Fátima y Epifanía

Dios se manifiesta a los hombres porque es grande; mas se manifiesta por medio de María porque es misericordiosa.

El humilde establo es ya estrecho para tan gran concurrencia; Belén aparece amplio como el universo. María, trono de la divina Sabiduría, acoge con su graciosa sonrisa de Madre y Reina a todos los miembros de esta corte; presenta a su Hijo a la adoración de la tierra y a las complacencias del cielo. Dios se manifiesta a los hombres porque es grande; mas se manifiesta por medio de María porque es misericordiosa.

(Dom Guéranger, El Año Litúrgico. Fiesta de la Epifanía)

Se ha dicho con frecuencia: Fátima es una epifanía, una manifestación luminosa que prepara a los creyentes para vivir los tiempos más oscuros de la era cristiana. La fiesta del 6 de enero celebra la revelación de Dios, en su Persona encarnada, a representantes de los gentiles que darían no solo un número incontable de fieles a la Iglesia sino un heroísmo admirable de mártires, semilla de más creyentes.

Fátima, como Belén de ese tiempo, era un lugar pequeño y modesto, en las Sierras do Aire. Aljustrel, la aldea natal de los pastorcitos, un poblado de labradores y granjeros. El lugar de la epifanía de Nuestra Señora, una “cova”, más bien un hueco erosionado en la piedra. Como también era la gruta donde la pequeña Bernardette vio a la Señora en Lourdes. Como el portal de Belén.

En Belén el Redentor se hizo conocer primero a los pastores que guardaban sus rebaños durante la noche, mediante la alabanza de los ángeles. Luego a los gentiles. Cielo iluminado. Estrella misteriosa. Naturalmente, el centro de la escena es el Niño envuelto en pañales. Pero “Dios se manifiesta a los hombres porque es grande; mas se manifiesta por medio de María porque es misericordiosa”, dice Dom Gueranger.

Con la llegada de los representantes de la gentilidad, se completa el ciclo del anuncio: la Redención comienza a cumplirse. Luego, muchos años de silencio hasta la vida pública de ese Niño nacido bajo auspicios tan insondables.

Dios procede de modo parecido en sus revelaciones privadas, que en muchos casos llegan a ser públicas con el paso del tiempo y la aprobación de la Iglesia.

En Lourdes, por ejemplo, la Señora tuvo la gentileza de aparecerse a una niña muy pobre, enfermiza y socialmente despreciada. Le confirmó celestialmente un misterio que la Iglesia ya había proclamado como dogma de Fe: la Inmaculada Concepción. Pero su afirmación dio mucho más que meditar a los teólogos, aún con certeza dogmática de que la Santísima Virgen había sido concebida sin pecado. Al aparecer, Ella rompió las reglas gramaticales identificándose con estas palabras que dejaron consternado al párroco de Lourdes: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Ya sabíamos que había recibido el privilegio de la Inmaculada Concepción. Ahora nos dice que Ella es la Inmaculada Concepción.

En Fátima, la Señora se identificó como “Nuestra Señora del Rosario”. Ya era venerada así desde hacía muchos siglos. ¿Cuál fue su epifanía? ¿Una verdad ya profesada? ¿El pedido del rezo del rosario, que tenía siglos de práctica entre los católicos? No, la novedad es:“Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”. El Sol de Justicia, su Divino Hijo, pide a su Madre señalar al mundo algo que la Iglesia profesa, aunque no sea aún un dogma formalmente proclamado: la Mediación Universal de la Santísima Virgen. Y le asigna un valor especial para estos años venideros. Enseña y pide una oración especial para rezar al final de cada misterio: "Oh, Jesús mío, perdonanos nuestras culpas...". Nos ofrece un medio excepcional para preservar y salvar las almas: "Vendré a pedir la comunión reparadora de los cinco primeros sábados". Confirma la doctrina del doctor mariano San Luis María Grignion de Montfort: más aprovecha espiritualmente poco tiempo de consagración a María que muchos años de camino espiritual siguiendo el propio criterio. En tiempos de abundancia de pecado, se nos ofrece sobreabundancia de Gracia.

Dos verdades. Su Omnipotencia suplicante y su papel protagónico en los tiempos en que el mundo se sumirá en las más espantosas guerras y persecuciones, y la Iglesia caerá en manos de sus enemigos, la fortaleza cederá, traicionada por muchos de sus propios aparentes defensores.

