Bienaventurado Marco D'Aviano: Fraile Y Cruzado (Entrega II)

IV. APOSTOLADO DEL ACTO DE DOLOR

El primer hecho estrepitoso

En aquel año 1676, en Padua, había de tener lugar la celebración de la fiesta de la Asunción, en la iglesia de San Prodócimo, anexa al monasterio de las nobles renunciantes. No era por cierto un compromiso para tomar a la ligera. Las monjas provenían de la alta aristocracia paduana y en dicha solemnidad la Iglesia era frecuentada por sus parientes y conocidos: toda gente de alta alcurnia.

Y bien, para llevar a cabo esta honorable misión, el superior de los Capuchinos destinó al P. Marco. Confusión y malhumor del súbdito que insistió en ser exonerado. Pero el superior lo conocía bien y no cedió. En efecto, las monjas quedaron plenamente satisfechas.

Pero una de ellas, Vicenta Francesconi, hermana de un canónico de la catedral, no había podido asistir al acto, porque enferma desde hacía trece años debió permanecer en el lecho. Sintiendo exaltar la valía del orador, fue presa del deseo de escucharlo también ella y de recibir su bendición.

Fue resuelto por el superior de los capuchino y el P. Marco retornara a los veinte días para dar un sermón sobre la Natividad de María. Antes sin embargo, recomendó a la enferma que se preparara a recibir la bendición confesándose y tomando la comunión con una viva fe.

El 8 de septiembre, después de haber escuchado atentamente el sermón, sor Vicenta se hizo llevar a la sala de audiencias.

El capuchino recitó con todos las monjas las letanías lauretanas y exhortó a la enferma de tener fe en Dios. Y la bendijo.

Fue un instante. ¡¡Estoy curada!! exclamó la enferma entre la agitación de las hermanas. "Si es así, sube y baja por aquellas escaleras", le dijo el P. Marco señalando la escalera que se veía a través de las rejas. Sor Vicenta se levantó y con toda la agilidad de sus 36 años llevó a cabo la orden. Parecía no estar ya enferma. Exclamaciones generales. La enferma estaba verdaderamente sana y su futuro se presentaba ya sin dolores y tristezas.

En tanto, el P. Marco, aprovechando la confusión general, se volvió súbitamente de vuelta al convento, como si el hecho no hubiera tenido relación con él.

Alboroto creciente

La curación de sor Vicenta Francesconi fue el primer eslabón de una interminable cadena de hechos asombrosos.

Vuelto por orden del superior al convento de las renunciantes, el P. Marco bendijo y curó una segunda monja, enferma desde un mes y medio atrás. Para impedir que la fama del acontecimiento se divulgase, se le impidió a las monjas hablar de ello. Pero esto hubiera sido un milagro... más grande que el precedente y ni siquiera el P. Marco logró cumplirlo.

Y fue el fin del mundo

Desde la ciudad y los alrededores comenzó a juntarse en torno al convento de los capuchinos una creciente procesión de sanos y enfermos, que pedían la bendición. Y no fueron pocos los que se declararon curados y que atestiguaron con declaraciones juradas, todavía existentes, la realidad de los beneficios recibidos.

Quizás no pocas cosas hubiera hecho el P. Marco para acallar aquel alboroto en torno a su persona. Pero obediente a las órdenes de los superiores continuó dando bendiciones.

Deseoso de reencontrar un poco de tranquilidad y paz, no fue solamente el padre Marco sino también los otros frailes los que comenzaron a sentirse hartos de todo esa tremolina. La iglesia y la puerta del convento parecían transformadas en un verdadero puerto de mar.

Hacia Venecia

Para liberar a los religiosos de este fastidio se aceptó la petición del superior de Venecia que solicitaba la visita del P. Marco. También allí, habían llegado los ecos de los hechos asombrosos y no eran pocos los patricios que deseaban su bendición. Siempre humilde y obediente, el Padre Marco se marchó el 20 de octubre a visitar al patricio Federico Cornaro que desde varios años sufría agudos dolores de gota. Lo excitó a la contrición y a una viva fe en Dios y lo bendijo. Curó al instante.

Todavía más clamoroso fue el caso de la patricia Laura Gritti afligida de un tumor maligno en la mama izquierda, con gangrena, fiebre y acervos dolores. La bendijo ¡¡Curada!!

Y la serie de curaciones una más estrepitosa que la otra continuó alargándose Y continuó creciendo el clamor entorno del Padre Marco, porque muchos de los sanados pertenecían al más alto patriciado de Venecia.

Pero las que le hicieron la propaganda más ruidosa fueron sin duda las monjas.

El mismo día 20 de octubre, llegó también al monasterio de San Zacarías, donde la madre María Dolfin, devorada por la fiebre y torturada por insoportables dolores de intestino y de otros achaques pedía su bendición. Después de 5 años de enfermedad, la pobre monja daba lástima, sin energía, sin voz, pulsaciones cardíacas casi imperceptibles: casi una moribunda desahuciada por los médicos.

Llevada hasta las rejas, entre grandes dolores, hace junto al P. Marco vivos actos de fe y de contrición, y recibe la bendición. Un cambio imprevisto en todo su organismo le hace comprender que algo nuevo ha pasado en ella: desaparecidos los dolores y la fiebre, desapareció la debilidad y la depresión. En suma, estaba curada.

Aprovechando como de costumbre, la confusión y la agitación general, ya el capuchino estaba por alejarse a hurtadillas cuando fue nuevamente reclamado. Sor María con un hilo de voz apenas perceptible le rogó que la curara de la afonía que todavía perduraba. "¡¡Esta bien, vuelva usted a hablar fuerte!!" Y un grito prorrumpe de la boca, "¡¡Estoy curada!! ¡¡Estoy curada!!". Y llena de alegría se puso a correr por el monasterio bendiciendo y agradeciendo a Dios mientras las otras hermanas corrían a prenderse de las cuerdas de las campanas para proclamar el acontecimiento a los cuatro vientos. Al día siguiente hicieron celebrar una misa solemne de agradecimiento en la iglesia abierta al público.

Y con esto la modestia del P. Marco podía decirse servida

Floritura de maravillas

A estos hechos le siguieron otros, cada vez más numerosos, cada vez más asombrosos. Y si para testimoniarlo no hubieran quedado documentos de la época, se estaría tentado de tenerlos como frutos de la pura fantasía.

