¡Qué malos cristianos somos los buenos cristianos!

Nuestra alma, sin embargo, está sumida en las sombras de la ignorancia y del pecado. Por lo cual no siempre, más bien casi nunca, vemos con completa claridad el modestísimo progreso en las virtudes que vamos realizando, si acaso realizamos alguno.

 

“Si tienes en cuentas nuestras iniquidades,

Señor, Señor, ¿quién podrá subsistir?”

(Ps. 130)

No que sea un descubrimiento, sino más bien una verdad que cada tanto se nos impone con una evidencia que aplasta. Nos consideramos buenos cristianos y con razón. Porque en un tiempo de persecución y apostasía estamos del lado de la Iglesia y tratamos de ser fieles a Cristo. En esto no podemos tener dudas, o en cualquier caso, basta con repasar el catecismo para examinarnos sobre lo que creemos y lo que defendemos, siempre siendo honestos con nosotros mismos.

Nuestra alma, sin embargo, está sumida en las sombras de la ignorancia y del pecado. Por lo cual no siempre, más bien casi nunca, vemos con completa claridad el modestísimo progreso en las virtudes que vamos realizando, si acaso realizamos alguno. Y a consecuencia, tampoco sabemos con certeza qué hay en lo profundo de nuestras intenciones. Algunos actos muy virtuosos en apariencia, suelen estar viciados de orgullo o presunción. “Si vosotros que sois malos…” dice Nuestro Señor. Por lo que nuestra petición más propia es la de misericordia. Debemos vivir en un permanente Kyrie eleison. Y más aún cuando asumimos públicamente, como es nuestro deber, la defensa de la Fe en tiempos en que ésta es perseguida. Defensa que debe estar limpia de intenciones propias y ser solo un acto de Caridad, para con Dios en primer lugar. Y para con el prójimo.

Este camino tan dificultoso no se transita sin el auxilio sobrenatural. Los medios, tan simples, no siempre están al alcance de todos por este caos general que reina en la Iglesia. “Si los tiempos no se abreviaran…”, nos consuela la Sagrada Escritura, “hasta los justos perecerían”. Cuanto más nosotros que no somos justos, es decir, santos.

Y en este mundo del hoy llamado “catolicismo tradicional”, que es el esfuerzo de los católicos menos confundidos, y de algunos muy esclarecidos, pero pocos, por mantener la Fe, se nota mucho que la virtud no reina, aunque podemos animarnos al ver que algunos sobresalen por ella. Porque Dios no abandona a la Iglesia, sino que la prueba por causa de los pecados de sus hijos. Es, pues, la conciencia de que somos pecadores y que el número de los justos no alcanza todavía para redimir a la Iglesia de sus plagas, lo que debe sostenernos y guiarnos.

Es fácil ver los pecados ajenos, los de los “modernistas”. Es difícil ver los propios, a veces hasta el punto de permitirnos hablar con absoluta falta de competencia de temas que son de gran complejidad, descalificar a los otros con juicios lapidarios e insultantes, y tomar esto a modo de “deporte”, como si fuese una competencia dialéctica, con menos aprecio a la verdad que a nuestra opinión.

Dios no bendice este modo de “defender la Fe”. Y por cierto que también nos aleja de la misericordia que debemos implorar por nuestros pecados, porque vamos endureciendo el corazón bajo capa de campeones de la Fe, juzgamos lo que no debemos y no nos juzgamos donde sí debemos, ni nos acusamos tantas veces, como es debido, ante el tribunal de la confesión sacramental.

Nos llega entonces, de la mano, la desesperación, hermana de la presunción. Sin embargo, cada tanto, todos nosotros tenemos la oportunidad de escuchar la voz clara de Dios que nos llama. Que nos espera, a condición de que hagamos silencio y demos un paso hacia él. Con el salmista, nos sentimos llamados a pedir que no se nos juzgue con la Justicia sino que se nos mire con el rostro de la Misericordia. Ahora y el la hora de nuestra muerte.

Una anécdota pertinente a esta reflexión:

Anoche mismo, mal de salud, el sueño se me hacía más esquivo que habitualmente. Y para entretener un rato mi insomnio retomé la lectura de uno de los libros clásicos sobre la reconquista de Granada. Todo ese tiempo de los Reyes Católicos es un verdadero manual de lo que Dios puede hacer con una nación en ruinas dándole la gracia de unos santos que de algún modo, dicho esto con licencia, esas naciones “merecieron” por sus oraciones y súplicas.

