Bienaventurado Marco D'Aviano: Fraile Y Cruzado (Entrega III)

 

El gran predicador y taumaturgo se transformó en cruzado. Reconcilió a los príncipes cristianos y sostuvo al dubitativo Emperador Leopoldo para hacer frente al poderosísimo ejército turco que se avistaba desde las murallas de Viena. El Bienaventurado Marco portó la cruz durante horas en la primera línea de batalla, animando a los cristianos. Aquí su historia

Disputado por príncipes y soberanos

¡¡Cómo hubiera deseado quedarse de buena gana en su retiro y escondimiento!! En cambio, a fines de enero debió salir para dirigirse a Saló a predicar una de sus acostumbradas extenuantes cuaresmas. Y aquí, como de costumbre, se interesó por recomponer una grave discordia surgida entre el arcipreste y la autoridad civil del lugar

Después, llamado insistentemente por el rey de España, por el emperador y por otros príncipes, se mantiene a la espera de las decisiones del superior. El viaje a España quedó sin efecto, primero porque Luis XIV no le concedió el pasaporte por Francia, y segundo porque el P. Marco se sintió incapaz de soportar un viaje por mar. Entonces recibió la orden de ir al encuentro del emperador.

Parte hacia la mitad del mes de mayo de 1682, encuentra a Leopoldo en su residencia veraniega de Luxemburgo. Se lo retiene allí más de un mes, siendo alojado en el vecino convento de Modlinge. En sus repetidos coloquios con el soberano habló siempre con mucha libertad y franqueza esforzándose por hacerle abrir los ojos a la verdad que los ministros se empeñaban en tenerle bien oculta: injusticias, corrupción, abusos de libertades eclesiásticas...

Naturalmente no omitió ejercer el sacro ministerio. Un gesto particular merece tenerse en cuenta, la solemne función celebrada el 12 de julio en Viena. La catedral de San Esteban estaba llena de bote a bote. El P. Marco celebró la misa y los primeros en recibir la comunión de sus manos fueron el emperador, su consorte, la emperatriz madre, la ex reina de Polonia con su esposo Carlos de Lorena.

Para la recitación del acto de dolor y para la bendición papal, después de la misa, tuvo que salir a la vasta piazza delle Erbe. Inútil repetir aquello que ya sabemos: la plaza se llenó de invocaciones, imploraciones, golpes de pecho, conmoción general hasta las lagrimas.

Dos días después, no obstante el deseo de Leopoldo I de retenerlo a su lado, partió para Salzburgo y después prosiguió hacia Italia. El 2 de agosto, estaba de regreso en Padua. Poco después deberá afrontar otros viajes para resolver otros encargos; pero prontamente cayó gravemente enfermo y se ve constreñido a guardar cama hasta finales de octubre. Apenas repuesto, se marchó a Capodistria a predicar el Adviento en la catedral.

VI. CRUZADA CONTRA LOS TURCOS

El peligro turco

Leyendo la correspondencia epistolar entre el P. Marco y el emperador, nos encontramos frecuente y aprensivamente con un nombre: los turcos. Efectivamente, el peligro que acechaba al imperio de oriente se iba haciendo cada vez más grande y peligroso con el correr de los años.

El hombre que, después de un período de decadencia del imperio otomano, estaba organizando las fuerzas musulmanas para descargarlas contra occidente, era el gran visir Kara Mustafá, un personaje de humildísimo origen, subido a la cima del poder por su habilidad en los negocios y por su resolución en la acción. En occidente se conocía o se creía conocer sus terribles proyectos: tomar por las armas Viena y Praga, hacer añicos las fuerzas de Luis XIV en el Rin y marchar hacia Roma para hacer de San Pedro las caballerizas del sultán.

Ya en el 1669 Venecia debió ceder casi toda la isla de Candia. En 1676 Polonia, gobernada por Juan Sobieski, después de cuatro años de lucha debió ceder la mayor parte de Podolia. Ahora el emperador estaba muy preocupado por el hecho que en sus posesiones se anidaban potenciales aliados de los turcos: los rebeldes húngaros, que venían intensificando y empeorando sus traidores y crueles ataques.

Todavía más le preocupaba la actitud de Luis XIV sobre el Rin en la frontera occidental del imperio. Temía que el rey francés aprovechándose de un eventual ataque de los otomanos lo golpeara por la espalda. No por nada, desde hacía tiempo, estaba sobornando y alimentando financiera y militarmente a los rebeldes húngaros

En realidad, Luis XIV fue la causa determinante del ataque de los turcos. Kara Mustafá temía al rey francés y contra su voluntad no habría atacado jamás al imperio. Pero cuando tuvo la seguridad que él jamás se opondría y que tal vez lo ayudase a su vez secundando un ataque sobre el Rin, ya no tuvo dudas y se lanzó de cabeza a la preparación de la empresa.

Y esto no es suficiente. Luis XIV maniobró de manera tal de poder incluir a Polonia en el juego de sus propios cálculos políticos y diplomáticos anti-habsburgos Y la cosa le resultó más fácil de lo pensado por el hecho que el rey polaco, Juan Sibieski, de joven, había servido militarmente a Francia y se había casado con una aristócrata francesa, María Casimira d'Anquien. Y no solamente eso, sino que tanto él como su mujer recibían anualmente de Francia una jugosa pensión.

Naturalmente se trataba de maquinaciones ocultas en las sombras, pero no tanto como para no ser intuidas por una mente atenta y perspicaz.

Frente al peligro turco, el emperador no encontró otro apoyo que el Papa. Inocencia XI se afanaba ya desde hacía tiempo para unir a los príncipes cristianos en una cruzada o guerra santa contra la creciente amenaza de la medialuna. Pero cada esfuerzo suyo chocaba contra la irreductible oposición francesa. También Polonia, enredada en la bífida y ambigua diplomacia de Luis XIV, ponía reparos -contra sus propios intereses- para secundar la intención del Papa. Y abrió los ojos solamente cuando, por ciertos documentos casualmente interceptados, vino a desenmascararse de manera inequívoca la cínica duplicidad y las gravísimas maquinaciones francesas contra la misma nación polaca y su rey.

Esto indujo a la asamblea a acabar con las dilaciones y a aprobar una alianza con el emperador el 18 de abril de 1683. Y si la noticia fue recibida con verdadero desagrado en París, fue saludada con inmensa alegría por Roma y por Viena, aunque la mayor parte de las ventajas estaban destinadas a ir a parar a Polonia más que al imperio.

