La Razón de Nuestra Fe

Muchos fieles sienten la ausencia de la verdadera Misa católica, ya sea de manera regular, porque no tienen cerca alguna capilla o priorato donde se celebre, ya sea de manera ocasional, con motivo de algún viaje o de las vacaciones. A todos ellos queremos ofrecerles, en esta Hojita de Fe.

Como mínimo hemos de sentir orfandad, y normalmente la traición que se nos hace. Sentimientos razonables y bien fundados, porque son la consecuencia natural de otras orfandades y traiciones que parece no todos han llegado a percibir en su debido momento, y tal vez sin culpa en muchos casos.

Pero algunas pueden decirlo. Y ésas son  las células nerviosas. ¡Desdichadas células nerviosas! ¡Infelices células nerviosas, cuyo único oficio es transmitir al cerebro y dende a todo el cuerpo, que el cuerpo anda mal!

Y si no transmiten, están muertas.

Más sorprendente que las cosas de los hombres del mundo, los que “son de este mundo”, a veces me resultan las de quienes “no son de este mundo”.

En una Hojita de Fe anterior ofrecimos a los fieles algunos textos para facilitarles la práctica de la Visita al Santísimo, y de la Guardia de Honor. Pero en la piedad católica la Visita al Santísimo siempre ha estado asociada con la Visita a la Santísima Virgen, como bien lo demuestra San Alfonso María de Ligorio en su célebre librito de Visitas al Santísimo.

Por eso queremos ofrecer ahora a los fieles algunos textos que les ayuden para hacer sus Visitas a la Santísima Virgen, y que podrán serles especialmente provechosos para la práctica de los Primeros Sábados de mes.

1º Oración de San Alfonso María de Ligorio

Inmaculada Virgen y Madre mía, María Santísima, a Vos, que sois la Madre de mi Señor, la Reina del mundo, la Abogada, la Esperanza y el Refugio de los pecadores, recurro en este día yo, que soy el más miserable de todos. Os venero, oh gran Reina, y os agradezco todas las gracias que hasta ahora me habéis hecho, especialmente la de haberme librado del infierno, que tantas veces he merecido. Os amo, Señora amabilísima, y por el amor que os tengo, os prometo serviros siempre y hacer todo lo posible para que también de los demás seáis amada. En Vos pongo todas mis esperanzas, toda mi salvación.

Oh Madre de misericordia, aceptadme por vuestro siervo, y acogedme bajo vuestro manto. Y ya que sois tan poderosa para con Dios, libradme de todas las tentaciones o, al menos, alcanzadme la fortaleza para vencerlas hasta la muerte. Os pido el verdadero amor a Jesucristo, y de Vos espero la gracia de una buena muerte.

Oh Madre mía, por el amor que tenéis a Dios, os ruego que siempre me ayudéis, pero mucho más en el último instante de mi vida. No me desamparéis, mientras no me veáis a salvo en el cielo, bendiciéndoos y cantando vuestras misericordias por toda la eternidad. Amén. Así lo espero, así sea.

2º Invocaciones

1º Os venero con todo mi corazón, Virgen Santísima, más que a todos los Ángeles y Santos del Paraíso, como a Hija del Eterno Padre, y os consagro mi alma con todas sus potencias. — Dios te salve, María…

2º Os venero con todo mi corazón, Virgen Santísima, más que a todos los Ángeles y Santos del Paraíso, como a Madre del unigénito Hijo, y os consagro mi cuerpo con todos sus sentidos. — Dios te salve, María…

3º Os venero con todo mi corazón, Virgen Santísima, más que a todos los Ángeles y Santos del Paraíso, como a Esposa del Divino Espíritu, y os consagro mi corazón con todos sus afectos, rogándoos me obtengáis de la Santísima Trinidad todas las gracias necesarias a mi salvación. — Dios te salve, María…

3º Quince minutos en compañía del Corazón de María

¡Oh Corazón Inmaculado de María, generoso y magnánimo como de Reina, amoroso y compasivo como de Madre!, oíd los suspiros del último de vuestros hijos, que confiado acude a depositar en Vos los sentimientos y aspiraciones de su alma.