Es natural por lo tanto que también en Venecia como en Padua con la maravilla y el asombro se encadenase la devoción general. "Se ha formado una concurrencia tal en torno a dicho Padre y a nuestro convento -dejó escrito el superior de los capuchinos- que es imposible creerlo. Si bendecía en la iglesia, ésta permanecía llena hasta altas horas de la noche... Si caminaba por la ciudad o desembarcaba en la orilla, si entraba en las casas o en las iglesias, cada lugar estaba lleno de gente... Baste decir -concluye exagerando como buen seiscientista- que por 15 días 'commota est civitas', es decir: nos fue trastornada toda la ciudad". Y no llegaban al convento solamente gentes ordinarias, sino también consejeros de Estado, jefes del Consejo de los Diez, elevadísimos magistrados, embajadores de príncipes, etc.

Alejado de Venecia

Tanto entusiasmo no fue compartido por las autoridades diocesanas a la que no le agradaba el alboroto y las complicaciones. Lograron por lo tanto hacerlo alejarse de Venecia. "Y yo, escribe el superior del convento, que no ansiaba otra cosa que liberarme de todo ese enredo..., lo hice acompañar hasta la barca rumbo a Rovigo". Y desde allí hacia Verona.

Pero también durante el viaje, por donde pasase, la gente corría y se juntaba tapizando la calle de flores, de hojas de ramas cuando no extendían sus propias vestiduras con "una devota extravagancia difícil de explicar y de creer" dice su compañero de viaje quien no llegaba a comprender cómo la gente se enteraba de que el P. Marco iba a pasar por allí

Solamente en Verona, su llegada pasó inadvertida porque tuvo cuidado de llegar en lo profundo de la noche. Pero los veroneses se despabilaron bien pronto cuando supieron de su presencia en la ciudad. "Nuestro convento fue asediado y transformado en una piscina probática" afirma un contemporáneo, aludiendo al número de enfermos que llegaban a pedir la bendición y encontrar alivio a sus males.

Todo esto llegó a su fin, cuando en la ilusión de encontrar un poco de paz, fue trasladado en diciembre a un pequeño centro, Lendinara. Mas esta búsqueda de soledad sería para él como un sueño irrealizable.

El apóstol del acto de dolor

El nuevo e inesperado giro que la Providencia había dado a la vida del P. Marco, le imponía un gran sacrificio y un verdadero sufrimiento interior. Alzado sobre las alas de una resonante notoriedad se sentía como un pez fuera del agua. Aquella aureola de santidad, aquel clamor en torno a su nombre contrastaba con sus más íntimas aspiraciones y con la valoración que hacía de sí mismo.

Sin embargo, verdaderamente hijo del Friuli, práctico y realista, terminó sacando de necesidad virtud, y lo más importante fue que supo sacar provecho para una actividad siempre más intensa y proficua a favor del prójimo. Y el modo elegido para conseguir tal fin imprimió en su predicación el aspecto más característico y original.

El no se limitaba a darles a cuantos corrían a su lado, la simple bendición. La salud del cuerpo, ciertamente apremiaba pero más aún les apremiaba la salud del alma. Y si aquellos que se le acercaban no habían reflexionado bastante sobre esto, el se encargaba de hacerlos reflexionar.

La bendición no debía ser reducida a un rito cualquiera, más exterior que interior y menos que menos debía parecer una especie de signo mágico para alimentar tal vez una larvada superstición. Debía ser, sobre todo, un encuentro del alma con Dios, un despertar a la fe, una sacudida saludable y si a mano venía, un terremoto espiritual.

En suma, todo aquello que para los fieles constituía el objeto principal, la bendición, para el P. Marco no era más que un medio para alcanzar un fin más elevado.

Y he aquí al Padre Marco en acción

Pensó todo un conjunto de prácticas, que resultó ser a la postre una singular y conmovedora función religiosa, cuyo centro y corazón ya no fue la bendición sino un acto de arrepentimiento y de dolor perfecto y de amor destinado a reconciliar al alma con Dios y a devolverle la vida sobrenatural.

Comenzaba con una ferviente exhortación a los presentes, toda ella dirigida a despertar los profundos sentimientos de amor y de confianza en el Dios. Después se detenía a considerar la poca correspondencia y la ingratitud humana por tantos beneficios recibidos del cielo e invitaba a los presentes a detestar las propias faltas.

No se limitaba a hacerse escuchar sino que instaba a la gente a participar en un coloquio cada vez más vivaz y estrecho en el cual alternaba ardientes expresiones de fe y de confianza en la invocación de la piedad y misericordia de Dios, en el desprecio de los propios pecados y en la súplica de perdón.

Los documentos de la época nos hablan de multitudes que en torno a él se abandonaban a manifestaciones colectivas verdaderamente impresionantes: se golpeaban el pecho, lloraban sin freno, gritaban e imploraban. El mismo. P. Marco en sus cartas, habla de un "diluvio de lágrimas" y de "tanta compunción, llanto y voces dolientes que bien parecía en día del Juicio".

A favorecer esta atmósfera contribuía eficazmente la actitud misma del P. Marco que, el primero de todos, se abandonaba al llanto, imploraba, se golpeaba el pecho y manifestaba con la palabra ardiente y con la dramaticidad del gesto, los sentimientos que lo agitaban. De su persona parecía salir un fluido magnético que envolvía y traspasaba a todos.

Para sacar todavía más provecho de su obra, el capuchino aconsejaba y recomendaba a los fieles la confesión y la comunión sacramental, de suerte que con la difusión de su fama de santidad y de la práctica del acto de dolor, veremos multiplicarse a su alrededor sacerdotes confesores, los cuales si bien numerosos serán siempre insuficientes para el creciente número de penitentes,

Difusión del acto de dolor

La práctica introducida por el P. Marco encontró en un principio no pocas dificultades. Esto no debe asombrarnos porque tal vez más que a su misma esencia la oposición se daba por el modo en que se practicaba,

En el '600, en verdad, ciertas manifestaciones colectivas sorprendían menos que hoy; pero todo aquello que se desarrollaba en torno al P. Marco con todo aquel conjunto de gestos e imploraciones, podía parecer verdaderamente excesivo. La práctica, igualmente, se difunde con mucha rapidez en Italia y fuera de ella, especialmente en los países de lengua germana. Los largos y frecuentes viajes de los capuchinos contribuyeron de un modo notable. Donde quiera que pasase, su acto de dolor era impreso en hojitas de papel distribuidas en millares y decenas de millares de copias. No tardó mucho para que, con la aprobación y recomendación de los obispos, fuera introducida en los manuales de piedad y a formar parte de las acostumbradas prácticas religiosas.

Para hacer que se comprendiera de un modo más perfecto el significado de la práctica de este acto, al P. Marco compuso e hizo publicar algunos opúsculos que fueron traducidos también a otros idiomas.

