Fátima, un Ancla para la Fe de los Católicos

Crónicas de una peregrinación. Segunda entrega

En la entrega anterior hicimos una reseña general de la impresiones de Fátima. Tal vez haya parecido a algunos un poco “seca” y sin entusiasmo. En los tiempos que corren conviene desconfiar de la firmeza de la Fe cuando tendemos a vivir en un estado permanente de entusiasmo vital. En especial si el fundamento de esa Fe es este mismo entusiasmo vital. Muchos de los “nuevos movimientos religiosos” que hoy ostentan el récord de “conversiones” basan su estrategia de conscripción de adeptos en el vitalismo, falsamente legitimado por el objeto del entusiasmo, que es la adhesión a Cristo.

Otro tanto ocurre con los “independientes”, católicos que raramente se acercan a los sacramentos pero asisten a enfervorizarse a los santuarios y lugares de apariciones no siempre recomendables y argumentan: “si Ud. hubiera estado allí y sentido lo que yo sentí”. Argumento difícil de contestar, porque es de su fuero íntimo, pero que el tiempo suele discernir con toda certeza. El tiempo dirá si la persona tuvo en esa emoción una puerta de entrada a la Fe que luego, en momentos de aridez y tentación se mantendrá firme, o habrá sido un entusiasmo efímero. El tiempo también confirmará si esas personas emprenden un camino de perfección espiritual o solo viven en el arrebato, sin propósitos de contrición ni actos de reparación de sus pecados. Y finalmente, si caen en las redes de algún “movimiento”, hasta qué punto son capaces de discernir cuánto hay de ortodoxo en la doctrina y de tradicional en la liturgia y cuanto de novedad, capricho de los fundadores o de sus discípulos.

No es solo el fruto que producirá la semilla de la parábola del sembrador, sino la calidad de esa semilla. No sea que parezca trigo y sea cizaña…

Por eso, como en todo el orbe católico los grandes santuarios marianos convocan multitudes, se necesita al menos estar prevenido. Si el 13 de mayo próximo se reuniesen en Fátima dos millones de personas (en realidad no cabrían) eso no haría más verdaderas las apariciones, ni más urgentes los mensajes. En el comienzo de esta historia, cuando la población de esos valles era pequeña y las comunicaciones lentas, los caminos de tierra, etc., que se reunieran 70.000 personas para comprobar la realidad de lo anticipado por los pastorcitos, unos niños desconocidos de familias sin ningún abolengo, que peregrinaran bajo una tormenta furiosa de varios días, a pie o a lomo de mula es una señal notable de la Providencia. Descontemos a los “milagreros” y a los que hayan ido por mera curiosidad y no por Fe: igual son muchos. Pero una multitud diez veces mayor hoy en día no equivale a aquella, es mucho menor, si no va movida por el deseo de acercarse a Dios y cumplir sus mandamientos para ser dignos de sus promesas sino por la excitación de la propaganda... prendados de un mero sentimentalismo probablemente estéril.

El instinto “popularista” del actual pontífice lo moverá a presidir estos actos allí en Fátima: canonizará a los pastorcitos, lo que es un clamor de muchos cristianos; hará las alabanzas de la Virgen a su modo, hasta podría ir más lejos y realizar alguna consagración. Siendo el papa, mientras no se demuestre lo contrario, estará haciendo lo que debe, aunque no lo haga del mejor modo. Esto tiene un valor que Dios conoce. Otros actos imperfectos de consagración realizados antes han sido vehículo de gracias, aunque no de las que el pedido de la Virgen ha prometido en concreto, algo tan notorio y universal que sería imposible pensar que ya ha ocurrido o que cuando ocurra solo unos pocos lo advertirán.

No entro en la cuestión de la validez o el agrado con que Dios puede aceptar actos de culto que se apartan de los que El ha enseñado y mandado. Ese tema es muy complejo. En su misericordia Dios puede obrar en las almas, ya que su poder no se limita a las formas sacramentales. Pero esto es incierto. El ha querido darnos su Gracia por medio de la Iglesia y de sus sacerdotes, con toda certeza. Pero si ellos se apartan de lo que deben enseñar y hacer… no faltará la suplencia divina para los que quieren sinceramente servirlo, pero sus actos serían más bien obstáculos que medios de santificación.

