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¿Son católicos los Jesuitas?

“A ninguno de los hombres que conozco le importa ser sacerdote”, manifiesta  un hombre a cargo de la formación teológica. “Lo que importa es ser un jesuita”. Un director espiritual de cincuenta años coincide: “Si pudiera seguir siendo jesuita  mientras me uno a los Cuákeros, sería tentador”.

Por Paul Shaughnessy S.J.
(Sacerdote jesuita y frecuente
colaborador de Catholic World Report

“Mis queridos amigos, todos vemos las dificultades que rodean a toda noción de una religión revelada,” dice un filósofo de Oxford en Let Dons Delight, de Ronald Knox. “Al asentir de antemano a sus doctrinas, es como si extendieran un cheque en blanco, sin saber si encontrarán suficientes fondos para cubrirlo cuando se fijen en sus cuentas”.

 La Iglesia Católica es la heredera de las verdades universales e inmutables sobre Dios y el hombre, y sostiene con garantía divina que ella nunca  ha enseñado ni enseñará error alguno. Esta posición o es verdadera o es una locura, como llegó a darse cuenta con particular claridad un soldado vasco de nombre Ignacio de Loyola. Solamente cobardía moral o confusión intelectual podrían hacer lugar a una posición intermedia. De ahí que ninguna fe es más radicalmente vulnerable que el Catolicismo al déficit anunciado por el escepticismo de Knox… ninguna religión más necesitada de una ágil, adaptable y siempre vigilante defensa.

Los compañeros de Loyola, a quienes sus opositores llamaron sarcásticamente “Jesuitas”, se organizaron como militares, con amor militar por una clara cadena de mandos. Así lo testimonia su acta fundacional.

Los jesuitas deben “servir como soldados de Dios bajo la bandera de la Cruz, y servir sólo al Señor y a la Iglesia, su esposa, sujetos al Romano Pontífice, el Vicario de Cristo en la tierra.” La misión de los jesuitas es “procurar especialmente la defensa y la propagación de la fe y el progreso de las almas en la vida cristiana y en la doctrina.”

Passionate Uncertainty (Incertidumbre apasionada)
Una visión sobre los Jesuitas Americanos

Por Peter McDonough and Eugene C. Bianchi
University of California Press, 380 pp

Es un asunto riesgoso.  Los escalofriantes votos por los cuales los Jesuitas se atan a perpetuidad a la pobreza, la castidad y la obediencia son comúnmente hechos por primera vez cuando el novicio tiene veinte o veinticinco años –no cuando concluye, sino al principio de los diez años de formación en los que aprenderá qué se ha comprometido precisamente a defender. Cuanto más inteligente e idealista es el aspirante, más espiritualmente precaria es su posición, a medida que traba combate con todo el poder de los adversarios de la Iglesia y la fragilidad totalmente humana de sus defensores.  La apuesta de Loyola era que, si el deseo de un hombre por Dios podía hacérsele presente, él soportaría voluntariamente los sacrificios necesarios hasta que viera la verdad “desde dentro”, y ya no estuviera más motivado por la disciplina, sino por el amor. Durante cuatro siglos esta apuesta resultó.

Ya no es más así. El trabajo recientemente publicado Passionate Uncertainty: Inside the American Jesuits es una descripción singular pero convincente del colapso de la renegada Compañía de Jesús: papistas que odian al Papa, escrituristas que han perdido la fe. Desprovistos de su razón de existir como jesuitas, responden ya sea poniendo fin a su existencia como tales (en los Estados Unidos los desertores superan a los miembros activos), o abandonándose en una voluntaria imbecilidad en la que nunca se deja aparecer las más explosivas preguntas que son motivo de discordia.

Los autores de Passionate Uncertainty, Peter McDonough y  Eugene Bianchi (licenciado en ciencia política y profesor de religión, respectivamente), retratan el fracaso jesuita muy vívidamente, citando a los entrevistados y con las declaraciones escritas que tomaron de más de cuatrocientos jesuitas y ex jesuitas. Tanto el espectro de los entrevistados como el contenido de sus opiniones, reflejan con exactitud la situación actual. No porque los entrevistados siempre sean equilibrados, justos o magnánimos –el resentimiento pega muy hondo como para eso- sino que todas las voces tomadas en conjunto nos dan una verdadera pintura del dilema de los jesuitas de los Estados Unidos: hombres capaces pero a la deriva, desesperanzadamente comprometidos por el perjurio.

