¿Por qué el sacerdote debe ser santo?

¿Por qué el sacerdote debe ser santo?

Escribe Canis Domini

Hay muchas razones que obligan al sacerdote a ser santo. Vamos a meditarlas siguiendo la doctrina de la Iglesia, de la Sagrada Escritura, del Magisterio de la Iglesia.

Una primera razón que obliga al sacerdote a ser santo es el haber sido consagrado a Dios. Dios lo decía ya de los sacerdotes del Antiguo Testamento (Lev. 21, 7), por tanto, mucho más cierto es si se aplica a los sacerdotes del Nuevo Testamento. Ellos están consagrados a Dios por el sacramento del Orden, que es una semejanza participada del Sacerdocio de Nuestro Señor Jesucristo. El sacerdocio de Cristo consiste en la unión hipostática de su persona divina con la naturaleza humana… esta unión es como la unción que va a derramarse sobre el alma santa de Nuestro Señor, consagrándola exclusivamente a Dios. Ahora bien, ¿no es acaso verdad que no se puede concebir la unión hipostática sin la plenitud de gracia que la acompaña, y que es propia de Nuestro Señor Jesucristo? Del mismo modo, el carácter sacerdotal, ?que hace participar al sacerdote del Sacerdocio de Cristo? exige en él una santidad muy elevada. Por estar consagrados a Dios. Y si esta santidad viene a faltar, se produce una discrepancia, una distorsión muy amarga, que causa la tristeza del sacerdote.

Dice el Salmo 131: Que tus sacerdotes se revistan de justicia, y tus santos se regocijan. Ya se ve: hay una relación íntima entre revestirse un sacerdote de justicia y sentirse lleno de alegría, de la alegría que proviene de su justicia interior. Así, pues, que los sacerdotes se revistan, no sólo del sacerdocio, sino también de la santidad sacerdotal… y entonces hallarán la fuente de su perpetua alegría.

Todas las admoniciones del Pontifical Romano a los ordenandos expresan estas exigencias de santidad… y el Papa San Pío X las recuerda en su exhortación al clero Harent animo: por ejemplo a los futuros diáconos les dice el Pontifical: Sed ajenos a todas las concupiscencias que luchan contra el alma… al contrario, sed íntegros, limpios, puros, castos, como conviene a los ministros de Cristo y a los dispensadores de los misterios de Dios. Y también: con gran temor hay que ascender a esta dignidad, velar por que estos elegidos se encomienden a todos a fin de alcanzar una sabiduría celestial, una conducta sin reproche, y una observancia continua de la justicia.

Santo Tomás, hablando del estado sacerdotal, dice (IIa IIa, 184, 8): Por el orden sagrado el sacerdote es deputado a ministerios muy dignos, por los que sirve a Cristo en el sacramento del altar, y por esta razón se requiere de él mayor perfeccióninterionr de la que pide el estado religioso. La razón que da Santo Tomás es que el sacerdote es deputado al sacramento del altar. Se le exige por eso una santidad ya adquirida antes de la primera Misa. También dice (Suplemento, 35 1): Para ejercer de manera conveniente las funciones sacerdotales no basta una virtud cualquiera, sino que se requiere una virtud excelente, a fin de que quienes reciben las órdenes sean superiores a los demás, no sólo por la dignidad, sitio también por el mérito de su santidad. Si la dignidad es mayor, mayor debe ser también la santidad

San Pío X dice, en su exhortación Harent animo: La enseñanza de la Iglesia se resume en esto: entre el sacerdote y cualquier hombre de bien debe haber tanta diferencia como existe entre el cielo y la tierra. Por eso es menester tener cuidado no sólo porque la virtud del sacerdote esté exenta de todo reproche mínimo, sino aún de las faltas leves, como advirtió el Concilio de Trento… pues en ellos estas faltas leves serían graves.

Por eso se lamentaba el venerable Padre Libermann: ¡Es algo tan grande un sacerdote! La cualidad más grande de que fue revestido Jesús, nuestro divino Maestro, es su sacerdocio. Ahora bien, es algo realmente desolador ver tan pocos sacerdotes verdaderamente santos. No podemos ver sin penetrarnos de dolor una gran multitud de sacerdotes que se divierten todavía sobre la tierra… que piensan todavía en sus placeres, en sus satisfacciones, en sus entretenimientos.

