Francisco a Vuelo de Pluma

Apuntes sobre la personalidad de Francisco Marto, el varón vidente de Fátima

Con un pie ya en el estribo para ira a visitar los lugares sagrados de Fátima, donde Nuestra Señora se manifestó para advertir al siglo futuro sobre gravísimos peligros y ofrecer una obra de reparación que habría ahorrado a la humanidad pesares todavía difíciles de comprender, puesto que la profecía está aún abierta, quisiera compartir con los amigos de Panorama Católico unos apuntes escritos a vuelo de pluma. Son reflexiones sobre la figura de Francisco Marto, el vidente varón de Fátima.

No tienen todavía ni forma ni destino definitivo, que espero encontrar allí donde vivió sus virtudes varoniles y maduras, a pesar de sus años tan tiernos. "Habrá niños santos", profetizó San Pío X. El y su hermana, Jacinta, son los primeros niños no mártires en los que la Iglesia reconoce virtudes heroicas. Unos santos novedosos para unos tiempos nunca vistos.

Sepa el lector disculpar la espontaneidad del texto, y léalo, si gusta, como una confidencia de amigo en las vísperas de un acontecimiento central de su vida.

Francisco es otro. No es el Francisco de las estampitas mal ilustradas y peor impresas.

Era más alto que Lucía, pese a su menor edad. No tan alegre y juguetón como su hermana o menos aún que su prima, siempre bien dispuesta a los pasatiempos aldeanos, canciones y bailes pastoriles. El siempre fue más serio, retraído y de poco apego a las cosas materiales. Tampoco se empeñaba en hacer su gusto.

Dice Lucía que de haber vivido una vida normal, de no haber sido un vidente de apariciones sobrenaturales, ni un portador de mensajes que no se podían revelar aún, mensajes que él no oyó de boca de la Virgen, sino de su prima, tal vez habría tenido como defecto dominante la escasa voluntad. Pero cuenta de él cosas que no parecen confirmar esta conjetura.

Francisco cedía con facilidad, siempre bajo la excusa de no fastidiarse discutiendo. Dices que es tuyo, llévatelo. Dices que ganaste en el juego de cartas, pues está bien. No como un virtuoso ejercitante del desprendimiento, dice Lucía. Sino como un apático, o más bien, poco esforzado espíritu. Pero uno tiene otra impresión. No le interesaba tener la razón. Lo mandaban con las niñas al pastoreo… iba. Le decían “quédate”… se quedaba. No por gusto. No por miedo. Ceder le era connatural. Era de naturaleza dócil y la vanidad no lo amargaba.

Tanto así que le tocó ser un vidente de segundo orden. No lo eligió él, pero nunca se quejó. Nunca oyó a la Virgen. Todos Sus dichos los tuvo por relatos de Lucía, voz cantante, por edad, sin duda, pero sobre todo por viveza de temperamento y liderazgo natural. Y esto desde antes de que participaran de cualquier forma extraordinaria de contacto con lo sobrenatural.

A Francisco nunca le importó no oír, sino cuando, interrogado por los tantos que le preguntaban sobre los hechos, callaba o apenas si respondía monosílabos por temor a decir algo incorrecto… o secreto. No había oído él mismo los dichos del cielo. Y aunque creía firmemente en la palabra de sus compañeras, su certeza era mayor que esta confianza. Había vivido místicamente sus propias experiencias además de las visiones que experimentó con ellas. Y luego alguna más -de carácter preternatural- reservada sólo a él: el demonio se le hizo presente bajo una forma horrible. Esto lo espantó mucho. Francisco nunca ha querido ser portavoz de lo que sus oídos no habían llegado a percibir ni tampoco de lo que sus ojos vieron.

