La Razón de Nuestra Fe

Es necesario para salvarse creer que en la Iglesia se halla el perdón de los pecados, por tratarse de uno de los misterios que el Credo nos manda creer, y por haberlo declarado expresamente nuestro Señor al decir a sus Apóstoles: «Era necesario que Cristo padeciese y resucitase de entre los muertos al tercer día, y que en nombre suyo se predicase la penitencia y el perdón de los pecados a todas las naciones» (Lc. 24 47).

Al día siguiente del XIV Sínodo sobre la Familia, parecería que todos han ganado. Ha ganado el papa Francisco, porque ha conseguido elaborar un texto que pone de acuerdo a dos posturas opuestas. Han ganado los progresistas, porque el texto aprobado admite la Eucaristía para los divorciados vueltos a casar. Han ganado los conservadores, porque el documento no alude en concreto a la administración de la comunión a los divorciados y rechaza el matrimonio homosexual y la teoría de género.

La Relación final de la segunda sesión del Sínodo de la familia, publicada el 24 de octubre de 2015, lejos de manifestar un consenso de los padres sinodales, constituye la expresión de un compromiso entre posturas profundamente divergentes. La impresión general que se desprende de este texto es la de una confusión que no dejará de ser explotada en un sentido contrario a la enseñanza constante de la Iglesia.

Francisco suele repentizar muchas de sus declaraciones y no se las puede tomar en serio. Pero esta que comento aquí no la inventó en el momento, la traía en la mochila.

Amaría ciertamente un don de su esposo; pero si dijese: «Me basta este anillo, y ya no quiero ver más a mi esposo», ¿qué amor sería éste? ¿Quién no reprobaría locura semejante? ¿Quién la excusaría de un afecto adulterino?

Reproducimos a continuación el artículo del Prof. Roberto de Mattei sobre el combate de un santo monje griego contra la aprobación del adulterio realizada por un Sínodo de obispos, bajo la presión del emperador o basileus bizantino, a fines del siglo octavo.

En estos tiempos, hijos del Neomodernismo parasitado en la estructura de la Iglesia, se han cometido toda clase de abusos. Muchos han sido de las palabras más genuinamente católicas. Una de ellas, profecía, ha resultado particularmente enlodada.

Ante todo, si se cumplen bien y santamente los deberes de este precepto, cabe esperar que los hombres vivirán unidos por la perfecta conformidad de sentimientos, y conservarán en sociedad la paz y la concordia.

En la Hojita de Fe en que iniciamos la explicación de los preceptos del Decálogo, según la exposición que de ellos hace el Catecismo de Tren­to, señalamos la división de los preceptos del Decálogo en dos grupos, correspondientes cada uno a una tabla

El Evangelio nos cuenta cómo la gracia trabajó lenta, pero eficazmente, en el alma de María la pecadora. Recogida en su casa, y desentendida ya de su vida anterior, María sólo suspiraba por el mo­mento en que el Salvador se dignaría perdonarla. Mientras tanto, la fe de María Magdalena se purificaba y fortalecía.

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