La postergada beatificación de Isabel La Católica

La reciente canonización de Mons. Manuel González García, apóstol de la adoración eucarística, se asocia con un precedente regio: Isabel, La Católica, devotísima del Santísimo Sacramento. Aquí un paralelismo publicado por el boletín de la Asociación Reina Católica, que promueve su beatificación.

Acaba de ser canonizado, en el mes de octubre, San Manuel González, el simpático cura sevillano, coadjutor de Huelva, Obispo de Málaga y Palencia… El Obispo del Sagrario Abandonado.

Toda esta historia comenzó al despuntar el siglo XX, en 1902… para entonces, una mujer, una madre de familia, animadora de la cultura, comprometida en el gobierno, amante de su pueblo, Isabel I de Castilla, hacía cuatro siglos que compartía sus mismas inquietudes… ¡Qué abandonado el hombre, por importante que pueda creerse, sin la Presencia Viva de Jesucristo en la Eucaristía! Sí, abandonado a su debilidad, a sus egoísmos… a las insidias del Maligno. Esta coincidencia entre personas de tan distinta época se da porque el Espíritu Santo va modelando a cada ser humano que le acoge, y le lleva hacia las fuentes de la Vida.

Él mismo nos cuenta cómo a los pocos meses de ser ordenado Sacerdote en Sevilla, le enviaron a dar una misión a un pueblecito: Palomares del Río. Con la ilusión de sus veinticinco años apenas estrenados, se dirige hacia allí. Por el camino, el sacristán le va presentando un panorama desolador: La iglesia estaba medio derruida, gracias a Antonio, el vaquero, se tiene en pie. Los niños ni se asoman pues el Sacerdote muy anciano, sólo va los domingos y ¡alborotan tanto! Y los mayores… ¡Como no dé la misión en la taberna! ¡Vd. no sabe cómo están los pueblos!

Y allí fue D. Manuel derecho al Sagrario en busca del ánimo y luz que necesitaba… y ¡qué Sagrario! Pero entre aquellos harapos y suciedad encontró a Jesús, callado, paciente, tan bueno, que le miraba… Y esa mirada se le clavó en el alma y orientó toda su vida sacerdotal. Vivir con Él, llevarle a las almas, ser presencia viva de Él y si le cierran las puertas, siempre encontraría abierta la de su Corazón y Jesús, la del suyo, aunque pobre y débil. “¡Ay abandono del Sagrario, cómo me hiciste ver todo el mal que de ahí salía y todo el bien que por él dejaba de recibirse!”

¡Ah! Y la misión se dio con fruto abundante, tanto que a D. Manuel le quedaron ganas de quedarse como pastor de aquellas pobrecillas ovejas… y con gran sentimiento se separó de ellas.

Es que Jesucristo vivo en la Eucaristía es quien puede mover los corazones, ni tú ni yo, amigo, por mucho ruido que hagamos y maravillas que organicemos.

En este mismo fuego estaba prendido el corazón de Isabel la Católica. Tomemos de una conferencia de D. Vicente Vara en el V Centenario de la muerte de la Reina, los siguientes datos:

Nació el Jueves de la Cena de 1451… con qué fervor celebró siempre la Reina, con su familia y con la Corte las solemnidades del Jueves Santo y Corpus Christi. Es constante la consignación de gastos para solemnizar estas fiestas.

En las graves necesidades del Reino, hacía turnos de vela ante el Santísimo, día y noche, con sus damas, y “la propia Reina, atenta a su turno de vela, avisada del día y hora en que le correspondía hacer la vela, todo lo posponía para cumplir escrupulosamente su compromiso [i]”.

Colaboró muy directamente con Teresa Enríquez, dama de la Reina muy devota de la Eucaristía en la creación de asociaciones eucarísticas para acompañar al Stmo. Sacramento, como la todavía existente en la Basílica de San Dámaso en Roma.

