, que no se compadecía en forma alguna con su carácter. Creo que sin mucha posibilidad de error puede compararse al "batllismo" con el radicalismo de Alem, Alvear e Irigoyen.

Ud. mencionó dos campos de acción pública de su padre, ¿qué nos dice del otro?

El otro fue el gremialismo rural. Batlle y Ordóñez desarrolló una política agresiva contra el campo, tomando sus recursos para estimular la industria y los programas sociales y relegando lo rural al olvido. Esto provocó naturalmente reacciones muy combativas en lo que empezó a llamarse ruralismo. Mi padre integró las instituciones rurales que llevaron a cabo esa defensa, Asociación Rural, Federación Rural y finalmente Liga Federal de Acción Ruralista.

No puedo extenderme en el desarrollo de este movimiento pero como Vd. me ha preguntado sobre el inicio de mi acción pública, ésta resultaría inexplicable sin estos antecedentes. Resumo diciendo que la acción gremial ruralista culminó en la década de los 50 con la formación de una fuerza de opinión muy importante que inevitablemente se fue deslizando al campo político. Mi padre había fallecido en 1952 pero yo intervine activamente en el terreno gremial aunque no tuve ningún cargo político hasta 1963, en que el líder ruralista Benito Nardone, que se había formado al lado de mi padre, me sugirió que integrara una lista al Senado, para el cual salí electo. Puede Vd. considerar allí mi inicio en el campo político, en una convergencia entre el prestigio gremial de mi padre y su larga carrera pública y el del Sr.Nardone.

Dos años después falleció Nardone y yo renuncié al Senado donde ya mi presencia no tenía sentido pero que me dejó una vivencia inestimable e imborrable sobre el funcionamiento interno de la partitocracia.

Esta breve trayectoria más gremial que política me dio un cierto renombre a raíz del cual en l969 el entonces Presidente Pacheco me ofreció el Ministerio de Ganadería, el cual me pareció moralmente obligatorio aceptar porque empezaba a endurecerse la agresión tupamara y el Presidente luchaba firmemente contra ella, sin el respaldo de una unanimidad política que lo apoyara como era debido.

Cuando se aproximaba la elección subsiguiente me ofreció la candidatura a la Presidencia de la República, la que me sentí obligado a aceptar por las mismas razones.

He ahí un resumen de mi breve vida pública para el cual he debido internarme en aspectos de menor interés pero sin los cuales no sería coherente esa trayectoria.

¿A Vd. le interesaba la política?

Debe parecer una falsedad contestarle que no, vistos los cargos públicos que alcancé. Sin embargo, ésa es mi repuesta… nunca busqué los cargos públicos. Pero la Providencia tiene sus designios que no debemos ni podemos escrutar.

Algo anecdótico pero que viene al caso: cuando el Presidente Pacheco me ofreció el Ministerio de Ganadería, pensando en los sinsabores que íbamos a pasar, quise compensar a mi señora en alguna medida y tomé dos pasajes para Francia, a pagar en cuotas mensuales que terminaban el último día de mi gestión. ¡Cómo podía imaginar yo que ese día, en lugar de estar volando hacia Francia estaría asumiendo la Presidencia de la República! Mi señora había coincidido también en la obligación que tenía yo de aceptar el cargo, pese a que teníamos hijos pequeños y los tupamaros estaban en la plenitud de su acción subversiva.

La política nunca me atrajo como carrera pero me resultó imposible rechazar el ejercicio de algún cargo cuando se presentó como una obligación de servicio a la Patria. Sin embargo, cumplido éste o resultando imposible cumplirle como sucede en un sistema partitocrático, dejé el cargo, como cuando renuncié al Senado, o proyecté volver a mi vida privada cuando acepté el cargo ministerial. No me resulta muy cómodo hablar bien de mí mismo pero de otro modo resultaría imposible decirle que no me interesaba la política después de haber sido Senador, Ministro y Presidente de la República.

¿Cómo llegó y cómo se fue de la Presidencia?

