Palabras de Confusión en Boca del Vocero de la Verdad

El 17 de octubre, Francisco dio un nuevo giro a la confusión general y volvió a la carga elípticamente contra el tradicionalismo

 

La "fe" convertida en Ideología, según Francisco, en sus alocuciones diarias que ni la misma Santa Sede se atreve a incluir en el listado de documentos magisteriales. Con buen criterio, por cierto. Esta vez el papa llega a una alambicada conclusión sobre los cristianos que -faltos de amor- convierten la Fe en ideología. Claro, es posible tener la Fe y no hacer las obras de la Fe. Con lo cual tal Fe sería "una Fe muerta". Pero es imposible la Caridad sin la Fe. Y la Caridad es fruto de la Fe. El objeto de la Caridad es Dios, y ningún celo mayor puede tener el cristiano que la gloria de Dios y el cumplimiento de sus mandatos. La integridad de la Fe y el respeto de sus mandatos. "El que me ama cumple mis mandamientos".  En el texto que reproducimos más abajo, Don Próspero Gueranger habla, en su comentario al domingo XXII de Pentecostés, sobre la carta de San Pablo a los Filipenses. Texto de asombrosa actualidad, a pesar de haber sido escrito a mediados del siglo XIX. Y de gran consuelo para los católicos de hoy, perseguidos por el mundo y por una jerarquía que parece haberse aliado con el mundo.

El Año Litúrgico, comentario al Domingo XXII de Pentecostés.

El Alma de San Pablo

San Pablo, en nombre de la Iglesia, de nuevo nos advierte que se acerca el fin. Pero a este último día, que en el Domingo pasado llamaba día malo, le llama hoy por dos veces, en el corto pasaje de la Epístola a los Filipenses que acabamos de oír, el día de Cristo Jesús. La carta a los Filipenses rebosa confianza y por ella se desborda la alegría: y con todo, nos señala la cruel persecución contra la Iglesia y al enemigo que se vale de la tempestad para excitar las malas pasiones aun dentro del rebaño de Cristo. El Apóstol está encadenado; la envidia y la traición de los falsos hermanos aumenta sus males. Pero la alegría domina en su corazón por encima de los padecimientos porque ha llegado ya a la plenitud del amor, en que el dolor da vida a la divina caridad. Para él Jesucristo es su vida y la muerte una ganancia; entre la muerte, que respondería al más íntimo deseo de su corazón entregándole a Cristo, y la vida que multiplica sus méritos y el fruto de sus obras, no sabe qué escoger. Y, en efecto, ¿qué pueden en él las consideraciones personales? Su actual alegría, su alegría futura, consiste en que Cristo sea conocido y glorificado, y poco le importa de qué manera. No se equivocará en su esperanza, ya que la vida y la muerte terminarán por glorificar a Cristo en su carne.

La Oración de San Pablo

Así se explica la indiferencia sublime en que está el alma de San Pablo, indiferencia que es la cumbre de la vida cristiana, y que no se parece nada, claro está, al nirvana fatal en el que pretendieron los falsos místicos del siglo XVII encerrar el amor. A pesar de la altura a que ha llegado en el camino de la perfección, ¡qué ternura prodiga a sus hermanos el convertido de Damasco! Dios es testigo, dice, de la ternura con que os amo a todos en las entrañas de Jesucristo. La  aspiración que llena y absorbe es que Dios, que ha comenzado en ellos la obra buena por excelencia, la obra de la perfección del cristiano que tiene su fin en el Apóstol, la continúe y la termine en todos para el día en que aparezca Cristo en su gloria. Ruega para que la caridad, esta veste nupcial de los benditos del Padre que él ha desposado con el único Esposo, los rodee de resplandor sin igual en el gran día de las bodas eternas.

El liberalismo

Ahora bien, el medio de que se desarrolle en ellos la caridad de un modo seguro, consiste en que crezca en la inteligencia y en la ciencia de la salvación, es decir, en la fe: la fe, en efecto, es la que pone la base de toda justicia sobrenatural. Una fe menguada, desde luego, sólo puede producir una caridad limitada. ¡Cuánto se engañan, por tanto, los hombres que no se cuidan de que la verdad revelada vaya a la par con el amor! Su cristianismo se reduce a creer lo menos posible, a proclamar lo inoportuno de nuevas definiciones, a reducir constante y científicamente el horizonte sobrenatural por miramientos con el error. La caridad, dicen, es la reina de las virtudes: ella les sugiere hasta el modo de manejar la mentirareconocer para el error iguales derechos que para la verdad, es para ellos la última palabra de la civilización cristiana, que se funda en el amor. Y pierden de vista que el primer objeto de la caridad es Dios, verdad sustancial, y olvidan también que no se hace acto de amor colocando a igual nivel el objeto amado y a su enemigo mortal.

Integridad de la fe

No lo entendían así los Apóstoles: para hacer germinar la caridad en el mundo, sembraban en él la verdad. Todo nuevo rayo de luz servía en el alma de sus discípulos para el amor;  y estos discípulos, al convertirse ellos también en luz en el santo bautismo, en nada ponían tanto empeño como en no hacer pacto con las tinieblas. Renegar de la verdad, en esos tiempos, era el crimen más grande; exponerse por descuido a menguar sus derechos en lo más mínimo, era una suma imprudencia.

El cristianismo había encontrado al error dueño del mundo; ante la noche que inmovilizaba en la muerte a la raza humana, el único procedimiento de salvación que conoció fue hacer brillar la luz; ni tuvo más política que la de proclamar el poder de la verdad sola para salvar al hombre y de afirmar sus derechos exclusivos a reinar en el mundo. Este fue el triunfo del Evangelio después de tres siglos de lucha encarnizada y violenta de parte de las tinieblas, que se creían soberanas y que como tales querían continuar; de lucha serena y radiante de parte de los cristianos, cuya sangre derramada hacía crecer el contento, consolidando en el mundo el reino simultáneo del amor y de la verdad.

Hoy, por la connivencia de los bautizados, el error vuelve a sus pretendidos derechos y la caridad de muchísimos, por lo mismo, ha disminuido; la noche se extiende otra vez sobre un mundo glacial y agonizante. La línea de conducta de los hijos de la luz sigue siendo la misma que en los días primeros. Sin inquietudes ni temores, contentos de sufrir por Jesucristo, como sus mayores y como los apóstoles, conservan como algo muy querido la palabra de vida.

Mi agradecimiento al P. JMR por su inestimable colaboración

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