La Crisis de la Iglesia

Una propuesta para reformar la curia romana y varias cosas más...

Compré una Vida de Santos recientemente y la leí con reverencia… hasta la página 28, en la cual comencé a sentir una sospecha luego traducida en certidumbre. El autor, cuyo nombre me reservo, pone tanto de imaginación piadosa como de certeza biográfica en muchos de los relatos. Y a veces más.

Nuestros ancestros de la catolicidad podrían ser pecadores, pero normalmente conocían las verdades básicas de la Fe. Así lo atestigua este romance sobre las postrimerías que tan oportunamente ilustra el Año de la Misericordia.

Si algo puede decirse del pontificado de Francisco es que el afán autodestructivo de la Iglesia que denunció (y a la vez propició, misteriosamente) Paulo VI regresó con furia. En estos años primeros y ciertamente últimos de su pontificado, puede deducirse, no perderá el tiempo en realizar este empeño. 

Mientras la increíble tragicomedia de este pontificado continúa desarrollándose, sigo volviendo sobre aquel artículo desesperado de Rorate Caeli, cuyo autor nos alertaba, en el mismo momento de la elección del cardenal Bergoglio, de que como arzobispo de Buenos Aires era “famoso por su inconsistencia”, y que “la fe y la moral parecen haber sido irrelevantes para él”. 

Tengamos los pensamientos de la Iglesia, seamos fieles a Nuestro Señor, permanezcamos aferrados a su Santo Sacrificio, a sus enseñanzas y a sus ejemplos. Leía ayer que el Cardenal Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, temía una “protestantización de la Iglesia”. Y tiene razón. Pero, ¿qué es la misa nueva, sino una protestantización de la misa de siempre? ¿Y qué pensar del Papa que, como sus predecesores, visita un templo luterano?

Por algunos día no quise leer ninguna declaración de Francisco. ¿Para qué? Si con él o sin él, elocuente o callado, he visto con mis propios ojos a la Iglesia viva transmitiendo lo que recibió.

Sin voluntad de producir una secuela de lo publicado anteriormente, cuyo motivo fue recordar el aniversario de una declaración que marcó un momento central en la historia de la Iglesia contemporánea, parece conveniente dar a conocer también, a quien no lo haya leído, el capítulo posterior a dicha declaración, algunos meses después.

El 21 de noviembre de 1974, el arzobispo Marcel Lefebvre realizó una breve declaración doctrinal que produciría enorme impacto en su momento y durante largo tiempo. Y que toma particular relevancia en éste, bajo el reinado de Francisco, cuyas características el arzobispo francés luego jefe involuntario del tradicionalismo y fundador de la FSSPX describía en ese momento, a menos de diez años del cierre del Vaticano II, con sorprendente anticipación.

 Ningún pontífice en toda la historia ha despertado este temor específico que se está extendiendo alrededor de la iglesia: de que el magisterio, la autoridad de enseñanza investida en Pedro por Jesús, no esté segura en sus manos.

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