La Consagración producirá la conversión de Rusia

Sermón de Mons. Fellay durante la misa de la peregrinación a Fátima

Mi Corazón será tu refugio
y el camino que te conducirá a Dios

Sermón de Monseñor Fellay el 20 de agosto de 2017 en Fátima

con motivo de la celebración del Centenario de las Apariciones

 

Fátima da miedo. Nuestra Señora, mensajera del cielo, se dignó aparecerse a tres pastorcitos, y a pesar de su ternura materna, no dudó un instante, con una psicología totalmente celestial, en mostrarles el infierno, esa realidad que marca el destino de un número incalculable de seres humanos: la condenación eterna. Realidad pavorosa –ya que ese infierno no está vacío–, que es consecuencia de una vida humana no conforme a las exigencias de Dios, tal como se encuentran resumidas en sus mandamientos.

Fijémonos en el Evangelio. Una de las realidades en que más insiste Nuestro Señor es el infierno. Es Jesucristo quien nos enseña que hay un camino ancho, el camino fácil del placer, que conduce a la perdición, y que muchos son los que entran por él; mientras que el camino del Cielo –porque hay un cielo– es un camino arduo, pedregoso, y pocos encuentran la entrada estrecha de este camino (Mt. 7 13-14). Por desgracia, los hombres de Iglesia pretenden hoy tranquilizar las conciencias, abriendo caminos que no existen. Con ello, lejos de cumplir con su deber, merecen el calificativo de asesinos de las almas.

1º Fátima inspira un temor saludable

Sí, Fátima da miedo, si se consideran las consecuencias del pecado en esta vi-da. La guerra da miedo; y Nuestra Señora no dudó en revelar a esos niños que «si el mundo no se convierte, habrá una guerra más terrible que la primera» –la Primera Guerra Mundial–, en la cual «naciones enteras serán aniquiladas». Nuestra Señora no habla figuradamente: naciones enteras serán borradas del mapa. Y el mensaje de Fátima deja muy claro que estos males son consecuencia del pecado.

No hace falta ser muy entendido en ciencias o en teología, para comparar la situación del mundo –de esas naciones católicas en 1917, cuyo comportamiento les mereció una Segunda Guerra Mundial–, con nuestra situación actual, cien años más tarde. ¿Se ha convertido el mundo? ¿Promulgan los Estados leyes más conformes a los mandamientos de Dios? ¿Y pensamos que así pueden ir bien las cosas? Sí, eso da miedo. Y tenemos razón de tener miedo.

Sin embargo, este miedo es saludable. Es también la Sagrada Escritura la que nos dice que «el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría» (Sal. 110 10; Prov. 9 10). Y Dios, hablando por boca de San Pablo, nos dice que hemos de «obrar nuestra salvación con temor y temblor» (Fil. 2 12).

El temor es una disposición interior imperfecta, que corresponde a nuestra condición de creaturas caídas, inclinadas al pecado. Nuestra naturaleza, dejada a sí mis­ma, nos arrastra al pecado. Por eso necesitamos ese temor saludable. Es ese temor, ese miedo, es el que nos hace volvernos hacia Dios para pedirle su ayuda, y para responder como se debe a esa mano que El nos tiende desde lo alto del Cielo.

2º Fátima inspira la verdadera esperanza

Por eso mismo, Fátima es a la vez un mensaje de esperanza. El objeto de la esperanza es un objeto futuro y posible, pero difícil de alcanzar. Y el camino del hombre en la tierra es difícil, pero posible. Es posible con la ayuda de Dios, de ese Dios que nos envía a su Madre, y nos entrega el Corazón de esta Madre como medio de salvación. «Quienes practiquen esta devoción –esta devoción querida por Dios: “Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado”–, se salvarán». Es una promesa incondicional: «Quienes practiquen esta devoción se salvarán».

Esta es, pues, la esperanza que viene a darnos el Corazón de María: una esperanza orientada hacia Dios, totalmente vuelta hacia el Cielo.

3º Fátima invita a la reparación

Pero ¿en qué consiste esta devoción que nos lleva al Cielo, esa protección inaudita en un tiempo tan duro e increíble como el nuestro? Es sencillamente una aplicación del Evangelio. Y el primer punto que nos recuerda, y que nosotros solemos olvidar, es la reparación. Para librarnos del pecado, hemos de reparar. Así nos lo dice Nuestro Señor mis­mo, el Salvador: «Si no hacéis penitencia, todos pereceréis» (Lc. 13 5). Esta vida de penitencia es un deber esencial del cristiano; es más, podría decirse que es como la primera respuesta a las malas inclinaciones que llevamos en nosotros: ¡hay que hacerlas morir! De ahí viene la palabra «mortificación». Y la Santísima Virgen nos invita a ella de dos maneras admirables.

