Fátima incomprendida, Fátima tergiversada

Hay dos modos de acercarse a Fátima infructuosamente. Uno es considerando esta revelación como una más. Otro es, lamentablemente, creyendo con ingenuidad en las falsas atribuciones.

Fátima siempre fue un “problema” para el Magisterio. El papa más devotamente fatimista fue Pío XII, pero no se atrevió a dar los pasos necesarios para cumplir la voluntad del Cielo. De allí en más, aunque algunos fueron devotos, los pontífices tomaron los pedidos transmitidos por Sor Lucía como un “peligro” que había que conjurar de alguna manera. La más evidente fue la “desfatimización” producida tras la muerte del papa Pacelli, pero iniciada bajo su reinado, y ya intensa cuando el octogenario pontífice, muy enfermo, no tenía fuerzas para mantener la vigilancia sobre los designios de un neomodernismo renacido bajo la forma de la Nueva Teología. Los jesuitas estuvieron a la cabeza de esta campaña.

Así, pues, tras la declaración de Juan XXIII rechazando el papel de “profeta de calamidades”, en lugar de advertir a la Iglesia y al mundo sobre las que se acercaban, se las mantuvo en silencio, “en un pozo muy profundo”, llegó a decir el Cardenal Ottaviani, al punto que en cierto momento se temió que el “tercer secreto” hubiera sido destruido.

Juan Pablo II quebró la omertá eclesiástica motivado por el ataque sufrido a manos de Alí Aghca. Hizo incluir la bala recuperada de su cuerpo en la corona de la Virgen de Fátima y atribuyó a su mediación el fracaso de un atentado que un tirador experto a tan corta distancia parecía imposible malograr. Nada que objetar a esta convicción. Pero de ella nació su intención de revelar la tercera parte del Secreto, lo que ocurrió en el año 2000. Y junto a esa revelación, tal vez parcial, la “interpretación oficial”: Juan Pablo era el papa asesinado en la visión de los pastorcitos. Ahora bien, el asesinado estaba presente, lo cual constituye una tergiversación insólita del sentido inmediato del texto. Un papa asesinado no sobrevive para atribuirse ser la víctima de un asesinato. Solo si esta atribución hubiera ocurrida tras el atentado luego seguido por la muerte. No fue el caso.

Francisco ahora, defraudando todas las esperanzas que podían haberse puesto en él, realizó una visita casi descortés. Pocas horas, todo rapidito y a casa. Pero en su homilía se atribuya ser el “obispo vestido de blanco” de la tercera parte del secreto. Así, como al pasar. Luego negó haberlo atribuido a sí mismo, con un interesante argumento: “yo no escribí el texto”. Pero lo leyó, que es más importante.

El obispo de esta visión reza incansablemente por la Iglesia y sufre por los males que la acometen, acompañado por los obispos pero rodeado de la hostilidad del mundo. Francisco es una “celebrity” para el mundo. No sufre sus ataques sino más bien goza de sus alabanzas. También aquí el sentido literal y más razonable del texto está tergiversado.

Estas tergiversaciones obvias desvirtúan completamente el sentido de Fátima. A su vez, un coro de personalidades del clero contribuyeron a aguar el vino puro del mensaje. Algunos se dignaron decir que Fátima aún tiene algo que decirnos. Pero no nos han dicho qué, y otros, más audaces, se animaron a recomendar el rezo del Rosario y la devoción mariana. Nadie con cierto rango eclesiástico ha hablado ni de los Cinco Primeros Sábados y su sentido. Nadie de la penitencia y la oración por los pecadores, ni que los pecados de impureza (el rostro más fétido de la sociedad de hoy) lleva a miles al infierno. De la impureza vienen muchos males: destrucción de la familia, violencia, drogas, suicidios, criminalidad… No es por cierto el más grave de los pecados en el orden que la teología moral los ha clasificado, pero en su dinámica destructiva de la sociedad es quizás el pecado más corrosivo y universal. En particular cuando se ataca a los propios niños desde la infancia. Es un suicidio moral.

En la reciente peregrinación a Fátima tuvimos la oportunidad de conocer a mucha gente, no solo allí sino en otros puntos que visitamos. Tratamos de establecer relación, aunque fuera circunstancial, con diversas personas. Sobre los problemas de la sociedad, drogas, criminalidad, desocupación, familia… La impresión casi universal ha sido que los europeos, inclusive los católicos, aún los que tienen cierta práctica, no prestan ni la más mínima importancia a los mandamientos vinculados con la virtud de la templanza y por cierto no sienten ninguna responsabilidad social siquiera en la continuación de las futuras generaciones. Los hijos son una “opción” que se puede tomar o dejar. Y si ya han nacido, lo más que les preocupa es su bienestar material.

La familia numerosa es vista como una locura o una excentricidad. Todo gira en torno del propio bienestar. Naturalmente que hay personas generosas, en particular en las generaciones mayores, pero ven aquello con nostalgia de algo irrealizable.

Uno de los ejemplos más importantes de Fátima, además del mensaje sobrenatural, ha sido siempre el de la solidez de la familia cristiana, impregnada de la Fe por un cuidado pastoral de la Iglesia, pero también por la sencillez y pureza de costumbres de la sociedad. Una nutría a la otra. La sociedad sana era un rebaño dócil para los sacerdotes celosos de sus almas, a la vez que este celo sostenía sólidamente la salud moral de la sociedad.

El fiel sencillo, que va a Fátima o se une a ella espiritualmente no solo debe comprender el sentido de los mensajes, sino además relacionarlos con la santidad de vida de esas familias que produjeron una comunidad digna de recibir esta visita y acoger con prontitud notable el mensaje del cielo, aunque en lo inmediato solo conocieran apenas detalles de las revelaciones. Ellos comprendieron que la Señora del Cielo venía a reclamar penitencia y oración, que estaba triste y transmitía la tristeza de su Hijo. Y que sus advertencias, en caso de ser desoídas, anticipaban calamidades para el mundo. El milagro del Sol infundió terror en sus espectadores. Seguido luego de un maravilloso alivio cuando muchos –temiendo el fin del mundo- se arrepintieron de sus pecados. Muchos se convirtieron, muchos se curaron de sus enfermedades, muchos consolidaron su Fe. Pero esto tras una experiencia terrorífica de unos minutos. ¿Cómo será la experiencia que deba sufrir el mundo para tener contrición de sus pecados, o mera conciencia de ellos?

Francisco nos ha hablado de una paz como la da el mundo. Vana, estéril, improbable y poco duradera. No una tranquilidad en el orden sino una ilusión en el desorden. En tanto vuelan misiles y amenazas. Alguna vez, no es nada improbable, estas serán algo más que bravatas y el poder destructivo desatado es inimaginable.

Tal vez veamos el sol no meramente bailoteando sobre la tierra, sino cayendo con un fuego horroroso sobre ella.

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