Cuando estuve en Fátima, aún siendo temporada de poca afluencia de peregrinos, había varias peregrinaciones al día. Mezclándome con algunas de ellas tuve la impresión de que Fátima es un ancla poderosa de la Fe de muchos. Los orientales, (coreanos, chinos) muy devotos, seguían reverencialmente a sus guías, rosarios en mano. Sus mujeres usan velo en muchos casos. Los de Europa del Este tienen arraigada la devoción mucho más profundamente que los occidentales. Entre ellos había jóvenes. En cambio, entre los europeos del oeste se ve a tiro de piedra que son en promedio personas de 60 años o más, sin jóvenes. Es decir, son el testimonio de una raza herida y en extinción. Los norteamericanos, con todas sus peculiaridades, parecen también más devotos que los europeos.

Ante la imagen de la Virgen de Fátima que se resguarda bajo un techado, allí justo enfrente de la Capelhina, cuando se abstrae el alma de las diversiones que ofrece el paisaje, los sentidos pueden reaccionar con una trepidación, los sentimientos con emociones. Nada que objetar. Si se va en grupos y guiados por un buen orador sagrado, sin duda esto se potenciará. La ventaja de Fátima es que no hay mucho de qué hablar si se quiere hablar de Fátima, sino de piedad, oración, sacrificios y reparación. Si este lugar es sagrado es porque Nuestra Señora quiso aparecer allí durante un período de tiempo, hace ya cien años, y en cada aparición dictó un mensaje asombrosamente sencillo y a la vez increíblemente rico en verdades de Fe, en urgencias de reparación de la justicia divina ofendida, en exhortaciones de caridad hacia las almas de los pecadores (que somos todos) pero en especial “los más necesitados de su misericordia”.

Ni siquiera se ha podido conservar la encina original, porque la piedad popular la redujo a la nada. Algo que no pudieron hacer los socialistas portugueses cuando en los años ’20 volaron con dinamita la Capelhina primera y hacharon el árbol… equivocado. Lo que impacta con toda razón en lo más noble de los sentimientos de cada fiel es que allí se posó la Virgen. Pero ningún fiel debe olvidar para qué se posó allí. Allí vino del Oriente, precedida por un relámpago y en breves minutos comunicó palabras que solo pueden ser del Cielo. Comprenderlas y asumir sus consecuencias es lo que importa.

La Capelhina y frente a ella la imagen, justo donde estaba el árbol de las apariciones

¿Para qué viajar, entonces? Esto se puede hacer a la distancia. Ciertamente, y muchos, la mayoría no podrá ir. Pero cuando Dios concede la posibilidad, estar en los lugares mismos, con la disposiciones necesarias, comporta gracias especiales. El recuerdo de las intenciones de nuestro familiares y amigos llevado allí por un peregrino tiene una maravillosa eficacia. Pedidos de conversión y de perseverancia. Virtudes que trabajosamente hemos querido cultivar durante años, y nuevamente pedidas allí se vuelven más fáciles de realizar, livianas y llevaderas. Ciertas realidades de nuestra vida espiritual ocultas a nuestros ojos hasta el momento pueden volverse evidentes de un momento a otro y abrirnos el camino acertado para perseverar en la Fe y progresar en la Esperanza y en la Caridad. Y naturalmente algo que es tan propio de Fátima: la oración por el Santo Padre y por la jerarquía de la Iglesia.

Algunas personas indignadas contra Francisco se niegan a rezar por él. Hay un juicio que se debe y puede hacer: qué es católico y que no lo es y atenerse a ello. Pero otras han hecho un juicio que no les corresponde ni tienen capacidad de hacer, y no han hecho lo que sí es deber de todo cristiano y puede hacerse con facilidad y mérito.

La Virgen pide rezar por el Papa: bien, recemos por el Papa, atentos a que los misterios de confusión de esta hora terrible no los podemos comprender por esfuerzos que hagamos. Lo que podemos hacer y además se nos pide desde el Cielo, eso es lo que muchas veces no hacemos.

 

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Adelante la Fe

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No que sea un descubrimiento, sino más bien una verdad que cada tanto se nos impone con una evidencia que aplasta. Nos consideramos buenos cristianos y con razón. Porque en un tiempo de persecución y apostasía estamos del lado de la Iglesia y tratamos de ser fieles a Cristo.

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La primera Misa en el actual territorio argentino fue celebrada en el Domingo de Ramos del 1520, circunstancia litúrgica que entonces asignaba de manera peculiar el reconocimiento de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo.