Misa Nueva “bien rezada” vs. Misa Tradicional (III)

La inercia y el prejuicio, anclas del católico que no quiere dejar la "insoportable" Misa Nueva

 

Parece conveniente dejar para otra parte la cuestión no solo teológica sino también “vital”: ir a la misa nueva ¿significa convalidar las reformas y abusos que están ya en la matriz misma del Nuevo Rito? Y en el orden personal, ¿puede aprovechar el fiel una liturgia en la que está, más que en adoración y pidiendo perdón por sus pecados, vigilando que el sacerdote no diga o haga algo blasfemo o heterodoxo? ¿Se puede santificar la fiesta y a uno mismo en esta situación en forma permanente?

(Conclusión de la Segunda Parte de esta serie)

El enfoque vitalista o “fenomenológico”

Aún a riesgo de parecer cómplice de cierto “vitalismo” o concepción fenomenológica, creo importante tocar el tema desde punto de vista que sigue. Partiendo, además, de la siguiente premisa, que induzco de la experiencia de muchos años de familiaridad con este tema: la feligresía, inclusive la más conservadora, se ha contagiado el falso concepto de que la vida litúrgica del fiel tiene más que ver con una experiencia subjetiva grata que con un acto objetivo de alabanza y adoración a Dios.

La mayoría de los fieles no saben, o no dan importancia a los fines mayores de la Misa, que son la alabanza y gloria de Dios. Se ha desdibujado el fin propiciatorio también por falta de conciencia de nuestros pecados e indiferencia hacia las almas de los pecadores o las del purgatorio que requieren de nuestra oración, y se pone atención al fin impetratorio, es decir, al pedido de gracias, generalmente de tipo material antes que espirituales. [1] Tenemos una vida espiritual muy pobre.

Uno no va a misa para “sentirse bien” o “cuando lo siente”, respuestas tan comunes entre los católicos modernos. Uno va a misa para cumplir el precepto de la Iglesia que se funda en el Mandamiento primero de la Ley de Dios y se expresa en el tercero: “Santificar las fiestas”. [2] Dios ha establecido el Domingo como día de descanso dedicado al culto divino y particularmente a la santificación. Hay también otras muchas fiestas que se dicen “de precepto”. Estas últimas están bajo la disciplina eclesiástica, en tanto que el precepto dominical fue establecido por Jesucristo mismo el día de su Resurrección. De modo que, salvo impedimento grave, no asistir a misa en los días de precepto es pecado mortal. Y esto vale más allá de que cada uno “sienta” o no deseos de ir a misa o le incomode o hasta le disguste. Se me ocurre que en este punto no habrá mayores diferencias con el pensamiento de cualquier católico observante.

Sin duda, la Iglesia nos dispensa en casos de impedimentos graves. ¿Cuáles pueden ser los impedimentos graves? Los establece la ley canónica: de salud, distancia, obligaciones graves impostergables, etc. Ahora bien, la Iglesia dispensa en estos casos de asistir a misa, pero no de santificar la fiesta. Entonces, lo que se busca con el precepto es lo segundo, y se indica lo primero como el modo más perfecto de hacerlo.

Por lo cual, dirá un lector crítico, se cumple el precepto yendo a misa los domingos y fiestas de precepto, a cualquier misa, aunque la ceremonia esté plagada de abusos, y el sacerdote tenga pésima doctrina. Aunque no se cumplan las formalidades del rito… mientras sea válida.

Para no derivar en esta discusión, digamos solamente que puede haber misas válidas ofensivas a Dios, y misas inválidas que, por desconocimiento de nuestra parte, nos hacen cumplir el precepto. Un caso común de lo segundo es la alteración de las especies eucarísticas, o de las palabras consagratorias. Pero sigamos con el tema central:

¿Se cumple el mandamiento de santificar la fiesta en una ceremonia protestantizada? Este planteo resulta complejo: la cuestión novedosa del Novus Ordo o Misa Nueva en oposición a la Misa Tradicional no tiene aún una posición oficial del Magisterio. Lo más parecido que la Iglesia ha establecido previamente sería la legitimidad de asistir a un rito protestante a falta de ceremonia católica. A la Santa Cena o memoriales parecidos, que en algunos casos hasta consideran una cierta “presencia real” durante el acto pero niegan el sacramento mismo…

