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Jogo bendito: el fútbol como idolatría

Dadas la circunstancias, quizás sea necesario puntualizar que me gusta ver el fútbol, disfruto de los partidos, me parece un deporte de gran belleza y plasticidad, así como de una reciedumbre viril que no deriva en brutalidad.

Bien entendido es jerárquico: por un lado permite el destaque individual, pero impone sacrificar el lucimiento personal por el bien del equipo. Produce un tipo de atleta armónico, que no deforma su cuerpo ni el temperamento, combina fuerza y pasión con técnica e inteligencia. Creo que es suficiente para probar que no lo detesto o cosa por el estilo.

Se impone este recaudo en días tan especiales, cuando todas las pasiones han salido de cauce. Anoche, durante el festejo de la semifinal, mientras todos celebraban por las calles yo -que asistía a un velatorio llevando conmigo a uno de los deudos directos de la fallecida- era insultado por la calle porque no iba tocando bocinas y agitando banderas… Y no fui el único.

 Especialísimamente en la Argentina, donde la expectativa por la posible victoria y logro de un tercer campeonato mundial ha sacado de quicios a todo el mundo. Y donde decir que podemos llegar a perder es casi traición a la patria.

De lo que oigo y veo, hablo

Y es justamente porque no he huido del ambiente que se vive, que me siento obligado a hacer esta afirmación: el fútbol ha sustituido a la Fe religiosa y de un modo más confuso aún, se ha convertido en la expresión por excelencia del “patriotismo”. Meditemos, entonces, en algo que sin ser novedoso resulta necesario analizar: ¿por qué nuestra Fe y nuestro patriotismo se han fundido, confundido o convertido en este desenfreno futbolístico?

Primero se adoró a la “nación”

La cosa viene de lejos. En el siglo XIX las ideas románticas liberales se fueron imponiendo sobre los pueblos occidentales. De allí surgió, entre muchas cosas, una idea falsa de “nación”, entidad antigua y venerable. La falsa idea nos lleva a creer que cada uno de los países del mundo puede ser una “nación” en la medida que se perfila en contra de los demás.

La nación como espacio excluyente, limitado por una frontera física o racial, dentro de la cual todas las virtudes posibles son reales y fuera de la cual todos son cuanto menos adversarios; la nación como fin último o última ratio de todas las cosas es una idea moderna, ya desdibujada ante un creciente mundialismo que todavía pertenece principalmente a las élites, pero sustentada todavía por la masa del pueblo. Es una de las modernas formas de idolatría que movido a millones de personas a sacrificarse en al menos dos horrendas guerras mundiales y otra infinidad de guerras “nacionales”.

Nunca se ha predicado tanto la fraternidad entre los pueblos, nunca se la ha practicado menos. Esa concordia que en otro tiempo sustentó la premisa de la Fe por sobre la Nación, que entre pueblos cristianos debía existir una fraternidad evangélica y para con los paganos una caridad cristiana (aunque no pocas veces faltara por causa del pecado de los hombres), esa concordia se busca ahora en la estúpida idea de la igualdad democrática y la paz por el deporte.

Por eso cualquier republiqueta tiene el mismo voto que un imperio en las Naciones Unidas, pero a la vez jamás se imponen otros criterios que los de los imperios.

Ahora se adora el fútbol

Si a esto le agregamos que el Fútbol como deporte organizado internacionalmente por una mafia de pecadores corruptos (que el papa Francisco no ha denunciado hasta ahora), bajo el influjo de enormes masas de dinero exacerba ese falso patriotismo y potencia la simpatía partidaria hasta convertirla (las masas bien dispuestas, por cierto) en LA virtud por encima de todo (“Nada más importa”, dice uno de los eslóganes publicitarios), exacerbación que ningún referente político, religioso o moral pretende siquiera morigerar para llevar  las cosas a su justo equilibrio, sino más bien pretende aprovechar en su propio beneficio, llegamos a la situación actual.