1º ¡Gracias, Corazón bondadosísimo! — Vos sois manantial de las divinas bendiciones; de Vos he recibido favores sin número. ¡Y cuántas veces, sin darme cuenta de ello!

Cuando Jesús me redimía en el Calvario, allí con El estabais Vos, sumando vuestra compasión a sus dolores, y vuestras lágrimas al torrente de su sangre redentora. Encuentro mis delicias junto al Sagrario en la sagrada Eucaristía; mas ese pan de ángeles es fruto regalado de vuestra sangre y de vuestro amor.

¡Oh Corazón dulcísimo de mi Madre!, Vos sois el canal señalado por Dios mismo para distribuir todas sus gracias a los hombres. De Vos recibí aquella inspiración…, aquella fuerza para vencer…, aquel consuelo en mi aflicción…

De Vos me vino aquella luz que me mostró el abismo a que corría…, aquella gracia que me movió a dolor de mis pecados… Aquel peligro conjurado…, aquella salud recobrada… me vinieron de Vos. ¡No tienen número vuestros favores! ¡Gracias, Corazón dulcísimo, gracias!

2º Y Vos, Corazón compasivo, ¿qué habéis recibido de mí? — ¡Oh!, lo sabéis Vos, y yo también lo sé, para confusión mía.

A vuestro amor y ternura he respondido con fría ingratitud. Esa espada que os atraviesa de parte a parte, ¡oh Corazón de María!, os la he clavado yo, hijo ingrato…; y no una, sino muchas veces…

Aquellas miradas…, aquellos sentimientos…, aquellas intenciones inconfesables…, aquella soberbia oculta…, aquella sensualidad…, aquel escándalo… Que os hubiese ofendido otro menos favorecido de vuestro amor, sería tolerable;  pero que os haya disgustado yo, después de pruebas tan elocuentes y repetidas de vuestro amor…

¡Oh Corazón santísimo de María!, me siento confundido y arrepentido; os pagaré amor con amor…; arrancaré la espada cruel que os atormenta.

3º ¡Reparación, reparación! — Sí, os la quiero ofrecer siempre. ¡Os amo tanto! ¡Me duelen tan de veras la ingratitud y las continuas ofensas con que los hombres corresponden a vuestro amor!

¡Oh Corazón dulcísimo de María!, la espada cruel que os atraviesa nos habla de la pasión y muerte de Jesús y de los pecados de los hombres que os colman de amargura; pero desde hoy he de consolaros. Bendecid mis propósitos; yo amaré siempre a Jesús, para que no se pierda en mí el fruto de su sangre…; os prometo morir antes que pecar, porque no quiero renovar vuestros dolores…; pensaré en Vos por los que os olvidan…; os alabaré por los que os blasfeman; os amaré con todas las fuerzas de mi alma…

Por vuestro amor, ¡oh Corazón Inmaculado!, me apartaré de aquella ocasión…; mortificaré mis sentidos…; haré que mis ojos, mis oídos, mi lengua, mis manos…, imiten vuestros ejemplos de modestia, de caridad, de servicialidad…

¡Oh Corazón de mi Madre!, para reparar las injurias que los hombres os hacen, me impondré durante el día algunos pequeños sacrificios…, os ofreceré diariamente el rezo del santo Rosario…, os consagraré los primeros sábados de mes, comulgando fervorosamente en honor vuestro…

4º Y tengo que pediros nuevos favores, ¡oh Corazón dulcísimo! Os los expongo con plenísima confianza de obtenerlos, si convienen a mi eterna salvación. ¿No dijo vuestro Jesús: «Pídeme por el Corazón de mi Madre y alcanzarás cuanto deseas»? Pues concededme que no vuelva a caer en el pecado…; que os ame en todos los instantes de mi vida…; que al acabarse este destierro, me llevéis a gozar de vuestras ternuras en el cielo…

Corazón dulcísimo de María, Vos me habéis de salvar…; quiero aprovechar vuestra señaladísima promesa de asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para salvarse a cuantos hayan comulgado cinco primeros sábados de mes seguidos. Os daré ese consuelo, y confío en vuestra bondad y ternura.