La trayectoria de esta declinación no es difícil de seguir, y la historia jesuita, aunque más dramática, se diferencia en poco de las otras órdenes religiosas progresistas en las décadas que siguieron al segundo Concilio Vaticano. Se había contemplado al liberalismo como protector de la tolerancia y del respeto mutuo en las comunidades pluralistas seculares. Sin embargo, al ser puramente negativo en contenido y formal en su aplicación, resultó letal cuando se lo importó a una asociación como la Compañía de Jesús, doctrinariamente exclusivista y jerárquicamente rígida. Casi de la noche a la mañana, la infantería ligera del Papa se convirtió en un batallón en el cual cada hombre decidía por sí mismo qué guerra pelear. El resultado fue una pesadilla institucional: confusión y cobardía en la cabeza… desesperación, rabia y desilusión  en las filas. Los jesuitas de Estados Unidos cayeron de 8.400  miembros en 1965 a 3.500 hoy. Los novicios bajaron de un pico total anual de 409 a sólo 38. Peor, el número de sacerdotes que deja la sotana cada año, apenas iguala al número de novicios entrantes. El número de jesuitas que mueren por año es dos veces más alto que cualquiera de las dos categorías anteriores.

Sin embargo, en el fondo la crisis no es de magnitud sino de fidelidad. Uno de los señalados servicios que realiza Passionate Uncertainty es el de dejarnos oír a los jesuitas influyentes –los que hacen las reglas- hablar francamente, sin las palabras suavizadas usadas por el personal de relaciones públicas en las oficinas de recaudación. “Estoy consternado por la dirección del actual papado”, dice un administrador universitario. “Estoy escandalizado por el rechazo intransigente de Roma con respecto al género y al sexo... Francamente, pienso que la Iglesia está gobernada por malhechores.” “La iglesia que conocimos está muriendo,” insiste un maestro de ejercicios espirituales. “ Espero y ruego para que la Compañía ayude a facilitar esta muerte y resurrección”, se goza malignamente un académico. “La Compañía no ha vendido su alma a la “Restauración” de Juan Pablo II.” Otro docto jesuita, historiador de la Iglesia, califica a Juan Pablo II como “probablemente el peor papa de todos los tiempos” –y agrega, “No es uno de los peores papas… es el peor. No me malinterpreten.” Los que así responden, dejan claro que su desprecio por el Papa se basa casi enteramente en su intransigencia, su falta de voluntad para imitar su propia adaptabilidad en la cuestión doctrinaria.

Como todos los sacerdotes, los que han hecho las declaraciones del párrafo anterior, hicieron un solemne juramento para “firmemente abrazar y aceptar todo y cada punto concerniente a la doctrina de la fe y la moral” propuesto por la Iglesia. No debe asumirse que no ven la discrepancia. Su voluntaria imbecilidad no se debe a falta de cerebro o ingenuidad, sino a una deliberada decisión de ignorar el choque de compromisos y de suprimir intentos insurgentes para arrojar luz en aquello que, por razones tácticas, es mejor dejar en la oscuridad.

Esta “negabilidad plausible” es el lema de la nueva nomenklatura jesuita, y los hombres que se hicieron a sí mismos superiores en los años 70, entendieron claramente que se puede escribir o decir todo lo que se quiera, siempre que se mantengan abiertas las líneas semánticas de retirada. Así, el teólogo alemán Karl Rahner pudo exhortar a sus compañeros jesuitas: “Vosotros debéis permanecer leales al papado en teología y en práctica, porque es muy especialmente parte de vuestro patrimonio. Pero, como la actual forma del papado permanece sujeta, también en el futuro, a un proceso histórico de cambio, vuestra teología y vuestra ley eclesiástica deben sobre todo servir al papado como éste será en el futuro.” ¿Veis la jugada? Nuestros jesuitas actuales son leales al papado, pero al papado futuro – quizás el del Papa Chelsea XII- y su apoyo a la anticoncepción, a la homosexualidad, y al divorcio procede  de la humilde obediencia a este convenientemente versátil pontífice.

