He Nacido en Buenos Aires

Hoy, en la fiesta de la Santísima Trinidad, entiendo que es necesario evocar la fundación de nuestra ciudad ubicándola -más allá del festejo impuesto por el calendario oficial para el 11 de junio- en la circunstancia litúrgica en que lo fue en el 1580 y que de de ella recibió el nombre, auspicio que a pesar de todas sus miserias mantiene vigencia.
Así es y del mismo modo que las dos generaciones argentinas que me precedieron y el primer lote de mis hijos; los últimos lo hicieron en mi pago actual, San Miguel.

Mi bisabuelo, de quien soy homónimo, se afincó en dicha ciudad según el registro del primer censo nacional (1869), domiciliándose a pocos pasos de la iglesia de San Miguel, donde contrajo matrimonio con Marguerite Labat en ese mismo año y fueron bautizados sus hijos. Allí estaba, tras haber guerreado en Argelia en una unidad de artillería, primero como soldado y después enganchado en calidad de suboficial, completando un servicio militar de ocho años, circunstancia que honra a sus descendientes puesto que muchos de sus paisanos llegaron a estas tierras para eludir el cumplimiento de la gravosa leva; es más, cuando mi abuelo Andrés alcanzó la edad de merecer, por no existir entonces ese régimen entre nosotros, por mandato paterno y a su cuenta y cargo, cumplió la conscripción en Francia -aunque ya sin el rigor de contingencias bélicas-, que le duró tres años.

Hecha la aclaración precedente, para ilustrar acerca de la reducida proyección -tanto geográfica como temporal- de mi familia en estos lares y reconociendo, por ello, que no soy un criollo viejo y que mi límite es la General Paz, puedo sostener con el poeta, no obstante, que me siento argentino hasta la muerte. Esta es mi patria y me duele, hoy particularmente, como me duele la Iglesia, arrastrando la desazón de que, a diferencia de ésta, cuya indefectibilidad nos consuela, puede consumar irremediablemente la traición a su esencia si es que ya no lo hizo, porque tan desfigurada está que cuesta advertir en su apariencia el origen cristiano.

Hace dos meses, en esta misma página, aludí a la fundación de la Argentina, señalándola en la primera misa celebrada en su actual territorio -Bahía San Julián- el Domingo de Ramos del 1520. Hoy, en la fiesta de la Santísima Trinidad, entiendo que es necesario evocar la fundación de nuestra ciudad ubicándola -más allá del festejo impuesto por el calendario oficial para el 11 de junio- en la circunstancia litúrgica en que lo fue en el 1580 y que de de ella recibió el nombre, auspicio que a pesar de todas sus miserias mantiene vigencia.

Tal patrocinio debería animarnos a una singular devoción y defensa del dogma correspondiente, en el que se sostiene la Santa Religión, tan vapuleada en sus fundamentos a partir de los vientos conciliares, que lleva a confundirla con los otros "monoteísmos" y ésto, no sólo con las conductas sino que también con la prédica de las autoridades eclesiásticas, proponiendo como forma concreta de hacerlo, la recitación, tras el rezo del "Angelus", de los tres "Glorias".

De esa práctica -habitual en mi casa aunque sin memoria de quién la aprendí-, tuve ocasión de conocer su razón por el testimonio de sacerdotes ordenados en el seminario de Paraná, donde era especialmente estimulada por monseñor Tortolo, quien explicaba que había sido dispuesta por el papa León XIII para contrarrestar la disminución del reconocimiento y culto respectivos entonces insinuada. La misma salutación angélica resulta muy oportuna en nuestra época porque, unida al tañido de las campanas, se difundió a partir del siglo XV para poner en alerta a la Cristiandad ante el avance de los infieles.

La convocatoria, por cierto, está dirigida a la generalidad de los lectores mas, me permito urgir a mis paisanos "trinitarios" de modo que, honrando nuestro privilegiado gentilicio, la practiquemos con una especial disposición. Si extraña ha de resultar mi propuesta, más aún la forma empleada para denominar a los naturales de nuestra ciudad capital. Pero todo, aun los peores dislates, encuentra una explicación. Intentaré darla, acudiendo para ello a la erudición de un docto.

