Entrevista al autor de "Política Cristiana"

Realizará varias presentaciones de su libro en la Argentina

Se está presentando en la Argentina el libro "Política Cristiana" del R. P. Guillermo Devillers. Asistimos a una de esas presentaciones, de la cual haremos reseña aparte. Como adelanto, reproducimos una entrevista al autor publicada en otro medio.

¿Por qué un sacerdote escribe sobre política? Porque de la política buena o mala depende sobre manera la salvación o la perdición de las almas. Y para salvar a las almas uno se hace sacerdote.

Se ha dicho muchas veces que la Iglesia no debe hacer política. Es la Masonería quien lo dice. Sabe muy bien que excluyendo a Dios de la política, pronto lo extirparán también de los corazones. Eso es lo que han hecho.

¿De qué fuentes saca usted su doctrina? De la Sagrada Escritura, del Magisterio de León XIII, de Santo Tomás de Aquino, del Cardenal Pie.

¿Cree Ud. que hoy día los católicos podemos hacer algo en política? No hacer nada es muchas veces la peor de las opciones. De hecho los católicos hacen mucho, pero lo hacen mal, por falta de principios. ¿Si se puede hacer algo? ¡Claro que sí! La política no consiste solamente en cambiar el gobierno. La política comienza en el nivel municipal, familiar y del trabajo.

¿De qué trata su libro? De los fundamentos de la política, divididos en siete cuestiones: 1) de la certeza de nuestros conocimientos; 2) de la naturaleza de la sociedad; 3) del gobierno ; 4) de la familia; 5) de la economía; 6) del Estado; 7) de la Iglesia. Estas siete cuestiones están subdivididas a su vez cada una en cinco o diez artículos, cada artículo con su tema, sus objeciones y sus respuestas, según el método de Santo Tomás de Aquino.

Ud. estuvo cinco años en España y veinticinco en la Argentina. ¿Esto influyó en su pensamiento? Sí, mucho. No hay ejemplo más hermoso de la política cristiana que la Reconquista española, con su prolongación en la conquista y evangelización de América. Son dos epopeyas extraordinarias. Por otra parte, el simple estudio de la catástrofe religiosa y moral que trajo la democracia española bastaría para refutar definitivamente el mito liberal.

Ud. ha agregado en su última edición dos apéndices que no tienen la forma escolástica del resto. ¿Por qué? Para aclarar dos temas importantísimos. El primer apéndice refuta el error, común hoy día, que consiste en hacer del Magisterio de la Iglesia la fuente única e inapelable de nuestra fe. El segundo apéndice refuta el naturalismo político que pretende limitar la acción del Estado al bien temporal, con exclusión del bien sobrenatural.

¿Un católico puede oponerse al Magisterio del Papa? Puede y debe si el papa contradice la fe revelada. El papa no es siempre infalible. Esa es la doctrina de la Iglesia.

Para Ud. ¿qué es una política cristiana? Es Jesucristo Rey, y la ley del Evangelio por encima de todas las otras leyes.

¿Qué diferencia hay entre esto y la jihad? La misma que entra la verdad y el error.

Dicen que las religiones son causa de todas las guerras. Eso dice la Masonería. La verdad es que ella ha causado desde hace tres siglos más guerras y más cruentas que todas las religiones juntas.

¿Cómo cuáles? La revolución francesa, las guerras de Napoleón, la revolución bolchevique, las guerras que desgarran África desde hace setenta años, etc. Lo que causa la guerra no es la religión, son las falsas religiones o la falta de religión, son el error y el pecado. Y son todos los que trabajan en descristianizar el mundo.

¿Ud. no teme a que lo llamen intolerante, fanático, etc., o incluso que lo lleven a los tribunales? No lo merezco. Temo más bien a que Cristo me llame cobarde: “El que se avergonzare de mí delante de los hombres, yo me avergonzaré de él delante de mi Padre”.

¿Ud. quiere imponer su verdad? Más que imponerla, preferiría morir por ella, a ejemplo de mi Maestro. La Iglesia nunca quiso imponer la fe por la fuerza. Pero sí pidió a los gobiernos que no dieran los mismos derechos al error que a la verdad, y que dejen de llamar bien el mal y viceversa.

¿Ese es el tema principal del libro? No, es solamente uno entre muchos. Hay unos cincuenta artículos que tratan de temas muy diversos, como por ejemplo: la refutación de Descartes, los fines del matrimonio, las pruebas de la fe, la libertad religiosa, la moralidad del método Billings o del préstamo con intereses, la salvación fuera de la Iglesia, la refutación del sedevacantismo, y otros más.

Un cristiano verdaderamente cristiano no puede, en modo alguno, hacer política como la haría un no cristiano. Está lleno por completo del pensamiento de la eternidad, y la caridad que arde en su corazón le hace desear con todas sus fuerzas el reino de Jesús y de María a fin de que las almas se salven. ¿Cómo se puede pretender que ello no influya profundamente sobre su política, sobre su acción legislativa, sobre sus discursos, sobre sus alianzas y sobre toda su acción? Se ve bien, leyendo la vida de un San Luis, de un San Fernando de Castilla, de un San Enrique en Alemania, o incluso de un García Moreno en Ecuador, que cada una de sus acciones estaba inspirada por su fe y determinada por un verdadera prudencia natural y sobrenatural. Hay infinitamente más diferencia entre una política cristiana y una política que no lo es, que entre una república y una monarquía, por ejemplo.

