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La tradición greco-romana y el culto católico

Por qué no es posible un culto fundado en tradiciones no apostólicas

Esto es muy importante para entender muchas cosas posteriores en el problema del culto católico, ya que el culto de la Iglesia va a asimilar aquello que sea asimilable. No de cualquier lado, porque no puede. Lo va a asimilar de allí de donde es asimilable. Por eso, en los debates modernos sobre el problema del culto, quizá no se advierte la verdadera cuestión, cuando se dice… “Y ¿por qué no adoptar en la liturgia católica las modalidades propias de los pueblos africanos?”. Lo hemos oído, con motivo del Concilio, repetir muchas veces. El problema debe ser estudiado desde este punto de vista del conocimiento mítico.

Si describimos brevemente el origen del conocimiento profético y su objeto y desarrollo podríamos hacer el siguiente esquema: el origen correspondería a lo que llamamos la verticalidad “de caelo ad terram” (desde el cielo a la tierra). Si el origen del conocimiento profético es de caelo ad terram, su nivel resulta inaccesible al planteo científico. Su objeto y desarrollo serían el decurso horizontal “a principio ad finem” (desde el principio hasta el fin). Tendríamos pues dos coordenadas: una, es decir, la vertical, que explica su origen; y otra, la horizontal que implica el objeto de este conocimiento y el desarrollo que asume. Pero sobre todo son el principio y el fin los que contempla este conocimiento. Naturalmente que por el solo hecho de contemplar “este” principio y “este” fin, no está negada la verticalidad; queremos decir, en otros términos, que el conocimiento profético está ejerciéndose siempre y no caduca, o por lo menos permanece en ciertas instancias que le competen. El conocimiento profético existió en la Revelación del Antiguo Testamento, es decir, se ejerció en la línea de los Patriarcas y de Abraham hasta su culminación con la llegada del Mesías. O sea el conocimiento profético se ejerció en el ámbito de los judíos. Pero ha cesado allí, aunque no ha cesado su existencia, porque se ha trasladado al ámbito de la Iglesia. El conocimiento profético que se ejercía en esa interacción vertical-horizontal desde los Patriarcas, pasando por la historia inicial de Abraham, hasta S. Juan Bautista, ese conocimiento caducó en el pueblo judío. Por eso el pueblo judío cesa de ser pueblo elegido en la medida en que caduca el conocimiento profético, que lo distinguía. Pero se transfiere a la Iglesia y sigue subsistente en el ámbito de la Iglesia. En cambio en el marco del judaísmo, el conocimiento profético tiene su corrupción: el legalismo judío, la legalidad judaica. O el materialismo judío. Representados por dos sectas que actúan hacia el fin del profetismo judaico: los fariseos y los saduceos

     Como consecuencia de esa corrupción el judaísmo es incapaz de entender la “ultimidad última”, que es la presencia del Salvador. Más última que todas las ultimidades. ¿Para qué ha servido pues todo el conocimiento profético, si frente a la “última de las ultimidades” no la reconoce? Esta es la grave  situación que plantea la historia del pueblo judío, esta es la “aporía” implícita en el carácter mismo de este conocimiento, en su modo de vincular lo temporal y lo eterno, aun al margen del judaísmo.

       Fariseísmo es la “legalidad”, y saduceísmo el “materialismo”. En cierto modo esta alianza se repite en los tiempos modernos, porque el racionalismo de que hablábamos pretende una especie de “orden absoluto legal, de la razón” que lleva a una suerte de materialismo. Estamos hoy en pleno s.  XX bajo el dominio de fariseos y saduceos, es decir, de “legalistas” y “materialistas”. Esas dos orientaciones invaden el pensamiento cristiano y provocan a su vez una corrupción del “profetismo” en el marco de la Iglesia (conviene confrontar el libro de A. Neher, L`essence du profetisme. París, 1955). Se podría hablar entonces de una “judaización” del pensamiento cristiano, en la medida en que este abandona el profetismo del N. Testamento.

