San Agustín y una lección de "ecología"

En uno de los capítulos en los que trata sobre la ilicitud del suicidio en La Ciudad de Dios, San Agustín anticipa objeciones a los ecologistas modernos. Para ellos, el hombre es un intruso que contamina el planeta. Su presencia debe disminuir para preservar el hábitat de los animales.

Cualquier persona sensata se opone a causar daño irracionalmente en su entorno natural, sea arrojando basura, contaminando con gases tóxicos, expandiendo elementos que envenenan o esterilizan la tierra, etc. Pero esta oposición está fundada en un juicio del sentido común: todo lo que daña sin sentido el lugar donde el hombre vive daña al hombre. 

Si elevamos el pensamiento a un nivel más sobrenatural, el deseo de preservar la belleza natural de la creación es un modo de respetar aquello que es esplendor de la verdad de Dios, que nos ha dado como lugar para vivir en esta vida transitoria paladeando la belleza inefable de la presencia divina, un lugar de donde servirnos para servirlo. Lugar que en algún momento será transformado en "nuevos cielos y nueva tierra".

Los elementos naturales de la creación están al servicio del hombre, así como el hombre ha sido creado para conocer, amar y servir a Dios, y luego gozar de la visión beatífica de la vida eterna.

Estas verdades tan básicas de la Fe católica parecen haberse olvidado aún entre los católicos. 

El santo doctor de la Iglesia no recuerda, en medio de otras consideraciones, que el hombre es un creatura esencialmente diferente de las demás de la creación y que los recursos naturales están a su servicio para la gloria de Dios. 

 

No existe potestad alguna capaz de autorizar a los cristianos el quitarse la vida

Resulta imposible encontrar en los santos libros canónicos pasaje alguno donde se preceptúe o se permita el inferirnos la muerte a nosotros mismos, sea para liberarnos o evitar algún mal, sea incluso para conseguir la inmortalidad misma. Al contrario, debemos ver prohibida esta posibilidad donde dice la Ley: No matarás, sobre todo al no haber añadido «a tu prójimo», como al prohibir el falso testimonio dice: No darás falso testimonio contra tu prójimo. Con todo, si uno diese un falso testimonio contra sí mismo, que no se crea libre de este delito. Porque la norma de amar al prójimo la tiene en sí mismo el que ama, según aquel texto: Ama al prójimo como a ti mismo.

Ahora bien, no sería menos reo de falso testimonio quien lo levantara contra sí mismo que quien lo hiciera contra el prójimo. Pero si, en el precepto que prohíbe el testimonio falso, esta prohibición se limita sólo al prójimo, y en una visión equivocada alguien puede entender que le está permitido presentarse como falso testigo contra sí mismo, ¡con cuánta mayor fuerza se ha de considerar prohibido al hombre el quitarse la vida, ya que en el texto no matarás, sin más añadiduras, nadie se puede considerar exceptuado, ni siquiera el que recibe el mandato!

Por el mismo criterio han querido algunos ver extendido este precepto hasta las fieras y los animales domésticos, viéndose por él impedidos de matar a ninguno de ellos. ¿Y por qué no también las plantas, y todo lo que, arraigado en el suelo, se nutre por la raíz? Pues de estas especies de seres, aunque no sientan, decimos que tienen vida, y, por tanto, son capaces de morir, y de ser muertas, empleando la violencia. De aquí que el Apóstol, hablando de las semillas de las plantas, dice: Lo que tú siembras no cobra vida si antes no muere; y leemos en el salmo: Aplastó con granizo sus viñedos.

 

Es decir, que, según esto, al oír no matarás, ¿tenemos como un delito arrancar un matorral, y, con la mayor de las locuras, damos nuestro beneplácito al error de los maniqueos? Alejemos, en fin, estos devaneos, y cuando leamos no matarás, no incluiremos en esta prohibición a las plantas, que carecen de todo sentido; ni a los animales irracionales, como las aves, los peces, cuadrúpedos, reptiles, diferenciados de nosotros por la razón, ya que a ellos no se les concedió participarla con nosotros (esto hace que, por justa disposición del Creador, su vida y su muerte estén a nuestro servicio). 

 

Así que, por exclusión, aplicaremos al hombre las palabras no matarás, entendiendo: ni a otro ni a ti, puesto que quien se mata a sí mismo mata a un hombre.

La Ciudad de Dios, Libro I, Cap. XX

 

Nótese el absurdo de la prohibición del uso de animales para el sustento humano. Nuestro Señor colaboró en la "pesca milagrosa" de sus apóstoles y con frecuencia asistión al ritual del Antiguo Testamento para el culto divino, en el que se sacrificaban animales, hasta que su propia muerta abolío tales prácticas instaurande el verdadero y eterno Sacrificio.

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