Santa María Magdalena

Vida de Santa María Magdalena

El 22 de julio se celebra la fiesta de Santa María Magdalena, la gran pecadora arrepentida, cuya vida y conversión tenemos en los Evangelios. Fue esta Santa como el prototipo de la acción de Nuestro Señor con los pecadores verdaderamente arrepentidos, razón por la cual no carecerá de utilidad que hagamos algunas consideraciones sobre ella, aplicándolas a nuestra vida cristiana. Grande será el fruto que de ello recogeremos.

1º Vida de María Magdalena antes de su conversión

De María, llamada la Magdalena, sabemos con certeza que fue hija de una familia judía de alcurnia, como aparece por la posición social y prestigio de que gozaba su hermano Lázaro. Hermana, pues, de Lázaro y de Marta, recibió la misma educación esmerada que ellos.

En la flor de su edad, según algunos Santos Padres, perdió a sus padres, y entonces María tomó grandes aires de libertad y de orgullo. Joven, rica y notable tanto por la belleza del cuerpo como por la gracia y los modales de su trato, se entregó a la pasión de brillar en el mundo, primero por la vanidad y ostentación, y luego, con el deseo de atraer la mirada de los hombres, por la pasión de la lujuria.

San Agustín piensa que se casó con un rico y poderoso personaje, señor del castillo de Mágdala, en Galilea, y que al poco tiempo perdió a su marido y quedó como señora de ese castillo, lo que le valió el nombre de Magdalena. Libre ya de las ataduras del matrimonio, María se entregó al amor de las criaturas, hasta el punto de convertirse en mujer pecadora, públicamente conocida, y escandalosa por su comportamiento. San Lucas dice que Nuestro Señor expulsó de ella siete demonios, esto es, los siete pecados capitales, de los que María había quedado posesionada por el desorden de sus amores.

Sin embargo, María Magdalena no quedó olvidada en las oraciones de sus hermanos, Lázaro y Marta. Por ese tiempo comenzó la predicación pública del Salvador, y Marta, habiendo escuchado las primeras enseñanzas de Nuestro Señor, al punto creyó en El, lo cual despertó en ella el pensamiento de llevar a su hermana a escuchar la palabra de Jesús, para que por este medio se convirtiera y cambiara de vida. San Gregorio nos dice que, efectivamente, María acudió a escuchar la palabra de Nuestro Señor a instigación de su hermana Marta, precisamente en aquella ocasión en que el Salvador curó a un poseso sordomudo. El prodigio de la expulsión del demonio, unido al milagro de hacer hablar al mudo y oír al sordo, produjo en María una impresión profunda, pero mucho más las palabras que Nuestro Señor dirigió al auditorio cuando los fariseos achacaron el prodigio al poder de Belcebú, palabras con las que el Salvador describía las ruinas que produce en un alma la presencia del espíritu inmundo:

Cuando el hombre fuerte y armado guarda su propia casa [el demonio antes de la venida de Nuestro Señor], sus posesiones están en paz [las almas que tenía hasta entonces bajo su imperio tiránico]. Pero si viene uno más fuerte que él [Nuestro Señor Jesucristo mismo] y le vence [por su muerte en la Cruz], le toma todas sus armas en que confiaba y reparte sus despojos. El que no está conmigo, contra mí está; y el que conmigo no recoge, desparrama. Cuando el espíritu inmundo ha salido de un hombre, anda por lugares secos buscando reposo, y al no hallarlo, dice: «Volveré a mi casa de donde salí». Y cuando regresa, la halla barrida y adornada. Entonces va y trae otros siete espíritus peores que él. Y después de entrar, habitan allí; y el estado final de aquel hombre llega a ser peor que el primero.

María, por la acción de la gracia, comprendió que esas palabras se dirigían a ella, y quedó totalmente compungida de ver cómo el demonio la había mantenido cautiva tanto tiempo a través de su vida impura y mundana. En ese mismo instante empezó a aborrecer la vida que había llevado, a temer los castigos a que estaba expuesta, y a tener la firme persuasión, e incluso la fe, de que Nuestro Señor podía y quería curarla, pues lo había hecho con el pobre sordomudo. Tenía el dolor de sus faltas, pero necesitaba que el Señor le declarara que esas faltas le habían sido perdonadas.

2º Conversión de María Magdalena

El Evangelio nos cuenta cómo la gracia trabajó lenta, pero eficazmente, en el alma de María la pecadora. Recogida en su casa, y desentendida ya de su vida anterior, María sólo suspiraba por el mo­mento en que el Salvador se dignaría perdonarla. Mientras tanto, la fe de María Magdalena se purificaba y fortalecía: creía ya que ese Jesús era Dios, y por eso se resolvió interiormente a ir a pedirle a El que le perdonara todos sus pecados; y creía también que era capaz de liberarla de las cadenas de su mala vida, puesto que había liberado al sordomudo de la acción y posesión del demonio.

Al poco tiempo se enteraba María de que Jesús había sido invitado en casa de un fariseo, Simón, pecador como ella y leproso, curado también de su lepra por Nuestro Señor; y que el lugar del convite no estaba lejos de su casa. Por fin se le presentaba propicia la ocasión tan deseada. Allí acude prestamente, sin contemplaciones ni respetos humanos, sin tener siquiera en cuenta que un convite no es lugar para llorar los pecados. Logra entrar donde está Nuestro Señor (el cual la atrae interiormente con la fuerza de su gracia), y sin fijarse en la sorpresa de los convidados, se pone a los pies de Nuestro Señor, y empieza a regarlos con las lágrimas de sus ojos, y a secarlos con sus propios cabellos. No acierta a decir nada, sólo a llorar, pero sabe que el Señor la comprende; y usa en servicio y honra del Señor los instrumentos que en otro tiempo usó para el pecado: con sus cabellos enjuga los pies del Salvador, y con sus perfumes unge al Señor.

