Retrato del Card. Newman, (parte I)

Nuestro amigo Sebastián Randle, autor de la interesante y erudita biografía del P. Castellani, nos acerca su tráducción (libérrima, según confiesa) de la introducción a la ?Vida del Card. Newman?, de Wilfrid Ward, padre de Maisie, quien fue, a su vez la primera y probablemente mejor biógrafa de Chesterton. Toda gente vinculada a la época de oro del catolicismo inglés, hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX. Un movimiento que dió figuras cumbreras de la literatura y el pensamiento, un verdadero renacimiento de la Antigua Fe, que volvía con gloria por sus fueros, hasta que fue segada impadosamente por el inmediato pre y el largo y agónico postconcilio que aún padecemos.

por Wilfrid Ward

(Traducción libérrima de la Introducción a su
"Vida del Cardenal Newman", Londres, 1912 de Sebastián Randle).

Para tomar plena conciencia de su interés e importancia, la historia de Newman debe ser considerada como un todo, y eso, desde sus comienzos. En todo tiempo debemos tener delante nuestro al niño cuya imaginación corría bajo influencias desconocidas y talismanes mágicos, aquel chico que creía que la vida tal vez era un sueño y el mundo material irreal… pero también debemos recordar al joven que a los dieciséis años tenía profunda conciencia de un proceso de conversión interior y que se creía «elegido para la Gloria Eterna » y que desde entonces siempre halló solaz en la idea de sí mismo y de su Creador como los únicos dos seres de existencia evidente. De nuevo, debemos tener delante nuestro al joven que después de su brillante aprendizaje en Oxford ?cuando durante algunos pocos años fue conocido como «el Platón de Oxford » y el amigo de Blanco White y de Whateley? y recordarlo con algunas tendencias hacia un cierto intelectualismo, para verlo nuevamente, a partir de 1828, padeciendo una profunda reacción religiosa que fue creciendo hasta convertirse, y esto con la convicción de que tenía una misión específica en esta vida.

¿Y cuál era esta misión? Era la de una guerra sin cuartel contra el «Liberalismo » en el orden intelectual que estaba destruyendo a la Iglesia y al Estado, aquellas antiguas instituciones, y que no cejaría en su empeño hasta destruir la religión. En Inglaterra este liberalismo exhibía una faz comparativamente moderada y sus tendencias se encontraban considerablemente disfrazadas, pero ahora somos testigos de su poder disolvente en la Europa continental. Newman previó esto en 1828. Advirtió síntomas frescos del movimiento anticristiano en la revolución en Francia de 1830, e incluso en una oportunidad se negó a mirar siquiera la enseña tricolor que flameaba sobre el mástil de un buque francés.

No era propio de su estilo inducir al pánico o recaer en advertencias alarmistas acerca de la infidelidad que todo lo inundaba. Pero sabemos por una de sus cartas escritas cuando anciano que desde joven esa era la imagen que lo obsesionaba. En esa carta nos anoticiamos de que durante cincuenta años anticipó el crecimiento de aquellas aguas hasta que «sólo las cumbres de las montañas serán avistadas como islas solitarias en medio de la desolación ». Salvar a sus compatriotas de este peligro o mostrarles el arca de la salvación se le aparecía como una misión especialmente apropiada para alguien tan agudamente consciente de la verosimilitud del escepticismo moderno sin que esto interfiriera con su profunda convicción de que la ciencia moderna y su investigación eran compatibles con el cristianismo, y que sólo en el cristianismo podía hallarse el sentido de la vida y la felicidad de la humanidad. El trabajo se haría no con denuncias alarmistas acerca de la marea de infidelidad que inundaba al mundo, no asustando a las almas sencillas destinadas a ser soldados de la verdad, sino renovando a la Iglesia de Inglaterra como casa de la religión dogmática, dotando de profundidad intelectual a su teología tradicional y a su espiritualidad, fortaleciendo y renovando los vínculos prácticamente rotos que unían a la Iglesia de Inglaterra con la Iglesia Católica de las grandes edades la Iglesia de Agustín y de Atanasio. Y éste fue el objeto del Movimiento de Oxford de 1833.

En cinco cortos años el sueño de su misión se convirtió en realidad: había sido aceptado por Oxford y aun más allá y él mismo estaba azorado ante los resultados de su prédica. Sus seguidores se congregaban bajo su estandarte y uno que sólo deseaba trabajar por una causa se halló contra su voluntad como líder de un gran movimiento.

