Lo que el momento reclama

La caída de Ciudad del Este es un llamado de alerta general

Muchos, quizás, hallen pretencioso lo que escribo aquí. Yo creo que debo decirlo, porque es un testimonio de lo que he visto y vivido a lo largo de casi 45 años. Soy testigo y protagonista (irrelevante, por cierto) de esta época y no puedo callar mis impresiones. Para decirlo en términos al uso en la política argentina: vienen por todo. Están decididos a borrar la Fe Católica de la faz de la tierra. No los soviets, ni los islámicos, sino la secta neomodernista clerical.

Los que no han aprendido, o han aprendido tarde

Hemos visto rodar varias cabezas en el mundo eclesiástico. La más reciente e impresionante es la de Mons. Livieres, obispo destituido de Ciudad del Este.

Los detalles del “no proceso” pueden leerse en distintas crónicas. Por “no proceso” entiendo la violenta expulsión realizada por la fuerza pública mientras el obispo se encontraba en la Santa Sede tratando de hablar con el papa Francisco.  Teniendo en cuenta que la causa invocada para justificar tan drástica decisión es de una asombrosa vaguedad: “falta de comunión episcopal”, y confirmados por el procedimiento seguido para realizar la expulsión, resulta evidente que el "proceso" canónico es una triste farsa.

Los métodos bergoglianos ya conocidos en la Argentina

El Card. Oullet, prefecto de la Congregación de los Obispos convocó  a Roma al obispo de Ciudad del Este e intentó sin éxito que renunciara, a lo que éste se negó por falta de causa. En tanto en Paraguay, encabezada por el Nuncio Apostólico, se armó una operación de desalojo por la fuerza pública en la quedó involucrada hasta la madre del obispo, una anciana de edad cercana a los 90 años.

No quisiera quedarme en los detalles, que sin embargo muestran la calaña de quienes proceden en nombre de la “comunión”. Uno de los “hermanos” episcopales de Mons. Livieres ha dicho, con admirable caridad cristiana: “muerto el perro se acabó la rabia”.  Bien a tono con la justicia y la misericordia que se proclaman, y con la comunión episcopal.

La Experiencia de la Tradición

El caso de Mons. Livieres es muy particular.  Digamos que es lo más cercano que tenemos, en Sudamérica, de lo que en su momento Mons. Lefebvre llamó “la experiencia de la Tradición”, intentada en este caso no por medio de instituciones interdiocesanas, sino en una diócesis misma.

Experiencia que, cuando se manifiesta exitosa, termina condenada a muerte violenta por los neomodernistas. Aunque quizás llamar de esta manera a los obispos del Paraguay sea un exceso de consideración. Más propio sería referirse a ellos como un hato de canallas fornicarios, de los cuales el ex presidente Lugo es una muestra acabada.

Pero si la conferencia episcopal paraguaya no merece que se la señale con nota alguna de convicción doctrinal, ni siquiera de mala doctrina, es, sí, la prueba viva, como lo han sido otros heréticos de la historia de la Iglesia, de que la heterodoxia conlleva la degradación moral. Y por más que algunos logren disimularlo un poco, sus actos son el producto de almas muertas a la gracia, que la resisten y la combaten.

Son personajes siniestros, astutos para las cosas del mundo y ajenos a la vida sobrenatural. No son meros pecadores ganados por la infirmitud de la carne: son enemigos de la Iglesia, que odian todo lo que tiene el buen olor de Cristo y sienten compulsión por destruirlo.

Es sobre la cabeza de Mons. Livieres (antes la de los Franciscanos de la Inmaculada, y pronto seguramente la del Card. Burke y demás perseguidos por la secta neomodernista, más o menos ilustres o conocidos) que debemos aprender. 

Alguien que aprendió a tiempo

En su momento, Mons. Lefebvre pidió hacer la “experiencia de la Tradición”. Su argumento fue: si ahora todo se puede hacer, déjennos hacer lo que hemos hecho siempre. Claramente es un argumento ad hominem, no una declaración de principios. Mons. Lefebvre quería ganar un espacio de libertad para demostrar por los hechos que las ideas neomodernistas eran destructoras de la Fe, y que la prédica constante de la Iglesia tiene, como tuvo siempre, una efectividad que supera toda circunstancia histórica, por adversa que parezca.

En aquellos tiempos de fervor ideológico neomodernista se le dio un acotado –y breve- margen de libertad, seguramente con la convicción de que los aires renovadores demostrarían la definitiva caducidad de las viejas ideas.

Pero las viejas ideas, yo esto lo viví y lo atestiguo, entusiasmaron a un número suficiente de jóvenes que apenas asomaban al tiempo de las decisiones de vida y ya podían distinguir la falsedad de la “nueva Iglesia conciliar”, aunque más no fuera de un modo imperfecto y tentativo. Todo esto causó la irritación de sacerdotes maduros, formados en la doctrina clásica, por entonces rebelados contra sus orígenes e increiblemente resentidos.

La tenacidad de esos jóvenes que por edad, según ellos, deberían estar clamando por novedades y no aferrarse a lo que la Iglesia enseño siempre, -en todos lados y por boca de todos los sacerdotes, y fue creído por todos los fieles- los desconcertó tanto que les hizo perder la (falsa) bonhomía que es el soporte sobre el que se sostiene el mito: era la época del “papa bueno”, “del amor”, “de la misericordia”, “de la adultez de los laicos”, viejas canciones que han vuelto a oirse a partir del pontificado de Francisco como si fueran grandes hits del momento.

