Sobre formas de ver el cine

El film de Robert Redford comentado recientemente en Panorama Católico muestra en su falta de estilo su fracaso, y ese fracaso es producto de la falta de relación con la Verdad de su director, como también de su falta de amor por el cine. Nadie duda de sus buenas intenciones, pero, a un médico o un arquitecto, a un simple sastre, no se le piden sólo buenas intenciones, sino que sepan su oficio.

Escribe Flavio Mateos

“El crítico menosprecia el Arte cuando perdona a éste que tenga un ideal no verdadero”
(Ernest Hello – El hombre – El arte.)



Dijo una vez Alexander Solyenitsin: “La historia suele ofrecer advertencias sintomáticas a una sociedad amenazada o en vías de perecer. Tales son, por ejemplo, la decadencia de las artes o la ausencia de grandes estadistas”. ¿Podía acaso el cine no participar de la decadencia y de la ruptura con la tradición, cual es el signo de los tiempos modernos? Desde luego que no, y esa disputa entre Tradición-anti-tradición sigue manifestándose hoy día –con mayor o menor evidencia- en el cine.


Rupturas sucesivas que, comenzando con la religiosa de Lutero, y la filosófica de Descartes, inficionó la cultura occidental. El cine ha participado de esta confrontación entre la primacía de las ideas o de las cosas, en esta aprehensión o no de la realidad. Y si un director católico y muy sabio como Hitchcock, por ejemplo, era un director que, para mostrarse en acuerdo con la realidad de las cosas debía recurrir al artificio formal, los directores que se postulaban como “realistas”, “neorrealistas”, “testimoniales”, etc., se alejaban de la supuesta realidad buscada mediante la vulgaridad y torpeza formal de sus obras, deviniendo éstas en irreales (es decir, desconectadas de la realidad última del hombre).

Un triángulo de desesperados

Hay una estrecha y evidente relación entre la forma de ver el mundo y la forma de filmar. La disputa entre una tradición fílmica –inaugurada por Griffith- y una anti-tradición fílmica –iniciada por los Hnos. Lumiérè- continúa hasta el presente, y con mayor o menor autoconciencia, se cae de un lado o del otro.

La inversión cartesiana produjo un desdén o distanciamiento por las cosas, un idealismo que pretende adaptar la realidad a las ideas o el sometimiento al propio pensar y no a una Verdad Inmutable. Así se perdió el sentido trascendente de la vida y, por extensión, el carácter simbólico de las cosas, puesto que entonces las cosas son algo de lo que puedo apropiarme para negarlas, sin propósito de comunicación y elevación intelectual. La pérdida del sentido de un Orden trae aparejado la imposibilidad de pasar de lo particular a lo universal, y por ello la atrofia de la imaginación y la pérdida del lenguaje simbólico. Esto se ha manifestado en el cine cuando las “ideas” de un director son independientes de los objetos representados. Es decir, cuando el director es incapaz de expresar visualmente las ideas que quiere comunicar. Es entonces que debe recurrir al diálogo, al monólogo, a la sentencia, al discurso o al interrogatorio, porque ha sido incapaz de imaginar con los datos de la realidad, con las cosas, la forma de decirlo de manera que el espectador complete la idea en sí mismo y la aprehenda mejor, para de esa manera hacerla también suya.

Tradición, decía Castellani, “es ese mundo ideal de cosas humanas positivas que heredamos al nacer sin merecerlo –y sin agradecerlo”. ¿Qué es cultura? “Cultura no es sino el esfuerzo por mantener y vivificar y revivificar y convivificar una tradición”. Cabe decir, en referencia al cine, que sólo abrevando en una tradición fílmica, donde lo formal no es una excusa para verter opiniones políticas (correctas o incorrectas al establishment), propaganda o simplemente las angustias del director o el nihilismo desesperanzado, sino la afirmación de que la cultura occidental conserva el espíritu inquieto y riguroso, simbólico, que la ha hecho perdurar y trascender, sólo de esa forma se justifica hoy día el cine, que, por eso mismo, es casi inexistente. El mejor ejemplo de ese buen sentido –con la ventaja que tiene además abrevar en la tradición religiosa- lo da el cine de Mel Gibson. En menor medida una serie de directores menores que de tanto en tanto aparecen y que a veces han acertado con sus apuestas retomando una forma de mirar y hacer las cosas, por ejemplo la reciente “El tren de las 3.10 a Yuma”, remake de un gran clásico, que pasó entre nosotros rápidamente cayendo en el olvido. Algunos pocos ejemplos nos traen la noticia de que esa tradición cinematográfica no está del todo perdida en los Estados Unidos. Desde ya que en nuestro país no podemos decir lo mismo.

