Fisonomías de Santos

  La Iglesia oriental conmemora en este día a San Marco, obispo de Aretusa en el Monte Líbano. Baronio, en el Martirologio Romano, substituyó a San Cirilo de Heliópolis, excluyendo a Marco como a un maestro de dudosa ortodoxia. La confesión de fe de San Marco es en sí misma intachable, pero entre los anatemas que le siguen hay un pasaje ambiguo que puede fácilmente entenderse en sentido herético. Probablemente se debe a que ha sido incorrectamente transmitido y los bolandistas han vindicado la ortodoxia del obispo. De todas maneras, los encomios que le tributan San Gregorio Nazianceno, Teodoreto y Sozomeno al relatar sus sufrimientos, nos hacen concluir que aun cuando se hubiese manchado en algún tiempo con el semiarrianismo, se adhirió en seguida a la estricta ortodoxia y expió completamente cualquier anterior vacilación.
En Sebaste, en Armenia, san Pedro, obispo, que fue el hermano más joven de san Basilio Magno -padre y doctor de la Iglesia- y eximio defensor de la fe ortodoxa ante los arrianos (c. 391).

San Pedro pertenecía a una antigua e ilustre familia. El nombre de sus antepasados ha caído en el olvido, en tanto que los anales de la fe conservan el inmortal recuerdo de los santos que sus padres dieron a la Iglesia. 
  

Dios te salve, María, llena de gracia y bendita más que todas las mujeres, Virgen singular, Virgen soberana y perfecta, elegida para Madre de Dios y preservada por ello de toda culpa desde el primer instante de tu concepción...

Dios es el único ser que no tiene historia. Todos los seres  creados son, en mayor o menor medida, seres históricos: nacen, evolucionan,  mueren. Sólo que la historia de cada uno tiene un signo diferente, según el  lugar que ocupe en la jerarquía ontológica. A medida que se asciende de lo  inerte a lo sensitivo y de lo irracional al mundo del espíritu, la historia va  enriqueciéndose y entrañándose en la esencia misma del ser. Por eso el hombre  es el ser más histórico de todos los que pueblan la tierra. Sobre el cimiento  de unas pocas tendencias universales y permanentes de su naturaleza, cada  hombre participa en la historia general de la humanidad desde un ángulo propio  e irrenunciable. Del hombre, y sólo del hombre, cabe hacer biografía. Una  piedra, como tal, no tiene biografía, aunque las piedras, en su conjunto,  tengan también historia. 


Los datos acerca de este  Arzobispo, personaje excepcional en la historia de Sur América, producen  asombro y maravilla. Los historiadores dicen que Santo Toribio fue uno de los regalos más  valiosos que España le envió a América. Las gentes lo llamaban un nuevo San  Ambrosio, y el Papa Benedicto XIV dijo de él que era sumamente  parecido en sus actuaciones a San Carlos Borromeo, el famoso  Arzobispo de Milán. 


Sabemos por San Gregorio de Tours, que San  Pablo de Narbona fue enviado de Roma, con otros muchos misioneros, para  implantar la fe en la   Galia. Dos de los miembros de la expedición, san Saturnino de  Toulouse y san Dionisio de París, recibieron la corona del martirio, pero san  Pablo de Narbona, san Trófimo de Arles, san Marcial de Limoges y san Gaciano de  Tours, después de haber pasado muchos peligros y de fundar iglesias en todos  aquellos lugares de la Galia  ligados ahora con sus nombres, murieron finalmente en paz. Prudencio dice que  el nombre de Pablo dio lustre a la ciudad de Narbona. 


Si atendemos a la enorme influencia ejercida en Europa por los seguidores de San Benito, es desalentador comprobar que no tenemos biografías contemporáneas del padre del monasticismo occidental. Lo poco que conocemos acerca de sus primeros años, proviene de los "Diálogos" de San Gregorio, quien no proporciona una historia completa, sino solamente una serie de escenas para ilustrar los milagrosos incidentes de su carrera.


La devoción a San José se fundamenta en que este hombre "justo" fue escogido por Dios para ser el esposo de María Santísima y hacer las veces de padre de Jesús en la tierra.  Durante los primeros siglos de la Iglesia la veneración se dirigía principalmente a los mártires. Quizás se veneraba poco a San José para enfatizar la paternidad divina de Jesús. Pero, así todo, los Padres (San Agustín, San Jerónimo y San Juan Crisóstomo, entre otros), ya nos hablan de San José.  


San Cirilo nació cerca de Jerusalén, en el año 315. Sus padres eran cristianos y le dieron una excelente educación. Conocía muy bien la Sagradas Escrituras, citaba frecuentemente en sus instrucciones. Se cree que fue ordenado sacerdote por el obispo de Jerusalén San Máximo, quien le encomendó la tarea de instruir a los Catecúmenos, cosa que hizo por varios años.


El  futuro apóstol de Irlanda nació en 372, pero no se sabe con exactitud el lugar  de aquel acontecimiento, Algunos lo ponen en Inglaterra, otros en Francia o  Escocia. Sin embargo, sabemos algo de sus padres. Su madre, Concessa,  pertenecía a la familia de San Martín, obispo de Tours, mientras su padre,  Calfurnio, fue oficial del ejército romano, de buena familia. 

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