Por otra parte, los ortodoxos celebran válidamente, pero recurrir a estos sacramentos sólo puede ser legítimo en caso de necesidad extrema. Ciertamente, en la doctrina católica tradicional, asistir a un acto de culto protestante es “communicatio in sacris” con herejes. Y en el caso de los ortodoxos lo es con cismáticos, con la reserva antes mencionada, porque sus sacramentos son válidos. De modo que el católico actual se encuentra bajo un falso dilema: ir a una misa protestantizada o acudir a un rito cismático, o…

El falso dilema fue solucionado en 2007 por el papa Benedicto. Summorum Pontificum. Allí no descalifica a la Misa Nueva, pero da claridad a una confusión sembrada por el clero desde 1970: “la Misa Tradicional está prohibida”. Si lo pensamos un poco, es absurdo afirmar algo así. Pero ya quedó claro con la declaración de Benedicto.

El problema es comprender la Misa Nueva. Porque la queja en general suele ser sobre los abusos, no sobre el rito. Si el sacerdote es piadoso, no se objeta el rito. Si sus sermones son ortodoxos, se deja a salvo el rito. Y entre los motivos que hacen más aceptable a los fieles conservadores estas ceremonias están precisamente que se parece más a la Misa Tradicional. En la observancia del rito, en la música, en la doctrina… La Misa Nueva es mejor (dicen) en tanto más se parece a la Misa Tradicional. Y viceversa. ¿Nos dice algo esto? ¿Acaso nos interpela, como gusta decir el clero moderno, sobre la decadencia que ha sido la Misa Nueva? Decadencia que puede ser menor según la calidad del sacerdote, pero, precisamente, dependiendo de la calidad del sacerdote y no de la pureza del rito? Un rito que deteriora la fe del celebrante y de los fieles es como mínimo peligroso. Y quienes se afirman en recursos de la Misa Tradicional, lo acepten o no, están resistiendo la Misa Nueva. Un poco. ¿Han pensado en resistirla del todo?

Una Misa Tradicional puede ser rezada con poca devoción, el sermón ser intrascendente, etc. Mala cosa, por cierto. Pero si se respetó el rito, nada obsta a la pureza de la Fe de lo que rezamos. Una Misa Nueva puede ser rezada con gran devoción, la predicación ser excelente, pero las fórmulas siguen siendo ambiguas, las traducciones erróneas, se han omitido partes importantísimas. Y esto con la mejor voluntad del sacerdote. Que muchas veces para salir de esa trampa reza partes en latín. ¿Se ve como el ancla es la Misa Tradicional y la lengua propia, el latín y no simplemente la devoción y buena doctrina del sacerdote?

Sin contar con la extrema dificultad de encontrar sacerdotes piadosos de Misa Nueva. Muchos, entonces prefieren ir a sufrir el Novus Ordo. Como si fuera un acto de martirio heroico. Por el contrario, es un error muy grave que produce efectos nefastos en la Fe. Inclina a la tibieza, quita la paz, aparta de los sacramentos (confesión, comunión). Otras veces es el escrúpulo de incumplir el precepto. Pero en esto no suele considerarse la necesidad de cumplir el mandamiento. Es decir, santificar la fiesta. ¿Puede un católico que va a rabiar a la misa por los motivos que hemos detallado santificar la fiesta?

La respuesta más común a la pregunta que acabo de formular es: “La Misa Nueva es válida”. Supongamos que sí, siempre, lo cual es más que dudoso. Yo daría vuelta la objeción preguntando ¿la Misa Tradicional no es válida? Ciertamente. Pero no es lícita… (Aquí hay una biblioteca de respuestas que refutan la afirmación pero queda para otro momento). Repregunto entonces: ¿la misa nueva, mal celebrada, en las condiciones en que la mayoría de los católicos la tienen que sufrir hoy, ¿es lícita? Si aceptamos sin mayor reflexión que la misa tradicional no es lícita sólo porque fue defendida y rezada principalmente por un clero en situación canónicamente irregular, ¿no vale el mismo juicio para las misas celebradas por sacerdotes desviados en la doctrina o innovadores permanentes del rito? ¿Aunque no hayan sufrido sanciones canónicas?