Por supuesto hubo un precio que pagar. La negabilidad plausible permitió a la Compañía de Jesús emanciparse de la Santa Sede, pero al mismo tiempo le robó al liderazgo jesuita su capacidad para conducir, para articular una visión lúcida, para impartir órdenes de marcha sin ambigüedades. No es sorprendente que en ausencia de objetivos claros, la disciplina tradicionalmente aceptada como medio para lograr objetivos comience a quebrarse. Como explican los autores en su propia jerga: “La estructura de incentivos para la santidad ha cambiado. La práctica ascética se ha desmistificado y se considera que tiene algo más que un sabor patológico.” El resultado, muy simplemente, es la difundida infidelidad a los votos: una relajación en la pobreza y la obediencia, pero más dramáticamente, en dejar de lado la castidad.

En Passionate Uncertainty McDonough y Bianchi citan a un jesuita de cincuenta y tantos años  quien –admitiendo el desconcierto ante la pregunta “¿En qué consiste la adhesión al celibato?”- dice que esta incertidumbre “coloca los sacerdotes en un maldito dilema si lo hacen (ninguna postura moral coherente), y si no lo hacen (represión pasada de moda)”.  Sus siguientes observaciones sugieren que la represión es el camino menos elegido: “Ahora todos (los que tienen cerebro) se dan cuenta que las reglas han cambiado. ¿Puedo trabajar con una mujer colega? ¿Puedo ir a almorzar con ella?.... ¿Puedo despedirme con un beso? ¿Pasar una noche de tanto en tanto, mientras no interfiera con mi rol sacerdotal? ¿Vacaciones juntos?”

Aunque yo me alineo con los que no tienen cerebro según la tipología de este hombre, no me cabe duda que él tiene razón al creer que la mayoría de sus colegas jesuitas tienen el mismo pensamiento, y que viven no según sus votos, sino según sus propias nuevas reglas.

No obstante, este relato es engañoso al sugerir que la mayoría de los de la raza nueva busca la compañía de mujeres.

“Entré como para arreglármelas por ser gay,” dice un jesuita de treinta y seis años, “aunque éste no es el modo en que entonces lo encaré”. No está solo. Casi la mitad de la Compañía de menos de cincuenta años se arrastra en la frontera entre la homosexualidad declarada y la no declarada. En 1999, los jesuitas americanos decidieron dar prioridad al reclutamiento de homosexuales (bajo el título de “hombres cómodos con su sexualidad”), y la mayoría de los formatores americanos, los jesuitas a cargo de la formación, son también homosexuales.

Entre los superiores, algunos tratan de disimular: unos negando la acusación del influjo gay… otros admitiéndolo pero insistiendo en que es un beneficio… la mayoría quizás desplazándose de una postura a otra dependiendo de las simpatías de su audiencia y de las exigencias del momento. Por lo general, los superiores han instigado cautelosamente la transformación de la subcultura gay en la cultura dominante en las casas jesuitas. El website de la Provincia de California retrata su noviciado en términos francamente banales (una foto de dos novicios el martes de Carnaval fue titulado “Muchacho lindo y Jabba la meretriz”.) En la costa opuesta, el Boston Magazine calificó a la parroquia jesuita en el centro de la ciudad como el “mejor lugar para conocer a tu pareja gay”, en su columna “Best of Boston”.

El costo no es despreciable. Como la Ley Neuhaus (propuesta por el editor de First Things, John Neuhaus) sostiene, “donde la ortodoxia es opcional, tarde o temprano será proscripta”. En la Compañía de Jesús, esto se aplica tanto a la diversidad de los estilos de vida como a la doctrina. Un hombre hace esta observación: “Varios de mis amigos ex-jesuitas mencionarían como una razón importante de su deserción, el gran número de jesuitas gay y el impacto que tuvieron en la vida de la comunidad. Como jesuita relativamente joven y heterosexual, creo que soy parte de la minoría, y eso provoca dudas.” Un  jesuita de treinta y cinco años agrega: “Mi maestro de novicios se fue para casarse, mi director de formación se fue por una relación con otro hombre, etc. Uno no puede evitar tener la sensación de que nosotros, los jesuitas de esta generación, podemos ser “los últimos mohicanos”.