La primera, pidiéndonos que reparemos las ofensas que se hacen contra Ella. De este modo Ella nos incita a amarla, recordándonos que hay otras cosas que amar, fuera de nosotros mismos. El primer mandamiento es el de amar a Dios, y no a nosotros mismos: amarlo con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente; y luego, amar al prójimo, y no a nosotros mismos. Y aunque se dice que el amor bien ordenado empieza por sí mismo, sólo nos amamos rectamen­te cuando nos olvidamos de nosotros mismos para amar a Dios.

Reparar para consolar a la Virgen inmaculada, a su Corazón inmaculado y doloroso, y consolar también a Dios. Ese pensamiento de reparar y consolar a Dios, tan ofendido por el pecado, fue la obsesión del pequeño Francisco, la que en dos o tres años logró hacer de él un santo y conducirlo al Cielo.

La segunda, vinculada a esa mortificación, es la de sacrificarse por tantas almas que caen en el infierno, porque no hay quien se sacrifique por ellas. Nuestras pequeñas y grandes penas, nuestros sacrificios y mortificaciones, las contradicciones que sufrimos, y todas las cosas que son para nosotros motivo de dolor y que intentamos evadir, podemos transformarlas fácilmente en medios de salvación: basta aceptarlas como venidas de la mano de Dios. Y entonces salvan a las almas: les hacen evitar el infierno y las conducen al Cielo. ¿Quién, en esta perspectiva, no estaría dispuesto a hacer estos sacrificios? ¿Quién sería lo bastante egoísta para decir: «Lo siento, pero yo dejo caer a esta alma en el infierno», cuando tan fácilmente y sin peligro podría ganarla para el Cielo, por la aceptación de esas pequeñas contradicciones de cada día? No soñemos con cosas heroicas y extraordinarias: tenemos a nuestro alcance las pequeñas cosas… El Corazón de Jesús dijo a Sor Lucía: «La penitencia que hoy pido es el cumplimiento del deber de estado», de ese deber que hemos de hacer de todos modos.

Ese es, pues, el primer elemento de esta devoción al Corazón Inmaculado: la reparación. El primer remedio del pecado es esta mirada asidua a la Cruz, a Nuestro Señor crucificado, a lo que El ha hecho por nosotros; y a su Madre, que estaba junto a El: «Stabat Mater».

4º Devoción mariana y consagración de Rusia

El segundo punto que nos recuerda la devoción al Corazón de María, tal vez el más importante, es que hemos de hacer de este Corazón materno nuestro refugio, según Ella misma se lo dijo a Sor Lucía: «Mi Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios». Nuestra Señora nos abre su Corazón y nos lo ofrece como refugio; a nosotros nos toca entrar en él, y practicar esta devoción con la confianza de un hijo hacia su Madre, esperándolo todo de su protección materna y de una tal guía. Y Ella no sólo será nuestro refugio, sino también el camino que nos conducirá a Dios. Esta promesa es como un pasaporte en el viaje, como un salvoconducto en el camino a través de este mundo infernal.

Estamos muy particularmente protegidos por el Corazón de María, que es la devoción que Dios quiere dar al mundo de hoy como medio de salvación. Comprendamos y tomemos en serio estas palabras del Cielo. No practiquemos superficialmente esta devoción. Hagamos los actos que nos pide, como los cinco primeros sábados de mes, pero no de manera maquinal o rutinaria, como diciendo: «Ya hice mis cinco primeros sábados, ya he cumplido; ahora sigo mi vida». No, no es eso lo que el Cielo quiere. Lo que Dios pretende es invitarnos a entrar en una verdadera relación personal con el Corazón Inmaculado de María, una relación que comprometa toda nuestra vida.

Es más, la Santísima Virgen nos habla de consagración, y muy especialmente de consagración de Rusia. Consagrar es una palabra muy precisa; quiere decir dar, dedicar totalmente, de modo a perder la propiedad. La propiedad de la cosa se transfiere a la persona a la que se consagra. Cuando Ella pide que el Sumo Pontífice le consagre Rusia, le está pidiendo al representante de Nuestro Señor en la tierra que le dedique ese país de manera particular, con los poderes que se requieren para ello, y que sólo él ha recibido de Nuestro Señor. Con ello Nuestra Señora muestra un amor privilegiado hacia ese país que se alejó de la Iglesia hace ya mucho tiempo.