Esta alianza fue todo lo que la insistencia del Papa logró obtener de los príncipes cristianos contra los turcos.

El alud musulmán

El 3 de abril de este mismo año 1683, el emperador escribía al P. Marco que ya la guerra contra los turcos era inevitable y que el enemigo se acercaba "con un poder y un ejército tan grande como no se había visto otro similar en cientos de años. Para el choque -decía- estoy solo con mis fuerzas...; y para hacer todo lo posible he logrado reunir un ejército de 40.000 combatientes".

Estas palabras ofrecen un cuadro bastante exacto de la realidad de aquel momento. Justamente ese día el ejército turco, concentrado en Adrianópolis, se ponía en marcha hacia Austria. Lo comandaba el sultán Mohamed IV en persona y su gran visir Kara Mustafá.

¿Cuántos hombres podrían ser? Los rumores y las informaciones que llegaban de todas partes hablaban de más de 200.000 soldados, tal vez 500.000, posiblemente un millón.

El mismo Sobiesky lo valuaba cerca de 300.000. Evidentemente el temor al peligro inminente llevaba a exagerar las cifras. Pero era bien cierto que no eran menos de 100-150.000 hombres sin contar los varios millares de otros hombres agregados a los diferentes servicios. Se trataba de una masa de hombre capaz de provocar terror por todas partes.

A principios de mayo el ejército llegó a Belgrado. Aquí el sultán entregó a Kara Mustafá el estandarte verde del Profeta como símbolo de su nominación a generalísimo. Este podría ya sentirse orgulloso. Había pasado muchos años soñando y preparando aquella marcha.

Con el apoyo pleno y total de los rebeldes húngaros, entró en Hungría y prosiguió rápidamente hacia Viena sin detenerse a expugnar Giavarino, la primer plaza fuerte imperial que encontró en su camino. Con el ejército turco pasaba, a través de Hungría, la destrucción y la muerte: la llanura magiar aparecía salpicada de incendios y sembrada de mortandad.

Y el emperador mientras tantos, ¿qué hacía?

Además de la alianza con Polonia y la eficasísima contribución financiera del Papa, había llegado a asegurarse la ayuda militar de estados imperiales como Baviera, Renania y Sajonia. El comando supremo del ejército, menos de 40.000 hombres, lo había encomendado a su cuñado Carlos V de Lorena.

Este se había propuesto rápidamente tomar la iniciativa para lo cual parte para Hungría decidido a adueñarse de alguna plaza fortificada y hacerle entender con ello a los turcos que no se proponían quedarse aguardando pasivamente. Pero sus planes fueron desbaratados por la rapidez del enemigo que de golpe amenaza con cortarle el paso en las afueras de la capital, propio cuando mayor era la urgencia en defenderla. Maniobrando rápidamente, trasladó la infantería y la artillería sobre la orilla izquierda del Danubio y él con la caballería se apresuró hacia Viena.

Asedio de Viena

Mientras tanto, la difusión y el amontonamiento de noticias y de voces alarmantes llevaron por todas partes un pánico creciente y un sálvese quien pueda, especialmente en Viena y sus alrededores. También el emperador y su familia, en la noche del 18-19 julio buscaron refugio en Linz.

Tres días después la vanguardia turca llegaba a las afueras de la capital y convertían casas, palacios, iglesias y jardines en un mar de llamas.

"Comenzó así uno de los asedios más memorables de todos los tiempos" (Pastor)

La sucesión de hechos fue tan rápida que no se tuvo tiempo de proveer a una eficaz defensa de la capital. Sólo a último momento, el duque de Lorena logra introducirse en la ciudad con un poco más de 10.000 armados. Pero los bastiones no estaban fortificados y abastecidos, los cañones escaseaban y mientras tanto desde lo alto de los muros, los asediados podían ver las tiendas musulmanas extendiéndose hasta perderse de vista en las afueras.

No obstante los vieneses no tardaron en levantar el ánimo. Guiados por personas corajudas y sagaces, todos concordemente, burgueses, artesanos, estudiantes, se organizaron colaborando activamente con el ejército en la defensa y la salvación común.

El P. Marco reclamado en Austria

Mientras todo esto sucedía, el P. Marco se encontraba en su convento de Padua, y con las catastróficas noticias que le fueron comunicadas por el duque de Neubur y por el mismo emperador experimentó tanto dolor y angustia hasta casi perder el apetito y el sueño y prácticamente enfermarse. Hubiera hecho cualquier cosa, hubiera dado incluso "la sangre y la vida" para contribuir de algún modo a conjurar aquella terrible amenaza que pesaba sobre Viena y sobre Europa. Tal vez fue la primera vez que sintió nacer en su corazón |el deseo de ser llamado desde Austria para no asistir inactivo y de lejos a aquella feroz tragedia, y de esta manera, con discreción, lo dejó comprender al emperador: "Crea también Vuestra majestad cesárea que quisiera ser un pájaro para poder volar raudamente a Vuestro lado""

Por otra parte su presencia cerca del soberano y cerca del ejército era invocada y solicitada de todas partes, en la convicción que ella daría "aliento grandísimo" a los soldados que conocían su poder taumatúrgico y en la esperanza que él, en esa terrible desgracia sabría aconsejar sabiamente al espíritu indeciso de Leopoldo I.

El más ferviente patrocinador del capuchino era, en este caso, el conde palatino Felipe Guillermo de Neuturg, padre de la emperatriz. "Verdaderamente es necesaria la presencia de vuestra paternidad -le escribía- porque preveo que sin ésta no haremos nada".

También el emperador deseaba su venida, pero posiblemente tenía en cuenta su delicada salud: sabía que años atrás había estado seriamente enfermo durante casi tres meses y que incluso a comienzos del aquel año 1683 había vuelto a caer enfermo no menos seriamente. Al final, sin embargo, frente a la urgencia de los acontecimientos, se decide a pedirlo al Papa. El P. Marco recibió la orden de partir al instante y de valerse de cualquier medio para llegar cuanto antes a Austria.

El, que no esperaba otra cosa, partió rápidamente hacia el Tirol. De pasada visitó en Innsbruck a la emperatriz y encuentra al emperador en Linz.