De las fotografías de aquel tiempo poco se puede sacar para conocer su gesto espontáneo. La técnica de captar las imágenes exigía posado. Del rostro se puede adivinar: cierto fastidio o temor reverente por la solemnidad del momento ante la máquina maravillosa, algo que manifiestan también sus hermanos en la foto familiar. Pero el día de la revelación de los Secretos, del Secreto que luego se dividió en tres, a develar concorde a los deseos del cielo, que Lucía iría sabiendo de diversos, ese día Francisco tiene una mirada profunda.

Hay temor en los tres, nos revelan los rostros: acaban de ver el infierno. Pero se sabe que fue Jacinta la más afectada por esta visión horrible, que, dice Lucía, los hubiera matado del susto si antes, en apariciones previas, la Señora no hubiese prometido formalmente llevarlos a todos al cielo en distintos tiempos. Ni los hubiera envuelto en una luz misteriosa que, decía Francisco, era Dios mismo manifestándose.

Pero mientras a Jacinta le oprimía el corazón ver la caída de las almas en el fuego eterno, en particular cuando terminó de comprender qué significaba la eternidad, en su cabecita de 7 años, fue éste su motivo particular de oración y sacrificio. A Francisco, por su condición de varón, le oprimía mucho más pesadamente la tristeza de Nuestro Señor o de Nuestra señora por las ofensas que recibían de los pecadores. Tal vez no tan curiosamente como podría parecer: el varón es más sensible al honor, la mujer al sufrimiento. El varón, Francisco, sentía pesar y tal vez, adivinamos, cierto caballeresco pundonor por las afrentas a su Señor, y a su Señora. Y debía repararlas.

Los teólogos nos dicen que Dios no puede estar triste, ni sufrir pasión alguna. Pero la Escritura habla de un Jesús triste, ante Jerusalén que padecerá la destrucción, en los momentos preliminares de su pasión. De un Jesús conmovido frente a la tumba de su dilecto amigo Lázaro. Claro, triste en su humanidad. Impasible en su divinidad. Tan impasible como quienes gozan de su visión beatíficamente. La Virgen en particular, los santos del cielo. Los ángeles.

Y sin embargo, hay tristeza en Ellos cuando comunican la “tristeza” de Dios. Y hay un severo tono de reprensión cuando amenazan castigos de Dios para quienes lo ofendan, tono que anuncia una “ira contenida” por los ruegos de su Madre, que pide tiempo para que la humanidad se retracte de su descarrío. Sabemos que Jesús también actuó de un modo violento, con una ira santa según su santa humanidad. Y predijo la ruina de Jerusalén, como castigo por perfidia.

¿Hay en esta forma de hablar una reducción infantil, impropia o propia solo por comparación de lo que Dios comunica por estos medios extraordinarios? Es una duda que asalta al espíritu instruido en las letras humanas y en los principios de la filosofía tradicional. No es infrecuente creer que esto es un producto de la beatería –sin duda bienintencionada- de cierta pastoral tradicional, pero no tanto. Algunos trazan, inclusive, la historia de estas formas de piedad descaminadas o para uso de los simples pero difundidas universalmente, y argumentan con motivos históricos y derivaciones infieles que tienen nombres y fechas concretas.

Objeciones intelectualistas

“Revelaciones privadas que no obligan”, dicen, transmitidas por niños sin instrucción, vaya uno a saber si bien recogidas de la memoria de una monja veinte años después… Y ese fastidioso lenguaje: Jesús está tristeofenden su Corazón, blasfeman contra el Corazón Inmaculado. Esto no podría ser una piedad adulta y apta para quienes nos hemos formado… pueden pensar muchos. No gente sin fe, sino al contrario. Gente que además cuenta con espléndidos estudios sobre el Apocalipsis y trabajos teológicos de talla para tantear los signos de los últimos tiempos o han estudiado las postrimerías, ese capítulo olvidado de la Teología.