La historia que he vivido

A mis 16 años fui echado a empujones (literalmente) por un diácono, de mi parroquia porque discutí su interpretación de la carta de Santiago (la que Lutero excluyó del canon de las Escrituras) sobre los ricos opresores y los pobres fieles. Naturalmente, para mi empujador, la carta es una clara justificación del origen evangélico de la lucha de clases.

Fuimos muchos los empujados, y la resisencia se fue formando. Mientras tanto, sin saberlo nosotros aquí, en Europa se daba un fenómeno similar. Nos empalagaban con prédicas de amor y misericordia mientras quedábamos excluidos de toda vida eclesiástica y paraeclesiástica. Ninguno de nosotros tendría un futuro en los ámbitos oficiales del catolicismo. Una verdadera excomunión sin declaración.

Los papas “buenos” nos desampararon, el “amor” se convirtió en un odio desencajado, la “misericordia” solo se aplicaba a pecadores empedernidos o a heterodoxos, y universalmente a sí mismos para disimular cualquier desliz moral o delirio doctrinal. Y la adultez de los laicos (la capacidad de decidir por nosotros mismos qué camino queríamos seguir) se aplicaba exclusivamente al adulterio de la religión con las ideas y los poderes del mundo. Nunca logramos, nunca se ha logrado, de hecho, que la decisión de permanecer en la Tradición de la Iglesia sea considerada una decisión adulta y respetable, dentro de la lógica liberal que -se supone- preside este modo de pensar.

Pasaron papas diversos, generaron diversas expectativas. Pero el saldo fue siempre el mismo: mayor libertad, de derecho o de hecho, para los neomodernistas: un clero desbocado, irreverente, ignorante, desobediente a la Ley de Dios y también con mucha frecuencia a la de la Iglesia. Por otro lado se aplicó la fusta sistemática contra los que resistían firmes en la Fe.

Livieres da la razón a Mons. Lefebvre

Pasado el tiempo se comprende, más aun a la luz de estos hechos, la lucidez con que Mons. Lefebvre vio el futuro. Ninguna obra católica prosperaría conforme a la doctrina y a la liturgia tradicionales si no se sustraía a los efectos prácticos de la disciplina eclesiástica en manos de la secta neomodernista. Podía haber huecos para quienes con disimulo y guardando para la intimidad la críticas tratasen de mantenerse en un cierto apego a la doctrina. Pero la batalla litúrgica sería implacable. Y con las concesiones litúrgicas, la caída del bastión doctrinal sería cosa de tiempo. Así fue.

Los que defendieron la liturgia tradicional “en comunión”

La Fraternidad Sacerdotal San Pedro, la actual Administración Apostólica Personal San Juan María Vianney, los Franciscanos de la Inmaculada, el Instituto del Buen Pastor (frizado en el eter canónico) y otras obras, surgidas en circunstancias distintas, constituidas como institutos religiosos, amparadas por obispos más tradicionales, se hicieron un lugar, a duras penas. Pese a sus silencios, ofrecieron a los fieles la doctrina y la liturgia. Pero siempre bajo la amenaza del cierre o la intervención pontificia, alentada por los “hermanos en el episcopado” que no cesan de reclamar “comunión”, cuando en realidad quieren decir “detestamos a los que nos demuestran que estamos en el error”. Su fin es cuestión de tiempo, sea por imposición obligatoria de la nueva liturgia y la exclusión de la tradicional, sea por la intervención violenta bajo capa de proceso canónico cuando se "descubra" su falta de "comunión" suficiente.

Lecciones en cabeza ajena

Por eso parece prudente que recordemos la fórmula de los que han sobrevivido, en particular con la plenitud de los recursos para preservarse hasta que Dios restituya el orden en su Iglesia, a saber: darse un obispo y resistir los cambios doctrinales y litúrgicos.

La carta de Mons. Livieres que reproducimos en anexo, si bien plantea la injusticia del caso y denuncia los procedimientos, asegura “obediencia” a las legítimas autoridades. Salvo que sea una amplia reserva mental, Mons. Livieres dice a sus ex fieles y sacerdotes que hagan lo que los canallas que los destituyeron les pidan que hagan.  Es decir, les recomienda el suicidio espiritual.

Los que han sobrevivido han resistido. Resistir significa no solo rechazar los errores doctrinales y defender la tradición litúrgica. Significa darse los medios para evitar el abuso del poder de disciplina que busca destruir lo católico y promover lo anticatólico, ahora también abiertamente maridado con lo inmoral. Ya no es solo sociología marxista y vaguedad sentimental (y braguetazos discretos): ahora es también, y pronto obligatorio, el adulterio y la homosexualidad como formas de vida evangélicas.

Mons. Livieres debe resistir

Mons. Livieres debe quedarse en Ciudad del Este, abrir otro seminario, ordenar sacerdotes y reclamar ante la Santa Sede que su caso se revise, lo cual será más bien simbólico en los tiempos que corren, pero también será simbólico de su voluntad de seguir fiel a la Iglesia en todos los aspectos en los que un bautizado y más un eclesiástico está obligado: obediencia a la Iglesia y a las autoridades legítimas, pero resistencia a quien mande contra la Fe y la moral. Incluyendo resistencia en lo disciplinario, aun cuando les sea ordenado algo aparentemene legítimo pero claramente destinado a la destrucción de la una obra católica para sustituirla por una fechoría modernistaAcato, pero no obedezco. Acepto la autoridad, pero la resisto porque quien la ejerce es un enemigo de la Iglesia (lo sepa o no). Y esto hasta que aclare y tengamos la certeza de que quien gobierna es fiel a la Iglesia.

Sin esto no quedará nada en pie. Hoy, más que nunca, dada la velocidad que se ha impreso al movimiento de destrucción.

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