Era principios de setiembre. Las cosas ya habían llegado al extremo. Viena continuaba defendiéndose heroicamente de los continuos asaltos llevados a cabo sin ahorro de hombres y de medios; pero la granizada de proyectiles y de flechas envenenadas había abierto una larga falla entre los defensores. Más todavía: con el advenimiento del calor estival había estallado una grave epidemia que había contribuido a disminuir las ya debilitadas filas de los sobrevivientes. Los cañones estaban ya en gran parte deteriorados e inservibles; las municiones de bombas casi agotadas; los víveres disminuían pavorosamente, los bastiones y las defensas habían comenzado a caer. Por la noche, desde el campanario de San Esteban, se elevaban como angustiosos llamados, los rayos de luz que indicaban extremo peligro.

En tales condiciones la resistencia no se podría prolongar mucho más. Por fortuna, el ejército socorredor no estaba lejos.

La obra del P. Marco

El duque de Lorena luego de haber batido en repetidos encuentros a los rebeldes húngaros logró reconducir incólume a Austria la infantería y la artillería para unirlas a las fuerzas aliadas que debían alcanzarlos muy pronto. Pero, de éstos, sólo Baviera fue diligente mandando 11.000 hombres, mientras Sajonia y Polonia se hicieron esperar. Además de eso, Polonia, en lugar de los 40.000 hombres pactados en el tratado de alianza, no mandó más que 26.000.

Como sea, a principios de septiembre, lo aliados se encontraban todos reunidos. Pero las dificultades estaban muy lejos de haber desaparecido. Rivalidad, ambiciones, intereses personales, amenazaban no sólo postergar sino incluso impedir, las acciones militares, cuando el retardo de una semana o incluso solamente de un día podrían resultar fatales. Los príncipes alemanes rehusaban poner al mando de sus tropas al duque de Lorena. El rey de Polonia. Juan Sobieski, pretendía el comando supremo de todas las tropas, pretensión absolutamente inaceptable sobre suelo austríaco, tanto más cuanto que el emperador tenía la intención de allegarse personalmente al ejército y en tal caso, el comando supremo le correspondería a él.

En suma, un verdadero berenjenal.

Y fue aquí donde providencialmente se llevaron a cabo las acciones personales del P. Marco.

De acuerdo con el nuncio pontificio, Francisco Buonvisi, logró persuadir a Leopoldo de mantenerse alejado del ejército para no crear apuros con disputas sobre prioridades y ceremoniales. Después, el 5 de setiembre, interviene en el Consejo de Guerra llevado a cabo en Tulln donde desarrolla una determinante obra de mediación para allanar los obstáculos y las diferencias. Para evitar roces y quisquillosidades, propone que cada príncipe conserve el mando de sus propias fuerzas y que el comando supremo sea otorgado nominalmente al rey de Polonia. Además convence a todos a apresurar el socorro a la capital. A propósito de esto, unos años después escribiendo al emperador, él mismo afirmará haber "solicitado ayuda desde al menos 10 días... si sólo se hubiesen tardado 5 días, quizás Viena hubiera caído".

Pero más que en los recursos humanos, el P. Marco ponía toda su confianza en la ayuda divina. Ya pasando por Linz, había invitado al emperador, con toda la corte y la ciudadanía entera a una gran función de penitencia. Y ahora, para el 8 de setiembre, fiesta de la Natividad de María, antes de dar inicio a la marcha hacia Viena, se aprestó a preparar espiritualmente también al ejército.

Sobre un extenso campo próximo a Tulln celebró una función que resultó memorable. De frente al ejército formado en orden de batalla, de todos los capitanes y la flor y nata de la nobleza polaca y germana, sobre un gran altar erigido delante de la lujosa tienda de Sobieski, celebró la misa asistido por el mismo rey y comulgaron de sus manos todos los jefes católicos presentes.

"Al terminar -escribiría después Sobieski a su esposa- nos dirigió una exhortación extraordinaria. Nos preguntó si teníamos confianza en Dios, y ante nuestra unánime respuesta de que la teníamos plena y entera, nos hizo repetir con él, muchas veces, ¡Jesús María! ¡Jesús María!".

Después hizo recitar a los hombres el acto de dolor e impartió la solemne bendición papal.

Después de la celebración, recorrió fila por fila todo el ejército con la cruz en la mano dirigiendo a cada uno de los cuerpos palabras de fe y de coraje e impartiendo nuevamente la bendición. Todos, incluso los protestantes, demostraban agradecer su presencia y participar de su práctica de fe y de penitencia.

Viena liberada

El 9 de setiembre se inició la marcha hacia Viena. El ejército cristiano contaba en conjunto con 70.000 hombres.

La tarde del 11, llegados a las proximidades de Viena, los cristianos se adueñaron de las alturas del Kahlenberg y desde allí, "desde el monte a la vista de Viena", el P. Marco escribe rápidamente al emperador dando las mejores informaciones sobre el ejército y sobre el duque de Lorena, el cual -le dice- "no come, no duerme y siempre se aplica con extremada solicitud yendo en persona a revistar los puestos y llevando a cabo óptimamente las funciones de un buen general". Y así presagiaba "un optimo evento".

La mañana del 12, Domingo, antes de la salida del sol, el P. Marco celebró la misa sobre un collado en presencia de la iglesia de San Leopoldo a la vista de Viena, y como días antes, distribuyó la comunión al duque de Lorena, al rey de Polonia y a los otros comandantes. Después pronunció un breve e inflamado sermón y finalmente desde una posición elevada y preeminente, leyó con clara voz una oración, compuesta por él mismo, en la que impetraba la asistencia divina y con su crucifijo impartió la bendición al ejército.

Poco después se inició aquella memorable batalla que debía decidir la suerte de Viena y tener incalculables consecuencias para toda la cristiandad, Se combatió con coraje y encarnizamiento por parte de ambos bandos. Y la suerte de la lucha después de largo tiempo todavía era incierta. Sólo cuando el duque de Lorena, embistiendo el ala derecha del enemigo le obligó a replegarse mientras amenazaba con tomar todas las filas por la espalda y el valor de los polacos frustró completamente un contraataque de la caballería turca, la suerte de la batalla aparentó decidirse al fin. Los musulmanes titubearon, luego retrocedieron y bien presto su retirada se transformó en precipitación y fuga desordenada hacia las fronteras de Hungría. Y con los demás, prendió la retirada el mismo Kara Mustafá con sus jenízaros.

Los turcos dejaron sobre el campo 10.000 muertos contra los 2000 cristianos y abandonaron un botín enorme en armas, víveres, dinero, joyas y estandartes. Entre estas cosas, en el campamento fueron encontrados 500 niños cristianos.

