-A +A

Las Promesas del Sagrado Corazón

Primera parte de un artículo fundamental sobre la devoción al Sagrado Corazón

 

En las apariciones a Santa Margarita María, Nuestro Señor insiste en que el culto a su Sagrado Corazón debe revestirse del aspecto de reparación. Los que sean devotos suyos deben no solamente descubrir su Amor insondable, sino también reparar por las injurias, frialdades e ingratitud con que Él es ofendido. De hecho el liberalismo desconociendo la sumisión que el hombre debe a Dios, pone en la libertad del hombre el principio de todas las leyes de la sociedad moderna. El liberalismo quiere que Dios mismo se someta a la libertad del hombre. ¡Qué blasfemia!  

La esencia de la devoción al Sagrado Corazón es el reconocimiento de que la humilde sumisión del hombre a la ley de Dios es su mayor bien, y que el hombre debe someterse no como un esclavo a su tirano, sino como un hijo que reconoce el amor de su padre en sus disposiciones y ordenes. La devoción al Sagrado Corazón es, por lo tanto, esencialmente antiliberal.

Las reclamaciones de Nuestro Señor sobre los jansenistas parecen definir a nuestros modernistas actuales: “He aquí el Corazón que tanto amó a los hombres, que nada ahorró hasta agotarse y consumirse, para darles testimonio de su amor, y en paga no recibe de la mayor parte de ellos sino ingratitudes, por los desprecios, irreverencias, sacrilegios y frialdades que tienen para conmigo en este Sacramento de amor”. Irreverencias, sacrilegio, frialdades: ¡Nuestro Señor parece aquí estar describiendo la Misa nueva!

El modernismo es el esfuerzo de teología para justificar el sacrilegio del hombre que se pone en lugar de Dios. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús es el descubrimiento del amor de Jesús Crucificado y como debemos obedecerle.

I – Introducción:

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús fue presentada oficialmente al mundo católico por el Papa León XIII, el 25 de mayo de 1899, como medio extraordinario de salvación para la humanidad. “He aquí que hoy se ofrece a nuestros ojos – dice el Papa entonces – una gran señal de salvación, señal toda infundida de divino amor y de suprema esperanza. Es el Sagrado Corazón de Jesús, encimado por la Cruz, cercado de espinas y resplandeciente de una espléndida claridad, en medio de las llamas de su amor. En Él es necesario depositar toda nuestra confianza; de Él es necesario solicitar y esperar la salvación”.

Fue largo el camino que esta devoción recorrió hasta llegar a una proclamación tan solemne y tan explícita por parte del Vicario de Cristo.

Ciertamente ella expresa la misma esencia del catolicismo. Pero hay también, sin lugar a duda, algo nuevo en ella. Don Columba Marmion, en el capítulo que dedica a la devoción al Sagrado Corazón, en su libro Jesucristo en sus Misterios muestra bien como se dan allí estos dos aspectos de continuidad y de novedad.

Podemos decir que el primer devoto del Sagrado Corazón de Jesús fue el apóstol San Juan, que escuchó sus latidos conmovedores en la última Cena, y lo vio ser abierto por la lanza y de ahí salir sangre y agua.

En la Edad Media, el amor a la santa humanidad de Nuestro Señor profesado por los místicos incluía ciertamente el aspecto central de esta devoción. Vemos San Bernardo inflamado en su predicación, escuchamos las íntimas conversiones entre Nuestro Señor y Santa Gertrudis, vemos al admirable Pobre de Asís reproducir las llagas de la Pasión del Salvador en su propia carne.

San Buenaventura invitaba así las almas: “Para que del costado de Cristo, adormecido en la Cruz, se formara la Iglesia y se cumpliera la escritura que dice “contemplarán Aquel a que traspasaron” (Zac. 12, 10) uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Lo permitió la divina Providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramara el precio de nuestra salvación, el cual, manando del arcano del corazón, diera a los sacramentos de la Iglesia virtud de conferir la vida de la gracia, y fuera para los que viven en Cristo, la copa aplicada a la fuente viva que mana para la vida eterna. Es esta aquella lanza del pérfido Saúl – figura del pueblo elegido reprobado – que, errando el golpe, se clavó por divina misericordia en la pared, y abrió un agujero en la piedra y un hoyo en el muro. Surge pues, alma amiga de Cristo, y sé como la paloma que construye su nido en lo más alto de la apertura de la gruta; allí como un pájaro, encontrarás morada, allí como el ruiseñor de amor casto, esconde los polluelos; coloca allí la boca para que bebas aguas de las fuentes del Salvador. Es esta la fuente que mana en medio del paraíso y, dividida en cuatro ríos, derramados en los corazones devotos, riega y fecunda toda la tierra”.