Ya le he relatado que el Presidente Pacheco me ofreció la candidatura a la Presidencia, que me sentí obligado en conciencia a aceptar dada la situación del país. La rebelión tupamara estaba en su plenitud y desde el punto de vista económico el país gozaba de una estabilidad irreal, porque durante tres años se había mantenido estable artificialmente la cotización del dólar, lo que era obviamente una bomba a estallar. Estos aspectos estaban relacionados entre sí, porque una devaluación traería carestía que sería explotada por la izquierda, legal o revolucionaria.

Cuando uno asume un cargo así no puede pretender resolver todos los problemas y no tiene más remedio que establecer prioridades. Yo me impuse el objetivo de terminar con la guerrilla tupamara y modificar todo el sistema económico y financiero dirigista que frenaba al país, impedía la inversión externa y ahogaba la producción, especialmente la agropecuaria.

Me hubiera gustado también reformar la enseñanza, pero éste era un hueso duro de roer porque el sistema tenía una base filosófica muy fuerte en el país y más de setenta años de existencia.

¿No pudo hacer nada en la enseñanza?

En realidad muy poco. El Gobierno tiene ciertas facultades como la proposición de quienes van a dirigirla durante el período, pero una vez nombrados gozan de autonomía. Cuando se disolvieron las Cámaras Legislativas y se suspendió la actividad de los partidos políticos, con la ayuda del excelente servicio de información que tenían las Fuerzas Armadas, se pudieron sanear los cuadros de profesores y maestros sacando a los comunistas y tupamaros disfrazados, que eran legión. Pero esto fue inútil por dos razones: primero, porque lo que había que sacar antes que nada era la influencia dominante de la masonería y sus ideas, lo que era imposible y, segundo, porque cuando los mismos militares trajeron de nuevo la democracia, todos los desplazados volvieron a sus cargos, cobrando además lo que hubieran cobrado quedándose, con ascensos incluídos e indemnizaciones. Esto costó millones que pagamos todos los uruguayos.

¿Y en los otros aspectos?

En lo económico, el 1 ° de marzo de l972 asumí la Presidencia y el 2, al día siguiente, devaluamos la moneda para que el país recuperara su capacidad exportadora. Pero recién en 1973 pudimos aprobar un programa de liberalización de la economía, que costó aplicar porque había que modificar las normas y las mentes adoctrinadas para servir al Estado, no al país. Pero tal vez haya sido lo más duradero, porque hasta hoy se han mantenido vigentes los principios básicos de esa reforma.

¿Y el enfrentamiento con la guerrilla tupamara?

Este es un punto demasiado amplio para pretender resumirlo. Le diré que el enfrentamiento propiamente dicho estaba a cargo de las Fuerzas Armadas, además de la Policía, en virtud de un decreto del Presidente Pacheco de setiembre de 1971.

No voy a detallarle cronológicamente todo el proceso y sus incidentes, lo que sería muy extenso, ni tampoco llegar rápidamente a un final feliz, que no lo hubo. Me ceñiré a dos conclusiones finales que pueden ilustrar bien el tema sin ser extenso.

La primera es que, pese a su derrota en el terreno que podíamos llamar militar, puesto que fueron casi todos detenidos, juzgados y condenados, los tupamaros fueron en definitiva los triunfadores. En sus documentos se lee el momento en que tomaron conciencia de que estaban siendo derrotados en ese campo y decidieron cambiar del militar al político, llevando adelante una bien pensada, permanente y fuerte campaña de desprestigio contra las Fuerzas Armadas, acusándolas de todo lo que Vd. sabe porque lo mismo pasó en su país. Esta campaña prosigue aún hoy, cuando están actuando libremente y tienen prensa y representantes en cargos políticos. Son en definitiva anarquistas y ven al militar simbolizar aquello que les es sustancialmente opuesto: el orden. Por eso la acción es permanente… porque aquella guerra terminó pero esta no tiene más fin que el caos. Han triunfado porque la mayoría de los uruguayos ha olvidado sus crímenes y cree a pie juntillas en la maldad de los militares.

La segunda conclusión, que puede ser más sorprendente, es que la insurrección tupamara fue un conflicto dentro de la masonería. Por un lado los que piensan que la Revolución puede detenerse llegado un punto de evolución del liberalismo y los que, más coherentes con el pensamiento liberal, creen que la Revolución no sólo no tiene fin sino que pretenderlo es la negación del pensamiento liberal -lo que es cierto- y nadie puede asumir el derecho de detenerla sin contradecirlo.