En cuanto al P. Marco, durante la batalla no cesaba de recorrer fila por fila dando coraje y bendiciendo a los combatientes; y cada vez que veía a los turcos lanzarse al ataque, alzaba hacia ellos el crucifijo gritando: "¡¡He aquí la cruz del Señor: huid tropas adversarias!!".

Y en esta actitud fue después reproducido en un grabado; y su imagen junto con la de los principales capitanes se difundió de una punta a la otra del imperio y de toda Europa.

La alegría ante la esplendorosa victoria fue inmensa. El P. Marco en la efusión de su alma, hallando a los comandantes los abrazaba con transporte y emoción. El único en Europa que no participó de la alegría universal fue el rey de Francia, al cual un mordaz folleto caricaturesco definía como "el turco cristianísimo" y la opinión pública europea condenaba inapelablemente a la picota.

En Viena más que en otras partes, la alegría explotó irrefrenablemente y llegó la cima cuando el 14 de setiembre hicieron su solemne entrada el emperador y los capitanes para asistir al solemne Te Deum de agradecimiento en la catedral de San Esteban.

Triste retorno

Apenas retornado a su palacio el emperador recibió en audiencia privada al P. Marco y era tanta su conmoción que apenas podía pronunciar palabra. Y no contento con todo eso quiso que algunos días después se llevara a cabo otra celebración de acción de gracias más solemne todavía en la iglesia de los agustinos descalzos y el sermón estuviera a cargo del capuchino.

Pero el P. Marco que tenía el corazón desbordado de agradecimiento a Dios comenzó rápidamente a ensombrecerse por todo aquello que veía y escuchaba a su alrededor.

Todo lo que veía era verdaderamente "la feria de las vanidades". La corte no pensaba en otra cosa que en organizar fiestas y recibimientos. La población vienesa se había lanzado de cabeza en incesantes diversiones, casi diría para resarcirse de las privaciones soportadas durante el asedio. Sobiesky no hacía otra cosa que escribir cartas a los cuatro vientos atribuyéndose todo el mérito de la victoria como si los otros no hubiesen siquiera existido en al campo de batalla. Los capitanes del ejército no pensaban más que en pasarse en jaranas de todo tipo sin preocuparse de extraer de la victoria todos los frutos lícitos de esperar. Y el P. Marco quedó directamente pasmado al darse cuenta que hasta se aconsejaba al emperador el hacer las paces con los turcos para volver las armas contra Francia.

Sólo el duque de Lorena parecía estar de acuerdo con él y con el nuncio sobre volver a continuar inmediatamente los combates, y con la ayuda de ellos logró finalmente inducir a Leopoldo I a romper con todo retardo. Incluso logró enfervorizar al mismo Sobieski que tantas dificultades había causado desde el principio.

Hombre de ideas claras y de rápida intuición no obstante su sincera humildad, el P. Marco quedó profundamente amargado a la vista de tanta necedad, y dado que el tiempo confiado por el Pontífice podía decirse concluido, apresuró su retorno a Italia dejando detrás de sí en el emperador y en los otros un largo lamento. "Oh Padre mío -le escribía poco después el conde palatino- por qué nos deja vuestra paternidad ahora cuando su presencia es más necesaria que nunca?".

Pero el P. Marco ya tenía bastante de corte y de cortesanos y entre el 1 y el 11 de noviembre se encontró finalmente instalado en la serenidad de su convento de Padua.

Fautor de la Santa Alianza

Cuando después de la liberación de Viena, volvía a entrar en Italia, el P. Marco estaba persuadido que todo aquello había sido en su vida un simple paréntesis y que quedaría como un episodio aislado, sin consecuencias. No le pasó ni por un momento por la cabeza que había iniciado una nueva y gran misión y que prontamente se convertiría en "el brazo derecho de la Santa Alianza", como lo llamará luego un prelado veneciano.

Es cierto sin embargo que aunque retirado en su convento de Padua seguía con gran interés el desarrollo de la lucha anti-turca y se alegraba cuando el emperador o el duque de Lorena o el mismo Sobiesky le escribían comunicándole nuevos triunfos. En cuanto a él, pensaba que había que sacar todo el provecho posible del momento favorable que se estaba viviendo para alejar a los turcos del corazón de Europa.

Pero para lograr esto se debía atacar al imperio otomano también desde el sur, por el Mediterráneo. Y había una sola potencia capaz de hacerlo: la República de Venecia. Inocencio XI se había esforzado en vano tratando de hacerla participar en la lucha. Pero Venecia no se había recuperado aún de las heridas abiertas en la guerra de Candia cuando durante 25 años se la dejó luchar prácticamente sola contra el coloso turco.

Ahora, por ese motivo, el P. Marco fue solicitado nuevamente por el emperador, por el rey de Polonia y por los demás a interesarse él mismo por esa situación. Y él lógicamente, se interesó. Ante todo, escribió al Cardenal Cibo, secretario de Estado con humildad y tacto, invitando a la diplomacia vaticana a retomar las tratativas. Y luego, aprovechando el entusiasmo suscitado por la victoria de Viena, se puso en contacto con la autoridad veneciana. La situación se le facilitó porque en 1684 fue mandado a predicar la cuaresma justamente a Venecia en la parroquia de San Casiano y por este motivo tuvo la oportunidad de acercarse a varios personajes políticos. El 13 de febrero pudo escribir al emperador que "se había manejado con toda la autoridad que pudo" y que "con la ayuda de Dios había superado grandes dificultades".

Una vez superadas las dificultades iniciales, las tratativas avanzaron más rápidamente y fueron llevadas adelante en las sedes diplomáticas de los interesados. Se llegó así a una alianza ofensiva y defensiva o Santa Alianza, como la llamó Inocencia XI, compuesta por el imperio por Polonia y por Venecia, pero abierta a todos lo príncipes cristianos de los cuales el Papa fue reconocido y proclamado protector y garante.

De nuevo en el ejército

Después de lo ocurrido con la liberación de Viena no es para maravillarse que muchas personas desearan la presencia del P. Marco en el ejército también en aquel año 1684 y en los años sucesivos. Mas nadie lo necesitaba tanto como el emperador y el comandante supremo del ejército, el duque de Lorena. Y a esto el capuchino no opuso ninguna dificultad. ¿No había soñado acaso desde niño enfrentarse al eterno enemigo de todo lo llamado cristiano, y derramar si venía al caso su propia sangre por la Fe? Por lo tanto, el 13 de febrero escribía a Leopoldo I: " Estoy dispuestísimo a servir a Vuestra majestad cesárea... y a la armada con mi sangre y con mi vida... Ya veo que Dios quiere comprometerme por el bien del cristianismo y de muy buena gana me someto a su voluntad".

