Festividad de San Pedro y San Pablo

Festividad de San Pedro y San Pablo

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Queridos Hermanos,

Quiero aprovechar esta oportunidad para dirigirles algunas palabras sobre el sacerdocio católico inspirándome en el ejemplo de San Pedro y San Pablo, cuyas estatuas se encuentran en el retablo de nuestra iglesia. Y podemos ver que llevan algo que simboliza la misión de San Pedro y San Pablo, y también, en cierto modo, define el ministerio sacerdotal: unas llaves y una espada.

LAS LLAVES DEL SACERDOCIO:

·       El sacerdote de Jesucristo no solamente recibió la orden menor de ostiario con la facultad de ser el guardián de las llaves del santuario, sino también, el poder de abrir el sagrario. Sin esta llavecita, los feligreses no podrían contemplar la Sagrada Hostia en la Custodia ni adorarla, ni tampoco comulgar. El sacerdote, sin la llave del sagrario, mantendría a Jesús alejado de las almas. El sagrario es la morada de Jesús en la tierra; y el sacerdote tiene la llavecita de esta morada, del palacio terrestre del Rey de los reyes. La Iglesia se la confió. No es una pequeña responsabilidad. No puede ni debe abrir la entrada de esta Santa Morada si sus ovejas no son capaces ni dignas de contemplar la Hostia con los ojos de la fe, o de comulgar con las condiciones debidas. Por eso, para hacer buen uso de esta llavecita, el Padre tiene el deber sagrado de enseñar la santa Doctrina a sus fieles y de encender en sus almas el deseo de unirse con la divina Victima. La predicación de la verdad precede a la recepción de los sacramentos. Se puede aplicar al sacerdote lo que la Iglesia dice en la fiesta de los santos mártires Juan y Pablo: Habent potestatem aperire portas caeli, quia linguae eorum claves caeli factae sunt [1]: Tienen el poder de abrir las portas del cielo porque sus lenguas se hicieron las llaves del cielo. Todos los santos sacerdotes fueron muy celosos para enseñar el catecismo, sea a los niños, sea a los adultos, para que reciban digna y fructuosamente la Santísima Eucaristía. Las experiencias litúrgicas actuales, modernistas, desgraciadamente, nos dan la prueba contraria: Nunca la Sagrada Hostia fue tan maltratada como hoy, debido a una doctrina ambigua y mala, y de una falta de preparación a la Sagrada Comunión.

·       También, el sacerdote tiene en su poder las llaves de los misterios de Dios. Mediante su enseñanza, consejos espirituales e intimidad con Dios, da a las almas la vida de la fe y las conduce por los caminos de la santidad, los cuales pueden ser, para algunas, muy elevados. El sacerdote debe alimentar a las almas, y no contentarse con algunas verdades y prácticas básicas; darles un conocimiento cada vez más profundo de Nuestro Señor Jesucristo, de la Santísima Trinidad y de la santísima Virgen María. Este conocimiento de los misterios divinos hace que las almas vivan cada vez más de las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad, se santifiquen y salven muchas almas.

·       Por último, el sacerdote tiene las llaves de la misericordia de Dios, en el sacramento de penitencia. Ningún ángel ni rey tienen este poder maravilloso de decir a un pobre pecador arrepentido, sean cuales sean sus miserias: Vete en paz, tus pecados son perdonados. Este gran poder de destruir los pecados debe incitarle a destruir en sí mismo lo que absuelve en los demás. Para ello, siguiendo el ejemplo de los santos sacerdotes, se confiesa frecuentemente (cada quince días, como nos pidió Monseñor Lefebvre) y huye enérgicamente de toda ocasión de manchar su propia alma.

                                   LA ESPADA DEL SACERDOCIO:

·       La espada que San Pablo lleva es la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios[2], por la cual dio a conocer con valentía el Misterio del Evangelio [3]. Es la palabra divina que –siguiendo a San Pablo–, el sacerdote debe predicar con insistencia, reprendiendo, rogando, exhortando, con paciencia y afán de enseñar [4]; especialmente hoy en día, debe ser el predicador intrépido del Evangelio, ya que tantas almas desviaron sus oídos de la verdad y se volvieron hacia las fábulas. Dice el gran Apóstol que la Palabra del Evangelio es viva y eficaz, más cortante que espada alguna de dos filos; penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; escruta los sentimientos y pensamientos del corazón. No hay para ella criatura invisible: todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien hemos de dar cuenta [5]. Es la espada aguda de dos filos que sale de la boca [6] de Nuestro Señor.

·       Pero la predicación del sacerdote es eficaz en la medida de su unión con Dios, es decir, de su vida de oración. En el santo ministerio, la oración debe ocupar el primer lugar; sin ella, la palabra sacerdotal es ineficaz e inútil, como bronce que suena o címbalo que retiñe [7]. La oración es la vaina de la espada de la predicación. Jesús, como San Pedro había estado animado por un ardor demasiado humano, le dijo: Vuelve tu espada a la vaina [8]: primero, reza y medita, y entonces predicarás  debida y eficazmente.

·       La espada de San Pablo representa también el martirio que sufrió por Jesús. ¡Dios quiera que un día moríamos por Nuestro Señor! Por lo menos, debemos morir todos los días al mundo y al pecado para vivir por Él, con Él y en Él, y poder decir con San Pablo: Mihi vivere Christus est [9]: Para mí, vivir es Cristo, y se puede añadir, per Mariam, por María.

Ave María Purísima

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 


[1] Antífona del Magnificat, 26 de junio.

[2] Ef. 6, 17.

[3] Ef. 6, 20.

[4] 2 Tim. 4, 18.

[5] Heb. 4, 12.

[6] Apoc. 1, 16.

[7] 1 Cor. 13, 1.

[8] Jn., 18, 11.

[9] Filip. 1, 21.

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