La Conspiración (The Conspirator)

Dirigida por Robert Redford. EE.UU. 2010

La Conspiración.

James McAvoy y Tom Wilkinson. Dirigida por Robert Redford.

Un filme centrado en la figura de Mary Surrat, madre de uno de los conspiradores que presuntamente participaron en el asesinato de Abraham Lincoln en el famoso atentado del teatro, en Washington. Un episodio poco conocido entre nosotros en detalle, que constituye uno de los acontecimientos centrales de la historia norteamericana. Ocurrido sobre finales de la Guerra de Secesión, produjo una convulsión política mayor. Hasta el mismo sucesor, el presidente Andrew Johnson, llegó a estar sospechado de complicidad en el delito, si bien el intento de homicidio se dirigió también contra él, naturalmente que en forma fallida.

Inmediatamente se dio con la pista del grupo conspirador, puesto que actor John Wilkes Booth, cerebro del atentado, tenía una bien conocida red de amistades sureñas. Uno de ellos era el hijo de Mary Surrat, dueña de una pensión en Washington, lugar donde los conspiradores realizaban sus reuniones. Según la versión oficial de la historia, John Surrat y su madre eran espías del bando confederado, aunque su ataque al presidente Lincoln fue iniciativa propia, en venganza por la derrota del sur la guerra, la cual prácticamente había terminado al momento del magnicidio.

Una visión más revisionista de los hechos –esto sí es bien conocido inclusive por la difusión que se ha dado al tema en diversas novelas y películas- muestra que los odios se habían exacerbado también y principalmente por los atropellos cometidos por las tropas de la Unión en la crudelísima guerra de secesión, que se ha considerado la primera guerra moderna por la magnitud de sus matanzas.

Yendo al filme en sí mismo, y a la figura de Mary Surrat tal cual la presenta Redford, digamos que adquiere un interés particular porque era católica y sureña, una combinación letal en una Unión ensañada con la Confederación y agitada por las pasiones previas y posteriores al asesinato.

La tesis del filme es que Mary Surrat fue sacrificada en sustitución de su hijo John, que logró escapar a Canadá, de hecho, varios días antes del aentado, por lo que quedan dudas sobre su voluntad de participar en el crimen y que, en la práctica, bastante tiempo después, cuando fue extraditado desde Europa, tras un proceso civil, quedó en libertad por falta de mérito.

Su madre no tuvo esa fortuna, porque fue juzgada por un tribunal militar, que combinaba la fiereza del estado de guerra con la presión política del nuevo gobierno, interesado en escarmentar al Sur y aventar sospechas de participación en el magnicidio.
Desde una óptica de izquierda liberal (recordemos la filiación política de Robert Redford) se presenta al espectador un proceso en el cual ni la sutileza procesal de los jueces ni la prescindencia del poder político fueron las notas dominantes. En algún sentido, la psicología del militar en campaña, potenciada por el fondo ideológico que caracterizó la guerra civil norteamericana nos trae remembranzas de los procedimientos que algunos regímenes militares hispanoamericanos utilizaron en la guerra antisubversiva. Solo que en el caso norteamericano hubo un juicio semi-público, con apariencia de legalidad, sin jurado popular, contrariando el sistema vigente en EE.UU. en la época. La necesidad política de encontrar culpables no es resulta muy propicia para la ecuanimidad de los juicios.

Según el filme, la Sra. Surrat fue inculpada por un espía sureño, cercano al grupo, que cambió su testimonio por indemnidad. Nada nuevo bajo el sol. El clamor popular pedía la muerte de alguien con el apellido vinculado al presunto conspirador, antes que una investigación lenta y cuidadosa que dirimiera responsabilidades. Según la visión del director, el gobierno hizo primar la “razón de Estado”: el castigo ejemplar para apaciguar los ánimos sureños. Razón que podría, bajo ciertas condiciones ser legítima. No obstante lo cual, y bajo la visión de defensor de los derechos civiles a ultranza de Redford, resulta inaceptable.

Pero el interés agregado al personaje y el relato lo hallamos en la condición de católica de Mary Surrat, condición que para la izquierda norteamericana forma parte del paisaje de las minorías perseguidas, y por lo tanto tiene algo de buena prensa. Claro que no tanta que deje de equilibrar la magnanimidad mostrada por el personaje de Mary Surrat, su profunda fe y resignación ante lo injusto, su sacrificio de madre, su foraleza y virtud, con la actitud mezquina de un sacerdote católico que la asiste espiritualmente en su prisión y ejecución, al cual se deja claramente vinculado al menos por razones de amistad, con los asesinos. La Sra. Surrat enfrenta la horca con gran entereza, lo que no puede decirse de los demás ejecutados, hombres todos ellos, según el filme. ¿Una nota feminista? Tal vez, pero no inverosímil, dadas las motivaciones profundas de la resignación de Mary Surrat.

Otro de los personajes centrales de la historia, el abogado defensor de Mary, es el capitán Frederick Aiken, quien apenas acaba de ser desmovilizado como voluntario en la guerra, cuando termina embarcado en esta causa digna de un verdadero caballero (porque además de perdida, es la defensa de una dama) un poco a regañadientes al comienzo, y un poco fascinado por la personalidad de esa joven madre de 40 años, entrampada en las desventuras políticas de su hijo. Finalmente, Tom Wilkinson interpreta a un senador sureño que desea defender a la acusada pero no tiene chances, a su ver, de favorecerla a causa de su filiación política. El es quien motiva a Aiken a aceptar la defensa, lo que le trae no pocos problemas políticos y personales.

Tampoco es fácil olvidar como se proyecta la figura de Aiken en la historia posterior de los EE.UU. lo cual queda referido al final del filme: fue editor del Washington Post, llegó a un cargo de prestigio en la justicia y gracias a su brillante defensa de Mary Surrat (su discurso final se considera uno de los más brillantes alegatos de la historia judicial americana) la Suprema Corte de los EE.UU. emitió una acordada prohibiendo el juzgamiento de civiles bajo cortes militares, en cualquier circunstancia. Prohibición que tememos no se haya respetado muy estrictamente bajo condiciones de agresión exterior, como en el caso reciente de las guerras de Irak y Afganistán.

El filme tiene interés histórico, está bien realizado y actuado, aunque por momentos la parcialidad de la corte militar se dibuja con trazos un poco gruesos. No hay escenas ni referencias de lenguaje ofensivas a las buenas costumbres, por el contrario, además de un inglés correctísimo y elegante, se muestra una sociedad en la que la caballerosidad era todavía un valor apreciado.

Recomendable para adolescentes y mayores. No hay escenas de violencia.

La conspiración, 2010. (The Conspirator)

Duración: 122 minutos.

Director:  Robert Redford
Guionistas:  James D. Solomon (guión cinematográfico), James D. Solomon (novela).
Actores principales: Robin Wright, James McAvoy and Tom Wilkinson

Origen: EE.UU.

Idioma: hablada en inglés.

Elenco de personajes
James McAvoy ... Frederick Aiken
Robin Wright ... Mary Surratt
Kevin Kline ... Edwin Stanton
Tom Wilkinson ... Reverdy Johnson
Evan Rachel Wood ... Anna Surratt
Johnny Simmons ... John Surratt
Toby Kebbell ... John Wilkes Booth

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