        El conocimiento mítico implica el tránsito del hombre por el politeísmo. Y aquí hacemos dos advertencias. Primera: el esquema general de todos los libros de historia, aun de libros cristianos, donde se afirma que el hombre comienza por una contemplación de la Naturaleza, y después empieza a imaginar muchos dioses, y de ahí concluye en un solo dios, ese esquema no coincide con la historia de la Humanidad. Primero es la contemplación del Dios único. No nos fundamos en el hecho de la Revelación, sino simplemente en ciertos elementos propios del espíritu mismo. Luego viene una segunda etapa, que procede como de una especie de cataclismo, y provoca la ruta por el politeísmo.

         Ahora bien, el conocimiento mítico corresponde al tránsito del hombre por el politeísmo.

         La segunda advertencia: el politeísmo no fue un mal absoluto. Fue un bien en orden a recuperar una más completa percepción de lo divino.  Y en este aspecto los libros plantean mal el problema. Desde este punto de vista, ese politeísmo implica muchos elementos contradictorios que están dentro de él y que no podemos analizar exhaustivamente. Por ahora pretendemos subrayar en el politeísmo, es decir, en el conocimiento mítico, la posibilidad de afirmar el lado cognoscitivo de lo humano respecto a lo divino. Y aquí estamos frente a otra “aporía” histórica, que es difícil de resolver.

         ¿Cómo, si la Revelación se funda en el conocimiento profético, y si esa Revelación culmina en la historia del pueblo judío, con la figura del Salvador, por qué la Revelación plena del Nuevo Testamento se difunde en los pueblos greco-romanos, y en el pueblo judío encuentra cerradas las puertas? ¿Por qué es esto? ¿Por qué el ámbito de los pueblos llamados paganos, y del paganismo greco-romano, resulta la tierra propicia para la semilla? ¿Y en cambio, en el orden del pueblo judío, encuentra la piedra, o más aun la Cruz?  Esta dificultad, como la anterior, a propósito del fariseísmo y saduceísmo, tendría un elemento explicativo en el desarrollo del espíritu griegocomo encuentro de lo divino por la ruta del conocimiento mítico.

            El conocimiento mítico corresponde al tránsito por el politeísmo. Pero ese conocimiento entonces no es una mera fantasía novelesca. Tal conocimiento pretende entender y expresar el vínculo de lo divino y de las cosas visibles, a su modo. No como el profético, en que, por razón de la Revelación, se conoce verdaderamente el orden del “misterio”, sino por un contacto directo entre el espíritu del hombre y las cosas. Para poner un esquema semejante al anterior, este conocimiento mítico tendría también su verticalidad. Y esta línea vertical sería inversa a la anterior, sería “ex terra ad caelum”. Su origen no es la Revelación; su origen es la fecundidad que brota del vínculo entre el espíritu y la naturaleza. Pero su término, su ámbito y su búsqueda es el conocimiento de lo divino. Por eso es “ad caelum”. Y por eso en esa dinámica, del conocimiento mítico, el hombre se prepara para entender el Misterio de la Revelación.

             Este esquema pretende subrayar la diferencia de origen. En cuanto a la coordenada horizontal, está dada por lo que llamaríamos lo cósmico. No se trata pues del “principio” ni del “fin”, envueltos en la bruma del misterio; interesa lo que está dado aquí, en un “aquí” que también está envuelto en el misterio. El asunto, objeto o tema de la creación de Adán no está en ese “aquí”; o el asunto y tema del “juicio y transfiguración” de las cosas tampoco están “aquí”; en cambio las cosas están “aquí”. Y a este ámbito nos referimos con el término “cósmico”, en el sentido de las realidades visibles que tienen una armonía intrínseca, que el conocimiento mítico pretende indagar, descubrir o expresar. Ahora bien, así como en el orden del conocimiento profético y de su ejercicio y elaboración, discernimos una historia que a través de los patriarcas, se perfecciona en la historia del pueblo judío y llega hasta aquella “aporía”, también en este ámbito del conocimiento mítico, hay una historia, hay una “estirpe elegida”. No todo lo mítico de la humanidad es igual, no es lo mismo el conocimiento mítico de los guaraníes que el de los griegos, el de los hindúes que el de los romanos. En otras palabras, hay una jerarquía, en el sentido de que el politeísmo de los pueblos paganos tiene una distinta valoración. En ese ámbito de conocimiento mítico ocupa la línea fundamental – y a ella nos referimos – el mito greco-romano.

