El régimen chino, que acaba de prohibir a cuatro obispos asistir al Sínodo en Roma, continúa presionando contra toda creencia religiosa. De ahí que las propias organizaciones derechohumanistas lo denuncien, como relata este informe.
La China comunista endurece aún más la Ley de libertad religiosa contra los cristianos
Por Sara Martín
Vivir con libertad las propias creencias en China es, si cabe, aún más difícil que antes. La nueva Ley de Libertades Religiosas que entró en vigor el pasado mes de marzo dibuja un panorama desolador para todos aquellos que no comulguen con el régimen. Varias ONG pro derechos humanos han realizado desde que se aprobó un riguroso análisis de la nueva Ley, tal y como informa la agencia Zenit. Las conclusiones son desalentadoras: salvo reformas de poca importancia encaminadas a dar una «apariencia democrática» al régimen comunista de Pekín, nada ha cambiado.
Ley «reversible». Las ONG que han estudiado a fondo la nueva Ley de Libertades Religiosas en China son la norteamericana «Compass Direct», la noruega «F18» y la china «Derechos Humanos», además de la organización «Human Rights Watch». Todas ellas explican que la clave que guía esta nueva Ley se marca en el artículo tres: «Las organizaciones religiosas, los lugares de culto y los creyentes deben mantener la Constitución, las leyes y disposiciones que salvaguardan la unidad nacional, la armonía entre las minorías y la estabilidad social». Para ello, será el Estado el que «proteja las actividades religiosas "normales"». Pero, como no se define lo que entra dentro de «normal», las autoridades pueden tomar -y de hecho lo hacen- la justicia por su mano, lo que permite «un margen extraordinario para cerrar instituciones, imponer multas, despedir a personal y censurar textos», denuncia la organización «Human Rights Watch». Fue también esta organización la que pocos días después de aprobarse la Ley publicó una declaración en la que invitaba a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU a condenar a China durante su encuentro anual en Ginebra.
La Ley sigue exigiendo que toda organización religiosa se registre y que la publicación de material se supervise. Para todos aquellos que no lo hagan, la Justicia prevee fuertes multas y confiscación de propiedades. Además, se prohíben los contactos con el extranjero, lo que imposibilita cualquier peregrinación fuera del país. La ONG «F18» explica que las organizaciones religiosas deben funcionar «independientemente de fuerzas extranjeras», lo que sitúa en una incómoda posición a la Iglesia católica en China, que debería «cortar todos los lazos con el Vaticano».
Monseñor Julios Jia, que vive en Hebei (al norte de China), de sesenta y nueve años es, sin duda, el exponente más claro de la falta de libertad religiosa en el país. El diario londinense «Daily Telegraph» publicó hace unos días una entrevista en la que el prelado explicaba que había pasado veinte años de su vida en la cárcel durante las treinta veces que ha sido detenido. Aunque actualmente sufre arresto domiciliario, suele celebrar misa -por sorprendente que parezca- en el asiento trasero de su automóvil.
Preocupaciones eclesiales. La última prueba de la falta de libertad en China se vive durante estos días en el Sínodo de obispos. El lunes, monseñor Lin Chi-Nan recordó a los cuatro prelados chinos que el Gobierno de Pekín no ha autorizado a viajar al Vaticano. También subrayó que la Iglesia no se tiene que preocupar por el número de católicos en China, «ya que crece», sino de la falta de libertad religiosa en el país.
]]>![cdata[Tomado de La Razón]]>