Cuentan con la Revelación oficial misma. Y esto que les ofrecen hoy como signo clave, como un “caput anguli” de la arquitectura, un secreto que cifra los tiempos que corren, es revelación privada… a niños, a monjas. Materia en la cual ha habido tanto fraude como superchería. Es difícil de creer que tenga otra relevancia que la de mover la fe del carbonero si acaso queda algún carbonero… o alguna fe.

Más difícil es creer, pensamos, que Nuestra Señora, haciendo la voluntad de Dios perfectamente, como lo ha hecho siempre en su excepcional condición de creatura exenta hasta del pecado original, produciría mensajes celestiales para que se degraden en errores humanos, aunque más no fuera en la forma de transmitirlos, dada la elección de los depositarios y propagadores. Cierto que hay muchas apariciones llenas de fantasía, interminables, contradictorias: revelaciones en las que Nuestra Señora viene a defender errores teológicos… Falsas apariciones.

En general duran poco, apenas unos meses, o unos años. Tal vez un par de décadas o dan origen a una secta. Siempre queda claro que hubo falsedad en el comienzo o bien degradación posterior de lo que podría quizás haber tenido origen sobrenatural. El diablo se esconde tras la cruz, decía Sancho, antes de que la “beatería barroca” enlodara la auténtica piedad que, gracias a Dios, todavía sobrevive en algunos iluminados –piensan algunos sabios-. Pero el diablo muestra algo, siempre, de su endiablada capacidad de imitar que no encaja con el original del cielo: muestra aquí o allá su grotesca presencia.

Cuando la aparición es un mensaje verdadero de Dios, muchas veces puede no ser atendido, como ocurrió con los reyes de Francia y el Sagrado Corazón, pero queda clara y firme la devoción, la teología intacta, la piedad es genuina, y llega a todos, los simples y los ilustrados, aunque no llegue a todos los que deberían atender con mejores disposiciones, al menos no llegue a tiempo.

Por su escasa formación, por su rusticidad y hasta simplicidad, por la –presuntamente– contaminada formación en la piedad que degrada su entorno, según este punto de vista intelectualista, tanto de la familia y los amigos como de clérigos, cuya influencia en estas sociedades es enorme, por ese lenguaje “antiteológico”... no vale la pena perder el tiempo en estas cosas. Todo lo que se debe saber ya ha sido revelado. (Siguen aquí reflexionando los sabios).

Sin duda. ¿Y ha sido recordado, con el corazón cristiano limpio y bien dispuesto? Por qué insistiría Dios en recordar su palabra, por qué habría instituido la Iglesia con la misión de “enseñar”, además de otras. Por qué se elige a gente sencilla, en este caso doblemente incapacitada, por ignorancia y por cortedad de vida.

Por el respeto reverencial que tienen los campesinos católicos sencillos a la figura del Señor Cura, un hombre ungido, representante de Dios, con poderes sacramentales y una sabiduría grande, inclusive en el orden humano… ¡cuántas cosas que estos “videntes” dicen no habrán sido puestas en sus cabezas por los propios clérigos! Así son de ingenuos los aldeanos devotos de ese tiempo. Y el clero, algunas veces, abusa de esta autoridad con un tono altanero y un paternalismo muy poco paternal. Y no pocas, también, los trata con paternal caridad, pero con ñoñerías devotas. ¿Será posible que la Iglesia haya ido por tan mal camino en su modo de enseñar la doctrina y practicar la piedad durante el tiempo en que predominó lo que algunos llaman “devotio moderna”. ¿Valen algo estos mensajes? ¿Dicen algo que no se sepa, en todo caso?