Debo decir que a partir del momento en que accedí a un conocimiento elemental de nuestra historia -el único posible para mí-, sobrellevé un cierto complejo al interrogárseme sobre mi procedencia, reconociendo invariablemente mi condición de porteño pero con la inmediata aclaración de hacer lo posible por disimularlo. No se me ocurría una presentación más amable, porque la de argentino, usada en la época española para denominar a los naturales del lugar, además de reducirse al ámbito literario se ha generalizado al resto de los connacionales y, la de neovizcaíno, que podía complacer a los que presumimos de registrar solares pirenaicos, fue tan efímera como la adjudicación del nombre de Nueva Vizcaya al actual territorio bonaerense por el adelantado Ortiz de Zárate. Esa suerte de angustia, afortunadamente pudo ser superada y ello sucedió merced a un feliz encuentro con Antonio Caponnetto.
 
Fue hace más de quince años en el último Don Jaime, aquel colegio fundado por Juan Carlos Montiel que, además del carácter confesional, no escondía un indisimulable sello nacionalista, asegurando, de tal modo, a quienes pasaron por sus aulas la exposición de un catolicismo neto, sin concesiones al marxismo entonces en boga ni al liberalismo, al cual son bastante proclives algunos institutos educativos ubicados en una presunta cercanía. Lo cerraron profesores -maestros- como el mentado, Jorge Ferro, Eduardo Allegri, Alberto Mansilla, Claudio Rossi, Gabriel Noriega, Alex Vallega, Emilio José Samyn Ducó (oficial del Ejército de valeroso desempeño en la guerra de Malvinas, hoy perseguido por la maldita lesa humanidad).

Volviendo pues al episodio a partir del cual pude exhibir una digna e inequívoca identidad, mi buen amigo, citándolo a Marechal, propuso la conveniencia de adoptar el gentilicio en cuestión. Y el año pasado, cuando coincidió el calendario con la liturgia tal como sucedió en el 1580, respondiendo a un saludo enviado por la conmemoración del fasto, al que denomina un "recurso poético" añadió el fundamento histórico, que otorga a su empleo carácter imperativo.

El caso es que, obsequiándome con inmerecido afecto un ejemplar de su libro Independencia y Nacionalismo, pude desasnarme de la existencia de una contienda producida en la primera mitad del siglo XVII, entre los habitantes originarios de la ciudad, denominados trinitarios o beneméritos, y los negreros, que por tener el asiento de su negocio en el puerto, se llamaron porteños y que con el triunfo, impusieron también el nombre que lamentablemente perduró. Ayer, comercio infame. Hoy, inicua plaza en la que se somete a valores de viles mercados el destino de la Patria y el bienestar de su pueblo.
 
Pero Buenos Aires tuvo también glorias, como cuando con don Santiago de Liniers y don Juan Manuel de Rosas derrotó al inglés, el traficante permanente de nuestras miserias materiales y morales, enemigo combatido por las huestes criollas en la chacra de Perdriel quienes, portando a la manera de estandartes cintas azules y blancas del largo de la imagen de Nuestra Señora Inmaculada de Luján, daban gritos de muerte a los herejes.

Y en el orden singularmente espiritual es oportuno recordar las jornadas vividas en los días de octubre del 1934, durante la celebración del trigésimosegundo Congreso Eucarístico Internacional, circunstancia en la que Buenos Aires -así la descripción de Hugo Wast- "vivió en estado de gracia". Las multitudinarias concentraciones -contadas en cientos de miles por la cantidad de comulgantes-, según lo manifestado por dignatarios eclesiásticos extranjeros, superaron en mucho a las de los que tuvieron lugar en países europeos, moviendo al legado pontificio, el entonces cardenal Pacelli, a expresar que dicho acontecimiento había superado "las previsiones más optimistas, (habiendo) sido un himno tan sublime a Jesucristo que ha henchido el mundo entero con acentos eucarísticos".

En ese mismo sentido -disculpen los sufrientes lectores la reiteración de mis tópicos-merece destacarse que en nuestra ciudad, casi medio siglo después, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X inició su misión de reconquista católica en este continente, cumpliendo quizás la profecía de don Luis Orione, de que desde la Argentina partiría hacia el resto de América una multitud de sacerdotes; tengo copia de una carta del padre Luis Smiriglio, allegado al santo, dando cuenta de ello.

Animémonos pues. Comportémonos y califiquémonos como trinitarios. Al fin y al cabo, ostentaremos en esta ciudad terrena el nombre que nos permitirá llegar a la Ciudad definitiva.

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