Por eso, porque lo que los separaba era sólo el grado de profundización de la agresión revolucionaria contra Dios, cuando los primeros derrotaron militarmente a los segundos y tomaron el poder político devuelto por los mandos militares masones, lo primero que hicieron fue amnistiar a los derrotados. Estos salieron de la cárcel con las mismas consignas pero se insertaron en el sistema partitocrático, organizándose políticamente y llegando a bancas de diputados y senadores. El objetivo era traerlos nuevamente al redil democrático-liberal, no sancionarlos.

Si me permite hacer profecías, con todo el riesgo que eso implica, me atrevería a decir que el proceso revolucionario no se ha reiniciado sino que sigue… han cambiado los protagonistas del radicalismo revolucionario: los tupamaros están apoltronados en los sillones parlamentarios y los revolucionarios de hoy enarbolan los símbolos anarquistas entre la juventud y el lumpen proletariat preferentemente en los asentamientos ilegales del cinturón de Montevideo, esperando el momento oportuno. Y además si me permite el atrevimiento, creo que esto pasa en el mundo occidental y dentro de él, el panorama argentino es bastante parecido al uruguayo y al brasileño.

¿Y Vd. que hacía presidiendo ese conflicto? ¿Tenía conciencia de él?

¡Buena pregunta! Cuando me hice cargo de la Presidencia desde luego que no: los tupamaros eran unos comunistas castristas malos que querían interrumpir la vida pacífica del pueblo oriental por medios extraños para nuestra sociedad. Y todos los que estábamos de este lado éramos los buenos patriotas que queríamos librar al Uruguay de esa agresión.

Esa era la obligación primaria del Presidente, de cualquier forma, sin profundizar más en los hechos que estaban ocurriendo: restablecer la paz en la sociedad uruguaya.

Pero la Presidencia de la República era un buen punto de observación: poco a poco fui tomando nota de sucesos y episodios que no podían explicarse dentro de aquél simplismo inicial. No le voy a detallar todos, lo que sería impropio a estos fines… le señalaré solamente el tal vez más chocante: la liberación de Embajador británico Jackson, secuestrado durante meses, luego de una mediación del masón Allende, liberación que fue seguida por la "fuga" de más de 100 tupamaros de la cárcel. Si bien este episodio ocurrió cuando todavía faltaban unos meses para que yo asumiera la Presidencia, los hechos posteriores me permitieron juzgarlo de otra manera. El director de la cárcel fue elevado a la Jefatura de Estado Mayor de una de las circunscripciones militares del país.

Y con esta afirmación de la existencia de la masonería en ambos bandos, voy inevitablemente a la segunda parte de su pregunta.

Bien, ¿cómo se fue del gobierno?

Es inevitable decirle que en junio de 1973 habíamos disuelto las Cámaras Legislativas que imposibilitaban toda política de desarrollo, trabadas por su real objetivo, que siempre es la elección siguiente. Pero además eran un obstáculo para el enfrentamiento exitoso a la subversión tupamara, aduciendo siempre la defensa de los derechos humanos, que les preocupaban en tanto se tratara de sediciosos, sin la misma preocupación por los secuestrados o asesinados por ellos, o por los policías o soldados muertos por la guerrilla.

Este paso permitió desarrollar una verdadera gestión de gobierno, que el país necesitaba y el pueblo anhelaba, sin intromisiones demagógicas. Los civiles pudimos gobernar, con el sustento del poder militar en lugar de los partidos.

¿Los militares no le causaron dificultades?

En términos generales no… en algunos temas de trascendencia tuvimos a veces largas jornadas para ponernos de acuerdo pero siempre con resultados satisfactorios, como el caso del Tratado de Límites con la Argentina. Los militares no estaban atados por la contradicción inmoral que plantea la democracia entre la libertad responsable del hombre y los sistemas políticos liberales, bajo la falacia de "disciplina partidaria".