La piedad de todos los tiempos

Nuestro Señor está triste, su corazón ofendido, el de su Santísima madre lacerado de oprobios por las blasfemias. Es necesario reparar. Pocos años después, Pío XI, el papa cuyo nombre reveló la Señora cuando habló de otra guerra peor que se avecinaba si no se hacía penitencia, dice en un documento muy solemne sobre el Sagrado Corazón: “De todo lo cual tanto más hondamente se penetran las almas piadosas cuanto más claro ven que los pecados de los hombres en cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, ya que cada pecado renueva a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: “Nuevamente crucifican al Hijo de Dios y le exponen a vituperio.” Encíclica Miserentissimus Redemptor, n. 10, 8 de mayo de 1928

¿No dice lo mismo que la Virgen a los pastorcitos? Lo que nos mueve a pensar si el Magisterio mismo no es excesivo al repetir algo que ya sabemos porque nos ha sido revelado por las escrituras. Y ciertamente usando un lenguaje “beato”.

Si Francisco viviera nos podría dar su testimonio y seguramente muchos ilustrados objetadores de las apariciones de Fátima tendrían que guardar un prudente y reflexivo silencio ante la seriedad de ese niño que ha visto, de algún modo a Dios en la luz emanada de las manos de la Señora.

La justicia debida a Dios no es conmutativa: nada nos debe. Es distributiva: el nos da según su voluntad, que es perfecta porque se aúna con su sabiduría. En Dios no hay capricho ni posible injusticia.

Y misericordia ¿hay? si acaso su justicia es perfecta. Porque estas apariciones son un acto de misericordia que nos recuerda la justicia que ya toca a las puertas. Se ofende la justicia, la Justicia, y esto exige una reparación que no vale nada si no es acaso ofrendada por la única Reparación posible que podía satisfacer lo debido a Dios tras el primer pecado, el sacrificio de la cruz.

­Francisco dijo cierto día sobre el Corazón de Jesús:–¿Estará Él todavía tan triste? Tengo tanta pena de que esté así tan triste. Le ofrezco todos los sacrificios que puedo hacer. A veces, ya no huyo de esa gente, para hacer sacrificios.

Sin ir a buscar el fundamento bíblico, que rebosa de pruebas, se puede inferir que a la hora de elegir a sus mensajeros, Dios, por medio de la Virgen, los santos ángeles o bajo la figura del Sagrado Corazón, ha ido a los más sencillos. Pastores muchas veces, o gente campesina. O almas consagradas ya. No siempre, claro, pero con predilección. En este sentido puede decirse propiamente que Dios tiene predilección por los pobres, por los pobres de espíritu. Porque ni Francisco, ni su hermanita Jacinta ni Lucía eran hambrientos o miserables. Eran pobres en el más puro sentido del sermón de la montaña.

Francisco, de hecho, gustaba de emplear buena parte de su pan del almuerzo, mientras cuidaba el rebaño, en hacer migas para alimentar a los pajaritos. Y cierta vez que otro niño cazó uno para vender, corrió un largo trecho hasta su casa para venir con la moneda de la transacción. Por el deseo de liberarlo, aconsejándole que no vuelva a dejarse atrapar. El mismo, y las niñas, pero él en particular, ayudaba con frecuencia a una vieja campesina que vivía sola, y por lo tanto debía llevar ella en persona su rebaño a pastar. Por las serranías, la pobre, con un conjunto de ovejas muy mal arreadas. Se sabe que las ovejas adquieren mañas con facilidad, y también que el pan las pierde. Para recoger, pues, el ganado indisciplinado de la viejecita, Francisco usaba su pan, atrayéndolas al lugar donde podría ponerlas en orden. Este era su natural, por lo generoso. Pero la generosidad se nota aquí más en el tiempo y esfuerzo de reunir y educar a las rebeldes ajenas, que en el pan invertido en la educación. El pan no le faltaba.

Tenía ahorros, el pan no le faltaba. Era relativamente “pobre” según un criterio comparativo, si se mira a otros, pero ciertamente no era el pobre de su aldea, ni siquiera materialmente. De la cual puede decirse lo mismo, no era la aldea más pobre. Puesto que no tenían mayores dificultades para preparar con tiempo y esmero las fiestas del pueblo, generalmente religiosas pero extendidas luego afuera de las ceremonias. Vestidos, arreglos florales, cintas, comida especial; generalmente se cocinaba y se confeccionada para la ocasión. Como las comuniones solemnes, que recordaban cada año a los niños que habían hecho ya su primera comunión, en una ceremonia especial, con especial solemnidad y obviamente ropa para la ocasión, lo importante que era el Santísimo Sacramento.