En 1838 su reinado en Oxford se extendía mucho más allá de los miembros de un partido su influencia fue tan extraordinaria que la tradición que refiere este portento es hoy sólo a medias comprendido y nunca enteramente creído. Es que esta gesta le atribuye a un solo hombre logros de proporciones hiperbólicas e improbables: y sin embargo, por improbable que parezca fue lo que efectivamente ocurrió. Más allá de lo que uno piense acerca del Movimiento de Oxford, uno no puede considerarlo sin reconocer que quién lo regía en sus sermones de Saint Mary, en los Tractos era un pensador cristiano de genio y agudeza únicos. Permitid a este escritor agregar a los testimonios de aquellos que hablan en el texto de este trabajo, las palabras de un testigo más yo mismo que no podía sino reconocer que estaba en presencia de hechos asombrosos: « ¿Acaso existió en toda la historia algo parecido al poder de Newman sobre Oxford? » eran palabras que me resultaban familiares desde mi infancia. Y la influencia de Newman llegaba a toda Inglaterra por virtud del crecimiento continuo del Movimiento.

Que Newman a la Iglesia le dé forma

y que Gladstone al Estado, su norma.

Así era el futuro de Inglaterra tal como lo soñaban los jóvenes de Oxford.

Semejante hazaña de victoria y liderazgo a edad tan temprana y las esperanzas que despertó proyectó luces y sombras decisivas sobre los años posteriores de la vida de Newman. Desarrollar el gran Movimiento en la Iglesia de Inglaterra reafirmando sus elementos católicos fue una tarea enhebrada por su apego a las tradiciones de Oxford, su afición por la liturgia anglicana y su señalada simpatía por los teólogos ingleses del s. XVII: su tarea se hallaba inspirada por estos, sus amores dominantes. Y sin embargo en pocos años tuvo que dejar de lado esta armadura que le resultaba tan connatural cuan resplandeciente. El mismo llegó a sostener que la propia Iglesia de Inglaterra había sido infiel a esa mismísima tradición católica que él había estado tratando de rescatar, intentando reconstruir con ella una suerte de arca para sobrevivir a la inundación del Liberalismo y el Racionalismo. En esto tenía presente a los Padres de la Iglesia que estimularon permanentemente su imaginación y brillaron para él como estrellas en el firmamento, bien que los sentía algo distantes, lejos de Oxford e Inglaterra. Para Newman fueron como una visión y eran su guía, pero sus escritos no poseían ese calor especial que tenían para él las verdades que había aprendido en su casa cuando niño y adolescente. Y de esa casa sería arrancado para siempre.

Todos hemos leído en su «Apología » como sufrió con eso, el desgarro y la agonía de muerte que supuso para él. La misión, cuya realidad se le hacía cada vez más patente, debía ser continuada, no ya con los amigos de su juventud, sino en un país extranjero. Allí fue, llevándose consigo como un vínculo entre su vida de antaño y la nueva a quien desde entonces sería su amigo inseparable, Ambrose St. John, al que la gente en Roma, en 1847, llamaba su «ángel guardián ». Somos testigos de su dolor de corazón cuando deja Littlemore y besa las hojas de los árboles de Oxford. Su tristeza es intensa… pero los caminos de Dios son maravillosos. Y en todo tiempo lo acompaña Su Presencia. La mano de Dios se había manifestado en el Movimiento y su autor había sido admirablemente llevado más allá. El hallazgo en 1839 de aquella inscripción sobre una pared, «Finalmente se verá que Roma tenía razón », fue seguido de otros auspicios que apuntaban en la misma dirección. Durante muchos años Roma había sido el objeto de sus más feroces invectivas. Y sin embargo Dios ahora lo incitaba a viajar en el camino que a ella conducía. Así fue que el viaje de 1845 fue desolado, y a pesar de todo fabuloso, porque cada paso que dio lo hizo en la convicción de que se dejaba guiar por Dios, de que se conformaba a Su Voluntad. Sus tribulaciones y tal vez su fracaso personal parecían los requisitos y las condiciones de éxito para su misión. Los modos y costumbres de este país extraño no fueron fáciles de aprender. Las tareas que le fueron asignadas lo probaron en extremo. Pero lo vemos comenzando esta vida nueva con una sensación de haber llegado a la tierra prometida. La «visión bendita de la paz » se le aparecía al reconocer en la Iglesia Romana a la misma Iglesia de Atanasio y esa visión alumbraba su camino. Así como había sido llevado a realizar una gran tarea en Oxford prácticamente sin esfuerzo personal de su parte, así, no lo dudaba, sería nuevamente.