La bendición

Después de la exhortación y la recitación del acto de dolor, llegaba el momento más esperado por los fieles.

El P. Marco llevaba a cabo una última y más fervorosa exhortación a la confianza en Dios y en su bondad y omnipotencia. Recitaba algunas plegarias en honor de la Inmaculada e impartía la bendición, rogando a los enfermos que abandonasen las muletas, camillas, angarillas y sillones y a moverse libremente, puesto que si no dudaban en su corazón ciertamente obtendrían la cura.

Y ocurrían verdaderamente cosas extraordinarias y maravillosas. La fama de su bendición taumatúrgica se difundió rápidamente en toda la Europa católica. Más no todos podían viajar para recibirla. Entonces, para cumplir con el deseo de muchos, comenzó a impartirla de lejos, concertando de antemano el día y la hora. Pero, poco a poco el número de aquellos que la deseaban fue tan grande que se vio obligado a recurrir a un medio singular. Con el permiso del superior, compiló e hizo imprimir la lista de días en los cuales, durante el año, a las 11 de la mañana la iría a impartir a cuantos se hallaren preparados. Y entre los que se contaron para recibirla veremos a obispos, cardenales, príncipes, el Emperador de Austria con su familia y millares y millares de fieles esparcidos por lejanos países.

Bendición papal

No obstante su modestia, el P. Marco sabía ser osado, y mucho. Era humilde no pusilánime. Ya que su bendición era invocada por tantos, ¿por qué no aprovecharla y hacerla más útil todavía para las almas obteniendo del Pontífice la facultad de impartir la bendición papal con la adjunta indulgencia plenaria? Y no vaciló en pedirla. Era verdaderamente un acto de audacia, pedía un privilegio, para aquel tiempo, sobremanera singular. Y fue esto, otro motivo para reunir a su alrededor mareas interminables de gente provenientes de increíbles distancias. Lo veremos, en años sucesivos, impartir esa bendición al final de la cuaresma y en cualquier otra circunstancia particularmente solemne. Entonces ya no habrá catedrales ni plazas suficientemente grandes para contener la masa de fieles y aunque numerosos no serán suficientes los sacerdotes capaces de escuchar las confesiones de los penitentes. Se verán espectáculos de una grandiosidad impresionante, inolvidable...

Sucedió de esta manera y mediante este género de predicación penitencial y a través de estos medios a veces muy personales que el P. Marco se convirtió en uno de los más grandes apóstoles de mitad el 600, Un apóstol que conocía bien los deseos espirituales y las aspiraciones de su tiempo y que por un cuarto de siglo recorre los caminos de Europa llevando donde sea menester su mensaje de penitencia, sacudiendo las conciencias más refractarias e incluso despedazando los corazones más endurecidos. Se ha hablado y escrito tanto sobre la teatralidad, sobre la exterioridad, sobre la superficialidad espiritual del catolicismo del 600. Se ha hablado de una religiosidad popular poco animada del espíritu evangélico y de austera intimidad. Se trata sin duda de afirmaciones genéricas, aceptadas muchas veces con espíritu acrítico, por historiadores de tendencia bien individualizada y fundamentalmente anticatólica que no reproducen la compleja realidad espiritual y religiosa del s. XVII.

En todo caso, si aceptamos el testimonio de no pocos y autorizados documentos de la época, debemos negar que en torno al P. Marco existiese solamente exterioridad y superficialidad. Se trataba en realidad de un viento saludable, que purificaba el aire y dejaba en las almas huellas profundas y duraderas.

La predicación cuaresmal

Después del inicio de los prodigios, el P. Marco estaba destinado a convertirse en un mártir. Y sus carceleros -no obstante sus buenas intenciones- fueron sus mismos admiradores y el tiempo elegido para infligirle la más cruel tortura debía ser el período cuaresmal.

El P. Marco predicó cada año, durante toda su vida, la cuaresma cotidiana. Pero la acostumbrada predicación diaria, aunque comprometida, no representaba para él más que una ligera fatiga. Aquella que lo fatigaba realmente, hasta agotarlo y consumirlo, era la continua atención de fieles, incluso en las horas más intempestivas. Muchas veces venían de lejos, en grupos, orando y cantando. Se paraban bajo su ventana, cercana a la Iglesia y suplicaban su bendición. El capuchino no sabía negarse. Se encaminaba a la Iglesia o simplemente se asomaba al balcón, les dirigía la palabra, los invitaba a cumplir con el acto de dolor y les daba la bendición. Y esto cuatro, cinco, diez veces al día. Y qué decir de los nobles y de otros personajes que deseaban tratar personalmente con él de sus problemas espirituales.

¡¡Si al menos hubiese podido dormir y reposar durante la noche!! Pero no...

Grupos de fieles alrededor de la casa se la pasaban aguardando, rezando, cantando, charlando. Una verdadera tortura. De ese modo resultaba imposible pegar un ojo. "Es tanto el concurso del pueblo -escribiría él mismo al Emperador de Austria- que no puedo descansar ni de día ni de noche".

Cómo hacía para resistir la cuaresma entera, jamás logró saberse... Un hermano suyo de la orden dijo que le parecía "sobre las humanas fuerzas pasar intrépidamente una cuaresma entera con este modo de vida". De esto el P. Marco pensaba diferente, lo que queda plasmado en una carta a un embajador: "son tan grandes las ocupaciones, que es imposible resistir sin una especial ayuda de Dios".

Todo esto no debe hacernos pensar que las otras predicaciones eran un consuelo o una excursión turística. Pero es cierto que la cuaresma representaba para él un verdadero calvario cotidiano que no tenía término sino cuando lograba finalmente sustraerse a la pía e implacable persecución de la multitud y refugiarse en el convento.

V. ENTRE CETROS Y CORONAS

Primer viaje a Germania

La fama de lo que estaba ocurriendo alrededor del P. Marco no tardó en difundirse en nuestras regiones y a traspasar el cerco de los Alpes. En los años sucesivos, por donde se acercase a predicar la cuaresma, -Sermide, Riva del Garda, Castelfranco, Rovereto- su presencia era un evento que revolucionaba las poblaciones y reunía multitudes cada vez más grandes.

Pero desde hacia ya bastante tiempo que otras gentes y otras poblaciones deseaban verlo y escucharlo. El llamado más insistente venía de Innsbruk, de parte del gobernador del Tirol. Era éste el duque de Lorena, Carlos V. Expulsado de sus propias posesiones por la prepotencia de Luis XIV de Francia, había pasado al servicio del Emperador de Austria Leopoldo I y casado con su hermana, Eleonora María, viuda del rey de Polonia Koributh, por lo que se había convertido en gobernador del Tirol.