Pero las fiestas eran frecuentes también por motivos seculares, como el carnaval y los bailes y celebraciones por motivos privados… o sin ellos. Los campesinos de todos los tiempos han sido muy afectos a la danza, el canto, los instrumentos, aunque más no fueran rústicos, y al buen comer y beber. Y esto cuesta algún dinero. En la aldea de Francisco las ocasiones de celebrar, lejos de ser escasas más bien abundaban. Poco habría llegado a Aljustrel de la entonces pobre industria del espectáculo. No había teatros ni mucho que ver. Pocos sabían leer y se vivía aún en un mundo más parecido a la Edad Media que a los tiempos modernos. Esa maravillosa diferencia que hace la ausencia de energía eléctrica.

Los que aprendían las letras elementales se iniciaban cuando hoy ya se cursan estudios medios o, a veces, casi los superiores. Y se pretendía tener una buena letra, lectura corrida, operaciones matemáticas elementales y tal vez un poco de caudal de lo que hoy se llama “cultura general”. Pero la cultura real era la que transmitía la vida misma por el ejemplo de los mayores, la fe, las costumbres, el trabajo; y lo más académico a mano eran los cursos de la doctrina sagrada que daba el párroco o alguna catequista dotada. Cursos principalmente orales y confiados a la memoria. Por esto esa gente la tenía tan buena y bien ejercitada. Pero, por cierto, los niños y muchos adultos tal vez tampoco podrían decir con certeza en qué día vivían o en que año, sin hacer antes algunos cálculos. De un modo general lo sabían por las referencias de las estaciones, la cosecha, la siembra, la parición o, principalmente, las fiestas religiosas. Y estas no pocas veces asociadas a las tareas rurales. Para San Martín llegaba la faena de los cerdos. Como en la Pampa, para Santa Rosa llega la tormenta.

Francisco cierta vez preguntó: “– ¿Todavía faltan muchos días para el día 13? Estoy ansioso de que llegue, para ver otra vez a Nuestro Señor”. Si tenía un calendario en la casa, probablemente sí, no lo sabía leer.

Cuando Nuestra Señora pidió a los niños volver al lugar el 13 de junio los hubiera puesto en un cierto aprieto, si es que de ellos hubiera dependido reconocer la fecha. Ciertamente, los tiempos se medían sin mayor esmero y eso les daba a esta gente una increíble felicidad. La luz del sol marcaba las actividades, y la campana de la Iglesia los momentos de recogimiento. La carga del almanaque y las fechas de obligación eran padecimientos de los más importantes. Era un mundo que iba a baja velocidad. Y por eso, aún dentro de la lentitud acariciadora de las cosas, que transcurrían con una calma parecida a la beatitud, ir a la ciudad más cercana llevaba a veces días. Lo que hoy se hace en pocos minutos.

Eran viajes sacrificados en muchos modos, pero no sacrificados por la ansiedad de llegar. Todos sabían que el viaje era un período de tiempo que transcurriría entre saltos, acaloramientos, tal vez frío o lluvia, pero también entre cantos, cuentos y charlas. O largos y agradables silencios. Tal vez alargado por peripecias, en las que la paciencia era lo único que podría abreviar las cosas. Si acaso les importaba abreviarlas. Y la paciencia era, en estos pueblos, en esos días, una virtud social.

Lo cual marca otro misterio en estas apariciones, como en otras de tiempos más remotos: tanta gente, tan pronto, haciendo tan largos viajes, se acercó con creyente confianza a un lugar en el campo donde no había nada. Una carrasca entre cientos. Apenas si el relato de unos niños que decían que la Señora aparecía sobre ese arbolito para decirles cosas que no se podían revelar en su mayor parte.