Y los años desde 1845 a 1852 nada trajeron que obnubilaran sus ilusiones. Creía que la Iglesia Católica, tanto ahora como cuando joven, estaba llamada a triunfar por los sufrimientos de sus apóstoles… y consideraba a los insultos de los vándalos anti-Papistas en 1850 y luego su enjuiciamiento por su pretendida calumnia contra el Dr. Achilli en 1852 como otras tantas penas en aras de la buena causa. Hubo, sí, mucha fatiga, mucha pena, mucha angustia… y sin embargo en todo eso veía la mano de Dios. Luego vino un tiempo de prueba, tiempo que se prolongó, en el que parecía que la mano de Dios había sido retirada, tiempos en que no sólo su vida se veía cruzada de toda suerte de turbulencias y disgustos, sino que parecía que sus largos años de trabajos no fructificaban y aun, que carecían de sentido.

Se le pidió que encabezara el proyecto de fundar una universidad católica en Irlanda. ¿Sería esto, se preguntaba, la gran obra a la que estaba destinado? ¿Sería éste el campo de batalla para su misión en su nueva casa? Algunos auspicios así parecían indicarlo. El enorme éxito de la Universidad de Lovaina en la Bélgica católica originalmente un emprendimiento privado y no reconocido por el Estado era ya por entonces un hecho. Y una universidad para las razas de habla inglesa en una tierra donde la población católica excedía a la de Bélgica no parecía, a primera vista, una concepción utópica. El Santo Padre había aprobado especialmente el plan para Irlanda. Se lo puso en marcha en el contexto de una deliberada política de la Santa Sede para establecer centros católicos de enseñanza superior, a la par que se desaprobaban los institutos estatales de educación «mixtos ». Por lo demás el plan casaba perfectamente con su vocación para empeñarse en lo que él consideraba más y más como su incumbencia específica: la formación de mentes cristianas educadas y capacitadas para enfrentar la creciente marea del pensamiento infiel. Esta sería la renovación de su trabajo en Oxford, sólo que esta vez contaría con el respaldo de la Iglesia Universal y el aliento de la Roca de Pedro. Por otra parte la tarea era inmensamente ardua y con su habitual perspicacia fue notando que muchos auspicios eran adversos al proyecto de entre los cuales los más notables eran la general indiferencia que halló en Irlanda, síntomas de que no contaría con el apoyo de los católicos ingleses tal como originalmente lo había creído sino que se convertiría en una Universidad puramente irlandesa que además sería desaprobada por impracticable por los propios irlandeses. Inevitablemente siguió un tiempo de duda... Y luego invocó la fe contra lo que veía, y por fin lo que veía se impuso con una victoria trágica. Al principio se reprochaba su falta de confianza. Pedro había hablado y si hiciera falta podía realizar un milagro. La historia le indicaba llegó a decirlo con palabras incendiarias que seguir a Roma era equivalente a prosperar. Pero los fríos, poco prometedores, desalentadores hechos, gradualmente fueron enfriando sus arrestos a fuerza de fría gravedad. Había llegado a una edad en la que como entonces solía repetir la naturaleza ya no suministraba la necesaria energía y entusiasmo para el emprendimiento de tareas difíciles. No contaba con experiencia específica para semejante iniciativa puesto que en Oxford había trabajado en un contexto de tradiciones heredadas e instituciones preestablecidas en medio de las cuales sólo había tenido que contribuir con sus sermones y conferencias. Ahora trabajaba con una raza que le era ajena. El Primado de Irlanda aparentemente suspicaz respecto de sus planes más bien le obstaculizaba la tarea en lugar de ayudarlo. Otros Obispos permanecieron como fieles amigos… pero las circunstancias del país hacían que el proyecto resultara inviable. Hizo un esfuerzo sostenido que supuso para él una tensión excesiva. Se mantuvo firme en la presunción de que intentaba trabajos homologados por tanta autoridad que no podían sino ser reflejo de la obediencia a un llamado de Dios, y se repetía que con tal de que mantuviera firme su fe, a la larga el proyecto prosperaría.