 

 

Hace poco se realizó un video publicitario sobre un montaje de palabras de Francisco a los jóvenes de las JMJ de Río. No le niego ingenio a los editores, pero el material estaba servido: el propio Francisco habla el lenguaje futbolístico y responde a las incitaciones sobre esta materia consintiendo en usar los paramentos de la liturgia de los hinchas, o señalando con los dedos, que deberían bendecir marcando el número tres de la Trinidad, el resultado de su equipo favorito, en las apariciones públicas…

¿Podemos sorprendernos de que el futbolerismo sea una suerte de culto religioso? Con su liturgia grosera, sus paramentos grotescos y un ritual que en el caso del campeonato mundial llega a los extremos de convertir la copa (el trofeo deportivo) en objeto sagrado: solo pueden tocarla los jugadores que ganan el campeonato, con sus manos ungidas por el triunfo. Y los jefes de Estado. Que ungen (o untan) las manos de los dueños del fútbol con millones de dólares y un prestigio casi sacerdotal.

Es penoso ver a los jugadores dándose manotazos ridículos a modo de persignaciones, o elevando oraciones a un dios que solo existe porque ha creado el fútbol, que es como la salvación de la humanidad pecadora. Al menos de la parte que gana.  Los otros tienen una chance de redención cada cuatro años, y solamente el rastrillaje de dinero es amplio y ecuménico.

Nadie ignora que este entusiasmo es colectivo, está en la raíz de la cultura de algunas naciones, y arrastra a muchos, desde los más encumbrados a los más sencillos.

Lo que se extraña es la ausencia de un punto de balance moral, un fiel de la balanza espiritual que señale el desmadre. Y ese punto de referencia es la Iglesia, luz de las naciones, roca inconmovible que permanece fija junto a la Cruz mientras el mundo da vueltas alocadamente.

Veremos, me permito profetizarlo, a la cabeza visible de la Iglesia recibir y alabar a los ganadores del torneo mundial organizado por los pecadores corruptos de la Fifa. En particular si gana el equipo de sus amores.

De donde, ¿por qué extrañarnos de que el fútbol sea una religión ecuménica más exitosa que los diálogos propiciados por el Conclio Vaticano II? Un elemento de paz entre las naciones, que solo se odiarán por el resultado del partido y tal vez se apaleen con un poco de brutalidad a la salida del estadio o en medio de los festejos. O lo que es peor, se abracen efusivamente, pensando que han alcanzado la felicidad y la paz. Y se aíren al ver personas que no comparten tanto optimismo.

Como ayer, cuando exultantes de patriótico fervor y religiosa alegría, mis compatriotas me insultaban porque no iba embanderado y tocando bocinas al velatorio de una persona amiga.

Comentarios

EL SANTO DE FRANCISCO

Es SAN PELOTA.

Nuevo santoral del Vat.Dúe@calciomail.com.it.

DISCREPO AMISTOSAMENTE, ESTIMADO MARCELO

La Patria Grande que enculturaron Carlos V y Felipe II al injertar el genio hispano en las culturas indianas es una nación. Aún hoy conserva  valores mejores que gran parte de las otras, si no los mejores de todos. Discrepo con su aceptación de lo mismo que critica, a saber que usted advierta que cualquier republiqueta se equipare a una nación en las Naciones Unidas y pierda de vista que no todas las entidades políticas llamadas "países" gozan de las mismas riquezas axiológicas. Esa es la base del nacionalismo, cuando la nación lo merece, entre otras cosas porque su pueblo conoce valores propios y ajenos y por ende puede comparar con justicia. Esa es también la base de la guerra al "hispanismo" y de la implacable destrucción por reingeniería social del "exceso de cultura" del que gozaba la Argentina hace algo más de medio siglo. Por eso tenía razón el :. Winston Churchill cuando precavía a lores y comunes de no permitir que la Argentina sea potencia, porque arrastrará consigo a toda Latinoamérica. (Y olvidaba a las Filipinas y el resto del imperio de aquellos Felipe y Carlos).

Abz.,

Me parece que no discrepamos.

Me parece que no discrepamos.