Milagrosa repercusión de las apariciones

El relato de la primera aparición filtrado a la comunidad por la indiscreción de una niña de 7 años, que prometió contenerse y no pudo cumplir, y no hablar de esa Señora tan bella sobre una pequeña encina aquel día. Para disgusto de su madre, y perplejidad de Ti Marto, su padre, hombre iletrado, pero piadoso y sabio. Padres y parientes directos se sintieron humillados, pero ese relato disparó la peregrinación de cientos, y luego decenas de miles en menos de seis meses.

Francisco está también aquí, en el misterio de la incontinencia verbal de Jacinta. Jacinta promete no decir nada a nadie, pero se lo dice a su madre a poco de verla esa misma tarde. Lo comunica porque no puede guardar para sí algo tan bueno. Y eso que no ha aprendido que el bien es naturalmente difusivo. La madre pregunta a su hermano qué sabe de eso, y él confirma: sí, ha sucedido. Ambos hablan, pero es Jacinta, niña al fin, la más urgida por decir. Francisco concede porque ante una pregunta directa de su madre “no podía mentir” ni escapar con ambigüedades. Es un hombre este niño. No miente, aunque sabe las consecuencias de esta revelación. Ha traicionado a su prima Lucía y puesto tal vez un motivo de ofensa a la Señora. Pero “no podía mentir”. Estos niños no sabían leer, pero sí sabían el catecismo. Sabían que la Señora del cielo no iría contra los mandamientos del cielo.

Asume el papel de defender, a su modo, a Jacinta, llorosa y apenada por su exaltación mística indiscreta. Ella dijo la verdad sin poder contenerse, yo la ratifiqué porque era la verdad, argumentó. Es así. Lucía debía comprender. Y ahora, hacerse cargo de las cosas. Tal vez ese ángel que se les apareció antes, un tiempo antes, tal vez una primavera o dos, dijo e hizo cosas que ellos habían mantenido como un tesoro privado de su pequeña sociedad pastoril para preparar el alma de estos niños con fortaleza de adultos. Oraciones, actos de adoración, y hasta la comunión. Les dio la comunión. Nada indigno de ser comunicado a la familia, pero misteriosamente guardado en su corazón por un cierto pudor espiritual. Era la preparación del camino, el tiempo de aprendizaje para recibir no ya al enviado de la Reina, sino a la Reina misma.

Ahora, pese a su hábito previo de silencio, algo se quebró de inmediato en el pacto establecido. La niña más pequeña no pudo guardar su asombrosa alegría. La alegría da comienzo a la pena. Y allí está Francisco, virilmente arbitrando entre la jefa natural y la pequeña seguidora. Con palabras viriles. Como las que usará cuando Lucía sea convencida de participar de unas fiestas para niños menores de 14 años, una versión más inocente de los festejos del carnaval. Le recrimina y recuerda que, después de haber visto a la Señora, no deberían ir ya más a esas fiestas. Fiestas que hoy, para nosotros, resultan casi inconcebibles por su inocencia…

Fiestas que niñas hacendosas preparaban con la complicidad de alguna familia que cedía su salón. Comida, cantos, danzas que podríamos decir folklóricas, ya que no había mucho de fuera de su lugar, pero sí había un rico legado que llegaba desde el tiempo remoto. Lucía las transcribe por orden superior en sus memorias, en especial en la cuarta. Y lo hace bajo humilde protesta señalando al autor de la fechoría, el Sr. Cura y Dr. Galanta, empeñado en conocer estos cantos. Lo hace con vergüenza y siguiendo órdenes. Hasta se empeña en decir que tuvo que recurrir a la ayuda de otros para recordar las letras… Ella que la tenía magnífica.