Los duques de Lorena se sentían especialmente agradecidos al P. Marco, porque a él atribuían el nacimiento de su primogénito. Eleonora no había podido tener hijos en su precedente matrimonio con el rey de Polonia y tampoco en éste con Carlos V. Por lo que en agosto de 1678 se había dirigido al capuchino, obteniendo de lejos su bendición. Y el hijo suspirado no tardó en llegar. Ahora los duques deseaban a toda costa la presencia del P. Marco en la propia Corte, en Innsbruck. Y el Papa y el superior de los capuchinos los contentaron.

No es necesario decir que el viaje a principios de mayo de 1680 fue un advenimiento para las poblaciones del valle del Adigio y del Tirol, venían de todas partes para verlo y recibir la bendición. Especialmente en Bolzano, donde se desarrollaba una gran feria, sus discursos en la plaza pública, su bendición y los hechos extraordinarios que se sucedieron, produjeron una profunda impresión y difundieron todavía más su fama más allá de los Alpes.

En Innsbruck fue recibido triunfalmente. Los duques fueron personalmente a encontrarlo y reverenciarlo. Llegado a él, Carlos V se puso de rodillas y no obstante todas las protestas y la repugnancia del capuchino, no quiso levantarse antes de haberle besado los pies. Más tarde quiso hacer con él su confesión general y recibir de sus manos la comunión. Inútil decir que estuvo presente con su esposa en todas sus prédicas.

No hablemos de los cortesanos, prontos a ir... hasta el infierno para contentar los humores de los príncipes y prontos por lo tanto para ir a confesarse y comulgar también ellos.

El resto lo dejamos a la imaginación de quien quiera.

Curaciones estrepitosas

Una de las razones que indujeron al duque a llamar al P. Marco, fue la esperanza de poder curar de su pierna derecha rota al caer de un caballo. Mucho lo hacía sufrir y no podía caminar más que apoyado en un bastón o en muletas-. Apenas recibida la bendición los dolores desaparecieron y no tuvo necesidad ya de ningún sostén. Se podría pensar que esto es una historia puramente fantástica, pero los documentos así lo atestiguan y están allí para probar incluso, otros hechos extraordinarios. He aquí un ejemplo: Había un leproso que incapaz ya de moverse no salía de su casa hacía dos años y medio. "El infeliz -cuenta un testigo ocular- se veía horrible: su rostro y toda su piel semejaban la corteza de una encina". Bendecido por el capuchino en presencia del duque y de algunos nobles y damas, se puso en pie y se encaminó a la iglesia vecina a rendirle su agradecimiento a Dios. Después regresó solo a su casa. Su rostro y su piel se mostraban ahora renovados "blancos y rosados". Asombro inaudito del duque y su séquito que no podían creer a sus propios ojos y que temían ver al leproso derrumbarse de un momento a otro.

Y omitimos otros hechos.

En Mónaco

Después de aproximadamente una semana de permanencia en Innsbruck, el 22 de mayo prosiguió hacia Baviera, escoltado por representantes del duque regente Maximiliano Felipe que había llegado a recibirlo.

A su paso por las ciudades y las aldeas el juntarse de multitudes resultó impresionante, y a su llegada a Mónaco se repitió el triunfo de Innsbruck. Como se repitió también por parte del capuchino el intenso trabajo, ininterrumpido, extenuante entre la población que lo asediaba, lo oprimía, le rasgaba las ropas por devoción. Por fortuna era escoltado continuamente por los guardias del duque, ya que de otra manera hubiera sido sofocado y despellejado vivo.

El P. Marco desconocía la lengua germana y predicaba en italiano. "Sin embargo -escribe un padre jesuita- hace llorar incluso a los que no le entienden".

Bastaba ver su persona, sentir su voz, seguir el gesto. De él salía una potencia que traspasaba y conquistaba. Y bastaba entender las pocas expresiones germanas que había aprendido y que repetía en dialogo con el pueblo, para sentirse conmovido hasta las lágrimas.

En todo esto, ciertamente, también la autosugestión colectiva, jugaba su parte. Mas no era fácil sustraerse a la fascinación de aquel hombre dotado de poderes sobrenaturales. Los hechos que se desarrollaban a su alrededor habrían dejado estupefacto al más encallecido de los escépticos.

Sólo en la iglesia de los capuchinos se recogieron 150 muletas, 80 bastones, 2 aparatos ortopédicos y otros objetos dejados allí por los enfermos sanados. El mismo duque hizo extender y publicar los testimonios auténticos de 117 curaciones ocurridas ese mismo día 23. Y se trató, naturalmente, de una parte de cuanto había ocurrido

En Salisbury

Partió de Mónaco acompañado durante veinte millas por los duques y por un gran séquito de personajes. En el Tirol encontró esperándolo a los duques de Lorena y también al príncipe arzobispo de Salisbury, que le rogó y suplicó que visitara su ciudad. Pero el Padre Marco jamás hubiera hecho nada sin una expresa orden de sus superiores. Por lo tanto prosiguió hacia Italia. Debió detenerse en Arco por haberse herido un pie. Necesitó por ello reposo. Aquel largo viaje hecho con "el caballo de San Francisco", y las continuas y extenuantes fatigas del apostolado lo habían reducido más bien malamente. Con sus cuarenta y ocho años ya cumplidos no era ya un jovencito, sin contar que tenia el estómago verdaderamente dañado.

El Padre Marco sabía que esta de Arco era solamente una tregua. El arzobispo de Salzburgo y el emperador de Austria habían pedido a Roma el permiso de tenerlo un tiempo con ellos; y Roma ciertamente no se negaría.

Y en efecto, no se negó

Debió ponerse en camino a principios de agosto, en plena canícula. No tenía la menor idea si las fuerzas le irían a alcanzar hasta el fin, bajo el azote del sol y en medio de multitudes que se sucedían incesantemente como las olas del mar y que lo asaltaban por todas partes.

En Salzburgo, desde el 26 de agosto al 2 de setiembre, fue acogido y tratado como un mensajero celeste por el príncipe arzobispo y por el pueblo. La catedral era demasiado pequeña para contener toda esa cantidad de gente que llegaba a escuchar sus dos predicaciones diarias; por lo tanto debía predicar al aire libre e impartir la bendición desde el balcón del palacio arzobispal.

Y no hablemos de las continuas visitas y exhortaciones que debía realizar a los numerosos monasterios de la ciudad; y no señalamos los hechos maravillosos que florecían a su paso.