La segunda razón de la exigencia de santidad en los sacerdotes, es que ellos son los consagradores de Dios en la Santa Misa. Purificaos, los que lleváis los vasos del Señor, decía ya el profeta Isaías (cap. 52). Y San Pío X explica, en su exhortación Harent animo, porqué el sacerdote debe ser santo: por ser el consagrador de Dios. En cuanto ministros suyos, al ofrecer el sacrificio que cada día se renueva para salvación del mundo, deben los sacerdotes ponerse en la misma disposición de alma que tuvo Cristo cuando se ofreció a su Padre en el ara de la cruz. Si antiguamente, cuando sólo había sombras y figuras, se exigía una santidad tan grande en los sacerdotes, ¿qué no se exigirá a los sacerdotes de la Nueva Ley cuando la víctima que ellos inmolan es el mismo Cristo?

El Pontifical de la ordenación sacerdotal dice, a modo de resumen de toda la espiritualidad sacerdotal: Reconoced lo que hacéis, ¡mitad lo que tratáis al celebrar la muerte de Nuestro Señor y así, procurad moritificar vuestros miembros, y sus vicios y concupiscencias.

Y la tercera razón de la necesidad de la santidad en los sacerdotes es que ellos deben ser el ejemplo de virtud para su pueblo. Esto es, no sólo deben enseñar con la palabra, sitio también con la vida. San Pío X insiste mucho en ello: Todo Pontífice [definición del Sacerdote según san Pablo en su epístola a los Hebreos] es constituido en provecho de los hombres en orden a las cosas que miran a Dios... Nuestro Señor expresó el mismo pensamiento cuando, al expresar lo que ha de ser el ministerio del sacerdote en relación a los hombres, lo compara a la sal. Por lo tanto, el sacerdote debe ser la luz y la sal de las almas. Nadie ignora que esto es así, sobre todo cuando enseña la verdad cristiana… pero ¿es posible ignorar que este ministerio no es nada si el sacerdote no avala con sus ejemplos lo que enseña con sus palabras? Los que lo escuchan podrán decir con falta de respeto, pero con verdad: confiesan a Dios con las palabras, pero lo niegan con los hechos… y rechazarían entonces la doctrina, sin dejarse ganar por ella. Por eso Jesucristo, el modelo de los sacerdotes, enseñó primero con el ejemplo y después con la palabra... Si el sacerdote descuida su propia santificación no podrá ser la sal de la tierra, porque lo que está corrompido o contaminado no puede servir de ninguna manera para conservar otras cosas. Donde la santidad falta es inevitable que entre la corrupción. Por esto Nuestro Señor, siguiendo la misma comparación, llama a tales sacerdotes sal insípida, que no sirve más que para que sea arrojada, y todavía peor, para que sea pisoteada por los hombres.

Las flaquezas que los fieles ven en sus sacerdotes les ayudan a legitimar las propias: televisión, música, alcohol, vulgaridad en las palabras... Al contrario, la vida santa del sacerdote es incentivo de la vida santa de los fieles. ¿Cómo pudo el Santo Cura de Ars convertir a su parroquia? Con su ejemplo, con su vida personal, con santidad sacerdotal. Y es que hay un axioma universal: A sacerdote santo, pueblo fervoroso. A sacerdote fervoroso, pueblo piadoso. A sacerdote piadoso, pueblo tibio. A sacerdote tibio, pueblo impío

Así, pues, el ejemplo del sacerdote es casi todo. Por eso el Pontifical, en la ordenación de los diáconos, los amonesta diciendo: Que vuestra doctrina espiritual sea la medicina del pueblo de Dios, y que el olor de vuestra vida santa sea el deleite de la Iglesia de Cristo, para que edifiquéis la familia de Dios con la predicación y con el ejemplo. Y San Pablo amonesta, primero a Timoteo (1 Tim. 4, 12), a que sea ejemplo de sus fieles, con la palabra, la vida ejemplar, la caridad, la fe y la castidad… y luego a Tito (2, 7-8), a que se muestre como modelo de buenas obras, con la doctrina, con la integridad, con la gravedad, con la palabra sana e irreprensible.

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