Mas al verla tocar al Salvador –comenta San Agustín–, bañar con lágrimas sus plantas, enjugarlas, y cubrirlas de besos y de perfumes, el fariseo que había invitado a nuestro Señor Jesucristo, y que pertenecía al número de aquellos hombres soberbios a quienes alude el Profeta Isaías: «Los cuales dicen: Apártate de mí, no te acerques, porque yo soy puro», conjeturó que el Salvador no sabía quién era aquella mujer. ¡Oh fariseo, tú que invitas al Señor, y te atreves a juzgarlo despectivamente, tú le alimentas, sin comprender que es él quien debe alimentarte! ¿De dónde infieres su desconocimiento acerca del pasado de esta mujer? ¿De su actitud de permitir que se le aproxime, que bese sus plantas, que las enjugue y que las perfume? ¿Pues qué? ¿No debía permitirse a una mujer impura tocar unos pies tan puros? Ciertamente; si aquella mujer se hubiese acercado a los pies del fariseo, la habría éste rechazado con aquellas palabras que pone Isaías en boca de los orgullosos: «Apártate de mí; no me toques, porque yo soy puro». Aproximóse, en cambio, al Señor; acercóse manchada, para volverse purificada; acercóse enferma, para volverse sana; acercóse confesando sus faltas, para volverse profesando su fe.

Efectivamente, Nuestro Señor lee en el alma de la pobre arrepentida, y encuentra nada menos que la caridad, y una gran caridad: «Se le perdona mucho porque ha amado mucho». Y pronuncia enseguida las palabras liberadoras: no sólo defiende a la mujer contra las acusaciones interiores de los comensales, y del mismo Simón fariseo, sino que le declara abiertamente que todos sus pecados le han sido perdonados: el mismo Salvador, aceptando su confesión, pronuncia la absolución.

3º Vida de María Magdalena después de su conversión

La conversión de María Magdalena ha sido tan radical y absoluta, que nunca más volverá ya a su vida de pecado. Todo su afán, a partir de entonces, es aferrarse al Salvador que tan bondadosamente la ha acogido y tan misericordiosamente la ha perdonado. Fácilmente se comprende, aunque el Evangelio no nos lo diga, el cariño y el agradecimiento que los hermanos de María tuvieron al Salvador, y que la conversión de María fue la ocasión en que se entabló aquella íntima amistad que Nuestro Señor se dignó tener con esos tres hermanos, hasta el punto de recogerse frecuentemente en su casa y gustar de conversar con ellos. Allí vemos a María pendiente de los labios de Jesús, ávida de sus enseñanzas, deseosa de conocerle y de amarle.

María Magdalena, desde entonces, siguió continuamente a Nuestro Señor formando parte de esas santas mujeres que lo atendían a El y a sus apóstoles. En los Evangelios vemos cómo se ganó incluso un lugar especial entre el círculo de los amigos de Jesús. Ella fue la que permaneció impávida al pie de la cruz de Nuestro Señor, cuando los mismos apóstoles se alejaron acobardados; ella fue la que buscó el cuerpo de Nuestro Señor en el sepulcro, ella fue la que recibió una de las primeras apariciones del Salvador resucitado, y el cometido de anunciar la resurrección a los apóstoles.

Los judíos, después de la Ascensión, apresaron a Lázaro, Marta y María, por odio a Nuestro Señor, y los pusieron en un bote sin velas, que luego abandonaron en el mar para que allí perecieran ahogados. Pero el bote fue conducido hasta las costas de Marsella, donde los tres hermanos desembarcaron. Lázaro fue el primer obispo de dicha ciudad, Marta fundó una comunidad de religiosas, y María se entregó a una vida eremítica, con el deseo de hacer penitencia por sus pecados. Verdad es que esa penitencia no le era estrictamente necesaria para salvarse, puesto que el perdón del Señor fue absoluto, y ella debió recibir luego el santo Bautismo; pero el amor que profesaba a Nuestro Señor la llevó a dolerse de los pecados con que en su vida pasada había ofendido tantas veces a un Dios que tanto la amó.

Conclusión

En esta vida de Santa María Magdalena encontramos todos los elementos de nuestra propia vida espiritual:

• partimos de una vida de pecados, con los que hemos ofendido frecuentemente a Nuestro Señor;

• vemos la importancia que tienen para nuestra conversión, tanto las oraciones de las almas piadosas, como la instrucción en las cosas de la fe;

• de ahí nace para nosotros el deseo de convertirnos, unido a la esperanza del perdón y al dolor de nuestras faltas, que nos conduce a la confesión; • salimos de ella con un cambio de vida, y el Señor es tan generoso, que no sólo nos concede el perdón, sino las gracias necesarias para llegar a ser grandes santos;

• sin embargo, esa santidad no ha de estar basada en una alegría tonta, sino en la compunción de nuestros pecados, en el temor de volver a ofender a Dios, en el deseo de ofrecerle una reparación por tantos pecados nuestros con la aceptación resignada de las cruces de nuestra vida cristiana.

Roguemos, pues, a Santa María Magdalena, para que nos alcance de Nuestro Señor la gracia de que, puesto que tuvimos la desgracia de imitarla en su vida de pecado, la imitemos ahora en su conversión, en su penitencia y en su entrega generosa a Dios.

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