Primer encuentro con Leopoldo I

Desde Salzburgo, descendiendo en una embarcación a lo largo del Danubio, el 7 de septiembre llega a Linz, donde entonces residía el emperador Leopoldo I por temor a la peste que se extendía por Viena.

El soberano lo había mandado llamar a la corte posiblemente intrigado por las maravillas que de él contaba su hermana Eleonora María y Carlos V de Lorena.

En ese momento, el soberano se encontraba en Gnunden. Pero apenas enterado de la llegada del capuchino le escribió una esquela dándole la bienvenida y anunciándole su próximo retorno. Apenas llegado, pidió presto verlo y lo recibió con todo respeto y reverencia. La emperatriz lo recibió directamente de rodillas.

A ese primer encuentro le siguieron otros más íntimos y confidenciales. Qué cosa se dijeron en aquellos coloquios, que a veces duraban horas, no se sabe con precisión; pero se puede inferir por las cartas del nuncio apostólico y las del mismo emperador. El P. Marco recomendó en particular la administración de justicia, recomendación cuanto más oportuna en aquellos tiempos en los cuales los privilegios eran todos para los nobles, es decir los ricos, y todos los agravios para los pobres.

Y recomendó igualmente el respeto a las inmunidades eclesiásticas y a los derechos de la Iglesia: recomendación también ésta, no menos importante que la primera, en aquel tiempo de absolutismo de estado.

La misma cosa no titubeó predicarla desde el púlpito, así como no titubeó en recomendar la penitencia si no se quería provocar los castigos de Dios.

Fue éste, el primero de una larga serie de encuentros que deberían terminar sólo con la muerte del capuchino. Y señaló el inicio de una relación cada vez más estrecha y sincera entre los dos, con notable ventaja para la conciencia del emperador y para el bien del imperio.

Leopoldo I

El emperador del cual el Padre Marco estaba por convertirse en amigo y Padre espiritual, era un hombre pisando la cuarentena y reinaba desde hacía ya 12 años. Segundo hijo de Fernando III había encaminado sus pasos en la carrera eclesiástica desde tiempo ha cuando por la muerte de su hermano mayo debe abandonarla en 1654.

Como hombre, Leopoldo estaba dotado ciertamente de considerables cualidades. Generoso y magnánimo, inteligente y culto, favorecía y cultivaba él mismo las letras y la música. De consciencia recta y delicada. Era, incluso en medio de los compromisos complacientes de la corte, de una moralidad irreprensible, y amaba profundamente su Fe religiosa y su familia.

Como emperador sin embargo, dejaba un poco que desear. Todos sus defectos tenían un denominador común: una grave falta de energía y de decisión. De aquí, los abusos interminables, especialmente en la administración de la justicia, flojedad delante de los poderosos, exasperante lentitud burocrática, vacilaciones en la toma de decisiones urgentes e importantes. Y de aquí los astutos manejos de los ministros para actuar a su antojo, aislándolo de la realidad y buscando el tenerlo en la oscuridad, respecto a demasiadas cosas. Leopoldo era complaciente y a la vez sentía una profunda molestia, mas era incapaz de corregirse.

Tenía necesidad de alguno que representase, en cierto modo, la voz de la verdad y de la conciencia. Y este fue precisamente el P. Marco.

El voluminoso epistolario que nos quedó de ellos, 164 cartas del emperador y 153 del P. Marco, nos dice hasta qué punto el capuchino fue el confidente y el amigo de Leopoldo, con cuánta sinceridad y rectitud trató siempre con él, con cuánta libertad y eficacia supo amonestarlo, estimularlo y además reprenderlo. El P. Marco, aunque humildísimo, en cuestiones como esta, no tenía temor alguno de expresar con toda sinceridad aquello que en conciencia estaba obligado a decir. Y es justamente por esto que logró conquistar cada vez más la confianza de su amigo aunque no pudo siempre remover su congénita inercia e indecisión.

El Imperio Germano

Se debe reconocer, como parcial justificación de Leopoldo I, que el imperio germano con sus casi 350 Estados, pequeños Estados y ciudades francas, y con sus complicados problemas religiosos, no se prestaba fácilmente a ser gobernado. Francia, apoyada por Suecia, había conseguido, en parte con la paz de Westfalia, el fin que perseguía desde hacía tiempo: humillar al imperio, debilitarlo territorialmente, disolverlo políticamente en una miríada de pequeños estados cuasi independientes y descomponerlo espiritualmente en un marasmo religioso en el cual se agitaban y reñían católicos, luteranos y calvinistas.

En esa obra disgregadora, Francia estaba empeñada totalmente. Apuntando a romper el anillo de los Habsburgo que la constreñía por el Rin, por los Países Bajos y por los Pirineos, estaba pronta a fomentar siempre nuevas dificultades internas contra el emperador y a ganarse con sobornos y favores, la adhesión de cuanto obispo o príncipe germano cayera a mano para enfrentarlos con Viena.

Pero todavía había más. Para dividir y debilitar las fuerzas imperiales, sostenía e instigaba a una facción de húngaros que, guiados por Tokoly, llevaban a cabo una guerrilla de destrucción y de exterminio en las posesiones orientales del emperador; y estimulaba a Polonia que hiciera otro tanto, Peor todavía: mantenía optimas relaciones con los turcos y los instigaba a declarar la guerra a Austria, para poder así tomar por la espalda al emperador.

Si en la política interior y exterior la corte de Viena se enfrentaba con Francia, esto es con Luis XIV, en la política religiosa, se enfrentaba con Roma. El clima de absolutismo de Estado, que tendía a concentrar todos los poderes en las manos del soberano y abría la senda a la intervención del poder político en materia religiosa, no facilitaba ciertamente las buenas relaciones con las autoridades eclesiásticas y con el Papa. Al contrario, llevó a toda una serie de infracciones de las inmunidades eclesiásticas y al servilismo progresivo del clero y de la Iglesia al Estado, determinando una tensión siempre en aumento entre la curia romana y Viena.

En este complicado contexto religioso y político se encontró obrando el P. Marco, y como se ha dicho, al final del primer encuentro no dejó de insistir sobre dos aspectos fundamentales de la política imperial: la administración de justicia y el respeto a las inmunidades eclesiásticas.

Partida

Durante su permanencia en Linz, más que entretenerse con Leopoldo I, el P. Marco ejerció un intenso ministerio, predicando y haciéndose entender con su acostumbrada y característica mezcolanza de italiano, latín y alemán, haciendo recitar el acto de dolor y conmoviendo hasta las lágrimas multitudes enteras de fieles y realizando curaciones milagrosas. En las tres prédicas que realizó en la iglesia del convento, quiso estar presente el mismo emperador con su esposa y muchísimos personajes y nobles entre los cuales se encontraban los duques de Lorena llegados a Linz en ese mismo día.