Pero esta devoción que estaba reservada hasta entonces a los altos místicos y contemplativos encontró una nueva expresión cuando Nuestro Señor tomó, Él mismo, la iniciativa de extenderla a todos los fieles. Lo que hasta entonces era un secreto de las almas más santas y penitentes, pasó a ser un ofrecimiento de íntima amistad a todos los católicos.

II – Divina Estrategia

    Hay muchas devociones que nacen espontáneamente del espíritu del pueblo católico. Aparecen, crecen y se difunden movidas por el interés y admiración de los fieles. Pero la devoción al Sagrado Corazón de Jesús no fue así. No fue una devoción espontánea, sino una devoción enseñada y propagada por el Cielo. Será el hecho de que repetidas intervenciones de Nuestro Señor, Él mismo, hará que esta devoción se difunda de modo tan admirable.

Ella es una respuesta del Salvador a la perfidia del humanismo renacentista que se propuso sacudir la ley de Dios y de su Iglesia. Este ofrecimiento es una amorosa venganza ante el Protestantismo y su sucedáneo que es el Jansenismo. Nuestro Señor propone esta devoción como un remedio a los males modernos, como un antídoto contra el espíritu de la revolución. Así considerada, esta devoción podría parecernos como algo pretérito y sin importancia. O al menos que tuvo su importancia en el siglo XVII, pero ya no hoy en día. ¿Qué nos importan hoy las disputas protestantes? ¿Qué nos interesan las querellas de los jansenistas? Esta devoción, entonces ¿será algo fuera de época? Pensar así sería un grave engaño de nuestra parte. La crisis modernista que nosotros vivimos hoy con el Vaticano II y todas sus reformas es la continuación en línea directa del protestantismo y del jansenismo, de la revolución francesa y de la revolución comunista.

Si las ideas son las mismas, si la revolución es la misma, podemos pensar sin miedo de equivocarnos que el remedio para su curación será exactamente el mismo.

¿Cuál será el plan del divino Salvador al querer difundir de esta manera la devoción a su Sagrado Corazón? ¿Cuál será su intención al revelar de modo tan amplio los secretos de su divina amistad? Y ¿cómo puede ser esta devoción el antídoto para crisis tan aguda?

Nuestro Señor quiere curar los males de esta peste que se difunde entre nosotros por el remedio contrario. La peste negra que diezma a la Cristiandad desde el inicio del Renacimiento es el egoísmo satánico que propone la propia libertad como principio absoluto de todas las relaciones del hombre con Dios. El insolente liberalismo que nacerá de este espíritu malsano quiere transformar esa rebelión contra Dios en ley y fundamento de la sociedad. Y así lo hizo.

El remedio presentado por el Salvador será la manifestación del Amor que lo movió a enancarse y a morir en la Cruz por nosotros. Amor desinteresado, amor generoso, capaz de curar todos nuestros males: “¡He aquí el Corazón que tanto amó a los hombres y es por ellos tan ingratamente correspondido!”.

¡Ingratitud! Ese es el nombre propio de nuestra sociedad moderna. Ese es el verdadero rostro de la revolución. Nuestro Salvador propone la contemplación y estudio de su amor como el gran remedio capaz de curarnos de esta ingratitud.Veamos bien: Nuestro Señor no nos reclama nuestra desobediencia. Y bien podría hacerlo. Podría reprendernos por nuestros pecados. ¡Son enormes y sin número! Podría lanzarnos al rostro nuestra malicia. ¡Arruinamos todo lo que tocamos! Pero no, nada de eso. Nuestro Señor aparece repetidas veces para reclamar de nuestra  ingratitud.