El permiso de la Santa sede fue rápidamente obtenido, y después de las fiestas pascuales se puso en camino. El 16 de mayo estaba en Linz donde, en los siguientes días, tuvo prolongados coloquios con el emperador,

El momento era en extremo delicado. Luis XIV, con su política de continua prepotencia, provocación y engaños, hubiera hecho perder la paciencia incluso a Job. Justamente el 4 de mayo había sometido a la ciudad de Génova a un terrible bombardeo porque no se había mostrado muy dócil a sus pretensiones. Además había asediado imprevistamente a la ciudad de Luxemburgo y no obstante las indignadas protestas y las amenazas de guerra provenientes de todas partes de Europa, no desistiría de su empresa hasta que no la hubiere tomado.

En tales condiciones es natural que en la corte de Viena el partido antifrancés aconsejara la paz con los turcos para trasladar el ejército hacia el Rin contra Francia. Pero el P. Marco se opuso a estos planes y a estas instigaciones. No obstante deplorar la actitud francesa, no podía aceptar la idea de una guerra entre pueblos cristianos. Con los turcos la cosa era diferente: se trataba de una lucha de religiones, de una cruzada.

La guerra con Francia fue evitada aunque por precaución se mandó igualmente a una parte del ejército hacia el Rin. Y lamentablemente esto produjo un contragolpe a la campaña anti-turca: debilitó las fuerzas destinadas a Hungría y retardó el inicio de las operaciones bélicas.

Misión entre los soldados

Después de sus coloquios con el emperador, el P. Marco partió hacia Hungría. Descendiendo a lo largo del Danubio fue al encuentro del ejército.

Inició de esta manera, una misión que debería prolongarse largamente y que más o menos se desarrollaría del mismo modo: pedido del emperador a la curia romana para hacerlo capellán militar, consentimiento por parte del Papa y concesión de las facultades de misionero apostólico, viaje a la corte imperial para encontrarse con Leopoldo I, viaje a Hungría y desarrollo de la propia misión, retorno a Viena para referir al soberano cada actividad llevada a cabo y vuelta a entrar en Italia. A veces, entre estas idas y venidas, su itinerario podía sufrir notables variaciones y llevarlo por ejemplo al Palatinado o a otra parte, siempre por orden del Papa. El P. Marco no se ponía en camino sino después de la Pascua y esto le permitía consagrar el período cuaresmal a la predicación. No obstante cuando se encontraba en Italia no cesaba de interesarse por la cruzada. Manteniendo relaciones epistolares con el emperador solía darle con mucha discreción sabios consejos y buenas sugerencias, y sobre todo no dejaba de insistir de todos los modos y en todos los tonos que se preparara el ejército: su deseo era que al inicio de la primavera se retomaran cuanto antes las operaciones bélicas para prevenir a los turcos y poder llevar a cabo una proficua campaña militar. Lamentablemente veremos que, no obstante su martillante insistencia, le será difícil, casi imposible, sacudir a los organizadores imperiales de su exasperante lentitud, y difícilmente el ejército podrá entrar en acción antes de junio. De este modo se dejaron escapar preciosas ocasiones de éxito, encontrándose a menudo imposibilitados de llevar a buen término las empresas que reclamaban más tiempo y fatiga. Será ésta una de las cruces más grandes del P. Marco que, hombre dinámico y pensante, detestaba toda lentitud y pérdida de tiempo.

Otra cruz todavía más grande será la desorganización del ejército. Faltaban ingenieros, artilleros, municiones, animales de transporte instrumentos para el asedio de las fortalezas. Combatir en esas condiciones, sería una agonía. La culpa, una vez más, era toda de los organizadores que despilfarraban enormes sumas de dinero y no concluían nada. Mas, en vista de que estaban coligados y entrelazados con altos personajes de la corte, nadie podía controlar las operaciones y mucho menos acusarlos.

Por fortuna, el comandante supremo, el duque de Lorena, era un valiente general y si no obstante todo, se llevaron a cabo notables empresas, el mérito, en gran parte, fue suyo. El P. Marco sentía por él una gran estima y lo apoyó siempre delante del emperador y delante de quien fuera. El capuchino tenía derecho a participar en el consejo de guerra y de intervenir con autoridad en las discusiones sobre los planes de batalla. Pues bien, cada vez que había que actuar rápida y corajudamente, no hesitaba en ponerse del lado del de Lorena aun en contra de todos los otros oficiales.

En cuanto a la asistencia espiritual del ejército, apenas llegaba al campamento, trabajaba sin descanso. Ayudaba a los soldados a mantener vivo el ideal por el cual se combatía: la de ellos no era una guerra cualquiera, era una cruzada. Los enfervorizaba infundiéndoles la certeza que Dios estaba con ellos y los ayudaría. Los exhortaba a purificar sus almas mediante el arrepentimiento y para ello, una de las primeras cosas que hacía una vez llegado al campamento era preparar una grandiosa celebración penitencial procurando disponerlos a la confesión, la comunión, la recitación del acto de dolor y la bendición papal. Naturalmente junto a los soldados participaban también muchos oficiales y comandantes.

Discordias y traiciones

A propósito de los oficiales y de los comandantes, el P. Marco se esforzaba por mantener con ellos las mejores relaciones, al menos en cuanto dependía de él y en la medida de lo posible. Porque, lamentablemente otra cruz, y tal vez la más grande fue precisamente el comportamiento de ellos.

El ejército imperial no era un organismo compacto sujeto a un único comandante supremo. El duque de Lorena ejercitaba su plena autoridad solamente sobre las tropas alistadas por el emperador. Los otros soldados, aquellos que conducían los duques de Baviera, Sajonia, Brandeburgo, no obstante estar muy bien pagados por el emperador, estaban sujetos a sus respectivos príncipes. Y estos, celosos de su propio prestigio y sus propias prerrogativas, en la práctica se desenvolvían casi independientemente, según los humores y caprichos del momento. De aquí las desuniones, disensos, puntillosidades, remilgos; y de aquí, incluso, lentitudes, retardos, fallas en las acciones militares. Entre todos los príncipes, el P. Marco deploraba especialmente al duque de Baviera, que era el más puntilloso e insubordinado, y al príncipe Luis de Baden que le parecía desleal y poco activo.