Leopoldo y la emperatriz hubieran querido retenerlo más tiempo junto a ellos; pero el P. Marco ya tenía suficiente de corte y de cortesanos. Por otra parte, había quienes ya tenían suficiente de él y no veían la hora de que se fuera: eran aquellos que tenían todos sus intereses puestos en adormilar la conciencia del soberano y hacerle pasar luciérnagas por faroles.

Partió el 25 de septiembre, mas no para volver a Italia. Otros príncipes, en el entretiempo, habían pedido y obtenido la autorización para tenerlo cerca de sí. De aquí en adelante, su fama y su... tortura estaban aseguradas por un largo trecho, el P. Marco ya no se pertenecía más a sí mismo.

La Virgen del llanto

En Neuburg, en el Palatinado, lo estaba esperando el padre de la emperatriz Eleonora, el conde palatino Felipe Guillermo.

Durante el viaje por el Danubio, muchas poblaciones hubieran deseado verlo, escucharlo y recibir su bendición: pero provenía de la Austria contagiada de peste, y por lo tanto no descendió a tierra. Sólo en Ratisbona manifestó el deseo de descender para compartir con sus hermanos capuchinos la fiesta de San Francisco (4 de octubre). Pero las autoridades civiles de esa fortaleza del protestantismo estaban ya bastante hartas de aguantar la actividad que desarrollaban los capuchinos del lugar y no quisieron saber nada. Para hacerlos cambiar de opinión la población realizó una manifestación grandiosa y plebiscitaria.

El 8 de octubre llegaba a Neuburg. Cuando desembarca va a recibirlo el mismo palatino con los seis hijos, lo acompaña personalmente a su residencia donde la consorte con las cinco hijas lo reciben de rodillas.

Se quedó con ellos 4 días. Y fueron esos días, días de gracia para la ciudad. Entre otras cosas que sucedieron, amerita señalarse particularmente un acontecimiento extraordinario que dejó un recuerdo imborrable de cuyo resultado su fama se expande por toda Germania.

El 9 de octubre, hacia las 17 hs., mientras el P. Marco predicaba con gran fervor en la iglesia de San Pedro en la presencia de príncipes y de una gran multitud, lo fieles que se encontraban cerca del altar mayor comenzaron a agitarse; la estatua de la Virgen con el Niño en brazos se había animado y dirigía su mirada ora hacia el cielo ora hacia el Padre Marco en el púlpito. La voz se propagó como un rayo de un lugar a otro de la iglesia, y la conmoción fue inmensa. No se trataba del capricho de algún exaltado, los mismos duques y muchísimos presentes pudieron constatar la realidad y atestiguarla con autoridad. Y la situación continuó repitiéndose de cuando en cuando en meses y años sucesivos, y tenemos su confirmación en las numerosas cartas que el palatino le escribió al P. Marco que todavía se conservan.

Este hecho, junto con la amistad del emperador, consagró definitivamente a la celebridad el nombre del capuchino en toda Germania.

De ciudad en ciudad

Dese Neuburg prosiguió hacia Eichstatt, Bamberga, Wurzburg, Worms, Maguncia, Coblenza, acogido en todas partes por grandiosas demostraciones de veneración, seguido con una conmovedora piedad en sus predicaciones penitenciales, mientras a su paso continuaban verificándose una interminable serie de hechos estrepitosos.

En Colonia lo esperaba el arzobispo elector Maximiliano Enrique de Wittelsbach; y aquí su llegada y su apostolado se volvieron, si es posible, todavía más grandiosos y fructuosos que en otras partes. El nuncio, Jacobo M. Onda, escribe a Roma: "El concurso que traen consigo las pequeñas prédicas es tan numeroso como no se ha visto en esta ciudad en tiempos inmemoriales". Con respecto al arzobispo, concibió por el P. Marco una tan grande estima que dispuso una investigación oficial y la publicación de los hechos prodigiosos acaecidos en aquellos días, y se convierte después en un devoto seguidor por toda su vida.

De Colonia pasó a Dusseldorf, donde el primogénito del conde palatino, Juan Guillermo, esperaba con su bendición, impetrar del cielo un heredero. Y también aquí el recibimiento fue solemne y el apostolado muy provechoso.

Mientras tanto continuaban lloviendo las invitaciones de todas partes, de Westfalia y de los lejanos Países Bajos, pero el P. Marco jamás hubiera ni soñado aceptar sin el consentimiento de sus superiores. Por lo tanto se dispuso el retorno.

El 16 de noviembre llega a Augusta donde el obispo Juan Cristóbal von Freiberg había pedido su arribo "como la cosa más deseada y querida", y en donde es acogido por una imponente procesión, con el batir de todas la s campanas, mientras eran distribuidos miles y miles de volantes con el acto de dolor. De su presencia y de su actividad apostólica el obispo esperaba para los católicos, una ayuda y un estímulo en medio del hormiguero de protestantes. Y tampoco esta esperanza quedó decepcionada. Releyendo los documentos de la época, se tiene la impresión que Augusta, en aquellos días, fuese asaltada por un torbellino de sobrenaturalidad, y que las conversiones, a veces estrepitosas, y las curaciones de enfermos, ciegos, lisiados, no pudieron ser contadas. Tal vez parecerá una exageración, pero incluso haciendo el debido descuento a la memoria que nos dan los testimonios oculares, resta más que suficiente para dejarnos maravillados.

Incluso el obispo debió ser convencido. No por nada ordenó una encuesta sobre muchos hechos prodigiosos y dispuso su publicación, que tuvo una larga difusión.

Se explica por o tanto como 40 soldados fueron apenas suficientes para proteger al capuchino del entusiasmo del gentío, el cual le rasgaba los vestidos y buscaba sacarle cualquier cosa para guardarla como reliquia. Y se explica cómo el prior de los cartujos de Buxheim dejase escrito: Si el mismo emperador viniera a Augusta acompañado de otros tres soberanos, no creo que se reuniría un tal concurso de público".

El Padre Marco y los herejes

A varios opúsculos publicados por los católicos sobre los hechos atribuidos al P. Marco, se contraponen, por parte de los protestantes, las publicaciones de verdaderos y propios libelos que ofensivos y denigrantes. La cosa se explica: para ellos, el capuchino constituía un peligro demasiado grande como para no buscar neutralizarlo.