Claro que con su característica conciencia de las cosas, veía impotente como los mejores años de vigor y energía pasaban para siempre. Comenzó a caer en la cuenta de un fracaso absoluto que al principio no había querido admitir. Continúa escribiendo a sus amigos cartas satisfechas y optimistas hasta que de repente se quiebra. Compara a los fundadores de la Universidad a Frankestein. Estaban «asustados de su propio monstruo ». Renuncia. Pero el esfuerzo de tantos años había sido demasiado. Nunca recuperó el entusiasmo de entonces. Se encuentra viejo. Le escribe a W. G. Ward que sólo anticipa una parálisis o alguna otra discapacidad para finiquitar su vida. No hay en él sombra de deslealtad para con Roma. Pero en esto, como en tantas otras cosas, el entusiasmo lo abandonó para siempre. La idea de que podía suceder casi un milagro con sólo él seguir las indicaciones de Pedro ahora se le aparecía como una ilusión y no una visión. Las autoridades en Roma no se habían dado cuenta de las circunstancias reinantes en Irlanda. Se habían apoyado en informaciones locales que se habían revelado como poco confiables. Se trataba de algo sencillo de entender y nada sorprendente. Ciertamente que todo esto no comprometía su fe. Pero significaba que los años habían pasado no para demostrar que tenía razón con su visión profética frente a las críticas más despiadadas, sino para comprobar experimentalmente que, después de todo, sus críticos habían estado en lo cierto y sus trabajos habían sido en vano. Por tanto, no estaba destinado a ayudar la causa cristiana y católica con la fundación de una gran universidad. Sólo le quedaba aspirar a agregar alguna cosa a sus escritos a favor de la religión durante los pocos años que le quedaban por delante. Este pensamiento no era más que una llamita de aquella antorcha de antaño. Ya no tenía ánimo para hablar de una gran misión. Pero incluso esta concepción de la voluntad de Dios para él recibió pocas confirmaciones exteriores.

Es cierto que los obispos ingleses le pidieron ahora que editara una traducción vernácula de la Escrituras y planificó y comenzó a modo de introducción un ensayo sobre la filosofía de la Historia Sagrada un antídoto al tratamiento naturalista de la Escritura tales como la «Histoire d?Israel » de Renán. Pero hubo de abandonar el proyecto aparentemente merced a la apatía del Cardenal Wiseman. Luego intentó guiar el pensamiento de los intelectuales católicos que, conducidos por Lord Acton, publicaban la revista «The Rambler », pero aquí también se topó con una poderosa oposición. Se convirtió en Director de la revista pero se le pidió la renuncia después de sacar el primer número y fue denunciado a Roma como hereje después del segundo. Esto fue en 1859.

El año 1860 vio el desarrollo de aquel movimiento de católicos celosos pero intolerantes que aparecieron como defensores de la Santa Sede en momentos en que la Invasión de los Estados Papales tornaba difícil una concepción equilibrada sobre la cuestión del poder temporal del Papa, tiempos en que la ecuanimidad era susceptible de ser denunciada como manifestación de liberalismo católico: tiempos en que, en Francia, Dupanloup, Montalembert y Lacordaire fueron denunciados por Luis Veuillot y sus amigos como católicos insensatos y tiempos en que, para usar las propias palabras de Newman «un hombre que no era extravagante era tomado por traidor ». Y el propio Newman se halló sospechado de tal y puesto «bajo una nube ». Y sin embargo no había escrito nada que no estuviera trenzado de su ferviente súplica a Dios por conocer Su Voluntad.

¿Dónde estaba ahora su misión? ¿En qué había quedado su trabajo por la gran causa? Se sometió en silencio y resignación. Mas ahora su vida interior encontró, como siempre, «paz perfecta y contento » en la Religión Católica.