Sería una exageración decir que entre los superiores no existe preocupación por lo que Passionate Uncertainty llama –en una frase memorable-  “the gaying and the graying of the Jesuits” (juego de palabras que se puede traducir como “el volverse rosa y el volverse gris, el envejecimiento de los Jesuitas” N. de la traductora). Pero muy claramente están dispuestos a tolerar el volverse gris a fin de acelerar el volverse rosa. Las simpatías pro-homosexuales de los hombres ubicados en posiciones importantes hacen especialmente difíciles para el candidato heterosexual –y doctrinariamente ortodoxo- sobrevivir al proceso de selección.  Los hombres que son como los que en los años 50 eran considerados material jesuita selecto, son frecuentemente suprimidos antes de ingresar al noviciado. Hace algunos años un estudiante adelantado de Harvard me dijo, “De mis lecturas sobre historia, tenía la idea de que los jesuitas eran tipos brillantes y decididos, que amaban a la Iglesia. Entonces pensé en ir a conocerlos y fui a hablar con el encargado de las vocaciones. En toda la hora que estuvimos conversando, ni una vez me preguntó acerca de mi vida de oración  o algo como eso. Simplemente miraba mi entrepierna y me perseguía preguntándome con qué frecuencia me masturbaba. Adiós con eso.” Adiós a ti, amigo, y saludos a Jabba la meretriz.

Por sus áreas de interés en los estudios, sorprende que McDonough y Bianchi en Passionate Uncertainty dejen de mencionar el cambio post-conciliar más importante en la estructura de mandos de los jesuitas americanos: el desplazamiento del poder de facto de la jerarquía formal (rectores, provinciales) a los presidentes de las universidades. En los documentos, los presidentes permanecen sujetos a sus superiores religiosos… en realidad los presidentes dan el tono por el que la vida jesuita es vivida y, en las ocasiones de conflicto entre presidentes y superiores, los presidentes ganan sin mover un dedo. El destino del Padre Joseph Fessio, que fue estudiante del Cardenal Joseph Ratzinger y director de la Ignatius Press en San Francisco, es un buen ejemplo.  Cuando Fessio se convirtió en una molestia para el presidente de la Universidad de San Francisco, el Padre Stephen Privett, al ayudar a la fundación a principios de año de un colegio católico en el vecindario, fue reasignado rápidamente como capellán de un pequeño hospital en Duarte, California. Pocos jesuitas se sorprendieron… ninguno dejó de recibir el mensaje.

La tipología social del nuevo liderazgo, es también una dimensión importante de la realidad actual. Las posiciones de prestigio, como las administraciones universitarias y teológicas, son ocupadas en su mayor parte por un grupo informalmente conocido como los “Dueños de la Galería”: discretos, de hablar moderado, sacerdotes gay, bien vestidos, de alrededor de cincuenta o sesenta años. Donde los jesuitas más antiguos se hacen notar por su pasión antipapista, los Dueños de la Galería muestran casi una completa apatía hacia la religión en todas sus formas. Convencionalmente liberales, apoyan el uso de los preservativos y el sacerdocio femenino, menos como tema de fe que como una cuestión de moda –casi como usar una gorra de baseball al revés. El año pasado, once de las veintisiete universidades jesuitas americanas, realizaron producciones de “Los monólogos de la vagina” de Eve Ensler, mientras que los jesuitas en posiciones más humildes,  a menudo perplejos ante estos eventos, fueron oficialmente confirmados por la Casa Madre en que “la identidad católica de los colegios y universidades jesuitas nunca ha sido más fuerte.” Las enseñanzas de la Iglesia, largamente irrelevantes, tienen mínima importancia en la formación de las opiniones de los Dueños de la Galería, quienes tienden a mirar al Catolicismo ortodoxo – como al boxeo o a la heterosexualidad- como una diversión vulgar de la clase trabajadora.