Por otra parte, uno de los objetivos que los príncipes alemanes se proponían al hacer venir al P. Marco, era el de confrontar la actividad de los protestantes con su prédica evangélica, sus dones sobrenaturales y milagrosos y sobre todo con el ejemplo de su vida humilde y penitente. Era aquel el tiempo en que -aplacado el período de las guerras religiosas- muchos de uno y otro bando acariciaban el sueño de una reunión entre católicos y protestantes.

Este anhelo estaba también en el corazón del P. Marco, el cual, además de rogar por este nobilísimo objetivo, no dejaba, en sus prédicas, de dirigir frecuentemente a los herejes unas vehementes y doloridas apelaciones al retorno a la fe verdadera. Y esos llamados encontraban a menudo un eco favorable en muchas almas, si es verdad lo que refieren con particular insistencia los documentos del tiempo, que las conversiones eran muy numerosas.

Para conjurar precisamente este peligro, los jefes de la iglesia protestante prohibían a sus seguidores, si bien con escaso resultado, el ir a escucharlo; y para socavar su prestigio, además de las voces calumniosas pusieron en movimiento toda una serie de publicaciones denigrantes.

Cuaresma en Venecia

Cuando el 19 de noviembre dejó Augusta, el P. Marco suspiraba con toda su alma por la paz del convento. Cuántos kilómetro había andado cuando, en el mes de abril, partía desde Innsbruck!! ¡¡Poder siquiera recogerse, cara a cara con Dios, alejado de aquel continuo desbarajuste y de aquella agitación!!. Todos esos honores y esos triunfos habían sido para él una tortura mucho más grande que las ininterrumpidas fatigas del ministerio y los interminables caminos recorridos a pie. Ahora contaba los días que le faltaban para llegar a su convento

Pero no había arreglado cuentas con las autoridades sanitarias venecianas ya porque provenía de los países infectados por la peste. Debió guardar cuarentena, incluso la en santa Navidad, en el lazareto de Verona. Y así, el tiempo que pudo transcurrir en su convento de Padua, aun admitiendo que se hubiera podido marchar inmediatamente, fue demasiado breve: a principios de febrero debió trasladarse a Venecia a predicar la cuaresma en San Polo, una de las parroquias más importantes de la ciudad.-

Aquí, para su fortuna, pero con gran fastidio de los venecianos, el patriarca Luis Sagredo, "para evitar algún tumulto del pueblo" no le permite dar la bendición sino en los tres días de la fiesta pascual. Pero fueron suficientes esos tres días para poner patas arriba la ciudad entera. Ocurrieron cosas que parecen inverosímiles. Venecia -para usar una expresión de un contemporáneo- se transforma en una "Nínive convertida". Al fin el P. Marco logró escabullirse mediante una estratagema y se refugió en tierra firma, en Mestre.

De nuevo en camino

Ahora en Europa eran muchos los que deseaban recibir una visita del P. Marco. La Santa Sede y los superiores de la orden capuchina eran importunados por las demandas de príncipes y obispos. Con particular insistencia, desde hacía un año venía siendo reclamado en los Países Bajos por la princesa de Vaudemont, Ana Isabel. Esta tenía el esposo, el duque Carlos Enrique de Lorena, seriamente enfermo; deseaba que el P. Marco viniera a darle la bendición. Y el capuchino recibió la orden de ponerse en camino.

Si le hubieran mandado marcharse al purgatorio, tal vez habría estado más contento. Sin embargo no dudó en obedecer prontamente

Pasando por Mantua, le hizo una visita al duque Fernando Carlos de Gonzaga, un alegre vividor, el cual con tal de tener dinero para satisfacer sus caprichos, se había vendido a Francia, comprometiéndose con éstos a no tener herederos. El peligro que después de su muerte se desencadenase una guerra de sucesión por el ducado de Mantua evidentemente no le preocupaba demasiado; pero sí le preocupaba al Pontífice Inocencia XI que mandó al P. Marco para que buscase el modo de sacudirle un poco la conciencia. El duque prometió corregirse. Fue una lástima que después se olvidase demasiado pronto de su promesa.

Desde Mantua, a Brescia, a Milán, a Turín. En todas partes, indescriptibles demostraciones de profunda veneración, gentíos innumerables, discursos continuos del capuchino y curaciones milagrosas. Y en todas partes fue necesario movilizar fuertes contingente de guardias para protegerlo del excesivo entusiasmo de las multitudes que buscaban cortarle los vestidos, arrancarle pelos de la barba, hacerlo tocar coronas, crucifijos y otras cosas. Y por todas parte príncipes, obispos y gobernadores que venían para homenajearlo.

Maltratos y humillaciones.

De Turín, en una carroza puesta a su disposición por la duquesa de Saboya, el 14 de mayo partió para Francia, donde en París, María Ana Cristina, desposada hacía un año con el delfín Luis, deseaba recibir consejo de él.

Atravesó los Alpes por el paso de Susa y llegó a Saboya. Durante el viaje -cuenta un testigo- no hubo ciudad que no quedara despoblada para ir a escucharlo y a verlo.

Otro tanto, y más, ocurre en Lyon, tanto que al partir, la gente quiere acarrear a mano su carroza un buen trecho por el camino. Y más avanzaba, más crecían las manifestaciones populares, hasta desbarrancarse en el fanatismo y constituir un verdadero peligro para el capuchino.

Estaba acercándose a París, cuando de improviso todo cambió,

Alcanzado por los agentes de Luis XIV, se le comunica, con gestos bruscos y despreciativos la prohibición de proseguir hacia la capital y se le ordena abandonar lo más rápido posible Francia. Estupor y sorpresa suya y de su compañero, el P. Cosme de Castelfranco. Y más perplejos todavía quedan al ver que no obstante ese hecho los hacen proseguir hacia París, bien encerrados dentro del coche y en compañía de aquellos cerberos ignorantes e inciviles.

A las puertas de la capital, nuevas órdenes del rey: proseguir al instante hacia el norte. Los dos capuchinos fueron trasladados a un carro con paja en el medio del cual se había hecho un lugar y asegurados con cuerdas en una posición más que incómoda. Y así pasaron galopando toda la noche, medios sofocados por el polvo y sacudidos violentamente por los brincos continuos de las ruedas en aquellos caminos desagradables. Junto a ellos habían puesto una persona armada de un grueso bastón, mientras que las palabras y el aspecto de los otros agentes armados dejaban intuir vaya uno a saber qué oscura amenaza. " Dejo considerar a quien tiene entendimiento y capacidad de hombre -escribe el P. Cosme- qué tormento y martirio fue eso".