Y ahora, ¡oh Corazón Inmaculado!, Vos conocéis mi debilidad… Dadme fuerza para vencer aquella dificultad…, para cortar con tal ocasión… Alcanzadme esa virtud que Jesús me pide hace tanto tiempo… Y el asunto que llevo entre manos… y la preocupación que conocéis…: arregladlo todo para mayor gloria de Dios.

Os pido por mis padres, hermanos, amigos (¡por aquel especialmente que anda alejado de Dios!)…, por la conversión de todos los pecadores, por la perseverancia de los justos, por el alivio de mis queridos difuntos…, por los sacerdotes para que sean santos, por los misioneros…

Corazón bondadosísimo, dadme Vos mismo las gracias que sabéis serme necesarias…

5º Despedida. — ¡Qué dulce es, María, gozar de vuestro amor! ¡Qué hermoso y qué tierno vuestro gran Corazón! ¡Y qué bien se está a vuestro lado! Pero tengo que irme: me llaman mis obligaciones, Corazón amantísimo de mi Madre. Me voy, pero quiero dejar mi corazón aquí a vuestro lado, encerrado en vuestro amoroso Corazón… A lo largo del día volverán a Vos mi recuerdo y los afectos de mi alma… Cuanto antes pueda, volveré con algún pequeño obsequio practicado en vuestro honor, con algún pequeño sacrificio amorosamente aceptado en reparación de las injurias que se os hacen.

¡Oh Corazón de mi tierna Madre, adiós! Haced que sienta durante el día vuestra protección y vuestro amor. Ahora recibid todo entero el del último de vuestros hijos… ¡Adiós!

4º Oración al Inmaculado Corazón de María

¡Oh Corazón de María!, el más amable y compasivo de los corazones después del de Jesús, Trono de las misericordias divinas en favor de los miserables pecadores; yo, reconociéndome sumamente necesitado, acudo a Vos, en quien el Señor ha puesto todo el tesoro de sus bondades, con plenísima seguridad de ser socorrido por Vos. Vos sois mi refugio, mi amparo, mi esperanza; por esto os digo y os diré en todos mis apuros y peligros: ¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

Cuando la enfermedad me aflija, o me oprima la tristeza, o la espina de la tribulación hiera y llague mi alma: ¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

Cuando el mundo, el demonio y mis propias pasiones, coaligados para mi eterna perdición, me persigan con sus tentaciones y quieran hacerme perder el tesoro de la divina gracia: ¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

En la hora de mi muerte, en aquel momento espantoso de que depende mi eternidad, cuando se aumenten las angustias de mi alma y los ataques de mis enemigos: ¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

Y cuando mi alma pecadora se presente ante el tribunal de Jesucristo para darle cuenta de toda su vida, venid Vos a defenderla y a ampararla, y entonces, ahora y siempre: ¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

Estas gracias espero alcanzar de Vos, ¡oh

Porque si por vuestra negligencia viene un lobo y os arrebata una sola oveja, ya no seréis dignos de la recompensa que Dios ha reservado para vosotros. Y después de haber sido flagelados despiadadamente por vuestras faltas, seréis abrumados con las penas del infierno, residencia de muerte.

Nada mejor, en estos días del tiempo natalicio, que dejar comentar a los Santos los grandes misterios que en ellos celebra la Iglesia. Así los expone San Luis María Grignion de Montfort, en su célebre tratado «El amor de la Sabiduría eterna».

 Se da el nombre de Tiempo de Navidad al período de cuarenta días que va desde la Natividad de nuestro Señor, el 25 de diciembre, hasta la Purificación de la Santísima Virgen, el 2 de febrero. Es un tiempo dedicado de manera especial al júbilo que procura a la Iglesia la venida del Verbo divino en carne humana, y consagrado particularmente a felicitar a la Santísima Virgen por la gloria de su maternidad.

Radio Convicción, que lamenteblemente tuvo que cerrar, produjo un interesante programa sobre Lutero, que vinculamos aquí para que los lectores de Panorama lo puedan escuchar.

María es llamada muy justamente Reina del Clero y Madre del Sacerdocio. Estos títulos le convienen muy verdaderamente, y en el sentido de la teología más rigurosa. No sólo Ella nos ha dado a Aquel que es de hecho el Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, sino que además Ella nos lo ha dado en su misma condición de Sacerdote.

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