Pero esto funcionó bien hasta que se hizo necesario definir la conducta a seguir frente al umbral que significaba el último domingo de noviembre de 1976, en el cual debía realizarse elecciones, conforme a la disposición constitucional. Un largo proceso de conversaciones y discusiones culminó el 12 de junio de 1976 cuando me sustituyeron en el cargo.

¿Cuáles eran las diferencias?

Eran diferencias doctrinarias y por tanto, intransables. En los mandos militares pudimos advertir poco a poco la influencia de la masonería en las negociaciones, defendiendo el retorno al sistema político democrático liberal. También era extraño ver a oficiales de menor rango llevar la palabra con más autoridad que sus superiores naturales.

Por mi parte, la exigencia de definición que nos planteaba este problema tan trascendente me hizo meditar y profundizar tanto que llegué a ver que lo que estábamos viviendo, en paz y tranquilidad, con la vigencia de una autoridad real, era una sociedad que se desenvolvía según los principios cristianos del orden político. Me di cuenta que lo que había que hacer era dar respaldo institucional a esa situación, lo que me sentía con fuerzas para explicar al pueblo uruguayo: porqué no se podía volver a lo anterior y porqué había que institucionalizar la situación existente. Y en ésta no había partidos políticos disputando el poder en perjuicio de otros bienes que tenían prioridad, no había sufragio universal, es decir colocar la Verdad en el número cambiante, no había libertad para proclamar el error, etc.

Era obvio que el resultado iba a ser el que ocurrió: la masonería no podía aceptar un cambio doctrinario hacia los principios cristianos, eso era indudable y yo caería sosteniendo la Verdad que la Providencia me había hecho encontrar.

Es muy grande entonces el poder de la masonería en el Uruguay.

Así es. Hay un notable libro, editado por Ediciones de Cultura Hispánica en Madrid en 1949, que se titula "Uruguay, Benjamín de España". El autor es un diplomático español en la representación en Montevideo, llamado Ernesto La Orden Miracle. Debe ser muy difícil de conseguir. Yo lo obtuve prestado de un amigo (lo devolví) y pude leerlo y tomar notas de él. Este hombre, en los, a lo sumo tres años que estuvo entre nosotros estudió tan bien el Uruguay que me atrevería a decir que lo conoció mejor que muchos de nosotros.

Analiza todos los aspectos: históricos, políticos, culturales, literarios y religiosos. Es imposible referirle todo lo que hay de interés pero me parece oportuno decirle, por ejemplo, cómo le llama la atención que en los cementerios haya tantos símbolos masónicos. Refiere como anécdota que atribuye a un diplomático español en Buenos Aires, aunque yo sospecho que puede haber sido él mismo, que calificó al Uruguay como los "estados pontificios de la masonería".

Y ya que menciono este libro, le señalo que al autor le sorprende la poca Fe que encuentra en Uruguay y de ahí el título de "Benjamín de España", puesto que atribuye ese hecho a que Montevideo haya sido la última de las hoy capitales hispanoamericanas fundadas por la Madre Patria. Fíjese que Asunción fue fundada 189 años antes que Montevideo… la segunda fundación de Buenos Aires casi 150 años antes. A este hecho de la brevedad del tiempo colonial en la Banda Oriental atribuye la diferencia de Fe que señala.

Si me permite un pensamiento más sobre este punto le hago notar que menos de 90 años después llegaban la invasiones inglesas para sembrar las ideas masónicas en Montevideo y casi enseguida, las guerras que culminan con la creación del Estado que hoy es el Uruguay y cuya primera Constitución, de 1830, se inspira claramente en aquellos principios.

¡ MI atrevido intento iba contra casi toda la historia uruguaya!

¿Y cómo, teniendo tanto poder, permitió la masonería que un católico llegara a la Presencia de la República?

Mire, le diré algo que tiene parte de anecdótico y mucho de trascendencia. Mi padre me dijo un día, un día cualquiera, en una conversación cualquiera, que en este país nadie podía llegar a la Presidencia sin ser masón. Yo, con el ardor de un joven y novel estudiante de Derecho, le dije la simpleza de que la Constitución permite que cualquiera pueda serlo.