III – Santa Margarita María

   En medio de la tormenta del siglo XVII, entre la sorda conspiración de los enemigos de su reinado, Nuestro Señor elige como instrumento sus designios a una escondida y tímida religiosa de clausura. Ella será el general que deberá como nueva Juana de Arco conducir la batalla de la cristiandad.

Margarita María Alacoque nació el día 22 de agosto de 1647 en Verosvres, en Borgoña. La formación de nuestra santa fue marcada especialmente por el sufrimiento. De los cuatro a los siete años, o sea entre 1652 y 1655 fue a vivir en el castillo de su madrina, Madame de Corcheval, dama noble de la región, para comenzar allí, en un ambiento sereno y austero, su formación. Pero su educación hubo de ser interrumpida cuando murió Madame de Corcheval. Su ahijada volvió a la casa paterna. En 1655, el mismo año de la muerte de su madrina, fallece también su hermana menor y su padre, Claudio de Alacoque. La madre, Felizberta, colocó sus hijos mayores en colegios, y Margarita como interna en el convento de las Clarisas mitigadas de Charolles.

En el pensionado de las Clarisas Margarita contrajo una enfermedad grave, por lo que fue necesario mandarla de vuelta a la casa. Allí permaneció cerca de cuatro años postrada en la cama, sin poder levantarse. Los médicos ya no sabían que más hacer, cuando ella resolvió consagrarse a la Santísima Virgen, prometiéndole que sería su hija. “Apenas hice el voto – declara Margarita – quedé luego curada de la enfermedad, con nueva protección de la Santísima Virgen, la cual tomó tan entera posesión de mi corazón, que mirándome como hija suya, me gobernaba como cosa que le era consagrada; me reprendía por mis faltas y me enseñaba a cumplir la voluntad de Dios”.

En su casa otra situación muy dolorosa la esperaba. Su madre había transferido la gestión del patrimonio a su cuñado, Toussaint Delaroche, hombre avaro y de temperamento irritable. Él, su mujer y su madre, tomaron la dirección de la casa y pasaron a tratar la señora Alacoque y sus hijos como si fueron empleados. La Santa soportó durante años la casi esclavitud a la que la sometían las injusticias del tío. A veces tenía que mendigar pan a los vecinos. La casa materna se transformó en una prisión torturante. “Dios me dio tanto amor a la Cruz que no logro vivir un momento sin sufrir, pero sufrir en silencio, sin consuelo, alivio o compasión, y morir con este Soberano de mi alma, bajo el peso de toda surte de oprobios, dolores, humillaciones, olvidos y desprecios…”        

Delante de su constante deseo de la vida religiosa, y vencidos los intentos de casar la joven Margarita, su familia quiso encaminarla a un convento de Ursulinas, en donde ya vivía una prima. Santa Margarita María – que le tenía mucho cariño a esa prima – dio una respuesta en la que trasparece su gran deseo de perfección: “Mira, si entro en tu convento será por amor a ti. Pero quiero ir a un convento en donde no tenga parientes ni conocidos para ser religiosa solo por amor a Dios”. Una voz interior le había advertido: “No te quiero allá, sino en Santa María”, que era el nombre del convento de las visitandinas de Paray-le-Monial. Las presiones familiares, sin embargo, para que eligiese las ursulinas, era fuertes. Una enfermedad de la madre y también de un hermano, la obligaron de todas maneras a postergar sus planes de vida religiosa. En una ocasión, un sacerdote franciscano se hospedó en la casa de los Alacoque durante una misión. Santa Margarita aprovechó la ocasión para una confesión general. Al conocer el alto grado de virtud y los deseos de vida religiosa de la joven, el sacerdote juzgó que debía seguir su vocación. Habló el religioso con el hermano y lo convenció a cambiar de actitud. Nuestra Santa fue entonces finalmente aceptada allí como novicia el 20 de junio de 1671, vistió el hábito el 25 de agosto del mismo año e hizo su profesión solemne el 6 de noviembre de 1672.