Un reciente crítico de Passionate Uncertainty (miembro de la nomenklatura jesuita) al dar un vistazo a los indicadores de la declinación dados por McDonough y Bianchi,  concluyó animadamente, “El panorama que se ve es el de hombres contentos con su vocación, que se han acercado a la persona de Jesús mientras dejan atrás una primera figura del Dios Todopoderoso.”

Esta observación, aunque parezca paradójica, es la expresión de la característica desconexión entre la identidad jesuita (en el modo nuevo) y el servicio sacerdotal a Dios (en el antiguo). En el capítulo de McDonough y Bianchi sobre “Ministerio y el Significado del Sacerdocio”, escuchamos a otro hombre que lánguidamente desecha la noción del deber sacerdotal como una instancia de inmadurez emocional: “La acción sacramental formal es menos central, como lo son las “prácticas” religiosas, de lo que han sido en los primeros años –pero es frecuentemente mucho más comprometida. Celebrar Misa diaria, simplemente porque está ahí o es esperada, ya no está más dentro de mi modo de pensar. Sería como una propuesta de sexo cada noche en una relación matrimonial...”

“A ninguno de los hombres que conozco le importa ser sacerdote”, manifiesta un hombre a cargo de la formación teológica. “Lo que importa es ser un jesuita”. Un director espiritual de cincuenta años coincide: “Si pudiera seguir siendo jesuita  mientras me uno a los Cuákeros, sería tentador”. No se deben imaginar que estas son voces de descontentos no tomados en cuenta… al contrario, son las voces de los elegantes jesuitas de carrera. En el New York Times, Maureen Dowd comentó lo siguiente sobre un drama televisivo en el que un “joven sacerdote, encantador, locuaz y mundano” hace que su penitente se haga un aborto: “No pensé que el show reflejaba el punto de vista de la elite del entretenimiento, o, como algunos críticos habían vehementemente manifestado, de sus productores judíos “no practicantes”. Reconocí el punto de vista de la elite jesuita. Los jesuitas son los aviadores de la Iglesia, la intelligentsia docente que con toda seguridad encontramos bebiendo vinos caros y viajando al exterior e ideando interpretaciones del dogma de la Iglesia.” Maureen tenía razón. El co-creador del programa y uno de los consultores eran jesuitas – jesuitas, podemos conjeturar, que exitosamente han dejado atrás la figura de Dios Todopoderoso.

Obviamente, hombres tan adelantados en su pensamiento, ni tienen ni desean ninguna parte del mundo de la religión retrógrada de los mártires y santos jesuitas. Edmund Campion, Jean de Breveuf, Miguel Pro, y compañía, todos murieron por convicciones que la nueva raza encuentra adolescentes y embarazosas. Por supuesto, entre los 3500 jesuitas americanos hay unos pocos recusantes: hombres no interesados en unirse a los cuákeros, que todavía se sienten comprometidos por sus votos, que celebran Misa, que desean en su falta de imaginación, alguna relación con la simplicidad y el celo de San Ignacio de Loyola. Habitualmente hablan poco y escriben menos: mantienen sus cabezas inclinadas, la mayoría de ellos, y llevan orinales para enfermos cuando no lo hacen.

Si la situación en la Compañía de Jesús es realmente como McDonough y Bianchi la describen en Passionate Uncertainty, ¿por qué el Papa no interviene con cambios radicales? Dos razones aparecen espontáneamente. Por un lado, la actitud del Papa Juan Pablo II hacia las congregaciones religiosas, femeninas tanto como masculinas, es algo darwiniana. Se complace en dejar que los grupos sanos prosperen – Los Misioneros de la Caridad de la Madre Teresa son un ejemplo- mientras deja que las congregaciones enfermas mueran por su propio peso, como los caribúes enfermos en medio del hielo. Por el otro lado, los recientes papas han juzgado excesivo el costo político de intervenir para reformar las congregaciones fracasadas en relación con los probables beneficios a obtener. Los topos del Servicio Secreto Británico en los años 50 presentan una analogía aproximada.  Su traición fue conocida mucho antes de que se tomaran medidas contra ellos. Poco a poco se les fue negando el acceso al material secreto, simplemente para que tuvieran menos en que traicionar. Del mismo modo, y por las mismas razones, los papas han rechazado una dramática confrontación con los nuevos jesuitas, prefiriendo en su lugar, sin llamar la atención al hecho, dejar las cuestiones realmente importantes a agentes más confiables.