La obra trata de cuestiones muy variadas relativas a los fundamentos de nuestros conocimientos, la filosofía social, la familia, la economía, etc. Ahora bien, sobre todos estos puntos me he esforzado por dar una respuesta clara y precisa, apoyándome no solamente sobre los argumentos de razón sino también sobre la revelación cristiana. Cada artículo de este libro es un remedio contra el naturalismo, mostrando hasta qué punto la fe ilumina todas las cuestiones humanas. Espero que, con la gracia de Dios, la lectura de la obra terminará por curar totalmente de ese error al lector. Habrá comprendido en efecto que la Revelación cristiana y la consideración de las grandes verdades de la fe responden maravillosamente a todas las grandes cuestiones filosóficas o políticas que se plantean los hombres de nuestro tiempo y de todos los tiempos.

La Iglesia no tiene sobre el Estado más que un poder indirecto. He intentado explicar esta cuestión en mi libro de manera sencilla y precisa. Digamos brevemente que los sacerdotes y los gobernantes civiles tienen, o deberían tener, un mismo fin último, pero que no tienen el mismo papel u oficio. Ahora bien, es un principio esencial para el buen funcionamiento de toda sociedad, que cada cual deba ocuparse de aquello que tiene a su cargo sin inmiscuirse en el terreno de su vecino: ¡Zapatero a tus zapatos! No corresponde al gobierno político regular el orden de las ceremonias religiosas, enseñar la fe o nombrar los obispos. No corresponde al Papa, en general, nombrar a los reyes o decir si hay que suprimir un semáforo que provoca embotellamientos sin parar. Pero concluir por ello que los hombres políticos no deban preocuparse ordinariamente sino del bien temporal y que los sacerdotes no deban intervenir en el terreno temporal, eso es puro naturalismo, y es la gran herejía moderna.

La enfermedad más grave que padece el mundo actual es la incredulidad y el escepticismo. Ya no se cree en nada. Desengañados y sin ideal, nuestros contemporáneos se mueren de depresión y se dejan arrastrar a merced de sus pasiones. Por lo tanto, no habrá restauración política sin una restauración religiosa. Todos los esfuerzos serán vanos si no se regresa resueltamente a la verdad íntegra, filosófica, y teológica, cristiana y realista. Y para ello Santo Tomás de Aquino se revela como un maestro indispensable.

Tanto en las ciencias económicas como en política, el mundo moderno oscila miserablemente entre la anarquía y la tiranía, entre un liberalismo salvaje y una planificación a ultranza. He intentado mostrar cómo la fe nos aporta soluciones originales y probadas con éxito en la sociedad cristiana tradicional. La libre competencia encuentra ahí su lugar sin convertirse, sin embargo, en un ídolo, y el Estado cumple ahí su misión necesaria sin aplastar, sin embargo, a los cuerpos intermedios. El respeto de la propiedad privada se garantiza por el séptimo mandamiento, y cada cosa se integra así armoniosamente en ese todo que es la Ciudad, según el orden de la justicia, para la gloria de Dios, y el bien de las almas, la paz y la felicidad de las familias. Algunos podrán asombrarse de la condena del préstamo con interés, que suele reputarse fundamento insoslayable de la economía moderna. ¡Y bien, sí, Dios condena la usura! Y hemos sido ciertamente castigados por haber querido degustar ese fruto prohibido, puesto que en lo sucesivo nos vemos reducidos a esclavos de las potencias del dinero, tanto vale decir Satán y sus secuaces.

No pueden negar, sin embargo, que la revelación cristiana contiene un gran número de verdades naturales, en particular en el campo político. Nos da a conocer esas verdades de una manera mucho más segura que si fuéramos dejados a nuestra sola razón. Además la experiencia de los siglos ha mostrado que la constitución de los Estados no indiferente para la salvación de las almas. La Iglesia elaboró, poco a poco, toda una doctrina social y política que desemboca en la proclamación de la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo con la ]]>encíclica Quas primas de Pío XI]]>.

La experiencia de mil años de civilización cristiana, por otro lado, lo demuestra: esta “política cristiana”, ordenada como a su fin último a la salvación eterna de las almas, es también la más apta para proporcionar a los pueblos la verdadera felicidad, conforme a la promesa del Salvador: “Buscad primero el Reino de los cielos y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”. Si hoy la política “no es muy católica”, es precisamente porque ya no es… católica. Se ha hecho agnóstica. Ocurre lo mismo con la filosofía.

Una de las cuestiones más importantes y más difíciles hoy, tanto en la sociedad civil como en la Iglesia, e incluso en nuestra vida espiritual es la de la obediencia y sus límites. Lógicamente debía ocupar una parte importante en este estudio. Me he esforzado pues por delimitar los principios generales que rigen la virtud de obediencia, y por aplicarlos después a la situación actual, considerando en particular las tesis sedevacantistas y “Ecclesia Dei”.

Fuente: Boletín Fides.

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