Nuestro Señor venía misteriosamente disponiendo de Santa Margarita de tal modo que fuera el instrumento, humanamente hablando, el menos apto posible para la empresa a que la tenía destinada. De carácter tímido, de salud frágil, religiosa bajo obediencia estricta sin poder disponer de ella misma, llevando una vida de clausura sin nunca salir de los muros de su convento, y que murió antes de completar los 45 años, ella debería ser el gran apóstol que difundiría en el mundo entero la devoción al Sagrado Corazón. Disposición sorprendente de Nuestro Señor que quiso mostrar con eso que esa difusión era obra enteramente suya.

El Papa Pío XII, después de hacer la lista de los Santos que la precedieron en la práctica y difusión de la devoción al Sagrado Corazón, dice esto: “Pero entre todos los promotores de esta excelsa devoción, merece un lugar especial Santa Margarita María Alacoque que, con la ayuda de su director espiritual, el beato Claudio de la Colombiere y con su celo ardiente, obtuvo, no sin la admiración de los fieles, que este culto adquiriese un gran desarrollo y, revestido de las características del amor y de la reparación, se distinguiese de las demás formas de piedad cristiana”.

Durante la corta vida de nuestra Santa, Nuestro Señor le reveló los secretos de su Amor incomprensible. Sus palabras quedarán registradas en la autobiografía que Santa Margarita fue obligada a escribir. Este texto fue el gran medio de dar a conocer las intenciones de Nuestro Señor al difundir su confesor, Claudio de la Colombiere y su superiora, la Madre Greyfié, en la obra de predicación de esta devoción. Ellos serán como los brazos de Santa Margarita en su difusión.

Segunda y última parte: Las Promesas

Twittet

Marcelo González

Con un pie ya en el estribo para ira a visitar los lugares sagrados de Fátima, quisiera compartir con los amigos de Panorama Católico unos apuntes escritos a vuelo de pluma. Son reflexiones sobre la figura de Francisco Marto, el vidente varón de Fátima.

Editor y Responsable

Los que piensan que «han vencido» son los neomodernistas fieles a la línea (si así puede llamarse) de los padres fundadores de la «nouvelle théologie» o «nueva teología» y, especialmente, a la línea (tortuosa y oscura) trazada por el jesuita Henri de Lubac y por el ex-jesuita Hans Urs von Balthasar. «Se exaltan los exponentes de la nueva teología como si fueran ellos la piedra angular de la Iglesia» escribió con razón el pensador don Julio Meinvielle.

Marcelo González

La primera impresión, impresión cada vez más difundida, es la de una catástrofe en vías de empeorar, si cabe esta posibilidad. No son ya solamente los católicos que militan en el así llamado “tradicionalismo” ni los que comúnmente se reconocen “conservadores”. Ahora hasta sus aliados le temen.

Christopher Ferrara

Francisco dijo a la congregación general de jesuitas reunidos en Roma el octubre pasado que Amoris Laetitia representa nada más y nada menos que un cambio radical en la visión de la Iglesia sobre “toda la esfera moral,” que cuando él era seminarista “se restringía a ‘tú puedes,’ ‘tú no puedes,’ ‘hasta aquí sí, pero hasta allá no.’ Era una moral muy lejana al discernimiento.”

Editor y Responsable

El presente artículo es una buena síntesis con interesantes novedades sobre como llegó y como puede irse Bergoglio del papado. Más allá de diferencias con el juicio del autor sobre los papados precedentes, es una lectura necesaria en estas vísperas del quinto año de su pontificado.

Editor y Responsable

Reproducimos una serie de artículos que ha comenzado a difundir Adelante la Fe, publicados en Si Si, No No a principios de los años '90. Como lo explica muy bien la nota introductoria del sitio español, aquí se muestran las raíces bien lejanas en el tiempo de lo que muchos solo quieren o pueden ver hoy como un fenómeno aislado y anormal: el pontificado de Francisco.

Marcelo González

En estos días estuvimos expectantes o “suspendidos”, como diría Cervantes, ante las noticias sobre el “inminente” –ahora viene la parte difícil- “acuerdo” o “regularización” canónica de la FSSPX. Y el “o” en este caso manifiesta oposición. Uno u otro. ¿Se trata de un “yelmacuerdo” o de una “baciregularización”