Cuando asumí la Presidencia recordé el episodio y pensé atrevidamente que mi padre estaba equivocado. Tiempo después, no siendo ya Presidente, una persona conocida me dijo: " ¿Vd. nunca pensó que a Vd. lo eligió la masonería?" Naturalmente le pregunté a mi vez en qué fundaba tan extraña afirmación. Me contestó que la situación había llegado a un punto en el cual había que tomar medidas que ningún masón podía tomar, como disolver las Cámaras o pasar civiles a la justicia militar por lo que la masonería aceptó mi candidatura si es que no la propuso. Con el tiempo fui analizando esta idea, que al principio me sonó disparatada y puedo decirle ahora, sin entrar en todos los episodios que recordé bajo esa óptica, que me parece muy verosímil. Mi padre, al fin, debe haber tenido razón.

¿Se sintió fracasado cuando fue desplazado de la Presidencia?

Bueno, era evidentemente muy ambiciosa la empresa. Sin embargo, creo que se desaprovechó una hermosa oportunidad que no pudimos ni siquiera explicar al pueblo uruguayo, que pienso que si no por los principios mismos que estaban en juego, por el momento histórico que estábamos viviendo, alguna posibilidad de éxito tenía.

Por otra parte perder defendiendo la Verdad no es fracasar. Me resulta casi obvio decirle que yo no aspiraba a continuar en la Presidencia sino a hacer prevalecer esos conceptos cristianos y naturales,

¿Y a Vd. que le dejó este episodio, más allá de toda la experiencia que me está contando?

¡La Providencia, siempre la Providencia! ¿Porqué me puso allí en ese lugar y en ese momento, sin desearlo, sin buscarlo?

Ahora le hablo desde la intimidad del alma, porque le diré lo que en mi alma quedó después de todo esto.

Ya le he dicho o ha quedado en evidencia que en el Uruguay nos formábamos en dos vertientes, como se dice ahora: una religiosa, más recatada, más familiar y otra democrática, siguiendo los programas de la enseñanza oficial en todas las etapas de la formación, aunque fuéramos a colegios católicos. Allí se podía enseñar Religión, pero en el resto había que seguir los programas oficiales. Por cierto que nuestros profesores y más si eran sacerdotes, todo nos lo enseñaban a la luz de la Religión, pero pronto advertíamos que al desembocar en el mundo oiríamos lo contrario. Me va a perdonar otra digresión anecdótica pero creo que ilustra mucho mejor esa situación. En nuestro Colegio teníamos un profesor de Historia Universal que era un católico ejemplar. Ya estábamos en los dos años previos al ingreso a la Universidad y teníamos que dar los exámenes en institutos del Estado. La presencia de nuestro profesor en la mesa examinadora era nuestra garantía. Cuando fuimos a dar examen, nuestro profesor se tuvo que ir de urgencia a Buenos Aires donde tenía una hija haciendo un noviciado y que había enfermado. Así que allá fuimos bastante a la ventura. Se me preguntó en el examen por qué el Papa se había negado declarar nulo el matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón. Yo naturalmente contesté que no se habían aportado pruebas suficientes y el Papa no tenía potestad para deshacer un vínculo válido. "No sea ingenuo muchacho" me dijo, "el Papa no quería enemistarse con España".

¿Aprobó?

Sí, la pregunta no era para bocharme sino para hacerme dudar de la enseñanza que recibía, pienso ahora.

Es así que recibíamos por un lado la enseñanza religiosa, básicamente en el hogar y luego en el Sagrado Corazón y por otro la enseñanza democrática, no sólo en el estudio sino en la vida diaria, en las opiniones unánimes que nos llevaron insensiblemente a la convicción de que no había otra forma política y social que la que vivíamos.

Pero lo importante era que estas dos líneas eran paralelas, que nunca se nos ocurría que se podían tocar. La temprana presencia de un catolicismo liberal contribuía a afirmar esa idea. Por cierto que se nos hacía cantar "...a Dios queremos, en nuestras leyes, en las escuelas y en el hogar...". Una repetición mecánica que a nadie se le ocurría posible, ni siquiera pensable, llevar a la práctica. Una especie de "coexistencia pacífica" entre el Estado liberal y ateo y la Iglesia uruguaya, profesando también un tolerante liberalismo.