Por lo demás, no le agradaba la presencia de los príncipes protestantes: no por el hecho de que fueran herejes sino porque se mostraban renuentes a empeñarse en una lucha que dañara a los rebeldes húngaros, sus correligionarios.

Y todavía menos le gustaba la presencia de ciertos comandantes que se dejaban secretamente corromper por el dinero francés a fin de interrumpir o hacer fallar las operaciones bélicas.

Cuántas veces en sus cartas al emperador denunciaría a semejantes traidores y pondría en guardia al soberano contra estos vendidos. Como también denunciaría el comportamiento de los franceses que militaban en el ejército cesáreo y que parecían más favorables a los turcos que a los cristianos y no raramente se pasaban de filas apostatando directamente de su fe religiosa.

Había otra cosa en los príncipes que lo amargaba profundamente y suscitaba en él una íntima rebelión: el derroche increíble al cual se abandonaban. Organizaban costosas fiestas, espléndidos banquetes, apostaban en el juego sumas enormes, rivalizaban recíprocamente en una suntuosidad indecente: todas cosas que eran verdaderamente un insulto a los soldados mal retribuidos y abandonados y un insulto todavía más grave contra la población de Hungría que venía desde hacía tiempo cargada de todos los modos posibles: depredada en el trigo, saqueada en el heno y en los animales y en toda cosa necesaria. Los comisarios imperiales cometían tales razias y tales injusticias que reducían a los habitantes a la desesperación constriñéndolos a huir para salvar la vida.

El P. Marco bramaba, protestaba, amenazaba con los castigos del cielo, importunaba al emperador con sus cartas, mas con poco resultado. Se trataba de una gangrena demasiado profunda y entre los responsables había demasiadas personas interesadas para que se decidiese finalmente a abrir los ojos.

Esta es aproximadamente la triste realidad en medio de la cual el capuchino se encontrará desarrollando su misión en el ejército.

Guerra larga y extenuante

El P. Marco no tenía una idea clara de la tarea que la Providencia le reservaba. Ante todo estaba persuadido que los turcos se hubieran podido batir en dos o tres años. Y tal vez, imprimiendo a la lucha el ritmo que él imaginaba, no excluía que la cosa se hubiera podido conseguir. En cambio, desgraciadamente, la guerra debió prolongarse, entre diversas vicisitudes, por seis años más, hasta 1699, esto es, hasta el año de su muerte, como si entre aquella lucha y su vida existiera un nexo misterioso.

La cruzada anti-turca puede ser dividida en dos períodos bastante diferentes. El primero, hasta 1688, está marcado por la continua presencia del P. Marco en el ejército y por el comando supremo llevado a cabo por el duque de Lorena. En este tiempo, no obstante las deficiencias de organización y la lentitud en las operaciones bélicas se consiguieron éxitos notables, y a veces notabilísimos, como la toma de Budapest y de Belgrado.

El segundo período fue distinguido por la ausencia del P. Marco en el campo de batalla y justamente por eso fue menos feliz que el primero, porque si bien se obtuvieron éxitos como la victoria de Zenta en 1697, se sufrieron también reveses muy grandes que obligaron a los imperiales a abandonar Belgrado y otras tierras conquistadas. Pero el hecho más notable de esta segunda fase de la lucha fue la entrada en guerra de Francia, que asaltando al imperio por la espalda, en el Rin, lo obligó a dividir las fuerzas y a combatir en dos frentes demasiado lejanos, con las negativas consecuencias que es fácil imaginar.

Toma de Budapest

Cuando en junio de 1684 el P. Marco llegaba al ejercito lo animaba un gran optimismo. No sólo lo nutría una ilimitada fe en Dios, sino que también tenía una gran confianza en la capacidad y en la buena voluntad de los hombres y especialmente en la de los comandantes. Y su optimismo pareció justificado porque bien pronto, el 17 y 18 de junio, se lograron dos notables triunfos con la conquista de las dos más importantes plazas fuertes de Visegrád y de Waitzen, cercanas al Danubio. Y el día 30 se tomó Pest sobre la ribera derecha del río. Pero cuando se encontraron frente a Budapest, capital de Hungría, las cosas cambiaron.

Budapest era considerada "el escudo del Islam", "la cerradura y la llave del imperio otomano". Hablando de su proyectada toma, el mismo P. Marco escribía que "era una de las empresas más grandes que se hubieran podido llevar a cabo" En realidad se trataba de una fortaleza formidable que se elevaba sobre un peñón de rocas cercada de una triple hilera de baluartes bien fortificados y munida de una buena artillería y de hábiles defensores. Tanto más necesaria sería, por esta causa, la concordia y el empeño del ejercito cesáreo. Al contrario, propio debajo de Budapest, se rebelaron las ineficiencias y la desorganización de las fuerzas armadas y explotaron los desacuerdos entre sus jefes.

El P. Marco buscó de todas las formas posibles, restablecer la concordia; mas viendo como inútil todo esfuerzo, no obstante la insistencia del duque de Lorena y de muchos otros para retenerlo, abandonó el campamento y se marchó a buscar al emperador para que tomara medidas.

Tampoco las cosas anduvieron mejor el año siguiente, 1685. El emperador no había sido lo suficientemente cuidadoso por lo que se produjeron los acostumbrados retardos en la preparación de la campaña y los acostumbrados sucesos iniciales seguidos de las acostumbradas discordias entre los jefes. Y también esta vez, hallando inútiles todos sus esfuerzos para obtener la paz, El P. Marco se alejó del ejército para informar de todo a Leopoldo I. Y la empresa de Budapest falló nuevamente.

Los mismos inconvenientes amenazaron de hacer fallar la expedición en 1686. El capuchino no mezquinó fatigas para obviar las negligencias, las traiciones y las desdichas: socorre a los soldados golpeados por enfermedades infecciosas durante los calores del verano; da coraje al duque de Lorena para enfrentarse y dispersar un ejercito de turcos que venía en socorro de Budapest; se alza contra el descorazonamiento que amenazaba difundirse entre los soldados y los comandantes.

