La Razón de Nuestra Fe

Se trata de un texto muy conocido entre los que estudian las profecías canónicas sobre los últimos tiempos. Es parte final del libro: "De la Cábala al Progresismo", del P. Julio Meinvielle, célebre teólogo argentino.

Durante esta gira tan publicitada de Francisco por Jordania e Israel hemos asistido a toda clase de gestos y declaraciones. La mayoría de ellas determinadas por un irenismo profundo, que es el pecado original de la Iglesia Conciliar. 

Irresolución, confusión, duda. Esto es la perplejidad y, si lo miramos con la cabeza fría y hechos a un cierto hábito de análisis, sin necesidad de transformarnos en filósofos veremos ante nuestros ojos la evidencia: la inmensa mayoría de los católicos, clero y seglares, vive en estado de perplejidad. 

A riesgo de parecer repetitivo, o de serlo, volvemos sobre el tema del Sínodo de la Familia, que por obra del Card. Kasper y con la aprobación del papa Francisco, se ha convertido en el "sínodo de los divorciados". No nos mueve ninguna particular inquina contra las personas en esta situación. Son pecadores, como todos. Pero su pecado es grave y público, es decir, factor de escándalo y pésimo ejemplo. Recemos por ellos y por nosotros.

A la vez que la expresión franciscana “teología de rodillas” adquiere un inesperado sentido: Kasper, y el propio Francisco, han puesto de rodillas a la teología, al someter a consideración cambios en la doctrina revelada sobre el matrimonio, bajo capa de “misericordiosa pastoral”.

En 2010 nos tocó padecer con padres y amigos la muerte de una niña de cuatro, meses que de un momento a otro pasó de la plena salud a la muerte. Muerte súbita, le dicen los médicos. En esa ocasión escribí una nota titulada “Una Niña nos ha sido Quitada”, porque esto ocurrió apenas unos días después de la Navidad.

Quienes hayan pasado algún tiempo por las carreras de Filosofía y Teología en las universidades o profesorados católicos podrán fácilmente advertir lo siguiente: no son pocos los que sostienen una posible compatibilidad entre la doctrina de la Iglesia y alguna forma –quizá atenuada– de evolución.

La conclusión es sencilla: la religiosidad no es suficiente, la luz natural de la razón no alcanza para discernir al Dios verdadero, sus mandamientos y culto. Es la Iglesia que transmite, por mandato divino, su Revelación, conserva su culto y legisla en razón de sus mandatos.

“Fuera de la Iglesia él puede tenerlo todo menos la salvación: puede tener el honor del episcopado, puede tener los sacramentos, puede cantar el `aleluya´, puede responder `amén´, puede tener el Evangelio, puede tener y predicar la fe en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; pero nunca podrá encontrar la salvación sino en la Iglesia Católica".

“La doctrina no cambia, la novedad concierne sólo la praxis pastoral”. El eslogan, repetido desde hace un año, por un lado tranquiliza a aquellos conservadores que miden todo en términos de enunciaciones doctrinales, y por el otro alienta a los progresistas que atribuyen a la doctrina escaso valor y confían totalmente en el primado de la praxis. 

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