Así me formé, conociendo esos dos campos de formación y aceptando sus respectivos campos de acción, sin pensar que pudieran enfrentarse jamás. Sin embargo, en mi interior al menos, se enfrentaron. El fracaso del orden político liberal, tan evidente, tan estrepitoso en realidad, y la serena aparición del orden natural, trayendo una verdadera paz cristiana a la sociedad uruguaya, fueron para mí una revelación, una afirmación de la primacía de Dios sobre los hombres que osadamente pretenden ocupar su lugar.

Una gran paz sentí cuando llegué a esta visión de la realidad política y social que debíamos reconocer a los uruguayos, y en la que, con naturalidad, los hechos los habían insertado.

Queda dicho que mi intento no tuvo éxito, como era de prever, pero haber apreciado tan de cerca que sólo el camino de la Verdad puede traer la felicidad a los pueblos significó para mí una riqueza por la que no me cansaré de dar gracias a Dios.

¿Qué solución ve Vd. para todo esto?

Lo primero es la Fe. El Vaticano II ha sido muy negativo en esta tendencia, ya hoy impuesta, hacia la coexistencia con el error modernista. No quiero internarme en la opinión sobre el Concilio pero si lo hemos de conocer por sus frutos éstos están a la vista. No hay vocaciones, se celebra una liturgia protestante y los templos se vacían. No puedo entender cómo se beatifica al Papa del "Syllabus" conjuntamente con el que proclamó los principios contrarios. Parece inevitable pensar en mutuas concesiones de sectores enfrentados, lo que no condice con la Unidad en la Fe. Por otra parte ¿cómo vamos a tener vocaciones cuando se proclama la libertad de conciencia? La Iglesia ha perdido sentido misional.

Creo que la elección del próximo Papa será crucial… confiemos en el Espíritu Santo.

Pero estamos hablando del orden en las sociedades y allí debemos ver otro campo a rehabilitar: las Fuerzas Armadas. No hay sociedad sin orden y no hay orden sin una fuerza legítima que lo guarde y respalde a los hombres de buena voluntad que quieran trabajar por el bien común. El liberalismo ha promovido o aceptado pacíficamente en nuestros países la desaparición en la práctica de los ejércitos. Y lo ha hecho porque quedó demostrado que son la única fuerza social que puede frenar la revolución. Nadie se escandalice por oír decir que el liberalismo es revolucionario: ese objetivo es de su esencia. Ya Juan Donoso Cortés decía en su tiempo "Ambas escuelas - la liberal y la socialista - no se distinguen entre sí por sus ideas sino por su arrojo."

Una sociedad cristiana necesita de una fuerza que la defienda de la maldad y del error.

Y por último en nuestros países tenemos un tercer pilar a rescatar y recimentar: la hispanidad. Es tiempo de sacar al mundo del engaño de la versión anglosajona de la historia moderna, empezando por nosotros mismos, que no podemos, aunque sea por dignidad, seguir siendo tributarios de una cultura decadente y extraña que nos denigra a diario.

Son objetivos harto difíciles: encomendémonos a Dios como en una Cruzada para lograrlo con serenidad, paciencia y Fe.

Comentarios

Persecución de Bordaberry

Enviado por Diego Bugna el Sáb, 2006-11-25 11:35   Quiero hacer uso de este medio, para poder llegar a Don Juan María Bordaberry, con mi saludo cristiano y mi completa adhesión a sus padecimientos, que no son más que el testimonio de un hombre público cristiano, acosado por la Revolución y el Liberalismo. Su único pecado en el Uruguay masónico, ha sido ser presidente de los Orientales, y defender a la Iglesia y a la Tradición Católica, y buscar el reencuentro de la Patria con los ideales hispánicos de los que fuera arranacada por el laicismo y la revolución. Siéndome imposible estar físicamente a su lado para acompañarlo y animarlo en esta hora de martirio, quiero asegurarle que desde la distancia le acompaño con mis oraciones. Siempre a su lado en defensa de la Tradición Católica y de la Verdad.
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