En particular me entretuve con dos episodios militares de final opuesto: en uno de ellos, un magnífico ejército cristiano se dispone realizar lo que supone un paseo militar para conquistar Málaga, el cual termina en una tragedia espantosa. Unos cientos de campesinos moros destruyen a la flor de la caballería española, entre los que iban los caballeros de Santiago con su Gran Maestre a la cabeza. Sin que prácticamente pudieran desenvainar sus espadas, porque los acribillan y despeñan a fuerza de dardos y piedras en los desfiladeros por donde tuvieron la malhadada idea de cruzar para tomar por sorpresa a sus enemigos.

La otra batalla no fue ofensiva sino defensiva. Pero esta vez fue el propio rey de Granada, Bobadil, quien se lanzó a una conquista fácil, sabiendo que los cristianos estaban abatidos por la desgraciada derrota anterior, con poquísimos recursos de armas y hombres.

Primero, los cristianos fueron en busca de gloria y botín, en el marco de una cruzada santa, pero sin intenciones santas. Los moros, por razones de disidencias internas, decidieron dar un golpe mortal en la frontera para consolidar el liderazgo de Boabdil, cuya posición se había debilitado a causa de la victoria de su padre, en el episodio anterior. Ambos se enfrentaban en guerra civil por el trono de Granada. Pero sus tropas se reunían para atacar a los cristianos en conjunto.

En una complejísima maniobra, el Conde de Cabra logró aniquilar con un ejército improvisado a la flor y nata de la caballería y nobleza moras de Granada, matando a un jefe militar idolatrado por el pueblo infiel, Aliatar, con fama de invulnerable (peleaba con casi 100 años de edad a la cabeza de sus tropas), y capturar al propio Boabdil el Chico, que quedó prisionero de los cristianos.

Esta vez no hubo deseo de lucro sino espíritu de lucha por amor a la Patria, a la Fe y sí tal vez cierta intrepidez que por providencial circunstancia (los detalles son increíbles) engañaron a los moros sobre la cantidad de sus oponentes, poniéndolos en fuga cuando resistirlos hubiese sido una tarea sencilla para los infieles, por la disparidad de fuerzas.

En una aventura militar, todo mal. En un acto de virtud patriótica, todo bien. En el primer caso, todo a favor, en el segundo todo en contra. Paradojas divinas. Es el Dios de los ejércitos, pero no actúa con la prudencia de los generales, a la vez que los generales solo actúan con prudencia cuando invocan y confían en el Dios de los Ejércitos.

Esta lectura, pues me hizo nuevamente reflexionar. Dios no cuenta a sus adversarios ni se confía en el número de sus fieles. El maneja la historia, con estas circunstancias humanas como instrumentos. Los cristianos derrotados en el primer episodio reconocieron, en la voz de los pocos jefes que lograron sobrevivir, que habían sido derrotados por causa de sus pecados, como castigo de su soberbia y ambición. De su confianza en sí mismos. Además de que el clero se los hizo notar con objetivos reproches en su momento.

Los cristianos de los tiempos modernos venimos perdiendo la guerra por la reconquista de la Cristiandad. A lo largo de varios siglos, con batallas ocasionales exitosas que demoran por un tiempo los males mayores. En general estas victorias han sido la obra de los santos: San Francisco de Sales devolvió a la Fe a una fracción importante de personas seducidas por el protestantismo; San Luis María Grignion de Montfort sembró la heroica resistencia de la Vandee, que fue masacrada; San Pío X detuvo el avance formidable del modernismo; los santos niños Jacinta y Francisco Marto dieron un ejemplo formidable de piedad y espíritu de sacrificio para devolver a la sociedad portuguesa la devoción. Lucía, su prima y vocera de la Virgen, nos advirtió de los horrores profetizados y sin duda por su intervención Portugal se salvó de una guerra espantosa y España derrotó milagrosamente al Comunismo internacional, escapando luego a las amenazas de la Segunda Guerra Mundial. Los santos de la guerra cristera fueron el alma de la resistencia a la persecución despiadada de la Masonería. Y muchas más. Batallas peleadas por Dios, en ambos sentido de la expresión. No siempre con victorias humanas, pero siempre con victorias espirituales.