A principios de setiembre logró poner de acuerdo a los capitanes para un último y más poderoso ataque a la fortaleza asediada. Y fue éste el golpe de gracia. El 12 de setiembre escribía al emperador desde el campo de batalla: "Loado sea Dios y María Santísima. Budapest ha sido tomada por asalto... Un verdadero milagro de Dios, tanto que no creo que hayan muerto ni cien de los nuestros. Escribo rápidamente... Personalmente habré de conversar con Vuestra majestad cesárea, os saludo".

El P. Marco entró en Budapest con una imagen de Nuestra Señora yendo a colocarla en la iglesia de San Esteban, donde al día siguiente tuvo lugar una misa de acción de gracias y un solemne Te Deum en presencia de los soldados y los generales. La gran empresa tanto suspirada reavivó en cada ángulo de Europa, excepto naturalmente en Francia, el entusiasmo de la liberación de Viena. Por lo que toca al capuchino, bastará referir aquello que el futuro cardenal veneciano Francisco Grimani escribió aquel día al mismo P. Marco: " Es cierto, Padre mío reverenciado, que si Vos no hubierais estado bajo Budapest, nos hubieran despedazado. Vos sois el brazo derecho de la Liga Santa"

Conquista de Belgrado

La toma de Budapest puso alas nuevas en el optimismo del P. Marco. Escribiendo al emperador proyectó la posibilidad de liberar de la medialuna a Hungría entera junto con Transilvania y las otras tierras. No obstante el primer objetivo de la próxima campaña militar debería ser Belgrado, en la confluencia del Sava y del Danubio: empresa ésta que sería la más gloriosa después de la liberación de Viena y la toma de Budapest, Pero Belgrado, que por la importancia de su posición estratégica era llamada "la llave de los Balcanes" no estaba menos fortificada que la capital húngara y no exigía menos empeño y concordia.

Desgraciadamente sin embargo, los males que sufría el ejercito imperial eran crónicos: y fueron precisamente éstos los que impidieron al duque de Lorena en 1687 sacar los frutos convenientes de una victoria obtenida sobre el gran visir Solimano. La discordia entre los capitanes hizo el resto: devinieron tan ásperas que obligaron al P. Marco a plantar nuevamente el ejército y mandarse mudar. Pasando por Viena no se limitó a denunciar drásticamente delante del emperador la mezquindad y las traiciones de ciertos jefes militares, sino que lo dejó caer abiertamente en un discurso público, clamando incluso contra aquellos que en la corte de Viena los favorecían.

Al año siguiente, 1688, todo parecía favorecer la empresa de Belgrado; Constantinopla era presa de la anarquía, Belgrado estaba defendida por una guarnición poco numerosa y poco concorde, los refuerzos turcos tardaban en llegar. Pero desgraciadamente las fuerzas imperiales no se encontraban en mejores condiciones que los años precedentes; antes bien, estaban más insubordinadas que nunca por el hecho de que el duque de Lorena había caído enfermo siendo sustituido en el comando supremo por el duque de Baviera, ¡¡justo él!! Ya los ocultos manejos de Francia se oponían a una marcha hacia esa plaza fuerte, acampando y exagerando peligros y temores.

El único en oponérsele a cara descubierta y en pleno consejo de guerra fue el P. Marco. Y la ganó. "Si yo no hubiese estado -escribe con franqueza a Leopoldo- jamás se hubiera logrado esto que se ha conseguido. Solamente yo me opuse a los contradictores, sin cuidarme de persecuciones o afrentas".

Los hechos le dieron la razón. El 6 de setiembre Belgrado era conquistada.

El P. Marco hubiera querido lanzar inmediatamente una columna de 4000 soldados a lo largo del Danubio para sorprender la plaza fuerte de Nicopoli a medio camino de Constantinopla: "Hice todos los esfuerzos para que se hiciera", escribe. Era una ocasión única para arrancarle a los musulmanes, sin grandes peligros y de una sola vez, toda Serbia junto con Bulgaria, Moldavia, Valaquia y Transilvania. Sin embargo, aunque contaba con el apoyo de los mejores oficiales esta vez no logró ganar la partida contra la obstinación de los jefes. Y porque ya no había nada que esperar, tomó el camino de regreso, decidido a no hacerse ver nunca más en los campamentos militares.

Mas, si en el momento de irse tenía el animo amargado por la necedad de los comandantes, se debe reconocer que, en cinco años de lucha, el camino había sido abierto, y gran parte del mérito era suyo. La fortaleza de Belgrado, tomada casi a despecho de los principales capitanes, constituía una recompensa verdaderamente bien ganada por tantas fatigas, oraciones y sacrificios.

La misión continua

"Apartado de las conversaciones de los hombres, me estoy todo con Dios y me parece vivir en un paraíso, disponiéndome para la última divina llamada" Así, después de su retorno de Hungría, escribía al emperador. Pero, no obstante su prisa por volar al cielo, "antes de la última llamada" le restaban muchas otras cosas por hacer. Su misión había sido completamente cumplida. Y es verdad que no volvería a ver los campamentos, además porque los sesenta años que le pesaban en la espalda no eran pocos, especialmente para un hombre como él, que jamás había tenido cuidado de sí mismo. Y por otra parte, en el ejército habían cambiado muchas cosas. Había sido cambiado, como sabemos, el comandante supremo, el duque de Lorena, su admirador y amigo, cada vez más enfermo. Y su sucesor, el príncipe protestante Luis de Baden, no tenía muchas simpatías por aquel fraile carismático.

No obstante todo esto, el pensamiento de la cruzada sobrepujaba en el P. Marco a todos los otros y continuó interesándose por ella, si bien de otra manera, esto es, aconsejando y aguijoneando al emperador mediante una nutrida correspondencia epistolar y llegándose repetidas veces a Viena. Por Leopoldo I estaban sobrellevando años muy duros y dramáticos y la asistencia del capuchino debió resultarles particularmente preciosa.

Luis XIV esperaba que el emperador se consumiera en su gigantesca lucha contra el imperio otomano; y observaba, limitándose a sobornar y subvencionar secretamente a los turcos y a corromper a varios colaboradores del emperador. Pero cuando vio que el adversario no hacía más que extender sus dominios por oriente y ya proyectaba derechamente la posibilidad de una marcha triunfal hacia Constantinopla, se sintió reventar de rabia y se aferró al primer pretexto que encontró para entrar abiertamente en guerra. Ahora Leopoldo I se encontraba nuevamente frente al dilema: combatir en oriente contra los turcos o sobre el Rin contra Francia. Porque, aunque toda Europa estaba por coaligarse en una "gran alianza" contra la prepotencia y los engaños del rey francés, una guerra en dos frentes tan lejanos y contra dos adversarios tan potentes, no era ciertamente aconsejable.