Francisco será también un niño con autoridad de hombre cuando en la cárcel, donde la misericordia de los liberales gobernantes de Portugal de aquellos días los arrojó por algún tiempo breve. En medio de personas dignas de estar en la allí seguramente.

El rezaba y alguno de los imputados delincuentes se puso de rodillas también a rezar. Es una escena de película lacrimógena, y a la vez es una escena maravillosa. Niños entre delincuentes. Dos niñas, además. Hoy temblamos de pensar en una situación de esta índole, aunque es muy probable que muchos de esos forajidos no fuesen tan malos como son muchos de los niños de las sociedad de hoy, en términos de referencias morales y sentido de la justicia al menos. Sin embargo lo cual eran niños, salidos de un pueblo donde no había ni siquiera la necesidad de la policía, puestos en medio de quienes como mínimo debían demostrar que no habían cometido algún delito. Hombres rudos, no con la rudeza campesina de sus familiares y amigos, sino con ese toque de canalla que deja en la gente cierta forma de vida.

Poco antes de este momento, Francisco había estado consolando a Jacinta cuando ella lloraba porque sus padres no los iban a buscar. El argumento de consuelo era siempre el mismo: ofrecer sacrificios. Ella para que los pecadores no fueran al infierno, él para reparar las ofensas contra Nuestro Señor.

Se arrodillan los tres a rezar. Y uno de los detenidos se arrodilla junto a él en actitud de acompañar el rezo. ¿Por qué? Tal vez movido por un recuerdo, o el remordimiento, porque también en su niñez fue educado como cristiano y esos niños le ponen ante sus ojos la mala vida que llevaba. Se apresta con torpeza. Tanta que olvida descubrirse la cabeza. Francisco lo interpela con tono duro, de indudable autoridad. ¿Qué hace Ud., señor? Quiero rezar contigo. Pues entonces quítese la gorra. Y, naturalmente, se descubre avergonzado. Como se ve, a Francisco la honra de su Señor lo desvela.

Francisco muere a los 11 años, pero ahora tiene nueve. De haber vivido tal vez, con seguridad, habría sido sacerdote. Su celo por el culto ya estaba garantizado. Porque aún en una cárcel o calabozo inmundo hace lo más necesario para rezar dignamente. Se arrodilla y se descubre, y manda a otros a hacer lo mismo. Muchos sacerdotes deben pensar, o deberían, en este niño beato como en uno de sus patronos a la hora de preocuparse por la dignidad del culto.

¿Un santo que no cumple con sus deberes?

La Señora ha mandado a los niños a la escuela. Para ello deben viajar y esforzarse. Pero Francisco sabe que morirá pronto, como lo sabe Jacinta. Lucía, en cambio, es la portadora de la revelación secreta. Cuando llegue el momento deberá saber como expresarla con la mayor precisión y ahora ni siquiera sabe leer. La obediencia de estos niños a las instrucciones recibidas es tan admirable como su recuerdo. Tienen esas cabezas limpias de cosas innecesarias que solían tener todos los niños antes del cine, la TV, la Internet. No solo las malas, sino también limpia de las inútiles, que son casi infinitas.

A la hora de ir a la escuela Francisco se hace la rabona. No asiste a clase. Es verdad que va a rezar ante el sagrario de la iglesia todo lo que duran las clases y luego vuelve con Lucía. Esta vez, desobedece. El, que ha sido dócil siempre, no atiende a su deber de escolar. Esperamos el ejemplo de un niño santo que obedece puntualmente las normas. Recordamos la historia de Domingo Savio, que tan dócil era al cumplimiento del deber que al sonar la campana deja trunco el texto que estaba escribiendo. No solo el texto, la palabra. Más aún, la letra misma, una “a” inconclusa, o una “s” sin acabar su serpenteo… ¿Era Domingo Savio o era san …. ? No podría recordarlo porque tal vez escuché las dos versiones, la primera, seguro, de los padres salesianos en mi infancia. Lo cierto es que ese niño, modelo de exacto cumplimiento de su deber de estado, al volver a su pupitre encuentra su redacción terminada con letras de oro. Algún ángel se habrá tomado el trabajo, y bien lo merecía.