Parece evidente que negarse a asistir a la Misa Tradicional bajo este tipo de escrúpulos es, por un lado, escapar a la discusión teológica y por otro caer en una contradicción.

Me objeta un imaginario interlocutor: “¿Entonces cómo hago para santificar la fiesta sin ir a la Misa Nueva?” Varias posibilidades.

- Asistir a la Misa Tradicional, la obvia.

- De no ser posible, santificar el día con actos piadosos como el rezo del Rosario y la lectura meditada de los textos de la misa tradicional.

- En todos los casos cumplir con lo que se debe al día de precepto respecto del trabajo servil, el comercio, etc. Pero sobre todo con el deseo ardiente de poder tener una misa accesible o asistir a ella cuando se pueda. Y poner ese deseo en actos concretos.

  • - ¡Pero no hay misa tradicional! Está muy lejos, tengo que viajar mucho, no tengo dinero… objeta nuevamente el interlocutor

En conciencia cada uno tiene que analizar, sincero consigo mismo, si no se puede hacer el esfuerzo de ir a una misa tradicional aunque sea cada tanto. Oigo argumentos como “yo me levanto más tarde”, el domingo es el único día en que puedo dormir más… etc. Se que no es lo mejor pero voy a la misa de la parroquia el domingo a las 21 hs. porque así aprovecho el Domingo… El sábado a la tarde me deja el “domingo libre”. ¿Libre de santificar la fiesta?

Honestamente, quien hace esto no tiene derecho a quejarse. Otros mueren mártires por ir a misa… Esto es tibieza, uno de los modos más efectivos de perder la Fe. Ocasionada en gran medida por la propia Misa Nueva.

Ya no se pueden argumentar problemas de conciencia porque estos han sido removidos por el M. P. Summorum Pontificum y las licencias otorgadas recientemente a la FSSPX, aunque en realidad Roma ya se había expresado en la materia en forma afirmativa mucho antes.

  • Los de la FSSPX (o cualquier otro instituto o sacerdote en cualquier caso) no me caen bien.

Perfecto, pero si no está la posibilidad de cambiar de Misa Tradicional, habrá que tragarse el disgusto para honrar a Dios. Otros mueren mártires y no preguntan si el cura les cae bien o la iglesia les queda cerca.

Alguien puede decir: “para ustedes es fácil porque tienen a su disposición varias misas tradicionales al día”.

La mayoría de los que conozco en esta situación han “ido a vivir” cerca de la misa tradicional. Ordenaron sus vidas y las de sus familias para tener al alcance la misa. A veces con no poco sacrificio. La Misa Tradicional, la Misa, es algo por lo que se debe “pagar” un precio, de un modo u otro, como se debe pagar un precio para mantener la Fe.

Pero, atención, que se puede entender perfectamente la inercia de los que tienen en mente la convicción pero demoran la decisión. No hay aquí ningún deseo de juzgar a nadie, pero sí de advertir. Es como si les dijera: “yo ya crucé el río y este lado es mucho mejor, además el río no es tan profundo ni peligroso como tu imaginación te lo hace creer”.

La otra excusa frecuente:

-“Una vez fui y no entendí nada”.

Interesante confesión. ¡Por cerca de 2000 años los fieles “entendieron” y nosotros no somos capaces de entender! ¿Hemos tratado de entender? ¿Nos hemos ocupado de informarnos y formarnos? El material didáctico abunda en publicaciones de todo tipo. También hay muchos fieles de Misa Tradicional que pueden ayudar. ¿Por qué no recurrir a ellos?