Y así como Portugal por medio de sus obispos se consagró al Corazón Inmaculado y rezó el Santo Rosario masivamente con renovado fervor tuvo que pagar el precio menor, el clero de España, de corazón más altivo, reaccionó con cierta tibieza a los pedidos de la Virgen, aunque luego comenzó la penitencia. Pero ya era tarde, había golpeado dos veces la vara sobre la roca, y Dios no admite esas dudas sin hacérnoslas pagar con dolor, para fortalecer nuestra Fe y nuestras virtudes.

Así pues, es fácil comprobar que los buenos cristianos somos malos cristianos. Ya sea que nos lo demuestre Dios con victorias sacrificadas, como con derrotas terribles. Y solo unos pocos, que se saben nada ante Dios, brillan por sus virtudes. Mientras que nosotros, la chusma, seguimos, en el mejor de los casos, esos ejemplos luminosos.

Desengañémosnos sobre nosotros mismos. El primer acto para restaurar la Iglesia y la Cristiandad es golpearnos el pecho. Rogar a Dios que no abandone a su pueblo, a pesar de sus culpas. Pedir misericordia y practicarla. Ponernos en el último lugar de la mesa y desde allí cumplir cabalmente nuestros deberes de estado, rezar devotamente a la Santísima Virgen, y hablar cuando nuestra palabra pueda ser de provecho. Y la gracia de saber cuándo es de provecho. Así haremos historia. A algunos se los invitará a la cabecera, tendrán sus responsabilidades y sus cargas públicas. A otros no, pero sostendrán a los de arriba con el prolijo cumplimiento del deber familiar o religioso.

Dios hará lo demás.

 

Josquin Desprez - De profundis clamavi

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Adelante la Fe

¿No fue durante ese pontificado que notorios y confesos homosexuales a quienes Montini conocía personalmente fueron elevados al episcopado, circunstancia que llevaría a incluso un circunspecto neocón poco sospechoso de cualquier integrismo como George Weigel a reconocer el desgobierno y absoluta incuria a la hora de nombrar a obispos ineptos moralmente durante ese pontificado?

Marcelo González

Uno tiene la impresión, al leer la declaración final y habiendo repasado las entrevistas y los resúmenes de las conferencias, que estos clérigos quieren dar un paso adelante con el pie derecho en la restauración de la Iglesia. Pero a la vez se pisan el zapato con el pie izquierdo.

Editor y Responsable

Hoy 7 de abril ha tenido lugar en Roma la muy esperada conferencia “Iglesia Católica, ¿adónde vas?”. La conferencia fue inspirada por el cardenal Carlo Caffarra (uno de los cuatro cardenales de las dubia), que falleció el pasado septiembre. Al final de la conferencia se publicó una Declaración Final en el nombre de los participantes, religiosos y seglares.

Editor y Responsable

Margarita Barrientos, nacida en Añatuya, Santiago del Estero, la diócesis más pobre del país, expresa estas sorprendentes impresiones. Su educación, en el interior profundo de la Argentina, la muestra heredera de la Fe tradicional y asoma en su modo de expresarse. Pero también es importante recordar quienes fueron los obispos de su ciudad, cabeza del obispado, durante su vida.

 

Juan Lagalaye

La primera Misa en el actual territorio argentino fue celebrada en el Domingo de Ramos del 1520, circunstancia litúrgica que entonces asignaba de manera peculiar el reconocimiento de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo.

Editor y Responsable
- Vamos a manifestarnos por los que no tienen voz.- A elevar nuestra súplica y nuestros cantos por los que no pueden hacerlo aún.- No vamos a pedir un debate, ni a simplemente hacer número para que se tenga en cuenta.- Vamos como católicos, apostólicos y romanos, a plantar bandera y rezar a Dios Nuestro Señor para que ilumine o a nuestros gobernantes.
 
 
Marcelo González

¿De qué sirve invitar a un acto con un propósito tan difuso que cada uno interpretará a su modo, si quienes tienen la autoridad moral para darle la orientación correcta no están presentes y a la cabeza?