El temor no diminuyó durante 4 días sucesivos, antes bien los maltratos no hicieron sino aumentar y cada palabra dicha por los capuchinos era registrada y comunicada al rey por correo expreso. Ahora estaban convencidos que serían recluidos en la fortaleza de Valenciennes en Flandes.

El P. Marco se mantenía sereno, no pronunciaba ni una palabra de resentimiento ni se le veía ensombrecido el rostro. Al contrario, se mostraba afable y gentil con sus guardianes que, siempre despiadados, no tenían para él más que palabras inhumanas.

Para explicar aquel indigno tratamiento se debe tener presente el particular momento político-religioso que Francia estaba atravesando. En 1673, Luis XIV había extendido a todos los territorios sujetos a su corona el derecho de regalía, esto es el derecho de percibir los ingresos episcopales durante el periodo de sede vacante y de conferir libremente las prebendas después de la muerte de los respectivos obispos. La cuestión, ya de antigua data, se había venido agriando bajo el reinado de Inocencio XI a causa de la prepotencia y el orgullo de Luis XIV y estaba por alcanzar su punto más alto en el momento en que el P. Marco llegaba a Francia.

Tal vez alguno haya susurrado al oído del rey que el capuchino, con su prestigio y su popularidad, podría interferir en la cuestión e influir sobre el pueblo en favor de la Santa Sede. No se podía desvalorizar a un hombre que en Lyon había reunido en torno a sí no menos de 200.000 personas. Mejor, por lo tanto, sustraerlo a la admiración del pueblo, ignorar el deseo de la delfina y hacerlo proseguir derecho hacia los Países Bajos donde lo estaban esperando,

Y así, mientras en París, con la característica fatuidad de los cortesanos, se burlaban del capuchino mofándose de que la corona de Francia no tenía necesidad de milagros como la de Austria, el P. Marco llegaba, con aquel acompañamiento, a la frontera norte.

Las loas después de la crucifixión

Apenas informado de su arribo a Velenciennes, el duque Carlos Eugenio d'Arenberg, gobernador de Mons, en los Países Bajos españoles, le mandó prestamente su carroza. El encargado de Luis XIX pidió acompañarlo hasta la frontera. Otro menos virtuoso que el P. Marco, se hubiera tomado una pequeña venganza, rechazando esa poco amable compañía. En cambio, él aceptó y con sincera cordialidad lo sentó junto a sí en la carroza del duque.

Pero la venganza, y no ciertamente por culpa del P. Marco, resultó tanto más quemante. Al ver el acogimiento que el pueblo de Mons y los invitados del gobernador tributaban a su perseguido, el hombre comenzó a sentirse incómodo. Y la incomodidad se convirtió en confusión y humillación a medida que las demostraciones fueron adquiriendo las proporciones de un triunfo. Finalmente, al despedirse, no sabía qué cosa decir ni cómo excusarse. De ese embarazo lo relevó el P. Marco. Agradeciéndole cordialmente por todo y pidiéndole excusas de las penas que por su causa tuvo que soportar en el largo viaje.

No es necesario apuntar que desde ese día, el P. Marco tuvo un nuevo y más ardiente admirador para toda la vida.

Desde este momento, a las persecuciones de los guardias franceses se sumará otra persecución todavía peor y más penosa: aquella de los admiradores. Con el pasar de los días las demostraciones alcanzaron proporciones increíbles. Príncipes y duques, gobernadores y administradores de ciudad, obispos y prelados rivalizaban para homenajearlo. Y el recuerdo de aquel pasaje y de las maravillas que ocurrieron, fue conservado en decenas y decenas de documentos privados y públicos, que más tarde fueron recogidos y dados a la imprenta.

Mons, Bruselas, Amberes, Malinas, Gante, Brujas, Lovaina, Namur, Lieja, constituyeron las etapas más grandiosas de aquel viaje. La cima fue alcanzada en Amberes, donde el 21 de junio, el P. Marco impartió la bendición papal con la indulgencia plenaria. A un sermón suyo, realizado en una plaza pública, se calculó la asistencia de alrededor de 30.000 personas y en otra no menos de 50.000. Nadie puede decir cuántas comuniones se impartieron en ese día. Una cosa es cierta: que los confesores esperaban que se fuese antes de que el exceso de trabajo los llevara a la tumba

No es necesario decir que también el duque Carlos Enrique de Lorena después de recibir la bendición, sanó.

A través de Germania

Recorriendo lo Países Bajos, el P. Marco prosiguió hacia Westfalia, deteniéndose en Aquisgrán, Dusseldorf, Munster. En NeuLaus sanó a Fernando von Furstenberg, obispo de Paderborn y de Munster, gravemente enfermo y desahuciado por los médicos.

Después fue constreñido a trasladarse a Gueldria. Las reuniones del pueblo en lugar de disminuir iban en aumento. En Roermond, el 15 de julio en la última de sus predicaciones y bendición estaban presentes cerca de 40.000 personas. Naturalmente la predicación debía ser llevada a cabo al aire libre. Desgraciadamente, el púlpito erigido para esa oportunidad no era una obra maestra de solidez. El P. Marco lo advierte y recomienda que no se hicieran subir demasiadas personas: el obispo, el gobernador, algún otro, pero no más. No se lo escuchó y se hace subir un centenar de personajes de entre los más respetables. En un cierto momento, el palco cedió y todo se vino abajo. Confusión, espanto, contusiones. Entre los más maltrechos estaba el propio P. Marco que queda herido en un pie y en la rodilla derecha cuyos dolores tuvo que soportar el resto del viaje, tanto que no pudo veces mantenerse en pie.

No obstante continuó con su misión. Pasando por Colonia llega a Sankt Goar donde se encuentra con el landgrave Ernesto von Hasse-Kaseel, convertido del protestantismo algunos años antes. Este no estaba bien dispuesto a prestar crédito a voces de milagros y cosas similares. Pero delante del P. Marco debió creerlas. Sobrepujado por la admiración y la conmoción, dio gracias a Dios por todo aquello que había visto con sus propios ojos.

Pasando después por Frankfurt. Wuzburg, Turkhein, desciende a Suiza. También aquí, como en Costanza. Lucerna, Stein, Waldhut, Baden, Muri, fue recibido como un mensajero de Dios, con demostraciones grandiosas y conmovedoras.

Finalmente por Altdorf, a través del San Bernardo, volvió a entrar en Italia; y tocando Como, Bérgamo, Brescia, llega a su convento en Padua. Era fines de setiembre,

El gigantesco viaje había durado medio año. Un viaje durante el cual habían sido pocos los días que no predicara dos cuatro cinco y más veces. Había sido homenajeado y venerado por los más grandes personajes de media Europa.

Continuía en tercera parte

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