En la corte de Viena, el partido antifrancés insistía más que nunca en una paz con la medialuna y por una lucha enérgica contra Luis XIV. Pero Inocencia XI, que tenía en el corazón la lucha anti-turca y no quería ver comprimido el éxito, se opuso decididamente a estos proyectos y conjuró al emperador a confiar en Dios y a proseguir la cruzada. La misma cosa, y con más insistencia, le recomendó el P. Marco. Finalmente Leopoldo cedió a la presión del Papa y se decidió a aceptar la doble lucha, manteniéndose sin embargo a la defensiva en oriente.

Hacia la paz de Carlowitz

Aquellos que siguieron fueron años cada vez más difíciles, y cada vez más difícil se le hizo al P. Marco la tarea de enfervorizar al emperador en la lucha contra los turcos. Para agravar la situación, vino a colaborar un nuevo Papa, Alejandro VIII, llegado al trono pontificio el 6 de octubre de 1689, el cual demostró desde el inicio un cierto desinterés por la cruzada, rechazando toda subvención al emperador. Desgraciadamente las consecuencias no se hicieron esperar

El 15 de octubre de 1690 la fortaleza de Belgrado es reconquistada por los turcos. Inmenso fue el disgusto del emperador y del capuchino. Solamente entonces el Papa se despertó y se apuró en mandarles un poco de dinero: un verdadero "socorro de Pisa".

El espanto en las personas responsables, estaba acrecentado por el modo con que Francia llevaba a cabo la lucha sobre el Rin y especialmente en el Palatinado. Una guerra entre las más bárbaras e infames que se recuerdan, con saqueos, destrucción, incendios, masacres increíbles, sembrando la desolación y la muerte, atrayéndose la execración universal y la maldición de las poblaciones constreñidas a andar errantes por toda Europa

Los sufrimientos del P. Marco son fáciles de imaginar. Ni menores eran los causados por las acostumbradas y cada vez más graves negligencias e ineptitudes en la conducción de la cruzada y por la traición de ciertos colaboradores de Leopoldo I. Otras serias aflicciones le venían del rey de Polonia Juan Sobiesky, que desde 1684 venía prometiendo mares y montes, tomando la parte del león y embolsándose las subvenciones pontificias, no concluyendo nunca nada y dejándose a la postre enredar por la diplomacia y el dinero francés.

De esta manera, la guerra anti-turca se prolongó más bien fatigosamente entre diversas vicisitudes hasta 1695, cuando subió al trono otomano el belicoso Mustafá II. Este pasó decididamente a la ofensiva y entonces el imperio tembló. El año más trágico fue ciertamente 1697, cuando las estrecheces financieras amenazaron poner en crisis todo el aparato militar. El peligro de perder con Hungría, los frutos conseguidos en 15 años de lucha extenuante se manifestó con toda claridad. Se especulaba directamente con la posibilidad, que trastornado el ejército cesáreo, los turcos apuntaran nuevamente hacia Viena. En Austria comenzó a difundirse el pánico; y el temor asumió proporciones tales, que la gente por miedo al pillaje turco tornó a abandonar casas y campos para refugiarse en los montes y los bosques.

El P. Marco es llamado a Viena. Y aquí, para impetrar más que nada la ayuda de Dios y para dar un poco de confianza a la población dispuso toda una serie de solemnes celebraciones penitenciales que movilizaron espiritualmente la ciudad entera y los alrededores ,incluida la corte imperial.

Sin embargo no descuidó los recursos humanos. Se entregó a estimular enérgicamente la inercia de los ministros y a sacudirlos del estado de abatimiento en el cual se encontraban. Y todavía más, de acuerdo con el emperador, hizo desmontar a los comisarios imperiales que eran una pandilla de embusteros y de ladrones y logró juntar y hacer llegar al ejército 100.000 florines. Esto impidió el amotinamiento de los soldados, ya cansados de esperar en vano los pagos atrasados. Y mientras en Viena se llevaban a cabo las manifestaciones penitenciales, llegó inesperada la noticia de la memorable victoria lograda por el príncipe Eugenio de Saboya en Zenta (11 de setiembre de 1697): victoria con la que destruyó completamente al gran ejército que Mustafá II había preparado para invadir Hungría.

Apenas recibida la gran noticia, Leopoldo hizo llamar al capuchino que es recibido inmediatamente antes que todos los ministros y personajes que en la antecámara esperaban para presentar las congratulaciones al emperador. Cuando lo vio, le tiró los brazos al cuello, incapaz de hablar por la conmoción que le cerraba la garganta. Lo condujo a su oratorio privado y juntos recitaron el Te Deum. Y cuando de allí al otro día se llevó a cabo la gran celebración de acción de gracias en la catedral de San Esteban, el solemne sermón de circunstancia fue recomendado al propio P. Marco.

No fueron pocos los personajes que especialmente tributaron en aquella ocasión los más incondicionales elogios por el emprendimiento, la energía y el coraje demostrado en medio del extravío general: y en Viena la gente decía que había hecho más el P. Marco solo que todos los otros juntos.

En diciembre de aquel mismo año 1697 es llamado también desde Venecia a llevar a cabo como en Viena, grandiosas funciones penitenciales para impetrar de Dios y de la Virgen el término favorable en la larga y extenuante lucha. Tomaron parte además del dux y del patriarca diversos obispos, el senado entero y un gentío innumerable.. El mismo P. Marco escribió al emperador que "no se había visto jamás nada semejante". El dux conmovido lo besó en la frente diciéndole: "Padre Marco, vos sois el refugio de nuestra República".

Y ya la cruzada llegaba a su fin. En la segunda mitad de 1698 se entablaron negociaciones de paz que concluyeron el 26 de enero de 1699 en Carlowitz.

Aunque después de la partida del P. Marco el ejército imperial no había hecho ningún progreso y antes bien había perdido Belgrado y otras tierras, se podía dar por satisfecho de los resultados conseguidos. La medialuna relegada al mediodía de los Balcanes no constituía ya un serio problema para los países cristianos. Y no obstante el disgusto por aquello que se podría haber hecho y no se hizo, también el P. Marco se pudo dar por bastante contento.

Viene de entrega II

 

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