En lo que respecta a todo lo demás, eran tiempos de oscuridad y depresión… y se le pegó algo de la especial amargura propia del rey destronado y del profeta desoído. Se veía a sí mismo como un viejo. Su salud era mala, y se preparaba para una buena muerte. Ya sus libros se habían dejado de vender y ahora dejó de escribir. Las nuevas generaciones ni siquiera conocían su nombre. Si hubiese muerto ni bien cumplidos los sesenta y tres años de edad una edad no tan distante de los días asignados al hombre sobre la tierra su carrera habría pasado a la historia como la del más triste de los fracasados. Los historiadores habrían contrastado su eminencia sin paralelo de 1837 con su total insignificancia en 1863. Su biografía no sería considerada sino como una tragedia.

Luego, en 1864, Charles Kingsley lanzó su memorable ataque. En él, Newman vio la posibilidad de reivindicar su carrera ante el público inglés, de defenderse de la acusación de insinceridad y de elogiar la causa católica en los términos que él creía necesarios para su tiempo. Las brillantes salidas en forma de panfleto al principio, mediante los cuales cautivó la atención universal y los medulares capítulos de su «Apología pro Vita Sua » luego, conquistaron el corazón de Inglaterra. Hombres de mediana edad que se habían separado de él durante largos años pero que lo habían conocido en Oxford, ahora aparecieron ante el público británico para decirle al mundo todo lo que Newman había significado para ellos. Un artículo a siete columnas en el «Times » dedicado a su reaparición en público con ocasión de la presentación de la «Apología » fue un testimonio decisivo a su favor.

A partir de entonces John Henry Newman volvió a ser una gran figura a los ojos de sus compatriotas. Los católicos ingleses le estaban agradecidos y se mostraban orgullosos de tener por campeón a uno que todo el país reconocía como un gran escritor y un genio del espíritu. En la Iglesia Católica contaba con una multitud de seguidores que lo seguía con devoción, que pendía de sus palabras tal y como le había sucedido con sus discípulos de Oxford treinta años antes. La oposición en ciertos influyentes cuarteles continuó. Pero sus admiradores entre los Obispos se mantuvieron firmes en su defensa y la batalla se equilibró considerablemente si se la compara con lo sucedido en años anteriores.

Con todo, esta reacción a su favor que le inspiró grandes esperanzas para el futuro, no alcanzaba a fundar enteramente esas esperanzas. Continuó concentrando sus esfuerzos en las necesidades intelectuales de la Iglesia, la urgente necesidad de mentes reflexivas y vigorosas cuya Fe sería probada en los años venideros. El proyecto de establecer una universidad católica había fracasado. La única opción de educación superior para los católicos ingleses estaba en Oxford y Cambridge. En 1864, y de nuevo en 1866, diseñó un plan para instalar un Oratorio en Oxford con la esperanza de tener alguna influencia en la vida intelectual del lugar tan contaminada como estaba entonces con el pensamiento de John Stuart Mill y constituirse allí como guía espiritual e intelectual de los jóvenes estudiantes católicos. Pero Manning y W. G. Ward seguían la política oficial de Roma para el resto de Europa, una lisa y llana desaprobación de cualquier proyecto que incluyera la posibilidad de educación «mixta ». El plan de Newman no casaba con sus puntos de vista. Ya por entonces, la influencia de Manning sobre el todopoderoso Wiseman se hacía notar, y al año siguiente lo ungieron Arzobispo. Así, naturalmente, Roma lo respaldó sin dudar y el proyecto de Newman se fue al tacho. Esta fue su última esperanza de realizar trabajos activos como católico. El lector hallará en este libro los detalles de esta dramática historia conformada por los auspiciosos alientos que había recibido al principio, de los iniciales sueños felices que llegó a concebir y finalmente de su estrepitoso fracaso.

Después de esto, Newman se propuso escribir una gran obra sobre la cuestión que lo había obsesionado durante toda su vida la razonabilidad intrínseca de la fe religiosa su «Ensayo en Ayuda a la Gramática del Asentimiento ».