“A medida que pasan los años, me encuentro menos centrado en la Iglesia”, dice un académico senior. El héroe de la historia de McDonough y Bianchi, el apasionadamente incierto jesuita, como un hombre separado de su mujer después de treinta años de casado, mantiene una helada cortesía al referirse a su esposa y cumple con los mínimos deberes sociales. Puede estar convencido que ha llegado a la mejor tregua posible dada su obstinada historia personal… pero ningún hombre joven –al menos ningún hombre joven con opciones reales- elige dar su vida a una tregua. Es una solitaria senectud.

Aquí y allí hay rumores de coraje, devoción, aun de fe. Pero el apasionadamente incierto jesuita se encuentra encerrado en un pequeño rincón de un pequeño mundo, con los consuelos decadentes de la sodomía y el whisky de malta, tambaleándose por los pasillos de un crepúsculo cada vez más siniestro.

Comentarios

saludos

actualmente tengo un problema a la mejor de ignorancia con respecto a los jesuitas me podrian informar mas acerca de esta informacion mi correo electronico es de linternaverdedelfuturo@yahoo.com.mx

Católico

Indudablemente el artículo es injusto por generalizador y porque también en el seno de la Compañía de Jesús actúa el Espíritu de Dios. Confío que a la larga éste primará por sobre los pecados humanos. A cualquiera de nosotros se nos aplíca aquello de que "el que esté libre de pecado que tire la primera piedra", o incluso aquello de "no debías tu también tener compasión de tu hermano como la he tenido yo de tí" No soy homosexual, ni de tendencia y mucho menos de práctica. Vivo la castidad , la que considero un don y aunque no condeno la condición homosexual (no es resultado de una opción), me parece que a menudo constituye un desorden que inhabilita para el ejercicio del sacerdocio. No estoy de acuerdo con el sacerdocio femenino por razones estrictamente teológicas. En general se plantea el tema en términos de derechos o de discriminación que no tienen nada que ver. Nos debemos a la revelación y no nos inventamos las prácticas religiosas según nuestro capricho. El derecho divino, la liturgia y la moral cristiana no son de libre disposición de los cristianos. Admiro al Papa Juan Pablo II, fue sin duda un hombre extraordinario y no digo un santo porque eso lo tendrá que decir la Iglesia. Admiro también a Benedicto XVI y lo admiraba cuando era el Cardenal Ratzinger por su juicio mesurado, por su capacidad de escucha y por sus escritos. Me resultó especialmente significativo su "Introducción al Espíritu de la Liturgia" aunque no sea su obra principal. También la "Introducción al cristianismo". Creo que el carisma fundamental de la Compañía está en la experiencia de los Ejercicios Espirituales y en la vocación de Ignacio que fue profundamente fiel a la Iglesia Jerárquica incluso en un tiempo en que Papas y cardenales eran indignos de la posición que detentaban. La figura de Alejandro VI que asume el papado un año después del nacimiento de San Ignacio es elocuente. Estoy en contra de toda forma de asesinato. Incluyo en esta categoría al aborto. Especialmente el aborto por la indefensión de la víctima. Soy sacerdote, jesuita...y dentro de lo que permite este tiempo entre el misterio pascual y la Parusía, entre el Ya sí y el todavía no, soy feliz. Y soy católico.¿Lo eres tú? Creo que en tu "celo" se te olvidó el mandamiento principal. El "enemigo de natura humana" es un bicho muy inteligente que se cuela hasta en los pensamientos más sublimes. San Ignacio hablaba de la tentación sub angelo lucis. Ten cuidado. Rafael SJ  