Epifanía y luz

Todos los relatos sobre los hechos de Cova da Iría tienen relación con la luz. Una luz envolvía al ángel precursor. Una luz más poderosa que la del sol ponía un aura en torno a la Señora, y sus manos con las palmas abiertas dirigían rayos que revelaron a los niños la presencia velada de la Santísima Trinidad, momento en el cual recibieron gracias infusas extraordinarias de amor a Dios. Y con ellas, dones proféticos y sobre todo, en el caso de los más pequeños, una heroica fortaleza para ofrecer sus sufrimientos en desagravio de Dios y del Corazón Inmaculado, y por la conversión de los pecadores. Fue esta luz la que impidió que murieran de horror al contemplar el infierno, también mostrado a los niños para motivar su vocación reparadora. Y como anuncia de la calamidad de la Guerra, una aurora misteriosa se vio en Europa la noche del 25 al 26 de enero de 1938.

Maravillosa convocatoria de la Virgen por medio de tres niños

La peregrinación a Cova da Iría durante los meses de las apariciones tuvo un aumento exponencial, humanamente improbable en aquellos tiempos de comunicaciones lentas y en aquellos lugares de acceso difícil. Una docena o dos de acompañantes el 13 de junio. 70.000 personas el 13 de octubre. Y esta última mientras viajaban por caminos barrosos en medio de una tormenta de inusual violencia. Muchísimos de ellos a pie, la mayoría de los de a pie, descalzos.

La epifanía pública de Fátima fue el Milagro del Sol, anticipado tres meses antes, con día y hora fijos. Fenómeno jamás explicado por medios científicos. En particular habiendo sido profetizado con tanta precisión. Nuevamente la luz, los colores variopintos que emitía el sol durante su bailoteo, pintando la tierra del modo más extraordinario. Su aparente caída, que puso terror en la muchedumbre. Y tras la restitución a su órbita natural, unos diez minutos después de comenzar el milagro, la ropa de los miles de peregrinos presentes, empapada, se secó completamente de un momento a otro.

Dios quiso hacer visible su poder y con ello fundar de un modo accesible a todos la veracidad absoluta que estas apariciones necesitaban a los ojos de los que no veían ni oían nada, solo algunos, apenas, un susurro como de abejas volando cerca de los pastorcitos.

Luego de la epifanía, el silencio. La muerte de los más pequeños. Lucía apartada de la vida pública. El secreto que se fue revelando. Los pedidos para evitar nuevos castigos al mundo por la impiedad de los hombres. Finalmente, el punto del secreto que atañe a la Iglesia y a su pasión. Jacinta ya tuvo visiones por separado del “Santo Padre” llorando amargamente. También insultado por multitudes. “El Santo Padre tendrá mucho que sufrir”. Cuando consultó a Lucía si podía revelar estas visiones le respondió: no, porque dan indicios del secreto que no podemos revelar ahora. Los niños vieron la pasión de la Iglesia y la asociaron con la persona del “Santo Padre”, no sabemos cuál. Muchas veces el papa es protagonista de los mensajes de la Virgen en Fátima. Se lo menciona cerca de quince veces.

¿Una pasión seguida de muerte y resurrección? ¿Dónde estamos hoy?

Así como sabemos que “Dios quiere establecer en el mundo la devoción a Mi Inmaculado Corazón”, también se nos ha prometido que finalmente, ese Corazón Inmaculado triunfará. Dios le ha dado la administración de sus gracias y la ha nombrado Mediadora entre las almas y El, siendo uno en amor con Ella, criatura que existía en la mente divina antes de la la creación.

“El Señor me poseyó en el principio de sus obras, desde el comienzo, antes que criase cosa alguna. Desde la eternidad fui predestinada, y desde antiguo, antes que la tierra fuese hecha. Aún no existían los abismos y yo estaba concebida en el plan divino…” (Prov. 8, Epístola de la fiesta de la Inmaculada Concepción).

Así lo revela la Escritura, así lo canta la liturgia, así lo profesa la Iglesia. Y así nos los recuerdan enfáticamente Nuestra Señora y su Divino Hijo en Fátima. Con énfasis especial para los tiempos que vivimos.

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