Por otra parte, ¿qué hay que entender? ¿Estará un católico de Misa Nueva tan alejado de lo que es la ceremonia que no distinga el rito penitencial, las lecturas y la consagración? ¡Que los textos están en latín! Hay misales, cuadernillos, etc. con las traducciones si es que el fiel quiere seguir puntualmente cada palabra del celebrante. La homilía, como siempre, se realiza en lengua vernácula. Finalmente, como ya se ha dicho en otro lado, lo que uno hace fundamentalmente al asistir a la misa es unirse al sacrificio con espíritu contrito, así no entendiera nada de nada de lo que ocurre allí, más allá de que se renueva el Sacrificio de la Cruz de modo incruento, eso basta. Claro que siempre se puede aprender. Hasta la intrincada ingeniería litúrgica de las fiestas y las lecturas de ciertos tiempos. Yo confieso que renuncié y le pregunto a mi esposa, que ha ido a la universidad.

Los obstáculos para asistir a la Misa Tradicional, así como las tentaciones, nunca pueden ser superiores a nuestras fuerzas. Muchas personas, en especial aquellos que tienen en la cabeza la polémica sobre el neomodernismo, la crisis, etc. pero no van a la Misa Tradicional (por hache o por be) se ponen a sí mismos barreras que no son reales, aunque sí cómodas para justificar su inacción.

Ciertamente tendrán que lidiar con parientes y amigos. Con presiones de algunos sacerdotes. Siempre se puede vencer esta hostilidad con mansedumbre, y si hemos encontrado el campo donde está escondido el tesoro, ¿no vamos a vender todo lo que tenemos para comprarlo?

Allí está el punto.

  • -Pero yo no sé con certeza si este es el campo donde está el tesoro.

¡Pues, hombre, vaya y excave un poco! Nadie se lo impide. O tal vez el temor de encontrarlo y que esto sacuda la falsa paz angustiosa en la que vive sea lo que ata a muchos católicos de Misa Nueva a la inercia resignada de quedarse donde están.

¿Es posible santificar la fiesta dominical saliendo de la iglesia lleno de ira o amargura? ¿Es posible escuchar la homilía anotando, como si fuera un espía, cada palabra del cura para ver si se atiene a la doctrina ortodoxa? ¿O huir cada vez que vienen a darnos el besuqueo de la paz? ¿O batallar cada vez que nos acercamos a la comunión porque el cura no nos permite arrodillarnos o nos impone recibirla en la mano, de modo que tengamos que discutir más esto que el tiempo que dedicamos a la acción de gracias? Realmente, ¿quieren seguir viviendo así?

Cuando regreso de la misa de los domingos, durante el almuerzo familiar, es común comentar la homilía. A veces me quejo de que ha sido muy larga. Otras de que no ha sido oportuna para el día. No recuerdo haberme quejado de que la doctrina fuese dudosa, o de que el cura me cuestionara al arrodillarme a comulgar (sí cuando no abría bien la boca). Cuando entra la procesión y veo que el celebrante es uno cuyo modo de predicar no me gusta, me digo, “bueno, que voy a hacer”. Y por otro lado, atento al sermón suelo encontrar provecho. El cura será aburrido, pero es católico. Si es de 40 minutos y tedioso me puedo llegar a dormir. Me ha pasado. Pero no me altera la paz. Sé que he estado en una ceremonia en la que se ha dado gloria a Dios, y se ha cumplido lo que Él mandó y le es grato. Y tal vez me acosté demasiado tarde el día anterior.

Este sentimiento de paz (no confundir con el vitalismo de “hacer lo que siento”) procede de hacer lo que Dios manda, de modo tal que uno llega a desearlo y vivirlo con alegría. Y se vive incluso cuando no se puede asistir a la Misa, si se le ha dedicado el tiempo debido a la santificación del día. Y para santificar el día, conviene ir a misa a la mañana. Para tener un día por delante que santificar y no algunas horas apenas.

Allí está el secreto, tan a la vista que muchos no lo alcanzan a ver.

[1] Ver la primera entrega de esta serie aquí

[2] Ver Catecismo Mayor de San Pío X, Tercera Parte.

Ver parte I

Ver parte II

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