Contemporáneamente comenzaron las controversias que precedieron al Concilio Vaticano I. Los hombres que se le habían opuesto y lo habían vencido en el asunto del plan para la Universidad de Oxford eran quiénes ahora aparecían como los principales agitadores a favor de la definición de la Infalibilidad Papal. Toda su vida, al igual que Fénelon, Newman había defendido la tal infalibilidad. Mas ahora Louis Veuillot y otros postulaba la definición en diarios y panfletos en forma exagerada y completamente falta de fundamentos teológicos y Newman comenzó a temer que se definiera el nuevo dogma en términos que tal vez el mundo interpretara de este modo exagerado que él tanto deploraba. Estigmatizó a estos escritores y a sus seguidores en una carta famosa como miembros de «una facción insolente y agresiva » . En la medida en que la definición de la infalibilidad incrementó la influencia de esta «facción », su promulgación fue para Newman una derrota… bien que el texto de la definición finalmente fue redactado en los términos que él siempre defendió. Con todo, su preocupación se vio considerablemente atenuada cuando el Obispo Fessler, el Secretario General del Concilio, y otros, protestaron contra las interpretaciones distorsionadas y exageradas de la definición. Newman expresó sus propios puntos de vista en la carta al Duque de Norfolk, publicada en 1875. Esta carta fue recibida por los católicos con entusiasta y casi universal aclamación. En verdad su repercusión fue un momento de triunfo para él… y luego, Ambrose St. John, su querido e inseparable amigo, en medio del júbilo que compartían, falleció.

Ahora sí que la vida se había acabado y su carrera como católico en cierto sentido ni él lo podía negar había sido una enorme desilusión. El deseo de su corazón había sido de que se le permitiera hablar con el entero respaldo de esa Gran y multisecular Iglesia que se pronuncia por boca de la Santa Sede. Así, sus palabras tendrían diez veces más eficacia. Sólo la Iglesia Católica así lo creyó y dijo siempre, aun en sus momentos más oscuros podía confrontar y contener a las corrientes de infidelidad social e intelectual que dominaban al mundo. Pero hablar con esa autoridad era precisamente lo que a todas luces se le negaba. Sus críticos aún susurraban que él no era totalmente confiable. De hecho, el fracaso de sus sucesivos emprendimientos no fue enteramente accidental. Estaba, como él mismo lo dijo, fuera de sintonía con los tiempos. Se había formado una idea definitiva del trabajo al que debía apuntar como católico teniendo en cuenta los peligros específicos de la hora. Pero el poderoso movimiento a favor de la uniformidad y centralización de la Iglesia que fue el santo y seña del período desde 1850 hasta 1870 hizo que tal tarea fuera prácticamente imposible. Tenía gran simpatía con los objetivos generales de hombres como Montalembert, Lacordaire y Federico Ozanam quienes creían que la gran necesidad de los tiempos estaba en que se explicara la Fe Católica en términos que resultaran atractivos para las clases educadas. Y su preocupación inmediata era persuadir con esas verdades a sus propios compatriotas. Para tal propósito en su opinión eran requerimientos de la hora una libertad provisional en la discusión de nuevos problemas y una cierta libertad en la traducción de expresiones tradicionales. Por otra parte, durante la dramática lucha de aquellos años, el Partido que el Arzobispo de París bautizó como «los nuevos ultramontanos » representado por Manning en Inglaterra y Cullen en Irlanda, no parecía demasiado consciente de las necesidades de su tiempo. Y este partido ganó rápidamente en influencia. Sus representantes se mostraban suspicaces respecto de las perspectivas más liberales de Newman o Montalembert por temor a que tales pareceres no se convirtieran en pequeñas grietas por donde se filtraría la infidelidad en la Iglesia. Por otra parte, los nuevos ultramontanos abogaban por una mayor centralización que a Newman le parecía contrario a los habituales controles internos al absolutismo con los que la Iglesia siempre había contado. A la vez que defendió siempre las más notables prerrogativas del Papa, parece haber cuestionado, al igual que el propio Arzobispo Sibour, la manía de recurrir constantemente al uso de tales poderes cuando debían reservarse para emergencias. En estos dos asuntos, las corrientes dominantes le eran adversas. En su última publicación previo a recibir el capelo cardenalicio leemos las siguientes tristes y significativas palabras: «Parecería que las cosas han sido dispuesto desde lo alto de tal modo que en nuestros días la Iglesia adquiera justamente la apariencia de lo que mis compatriotas denuncian a su respecto, una consonancia con sus prejuicios más arraigados, un aspecto que torna más difícil su conversión… ¿y qué puede hacer un escritor para despejar esta desgracia? »

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Tales afirmaciones se oponen al dogma que afirma que la religión católica es la única religión verdadera (cf. Syllabus, proposición 21). Se trata de un dogma, y lo que se le opone se llama herejía. Dios no puede contradecirse a sí mismo.

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