¿Qué tienen en común las dos películas referenciadas en los afiches? Las dos representan la anti-tradición, ambas simulan ser cine cuando apenas son “fotografías de gente que habla” (definición hitchcockiana), ambas proponen una visión horizontal de la vida (la argentina ya lo muestra desde su afiche, la norteamericana muestra la falta de escalas jerárquicas en sus tres fotos iguales de los protagonistas). Me tomo el atrevimiento de citar un párrafo de Monseñor Fulton Sheen incluido en un dossier nuestro sobre Hitchcock, porque resulta esclarecedor: “En los días de fe, los hombres vivían en un universo tridimensional: arriba los cielos, debajo el infierno y la tierra entre ambos (…) Pero desde hace unos dos siglos, desde que los hombres comenzaron a perder la fe en Dios, también fueron siendo dejadas las otras grandes verdades eternas. La moralidad comenzó a declinar y los hombres ya no se vieron a sí mismos como habitantes del universo tri-dimensional. Redujeron la vida a una sola dimensión: la superficie plana de la tierra; creyeron sentir que, gracias a la ciencia, a la evolución y al inevitable progreso, sería posible para cada uno llegar a ser una especie de dios y disfrutar en la tierra de su cielo”.

Cuando el cine forma parte –aún sin saberlo- de un lenguaje tradicional, restaura este sentido tridimensional para, mediante la puesta en escena, contar una segunda historia u otorgar una dimensión mayor –trascendente- a la simple fábula. Pero, como decía Hitchcock, “el teatro se ha metido tanto en las películas que las películas son juzgadas sobre la base de su contenido y no de su estilo”.

El film de Robert Redford comentado recientemente en Panorama Católico muestra en su falta de estilo su fracaso, y ese fracaso es producto de la falta de relación con la Verdad de su director, como también de su falta de amor por el cine. Nadie duda de sus buenas intenciones, pero, a un médico o un arquitecto, a un simple sastre, no se le piden sólo buenas intenciones, sino que sepan su oficio. Como decía Castellani: “Pero Descartes es buen cristiano, Descartes no quiere eliminar a Dios…De acuerdo: es buen cristiano, pero es mal filósofo. ¿Y puede un filósofo malo de veras ser por otra parte bueno de veras? El que es bueno de veras es bueno en todo, sobre todo en su oficio. En lo que concierne al conocimiento de Dios, Descartes es tan bueno como Judas” (San Agustín y Nosotros).

Redford adolece de algo indispensable para todo artista, esto es: imaginación. Elabora un largo y tedioso debate –o en realidad dos en paralelo- donde ni siquiera deja nada en limpio, tan sólo el sabor amargo de la impotencia, ahorrándonos, eso sí, el acostumbrado resentimiento de los films “contenidistas” o “testimoniales” argentinos. Tal vez la escena que define al film sea aquella en que la periodista liberal siempre al borde del llanto que intenta recuperar los ideales sesentistas, llamada Roth (casualidad: igual que la actriz de la mencionada película argentina), le dice a su jefe-editor que la Casa Blanca vuelve a emplear en Afganistán la misma táctica usada ya en Vietnam. Esto lo dice en una película que emplea los mismos recursos –habría que decir, las mismas obviedades explicativas y los mismos ripios- que el cine de denuncia de los años ’70, por caso “Todos los hombres del presidente”, también protagonizada por Redford. Es decir, que de entonces a esta parte nada parece haber cambiado, de allí que este film no pueda ocultar un indisimulable fondo de desesperación. Problema que se acrecienta en una sociedad que desea mostrar su patriotismo sin saber cómo, porque no llega a cuestionar los principios liberales sobre los cuales fue edificada. Tantear a ciegas, manotazos de ahogados, se le llama a eso, mientras entre nosotros, peor aún, se ha abandonado el sentido de Patria para, sencillamente, buscar en el disfrute de lo cotidiano, en evitar a toda costa cualquier “moralismo” o discriminación jerárquica, atenuar la desesperación que corroe y crece día a día.