Sor Lucía fue formal: este acto, que es de hecho muy sencillo –¿qué puede costarle al Papa hacerlo, y cumplirlo según los pedidos de la Santísima Virgen?–, producirá en un instante la conversión de Rusia. Conversión de Rusia es una expresión muy precisa, que quiere decir que Rusia volverá a ser católica. Pretender hablar de conversión excluyendo que sea a la Iglesia católica, es burlarse de la gente. Dios, que es todopoderoso, ha puesto en las manos de María esta gracia, este poder de hacer milagros; no sólo el del sol, sino un milagro aún más asombroso: la conversión de un país entero mediante una sencilla consagración hecha por el Santo Padre, al que se unirían los obispos del mundo entero. Ese país, desde ese momento, quedará entregado a la Santísima Virgen.

Esta idea de consagración hemos de aplicárnosla también a nosotros mismos. Nada nos lo impide; al contrario, Dios nos invita a vivir esta consagración a la Santísima Virgen. Podría decirse que este es el aspecto más perfecto de la devoción al Corazón Inmaculado. Es nuestro modo de responder, según nuestros pobres medios, a los pedidos del Cielo. La Santísima Virgen no sólo quiere darnos un manto que nos cubra, sino ser Ella misma realmente nuestro refugio. En un refugio se entra y se vive. Y este refugio, además, nos conduce a Dios, nos lleva al Cielo.

Conclusión

Al final de esta Misa, nos volveremos hacia la Santísima Virgen María, y renovaremos anticipadamente la consagración de Rusia, como Monseñor Lefebvre lo hizo aquí mismo hace treinta años. Con este acto de consagración protestamos que, en la medida en que está de nuestra parte, queremos consagrar este país como Ella lo pidió. Sabemos que esto no basta, pero tal vez sirva para alcanzarle las gracias a quien debe hacerlo.

Al mismo tiempo, le ofreceremos toda nuestra cruzada del Rosario, todos los frutos de esta oración. Pero no pensemos que con esto se termina la cruzada… Termina, sí, oficialmente la cruzada pedida, pero no la práctica de la misma por cada uno de nosotros. Si hemos pedido rezar tantos rosarios, y vivir esta vida de sacrificio, es para que eso continúe. Es la misma Virgen la que reclama tanto la penitencia como la oración del Rosario.

Seamos, pues, fieles a los pedidos de Nuestra Señora. Y de todo corazón esperemos su triunfo, que llegará cuando y como Dios disponga, pero llegará.

© Seminario Internacional Nuestra Señora Corredentora C. C. 308 – 1744 Moreno, Pcia. de Buenos Aires

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P. José María Mestre Roc[email protected]



 

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Marcelo González

Sin la pretensión de ser literal en las citas, quisiera resumir algunas de las palabras y conceptos que Mons. Bernard Fellay expresó en su extendida conferencia el domingo 8 de octubre, como culminación de una jornada celebratoria de los 40 años del viaje de Mons. Lefebvre a la Argentina.

Marcelo González

Hace algunos meses, en preparación de este año del Centenario de Fátima escribí un texto titulado “Francisco a Vuelo de Pluma”. Quisiera ahora reflejar en éste las impresiones que me ha causado una larga lectura de textos y trabajos dedicados a la mayor y más longeva de los videntes de la Cova da Iría en 1917.

El mensaje de Fátima es, sí, un mensaje de amor, pero a la vez y por lo mismo es un mensaje de rigor, de severidad, de seriedad. Después de la aparición, los pastorcitos de Fátima dejaron de jugar. Dejemos entonces de jugar.

Editor y Responsable

¿A quién se le ocurre convocar una jornada de oración a lo largo de toda su frontera, apenas 3000 kms.? ¿A quién se le ocurre anunciar que un millón de personas va a responder a ese llamado? 

Editor y Responsable

¿Es que perdió su rumbo
la nave de la Iglesia? ¿Es que a porfía
se nos ha puesto a andar de tumbo en tumbo
ebria y alzada la marinería?

Marcelo González

Lo único claro es la confusión.

Prof. Roberto de Mattei

La Correctio filialis no es sino la punta de un inmenso iceberg de descontento por la desorientación que impera actualmente en la Iglesia.