También me viene al recuerdo la historia de San Isidro, que por ir a misa descuidaba arar la parcela. Claro que le encargaba la tarea a sus bueyes y el tiempo dedicado a la piedad no se perdía para el trabajo. San Isidro Labrador no era un niño, pero merecía serlo.

Y Francisco ¿se escapa de la escuela para ir a rezar? Aquí algo no anda bien. No es el modelo del niño santo. Tiene su excusa, que convence a Lucía, o al menos la deja más tranquila: ¿para qué voy a aprender yo las letras si pronto me muero? Déjame quedarme en la iglesia rezando. Este niño ya está enfermo, pronto no podrá ir a clase ni aunque lo deseara más que asistir a la adoración. En un tiempo más no podrá siquiera ir a misa los domingos.

¿Habrá realmente desobedecido? O tal vez recibió una dispensa. No lo sabemos. Tal vez lo sepamos en algún momento, pero sabemos, sí, que sus comunicaciones con Dios siguen su propio camino. Ha tenido, tal vez, alguna inspiración que tranquilizó la conciencia tan puntillosa de ese niño ya hombre en su edad espiritual.

Twittet

Marcelo González

El siguiente texto es tan verdadero como verosímil el lector lo quiera considerar.

Editor y Responsable

No es posible hablar de "las dos caras de Francisco", él ha superado largamente esta metáfora. Francisco tiene múltiples caras, y uno de los momentos en los que se pueden observar es cuando recibe a personas o los regalos que estas personas le ofrecen. Claro que es imposible establecer un juicio a partir de un gesto.

Marcelo González

Retomamos el tema ya comenzado en un artículo anterior: “La Misa Nueva bien rezada vs. la Misa Tradicional”. El objeto, naturalmente, es establecer las diferencias del Novus Ordo con respecto a la Misa Tridentina, Gregoriana, Vetus Ordo o como se le quiera llamar.

Editor y Responsable

Entrevista (audio) subtitulada en español. Breve y muy esclarecedora sobre la opinión del P. Malachi Martin, autor de novelas tan renombradas como "El Último Papa", "Vaticano", y otras obras sobre la crisis de la Iglesia tras el Concilio Vaticano II. El fue secretario del Card. Bea, en época de Juan XXIII y afirmó conocer el "Tercer Secreto de Fátima". Murió repentinamente en condiciones todavía no aclaradas, según sus amigos más cercanos.

Editor y Responsable

Ayer conocimos la noticia: el teólogo más importante de la Conferencia Episcopal de los EE.UU. envió a Francisco una carta demandando el cese de sus actos de confusión doctrinal y persecución a los católicos fieles. Naturalmente, tuvo que renunciar a su cargo. Tomamos el texto en español que publica Sandro Magister junto con sus comentarios.

Editor y Responsable

No temamos, amigos católicos, con esto de la celebración de Lutero y la Reforma Protestante. Todo es una broma. El 28 de diciembre próximo la Santa Sede enviará a las iglesias luteranas, a todas ellas, confederadas, disgregadas, re-reformadas y ultraevolucionadas; obispos, obispas y [email protected], clero LGBTetc. un telegrama oficial con el texto: “Que la inocencia les valga, Francisco”

Editor y Responsable

Pidiendo el papa León XIII a Dios que todos se acojan a su misericordia para ser un solo rebaño bajo un solo pastor, aclara que para ello deberán salir de la bruma de las falsas creencias, reconcililarse con la verdadera Fe, deponer el odio cismático y, en otro caso, dejarse bautizar por la sangre que contra sí reclamaron en el día de la Pasión de Cristo.