A todo esto, lamentamos que en un sitio tan valioso como Panorama, se caiga en la misma falta de atención a que los medios masivos del Sistema nos tienen acostumbrados. Ya que, si se afirma que la película es valiosa estéticamente, debería por lo menos explicarse porqué. En cuanto a sus valores morales, pensemos que si el progresista lo “arregla” todo hablando, es necesario que aprendamos a mirar para advertir una de las trampas más sutiles que nos han tendido, aquella en la que Robert Redford se enreda y no sabe cómo salir, cual es la de querer “arreglar el mundo” o “hacer algo”, como le dice el desencantado profesor Redford a su alumno conmovido (el alumno, que no el espectador, al fin feliz de que se acabe la película), o, como le dicen los dos muchachos que, para “comprometerse” se enrolan en una guerra imperialista. Ese tipo de recetas –no exentas de soberbia y grandilocuencia- que adoptan los que creen que tal es la opción para oponerse a los que sólo piensan en el disfrute de esta vida, porque no han entrevisto el camino de la caridad, sino el de la filantropía, como lo resume el presidente de la “Red Solidaria”, muy bien intencionado y optimista, al decir: “Para cambiar el mundo no hace falta dinero, hace falta compromiso”. Al respecto, y para no extender más este comentario, citaré otra vez la voz del Padre Castellani, porque en lo que dice está la clave de todo este asunto, y establecer el orden de las cosas es empezar a “hacer algo” que no será perder el tiempo, algo que sólo un cine afincado en la tradición es capaz de decírnoslo:

“La pregunta de San Ignacio era ésta: “¿Cómo se puede ser hombre religioso en este tiempo?” –y a eso responde su mensaje. La pregunta se transformó lentamente en ésta otra: “¿Cómo se puede dominar a estos tiempos por medio de la religión?”. Es el paso de la salvación propia a la salvación de los demás sobrepuesta a la propia, lo cual es absurdo; y falsifica incluso la salvación de los demás, exteriorizándola.

En la primera regla de la S. J. apunta el fin de esta sociedad como siendo “la salvación y perfección de las ánimas propias y también intensamente la ídem ídem de los prójimos”. Ya es un poco peligroso poner estas dos cosas juntas y como en un mismo plano; pero en fin, la salvación propia está primero. Luego se interpretó esto como si las dos cosas hubieran de ser simultáneas (Suárez, Ricardo) y cada uno de los fines, medio del otro. Esto ya es erróneo: la única verdadera y primordial acción religiosa del hombre religioso es la salvación propia con la ayuda de Dios; la salvación del prójimo es acción de Dios que pasa en todo caso a través del hombre como de un instrumento, “acción transeúnte”, mientras que la santificación propia es acción inmanente. Finalmente se antepuso en la práctica la “salvación del prójimo” (acción exterior, exterioridad, propaganda) a la propia (interioridad, contemplación)-lo cual constituye fatal falsificación y “vuelco hacia lo exterior”.

Contra esta falsificación hay que oponer esta negativa rotunda: “Nosotros no podemos salvar al prójimo”. (Diario, en Revista Gladius n 67, diciembre 2006).

No recuerdo qué religioso expresó aquello de “santificarse santificando”, en cuanto a hacer de sí mismo oblación para la Iglesia entera. El problema con los progresistas es que a lo más a que aspiran es a ser santulones, lo cual es un grado eminente de la mediocridad autoindulgente. Si, en cambio, hemos de decir y creer aquello de “atente a la tradición”, y lo decimos católicamente, entonces esa premisa debe extenderse a toda la cultura y a todas las manifestaciones que hacen a nuestra vida cotidiana, donde el conocer se hace lugar, muchas veces, a través de una película, que precisamente es mejor dejar pasar si no cumple con aquella consigna.

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