Una hipótesis para el fracaso del Código da Vinci como película

El fracaso del Código da Vinci resulta a lo mejor menos rotundo de público, pero más doloroso para Sony, que la unanimidad de crítica ante el desastre pergeñado por el equipo de Ron Howard. [A título de recuerdo: dice, por ejemplo, El País, "una película languideciente, previsible y sí, aburrida: considerablemente aburrida". Y en las antípodas, dice Mercatornet: "Offensive? Probably. A dud? For sure."]

Tengo una observación, una pregunta y una posible respuesta ante este fracaso, las tres quizá muy ingenuas: entre tantos expertos como han trabajado en hacer esa película, ¿no ha habido nadie capaz de ver que una cosa es la lectura privada de un libro, y otra muy distinta el visionado en una sala cinematográfica?

Porque una cosa es la imaginación de cada uno en solitario, pasando páginas escritas en plan perrillo de Pavlov, el tiempo que haga falta, e imaginando el mundo sugerido por Brown cada cual a su modo y manera. Y otra cosa muy distinta es encontrarse ante una transposición que bloquea la imaginación sin alimentarla, con la conciencia de estar pasando minutos interminables, junto a otras personas, sentados en la oscuridad de la misma sala, dominados por la misma o semejante vergüenza ajena.

Quizá alguno había pensado que al hacer la película, intentando convencerse a sí mismos -repitiéndolo como un "mantra" tibetano- de que aquello era, como la novela, un mero "thriller" sin referencias históricas y teológicas. Siendo un mero "trhiller", quizá pensaban que se encontraban en una situación de pura y simple traslación del papel a la pantalla, con mínimas variaciones, sólo preocupados en "no decepcionar" a los conocedores y fans del invento de Brown.

Quizá alguno se veía en una situación semejante a la de John Huston adaptando genial y casi literalmente "El halcón maltés" de Dashiell Hammet. Solo que quizá olvidaron que Ron Howard no es John Houston, Tom Hanks no es Humphrey Bogart, Audrey Tautou no es Mary Astor, Dan Brown no llega a la suela de los zapatos de Hammet, y -a fin de cuentas- el "Código da Vinci", novela y película, tiene todo que envidiar al "halcón maltés", novela y película. Incluso quizá alguno del equipo de producción llegó a pensar (en ese ambiente voluntarista, casi de alucinación colectiva) que, a fin de cuentas, la marginalidad real de los caballeros de la Orden de Malta, donantes del halcón (maltés, por supuesto) a Carlos V, que da nombre a la película, era muy semejante al tratamiento que recibe el Opus Dei...

Al margen de estas irónicas posibles explicaciones de una ridícula e inexplicable estrategia a la hora de concebir y realizar la adaptación, es profesionalmente patético ver que -además- se olvida que los espectadores de una película tienen un límite de aceptación para las "expositions" narrativas, para esos diálogos en pantalla que sólo sirven para informar de algo al espectador en la sala. Pero que son perfectamente inútiles desde un punto de vista narrativo y dramático, ya que ni hacen avanzar la acción, ni caracterizan algún rasgo de los personajes, ni siquiera ayudan a sembrar el tema que cohesiona la historia...

No sé si fue Plutarco quien dijo aquello de que "los dioses ciegan con el orgullo a quienes quieren perder". Sin necesariamente atribuir en directo a Dios el pobre resultado o batacazo del film, sí que viene a la imaginación, buscando razones para explicar el fracaso, la sospecha de una especie de -digamos- soberbia apenas disimulada o prepotencia en el proceder de Sony y sus gentes. Frente a las personas e instituciones presentadas en la película, y frente sus futuros espectadores.

Los espectadores también tienen un umbral mínimo de esa vergüenza ajena que lleva a desvincularse, al menos en público, como espectadores, ante el pésimo gusto de una exhibición desvergonzada de desprecio por una cultura y de un mínimo de respeto y tolerancia para con las creencias de los demás. Es patético pretender hacer un "thriller" y que salga -ante el público- no un tratado, sino un explícito "maltrato" de asuntos históricos y teológicos.

En fin, a los exhibidores les queda el consuelo de que les salvarán las palomitas y los hot-dogs, y los chuches en general. No la película.

Por J.J.G. Noblejas

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