          Los demás son como líneas degradadas que  existen como dependencias, como resultados inevitables, o como Uds. quieran llamarlos; pero no constituyen el resultado verdadero y completo que nosotros podemos estudiar y valorar. De manera que cuando hablamos de politeísmo y conocimiento mítico, nos referimos al politeísmo y al conocimiento mítico griego. No de otros, porque los otros no corresponden a este nivel. Son como grados menores, y a veces llegan a niveles verdaderamente tremendos, por el carácter tenebroso de su degradación o corrupción.

             El conocimiento profético, conocimiento de las ultimidades cuya historia culmina y se concreta en la Revelación bíblica: ése es el conocimiento profético por excelencia. Conocimiento mítico: el conocimiento que deriva del tránsito de la humanidad por el politeísmo, tránsito con las características que dijimos. Y que aunque corresponde a toda la humanidad, sin embargo la línea fundamental en tanto que valor permanente, está dada por el conocimiento mítico del pueblo griego. Es decir: lo mítico griego es lo que constituye el conocimiento mítico por excelencia. Esto es muy importante para entender muchas cosas posteriores en el problema del culto católico, ya que el culto de la Iglesia va a asimilar aquello que sea asimilable. No de cualquier lado, porque no puede. Lo va a asimilar de allí de donde es asimilable. Por eso, en los debates modernos sobre el problema del culto, quizá no se advierte la verdadera cuestión, cuando se dice… “Y ¿por qué no adoptar en la liturgia católica las modalidades propias de los pueblos africanos?”. Lo hemos oído, con motivo del Concilio, repetir muchas veces. El problema debe ser estudiado desde este punto de vista del conocimiento mítico.

Las Fuentes de la Cultura, Ed. Struhart & Cía, Buenos Aires, 1986

Comentario Druídico: El autor, eminente filólogo y humanista, suscribió luego las tesis sedevacantisas. En virtud de sus méritos como conocedor de la cultura clásica y de la tradición católica lo citamos, sin avalar sus posiciones posteriores

Comentarios

Disandro - Castellani

sólo quiero recordar que el escrito de Disandro tiene un valor Caritativo además de filológico-teológico. Pues fue escrito cuando ignominiosamente lo privaron de sus cátedras. Y agrego lo que dijo otro a quien debemos recuperar:
"La cultura, que ante todo es nacional, no es la dote de una sola nación, ni siquiera de una sola religión. El Cristianismo asumió en sí cuidadosamente toda la tradición pagana - para no decir nada de la tradición hebrea". (Leonardo CASTELLANI, San Agustín y nosotros p. 95)

Juan pablo Abraham.

Qué buena idea...

traer al ilustre Doctor Disandro a este espacio.
Más allá de algunas diferencias puntuales que se puedan tener, ha sido el gran humanista argentino, un filólogo y un poeta, alguien lo llamaba "el Borges peronista".
Adhiero a ese mote y/o apodo...y bueno, si publican tanto a Caponetto merece el mismo o mejor sitial el injustamente olvidado compañero...
Que sus admiradores recuerden a Genta, y nosotros a Disandro.

Un abrazo para todos,

Leonardo Milani.

Es muy buena idea?

Comparto su opinión respecto de la publicación de este artículo del Dr. Disandro, y sería mejor aún si se pudiera continuar con el resto de Las Fuentes de la Cultura.
Hace falta en estos tiempos esclarecer esta cuestión, porque abunda la ignorancia inclusive en los ámbitos del mas acendrado (creído) catolicismo.
Aunque no comparto de "asimilarlo" de algún modo con Borges. Este último está en una espiritualidad hebrea o judaizante, nada que ver. Tambièn me parece que Disandro le pertenece no solo al peronismo.
Le pido disculpas Leonardo si le molesta mi comentario, y no deseo que sea motivo para una polèmica.
Saludos en Ntro. Señor Jesucristo y la Stma. Virgen Marìa a Ud y a todos los lectores de Panorama Catòlico.
Fabricio Gonzalez.