Una madre nos ha sido quitada

A la muerte de Natalia Valarché de Turco

Una madre nos ha sido quitada...

En 2010 nos tocó padecer con padres y amigos la muerte de una niña de cuatro meses que de un momento a otro pasó de la plena salud a la muerte. Muerte súbita, le dicen los médicos. En esa ocasión escribí una nota titulada “Una Niña nos ha sido Quitada”, porque esto ocurrió apenas unos días después de la Navidad.

Ayer por la tarde, también un domingo, pero del tiempo de Pasión, una madre nos ha sido quitada.

Una madre joven y copiosa; madre de once hijos, después de padecer durante muchos meses las consecuencias de una enfermedad tumoral, voló, como esa otra niña, Pilar, al cielo.

También ella pasó de una salud aparente a la enfermedad devastadora, en un ratito casi. Esposo, padre, hermana, y los hijos, muchos de ellos desgarradoramente pequeños, tuvieron su vida centrada en el proceso de recuperación de Natalia, por momentos asombroso, pero siempre inestable y frágil.

Esta muerte conmueve por su heroísmo. No tan solo por el heroísmo de la muerte misma, cristiana, resignada, donada a la obra de la Redención. El mismo día domingo segundo de Pasión, el “domingo de Ramos”, Dios le dio entrada gloriosa en el cielo a quien, asombrosamente joven, dio once jóvenes vidas a la obra redentora de Cristo. Once almas tienen hoy la posibilidad de llegar a la visión beatífica porque su madre (y su padre, concorde) les dieron la vida.

Mal pagada por Dios, piensa quien no tiene la Fe. La mayoría de nuestros contemporáneos, que dirán –quizás sin querer- dos horribles blasfemias: Dios no es justo. Estos esposos pagan su imprudencia.

A la primera responde Santo Tomás: "La tribulación es un regalo de Dios, uno especial que da a sus amigos especiales". Dios paga no con justicia, sino con superabundante misericordia y con un premio infinito: Él mismo. Y Él mismo elige el día y la hora de dar ese premio. Para entender esto se precisan los oídos de la Fe. No tiene caso intentar otra vía de persuasión.

A la imprudencia, a la locura de estos padres, podemos decir solamente que es una locura divina. Es una locura que Dios aprueba, ante la que sonríe complacido, viendo como su jardín celestial se ve anhelado por muchos aspirantes a la Gloria.

Él coronó con sacrificios sin par la obra que hizo Natalia cotidianamente para sostener ese hogar de once vástagos con pocos recursos. Y los llevó a la apoteosis, esa exaltación de los elegidos al rango -de modo misterioso- casi divino, cuando el sacrificio imita la vida del Salvador; y lo perfecciona con el Sacrificio que asume el momento central de la salvación: la muerte por caridad suprema. Esa entrega estaba en Natalia.

Natalia nos ha sido “quitada” a todos, en particular a su esposo, a sus hijos, a sus padres, sus hermanos de sangre y de vínculo… a sus amigos. Ha sido arrebatada por la mano del Segador que es el único capaz de saber cuando el fruto está maduro, aunque a los ojos humanos parezca tierno aún, y necesario en la tierra.

Aceptar este arrebato del Cielo será distintamente duro para cada uno. Pero nadie lo podrá hacer sin Fe. Porque la Fe católica nos asegura con promesa divina infalible que ella fue tomada en flor por Dios para continuar su obra maternal desde donde nadie tiene el poder de fatigarla con preocupaciones, ni tentarla con desalientos.

En el caso de la niña sobre la que escribimos hace un tiempo, teníamos la certeza teológica de su salvación, por lo que se podía recomendar “rezarle” ya que se estaba estrenando en esto de conceder gracias. 

En el caso de Natalia, tenemos la certeza moral de que está en el cielo, o en sus umbrales. Comencemos a pedirle gracias, en particular para su familia, tan duramente bendecida. Y también, un poquito, para nosotros todos.

 

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