No es posible consignar aquí, ni siquiera en resumida síntesis, las numerosas partidas destinadas por Isabel al culto divino en ornamentos, imágenes, lienzos para altares, cálices, custodias…Un dato solamente: En los años 1500-1501 que Isabel residió en Granada, colaborando con el arzobispo Talavera, procuraron soluciones a las necesidades de los lugares destinados al culto en aquella diócesis recién creada; en palacio se podía pasar sin tanta plata y obtenerse con ésta veinte cálices con sus patenas y veinte custodias para el culto eucarístico…[ii]

En este ambiente granadino no se detuvo la espiritualidad de la Reina en lo externo material, sino que, penetrada por lo profundo del misterio de la Eucaristía, dirige una real cédula, 17 agosto 1501, a todos los obispos de sus Reinos sobre el cuidado del Sacramento; carta, afirma Azcona, que no desmerecería en la mejor antología eucarística. Resulta deliciosa, al conjugar, con espontánea elegancia: devoción, respeto y delicadeza de la mujer, la Reina y la cristiana devota de la Eucaristía:

La Reina. Reverendo en Cristo Padre obispo. A mí me es hecha relación que en muchas de las iglesias parroquiales de vuestro obispado no se trata el Santísimo Sacramento con la solemnidad y reverencia que conviene, y que no está en caja de plata, ni se remuda a los tiempos convenientes, ni los aderezos y cosas del servicio del altar están limpios, ni las lámparas que están delante del Santísimo Sacramento están ardiendo, como es razón. Y porque es cosa muy justa y razonable que el Santísimo Sacramento sea tratado con mucha reverencia, honor y solemnidad y limpieza, y que las custodias y altares y las otras cosas del servicio de la Iglesia estén muy limpias y bien ordenadas, y que en cada iglesia haya persona que de ello tenga especial cargo y cuidado, y aunque creo que sabiéndolo vos, lo haréis remediar y proveer, como es vuestro oficio. Mas porque es cosa de servicio de Dios y que todo cristiano debe procurar, pensé en escribiros sobre ello, rogándoos que luego hagáis visitar las dichas iglesias, ydeis orden como todo lo suso dicho se provea y haga como conviene al servicio de Dios, Nuestro Señor. Porque además de hacer vuestro oficio y lo que sois obligado, en ello me haréis mucho placer y servicio. De Granada, a 17 días de agosto de 501 años. Yo la Reina.[iii]

Y en el Testamento: En la cláusula tercera, se expresa la voluntad de unas exequias sencillas, “sin demasías” y que la considerable cantidad de cera que se había de consumir en ellas “quiero e mando… sea para que arda ante el Sacramento en algunas iglesias pobres donde a mis testamentarios bien visto fuere”. La cláusula trigésima octava establece que, cumplidas las obligaciones testamentarias, “todos los otros mis bienes muebles que quedaren se den a iglesias y monasterios para las cosas necesarias al culto divino del santo Sacramento, así como para la custodia y ornato del sagrario…”.

Y en el documento fundacional de la Capilla-Panteón Real, adosada a la catedral de Granada[iv] hay una disposición en la que vuelve a manifestarse esta devoción de la Reina: en esta capilla “ha de estar siempre el Sacramento reservado en el altar mayor”; y se determinan con largueza las luces y cirios que han de alumbrarle perpetuamente, día y noche.

Pero oiga, ¡con la crisis que hay!, todo eso podía emplearse en los pobres. ¡Vaya amigo, eso ya lo dijo Judas hace mucho tiempo! ¿Conoce las cantidades empleadas por la Reina en el cuidado de los pobres? Incontables. El mismo que dijo: Esto es mi cuerpo, añadió: Lo que hagáis a uno de éstos a mí me lo hacéis”. Si nos acercamos a la Presencia viva de Cristo en la Eucaristía sin duda nos va a llevar a verle en los hermanos. ¡Pruébelo y verá!

Y que sí que hay alegría en el Cielo por esta canonización. Aquel curilla, solo en aquella misión, pegado al Sagrario… llegó a la plenitud de la Santidad. Los más “guapos” y para siempre, los santos. ¿Hay realización más plena?

 


Notas: [i] A.C.C.M. Leg. 327, nº 50.Sermón pronuniciado por el Dr. D. Pedro de Bosca ante el Colegio de los Cardenales en Roma el 22-X-1487.

[ii] Azcona. Isabel la Católica. BAC, Madrid, 1964 p. 545

[iii] AGS. Cédulas de la Cámara, 5, f. 204 vª, n 960

[iv] Vidal González, Testamento, 241 y ss.

Fuente: Boletín Reina Católica, Arzobispado de Valladolid.

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