Soy sacerdote

Soy sacerdote diocesano. Admiro a los Jesuitas y sus obras apostolicas. Espero que sigan haciendo un esfuerzo por evangelizar un mundo tan cambiante, tecnologizado, secularizado y sexualizado. Esto puede generar inseguridad o confusión, pero hay que intentarlo. Creo que siguen siendo fieles al carisma de San Ignacio. Ruego por ellos. P. MIguel Ranera. Peru                

No estoy totalmente de acuerdo pero....

me parece que no es más que un grito desesperado ante lo que es evidente para todo católico medianamente informado. La falta de Ortodoxia y fidelidad al Magisterio de la Compañía de Jesús. El querer tapar el solo con un dedo me parece la actitud de algunos que pretende llamar libertad de criterio a lo que no es más que abierta y tendenciosa rebeldía. Solo observen las aclaraciones que ha hecho la Congregación para la doctrina y la fe en los últimos 40 años y veamos cuantos Jesuitas están involucrados. Veamos cuantos libros escandalosos se han publicado últimamente por un cura y de seguro a la cabeza están los Jesuitas. ¿Qué todos son así? Dios sabe que no. Pero que desde la teología de la liberación y los coqueteos con el Marxismo participación en luchas armadas y la defensa de los paradigmas de la sociedad moderna (anticoncepción abortos, homosexualismos y un largo etc.) No me cabe la menor duda que para muchos de ellos el mejor Papa hubiera sido Hans Kung. Lo cierto es que decir que todos los jesuitas son así es muy injusto pero de allí a decir que nada esta pasando hay que ver…. Atentamente, Iván Panamá

Críticas sobre este sitio web

No sólo el artículo sobre los jesuitas, sino hasta el que se escribió sobre el "anticristo" (que refleja más una visión sectárea, al estilo de los mormones, que católica), demuestra que todo este sitio web es algo completamente desatinado. Hay que tener siempre una enorme prudencia y sentido crítico, acerca de las vaticinaciones sobre el futuro (sobre todo cuando quien escribe, no tiene ningún conocimiento concreto, ni la formación intelectual necesaria, ni una visión sintética de conjunto, acerca de lo que está ocurriendo en el mundo), donde se olvida las responsabilidades de las acciones personales vividas en el presente, y sólo desde ahí, desde el presente, se puede uno proyectar hacia el futuro. Me gustaría ver a los que vaticinan sobre el futuro, utilizando la religión, que se imaginen metidos de lleno en lo que profetizan (guerras, hambruna, etc.), como si lo vivieran en el presente, a ver cómo lo viven y se salen de ello, que seguro no debe de ser fácil. Los católicos deberían tener más sentido crítico consigo mismos, pensar más (y no dar nunca por sentado, que en esto sean superiores a otros), que esto requiere siempre un gran esfuerzo, y dejar de autojustificarse con falsas certezas teológicas (los verdaderos teólogos, son gente que piensan a fondo, esforzándose en ello).

Soy un jesuíta feliz

Este artículo es siniestro y claramente injusto con la Compañía de Jesús y con quienes hacemos parte de ella. Entré a la Compañía en 1978, hace treinta años, no me identifico con ninguno de los planteamientos de este autor, sesgado y tendencioso. Lo saludable desde la óptica del Evangelio es siempre "salvar la proposición del prójimo", en palabras textuales de san Ignacio de Loyola, y si hay desacuerdos, como es apenas natural, debe manejarse con espíritu crítico fundamentado en la realidad y en una honda experiencia de oración y discernimiento. Vivo pleno y feliz mi servicio a la Iglesia desde mi condición de jesuíta, aún en medio de mis grandes límites pero confiado en la gracia del Señor y ofreciendo "todo mi haber y mi poseer" para que la Gracia haga de mí un hombre nuevo según Jesucristo. Por favor, hermano que has escrito este desatinado comentario, no seas injusto, no proyectes tu animadversión desorientando a los cristianos como lo haces. Si tienes algun cuestionamiento de fondo escríbele a nuestro Padre General a Roma o al Superior Provincial del jesuíta a quien veas en situación irregular. Saludos y bendiciones, Antonio José Sarmiento Nova,S.J. (Colombia)
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