Una batalla que está ganando la inmoralidad pública: el “preservativo“

Confusos mensajes emanados de la boca de prelados y sacerdotes han contribuido recientemente a confundir y oscurecer más aún los la doctrina moral católica.

 

Escribe Juan Olmedo Alba Posse

Trampa

El Mundo enemigo de la Iglesia Católica -cuya voz desprecia y sus enseñanzas pisotea- quiere ahora arrinconarla exigiéndole una declaración pública sobre el “preservativo”, para que aparezca modificando sus principios. Desde luego al empeño no lo mueve una verdadera preocupación sanitaria (inexistente, a la vista de la brutal promoción de la promiscuidad -incluso homosexual- por todos los medios y desde el Estado), sino el intento de abrir una fisura, a fin de que aparezca admitida la licitud de cualquier tipo de relación sexual.

                      Entre nosotros la inmoralidad ya tiene ganada una batalla al respecto, porque ha conseguido que se promocione el adminículo hasta hace poco innombrable, vistiéndolo con uno gigantesco al obelisco de Buenos Aires. Se ha superado así la impudicia del más decadente paganismo, sin la menor reacción de los principales vigías espirituales y custodios de la moralidad pública. Es indudable entonces que al volverse familiar -aún en ámbitos virtuosos y entre niños inocentes-  el instrumento de la fornicación, automáticamente se ha desencadenado un deterioro de las costumbres que tal vez no se hubiera animado a desear el mismo Gramsci.

                  Para colmo ahora se intenta presionar a los católicos con la amenaza de enrostrarle a la Iglesia la responsabilidad por la propagación del Sida, a causa de una “intransigencia” que brota de los Mandamientos. Obstinación insólita, cada vez más audaz a la luz de Tsunami y Katrina,  en el recuerdo de Sodoma y Gomorra. Porque en lugar del arrepentimiento dolorido al percibirse la impresionante conexión del Sida con la extrema violación de la naturaleza y la ley de Dios, osan apostrofar y culpar del flagelo a  la Iglesia de Dios&hellip…

Fraude

Cobran vigencia las precisas palabras de monseñor Juan Antonio Reig Pla, obispo de Segorbe-Castellón (España) y decano del Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el Matrimonio y la Familia: “La verdad que la Iglesia enseña es que el ejercicio lícito de la sexualidad, que sólo puede darse en el contexto del matrimonio, tiene dos significados que no pueden ser separados deliberadamente: el significado unitivo y el significado procreativo”.

“El preservativo o cualquier otro tipo de anticonceptivo, constituyen un verdadero fraude antropológico, pues rompen con este principio: impiden la donación plena a la que están llamados los cónyuges, no sólo habitualmente, sino también, en todos y cada uno de sus actos sexuales. A este principio no hay excepción alguna y se trata de una doctrina definitiva”.

Calificación inmutable

La maniobra que presenciamos a más de tramposa, resulta absolutamente ridícula, al pretender que la Iglesia propicie técnicas para violar mejor la ley de Dios.

             Si toda relación sexual entre dos personas del mismo sexo   -o entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio y de sus fines- es contraria a la moral,  esta calificación no se ve afectada por usar o no usar preservativo. El empeño consiste en buscar que la Iglesia quede entrampada más allá de su magisterio, en expresiones que debiliten la captación de la ilicitud, abriendo una brecha en la convicción general y en la interpretación del precepto moral. Quieren actitudes que faciliten la defección o que lleven a desdibujar la gravedad del pecado al expresar la conveniencia de cometerlo sin riesgos de contagio. Acaso también en la línea de buscar que, so capa del “mal menor”, queden envueltas excepciones a la moral&hellip…

           Para cortar las aviesas insistencias valdría tal vez una comparación sencilla. Ante una multiplicación, por ejemplo, de robos de substancias contaminadoras ¿debiera la Iglesia aplicarse a aconsejar el uso de guantes para robar  sin riesgo?

Twittet

Tales afirmaciones se oponen al dogma que afirma que la religión católica es la única religión verdadera (cf. Syllabus, proposición 21). Se trata de un dogma, y lo que se le opone se llama herejía. Dios no puede contradecirse a sí mismo.

Marcelo González

En estos meses, desde su visita a Chile, Irlanda y con la publicación de los desastres morales que afloran en todas partes, curiosamente siempre relacionados con conocidos, protegidos o favorecedores de Francisco, su posición se ha vuelto sumamente delicada. Tal el caso de la impresionante protección que brindó a Mons. Zanchetta, ex obispo de Orán, Salta,cuyos detalles se pueden conocer en este artículo

Marcelo González

Henchidos de toda injusticia, malicia, codicia, maldad, llenos de envidia, homicidio, riña, dolos, malignidad; murmuradores, calumniadores, aborrecedores de Dios, indolentes, soberbios, fanfarrones, inventores de maldades, desobedientes a sus padres; insensatos, desleales, hombres sin amor y sin misericordia. Y si bien conocen que según lo establecido por Dios los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen en los que las practican.

Marcelo González

"Hoy, 25 de Noviembre, queremos salir a proclamar a Cristo como Rey de nuestras vidas y de nuestra sociedad. Frente a las numerosas negaciones e intentos de hacer desaparecer la Fe en Jesucristo, salimos hoy a las calles para cantar la Gloria de Nuestro Señor, para reconocerlo frente al mundo: Él es nuestro Salvador, Él es nuestro Señor, Él es nuestro Rey."

Marcelo González

La restauración católica será por la vía del culto y del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo. Dios ha resguardado el sacerdocio y el culto por medio de una obra minúscula en sus orígenes que hoy es de importancia crucial para el destino del catolicismo. La restauración que debemos realizar día a día se nutre del fruto de ese resguardo.

Editor y Responsable

Y 335º aniversario de la liberación de Viena del asedio turco: recordando la liberación de Viena.

Sofía González Calvo

la Peregrinación pone en lugar principal el conocimiento y amor a la misa tradicional. La misa se convierte en el centro de los tres días de peregrinación. Misa de campaña, rezada bajo la lluvia y el frío, sobre el suelo de barro. Acompañada de cánticos en latín y castellano que ayudan a la devoción. La devoción era otro elemento patente entre los caminantes.